2 Haz una entrada dramática (y no te quedes embobado)
Arabella
A preté la carta de mi padre hasta que el pergamino se me clavó en la palma de la mano. Afuera, los Campos de Rosas Doradas de Solandris resplandecían bajo la luz del sol, pero yo apenas me fijé. La letra pulcra e imperiosa de mi padre acaparaba toda mi atención:
Prepárate para recibir visita, ya que llegaré dentro de tres días con alguien que ha mostrado un gran interés en asegurar una alianza con nuestra casa.
Otro pretendiente. Otra interpretación por el «honor de la familia». Arrugué la carta y la dejé caer sobre el asiento del carruaje.
—¿Mi señora? —Agnes, mi dama de compañía, se asomó por encima del bastidor—. Parece disgustada.
—Estoy… —Me tragué el enfado y le dediqué una sonrisa educada—. Deseaba tener tres meses de paz, pero al parecer mi padre tiene otros planes. Prácticamente puedo oír sus amenazas sobre encerrarme en la torre si vuelvo a arruinar otro compromiso.
Los dedos de Agnes se detuvieron sobre la aguja.
—Lo siento. Otro pretendiente tan pronto después de…
—¿Lord Perris? —la interrumpí con una sonrisa—. Se merecía algo peor que un pañuelo chamuscado.
Agnes se rio por la nariz, luego tosió para disimular. Yo solté una risa con desgana.
—Justo cuando pienso que me libro de la intromisión de mi padre, me presenta un nuevo candidato. Tal vez el siguiente interesado arda por combustión espontánea.
El carruaje se sacudía mientras nos alejábamos del brillo de los Campos de Rosas Doradas hacia la sombría boca del Bosque de los Susurros.
Las ramas se entrelazaban por encima de nuestras cabezas, tapando la luz.
Recorrimos casi dos horas de barro, tiempo suficiente para que Agnes terminara de bordar un ramillete de rosas en su bastidor, antes de que el bosque dejara de susurrar y simplemente…
escuchara. Sin cantos de pájaros. Sin viento.
Solo un silencio tan denso que me presionaba los oídos.
Me acerqué a la ventana.
—Agnes —murmuré—, no entres en pánico.
—¿Lobos? —Palideció.
—Ojalá —susurré. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral, una magia maligna y pesada—. ¡Conductor! —grité—. ¡Más deprisa!
Los caballos echaron a correr justo cuando un trueno retumbó en el cielo.
En un momento, la luz del sol difuminada parpadeaba al atravesar el dosel, y al siguiente, unas nubes turbulentas cubrían el cielo, convirtiendo el día en un crepúsculo instantáneo.
Una lluvia fría como el granizo golpeaba el techo.
Los árboles se difuminaban bajo el aguacero, pero capté un destello de movimiento en el límite del bosque. Eran hombres, no bestias.
—Mierda.
El carruaje derrapó. Los caballos relincharon y se detuvieron en seco.
—¡Quédate agachada! —Empujé a Agnes hacia el suelo cuando la puerta se abrió de par en par.
El instinto se apoderó de mí, y saqué de dentro mi magia de sanación, que golpeó con fuerza el pecho del intruso.
Se quedó pasmado, jadeando—. ¡Corre, Agnes!
—Salté hacia el aguacero, y el vestido de verano se pegó a mi piel al instante.
Consiguió dar dos pasos antes de que las figuras enmascaradas la atraparan.
Ocuparon todo el camino, vestidos de negro y armados hasta los dientes. El aire era más frío que en pleno invierno, y cada gota de lluvia se convertía en una aguja a nuestro alrededor. La presión de la magia pura y crepitante se extendió por el camino embarrado, haciendo que mis huesos vibraran.
Las sombras brotaban de la arboleda, entrelazándose hasta esculpir una tormenta con forma humana.
Unas runas de plata líquida trepaban por su capa color ónice, y la lluvia que caía sobre sus anchos hombros dejaba entrever una figura esbelta y depredadora, hecha para la destrucción.
Dio un paso decidido hacia delante y el bosque pareció arrodillarse con las ramas torcidas y el viento conteniendo la respiración mientras que su mirada oscura se clavaba en mí.
Ay , pensé de inmediato. Ay, no .
Conocía aquel rostro. Todo el mundo lo conocía, aunque muy pocos lo habían visto de cerca y habían vivido para contarlo.
Kazimir Blackrose, el mismísimo Señor Oscuro.
Enemigo acérrimo de…, bueno, de todo el mundo, pero especialmente de Solandris.
Decían los rumores que era capaz de reducir ejércitos enteros en cenizas antes del desayuno.
Me recorrió el cuerpo con sus ojos oscuros, deteniéndose en el vestido empapado que se aferraba a mis curvas.
Por un momento pareció tan distraído que había olvidado su propia entrada triunfal.
—Si quiere, poso para que me dibuje —espeté.
Él parpadeó, luego me dedicó una media reverencia.
—Lady Evenfall. —Su voz era grave, cargada del tipo de autoridad que espera obediencia inmediata—. He oído que es usted una persona de lo más interesante.
—En otras palabras, que no he tenido el detalle de temblar en su presencia —dije, alejándome del carruaje cuando un relámpago partió el cielo en dos.
Detrás de él, sus secuaces enmascarados sujetaban a mi conductor—.
Muy osado por su parte atacar a plena luz del día, Blackrose.
¿Acaso tenía ocupadas todas las horas de la madrugada?
—Así que sabe quién soy.
—Es difícil pasar desapercibido cuando se es el Señor Oscuro —dije—. Vayamos al grano si no le importa. Tengo un total de cero interés en su monólogo de villano.
—Una pena. —Su mirada se posó en mí, tan oscura y arrogante como describían los rumores—. Había preparado uno maravilloso.
La lluvia le corría por las mejillas marcadas. Una magia plateada brillaba en sus ojos. Por un segundo de locura, entendí por qué la mitad del reino susurraba sobre lo hipnotizante que era su presencia. Luego recordé que tenía a Agnes arrinconada y que definitivamente no había venido a tomar el té.
Por mi mente pasaron todas las leyendas espeluznantes que se contaban sobre el Señor Oscuro, historias sobre almas devoradas y baños de sangre.
—Se ha confundido si cree que mi padre pagará algún tipo de rescate por mí.
—Su padre —dijo con un resoplido— antes me enviaría una nota de agradecimiento por habérsela quitado de encima.
Mantuve un tono aburrido a pesar del pánico que se asentó en mi pecho.
—Muy bien, Blackrose, ¿qué ocurre? ¿Acaso mi carruaje ha salpicado de barro su capa favorita?
—Necesito una esposa.
Mi cerebro dejó de funcionar. El agua goteaba sobre mis pestañas mientras lo observaba fijamente.
—Debe estar de broma.
Echó hacia atrás su capa con un gesto teatral para mostrar la daga que llevaba en la cadera. Un trueno retumbó detrás de él.
—He conjurado una tormenta para interceptar su carruaje. ¿Le parece que estoy de broma?
—¿Ha conjurado una tormenta… para proponerme matrimonio? —balbuceé—. Creo que ha ido demasiado lejos.
Se le curvó una comisura de los labios.
—He oído que le gusta prender fuego a sus pretendientes. Quería causar buena impresión.
—Enhorabuena —dije con firmeza—. Acaba de causar la peor primera impresión de todos los tiempos. Ahora, si me hace el favor, váyase al infierno.
El Señor Oscuro inclinó la cabeza con fingida cortesía.
—Me temo que no tendré tiempo dado que voy a secuestrarla.
Señalé con la barbilla hacia Agnes.
—Dejad que se vaya.
—Soltad a la criada —les dijo a sus hombres, sin apartar sus ojos de mí—. Es irrelevante.
Irrelevante. Apreté los dientes, pero le lancé una mirada rápida a Agnes.
—¡Vete! —Ella huyó mientras los esbirros retrocedían. La magia zumbaba bajo mi piel, suplicándome que la liberara—. Está claro que no sabe de lo que soy capaz. Puedo borrarle esa cara de engreído con un simple movimiento de muñeca.
—Valoro su seguridad —dijo, arrastrando las palabras mientras invadía mi espacio. Emanaba un poder que me ponía la piel de gallina.
El pulso me latía con fuerza mientras luchaba contra su atracción.
—Deje que le aclare algo —comencé—. No soy un peón en su juego, y desde luego que no pienso casarme con usted solo porque haya decidido hacer una entrada dramát…
— Venga aquí —ordenó, con la voz cargada de coacción.
La orden se estrelló en mi mente, provocó que casi me fallen las rodillas. Cada fibra de mi ser quería obedecer, pero me mantuve firme, con los puños apretados mientras una presión candente comprimía mi cráneo.
— Ríndase —añadió, y la coacción se intensificó.
Mi visión se redujo aún más y mi pie se movió hacia adelante por sí solo. Apretando los dientes, me obligué a mantenerme firme.
—Buen truco —conseguí decir—. Pero no me gusta que me den órdenes.
—Fascinante. Por sus venas corre la sangre del Primer Héroe. —La satisfacción coloreó su tono. Hizo un gesto con la cabeza hacia los árboles—. Vex, ocúpate de los rezagados. Luego reuniros con nosotros en la ciudadela.
Una mujer de pelo plateado apareció de entre las sombras y se puso en marcha.
—No voy a ir a ninguna parte con usted —espeté.
Kazimir me ofreció una mano educadamente.
—Podemos hacerlo por las buenas o… no. Usted decide.
Fingí que iba a aceptarla, y luego le clavé la rodilla en la entrepierna.
Él lo bloqueó con una facilidad exasperante, me hizo girar hasta que mi espalda chocó contra su pecho y me sujetó los brazos.
El calor que desprendía era inquietante en medio del frío de la tormenta.
Las sombras a nuestro lado formaron una puerta de pura oscuridad, un portal.
—Deje de zarandearse —gruñó cerca de mi oreja—. Se va a hacer pedazos.
—Mejor eso que casarme con un tirano. —Busqué un último estallido de magia, con la intención de lanzarlo por los aires. El poder se encendió entre los dos, luego se retorció y rebotó en mí, nublándome la vista con intensas chispas blancas.
Mis rodillas cedieron. Kazimir me agarró con más fuerza para mantenerme erguida.
—La tengo —murmuró.
—Que le… den… —siseé.
—Tal vez luego —dijo con oscura picardía, y luego nos lanzó hacia el portal que nos esperaba.