La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra)
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1 Secuestra a un bellezón (y finge que es por ambición y no porque no tienes a nadie)
Kazimir
N o. —Estampé un puño contra la mesa de obsidiana—. Ni hablar.
La superficie del espejo vibró al hablar.
—Los términos no son negociables, lord Blackrose. La Reliquia requiere una unión matrimonial con alguien de ascendencia heroica. Sin ella, el artefacto no es más que un cacharro de metal antiguo.
Detrás de mí, los mapas cubrían las paredes de la sala de guerra, cada uno marcado con anotaciones minuciosas para futuras conquistas.
Los hechizos de rastreo grabados parpadeaban sobre la mesa, trazando movimientos a lo largo de mi territorio.
Y allí, sobre su pedestal de mármol negro, descansaba la Reliquia del Dominio, una diadema de oro aparentemente sencilla.
—¿Mi señor? —Sims se aclaró la garganta. Era un estratega delgado y meticuloso, el tipo de hombre que me decía la verdad, quisiera o no—. Tal vez debamos considerar dichos requerimientos como una oportunidad.
Me volví hacia él de golpe, dejando que las sombras se arremolinaran en las esquinas de la sala.
—¿Una oportunidad para qué, exactamente? ¿Para pavonearme y cortejar a una princesa insulsa?
Sims esbozó una sonrisa afilada.
—Una oportunidad para hacer lo que mejor se nos da. Lo lograríamos mediante, eh…, métodos tradicionales de villanos. Después de todo, ¿qué tipo de Señor Oscuro que se precie pide una esposa educadamente cuando podría simplemente… tomarla?
La magia de dominio crepitaba entre mis dedos mientras asimilaba sus palabras.
—Secuestro —dije—. Tomar una novia por la fuerza, llevar a cabo una ceremonia en contra de su voluntad y luego arrojarla en una celda cómoda una vez nos hayamos desposado. —Una satisfacción oscura se revolvió en mi interior.
El espejo burbujeó.
—Me siento en la obligación de señalar que la coacción puede no ser del agrado de la…
Giré la muñeca, haciendo que las sombras se arremolinaran alrededor del espejo.
—Sims, llama a los demás.
En cuestión de minutos, mis consejeros estaban reunidos: Vex, mi intendente, apoyada contra la pared con su cabello plateado asomando por debajo de la capucha; Thorne, mi comandante de seguridad, una fortificación humana de músculos y gruñidos; y Griffin, mi hechicero un tanto problemático, con una túnica varios centímetros más corta de lo que debería para su cuerpo anormalmente alargado.
Coloqué ambas manos sobre la mesa.
—A estas alturas todos conocéis la situación.
Necesito un descendiente de alta cuna del Primer Héroe, alguien capaz de soportar estar cerca de mi magia oscura sin que le dé un síncope.
—Saqué una daga de mi cinturón y probé el filo con el pulgar—.
Preferiblemente alguien que no intente clavarme un cuchillo mientras duermo, aunque eso es negociable.
Griffin dijo, medio distraído:
—¿Qué le parece la princesa Marigold, de la Corte de Verano?
Hice girar la daga con desgana.
—¿La poeta que le escribe odas a las mariposas? Se desmayaría tan solo con ver lo que desayuno.
—¿Lady Rosamund, de las Islas Occidentales? —propuso Thorne.
—Ya está prometida a tres príncipes diferentes. —Clavé la daga en una pila de mapas. La hoja tembló—. Demasiado enredo político.
Sims fue el siguiente en intentarlo:
—¿La duquesa de Thornhaven?
—Muy mayor —la descarté.
—Tiene treinta y ocho años.
—Prácticamente una anciana —dije, liberando la daga con un movimiento—. Y he oído que colecciona unicornios. Vivos. —Contuve un escalofrío.
Griffin habló, algo nervioso:
—¿La princesa Violet de…?
Me detuve a mitad del giro.
—¿Qué Violet? ¿La pacifista que formó una coalición de duendes a favor de la paz?
—No, la otra princesa Violet.
—¿La que se dedica a criar conejos?
—No, la otra princesa Violet.
—¿Cuántas princesas Violet hay en este maldito reino? —espeté.
Griffin palideció tras las gafas.
—Siete, mi señor. El nombre se volvió muy popular hace veinte años.
—Ni por asomo. Me niego a pasar la eternidad aclarando a cuál de las princesas Violet secuestré. —Lancé la daga al otro lado de la habitación y la clavé en la parte delantera de un escritorio—. ¿Alguna sugerencia que me evite perder la dignidad?
A Griffin se le iluminó el rostro.
—¿Y qué hay de lord Sebastian, de los Picos del Norte?
La sala al completo guardó silencio. Incluso mis sombras parecieron quedarse quietas.
—Lord Sebastian —repetí, con una voz peligrosamente suave—, ¿el idiota que invitó a las Brujas de Hueso al baile del solsticio de invierno el año pasado?
Thorne se rio por la nariz.
—He oído hablar de ello. La mitad de la corte de Solandris acabó condenada a hablar con rimas durante un mes.
—Bueno, sí, pero… —Griffin se subió las gafas—. Él sí que tiene la sangre del Primer Héroe. Es hermoso. Y supuestamente hace unos panecillos que están…
Mis sombras brotaron de debajo de la mesa, sumiendo en la oscuridad algunas partes de la sala de guerra. Todos guardaron un prudente silencio.
Dejé que la tensión se acumulara antes de hablar.
—Necesito a alguien con un mínimo de instinto de supervivencia o mis enemigos nunca dejarían de burlarse de mí.
—Oh. —El rostro de Griffin se entristeció—. Simplemente pensé que… como ha mencionado el tema de los apuñalamientos… Él es bastante pacífico…
—Sigamos —intervino Sims con rapidez—. ¿Y qué hay de…?
—Si vuelves a proponer a otra Violet, os lanzo a todos desde las almenas.
Vex se movió hacia delante y sacó una carpeta fina de debajo de su capa.
—Guardo un registro de todos los nobles importantes en un radio de cien leguas. Los linajes heroicos… Digamos que están desapareciendo. Pero he hallado una posible candidata: lady Arabella Evenfall, de Solandris.
Le arranqué la página de la mano.
—¿Qué requisitos cumple?
—Está en edad de casarse. Es la única hija de lord Evenfall, que actualmente ha perdido popularidad en la corte, así que es posible que su desaparición no cause mucho revuelo. Y tiene ascendencia heroica directa por parte materna.
Miré a Vex.
—¿Dónde está el fallo?
—Se la conoce por ser, eh…, patosa —dijo Vex, sonando más que satisfecha—. Ha ahuyentado a tres pretendientes, aparentemente tras prender fuego al pañuelo de uno de ellos. Una vez convenció a toda una delegación de la Corte de Verano de que podía hablar con fantasmas…
—¿Y es así? —preguntó Thorne.
—No. Era una absoluta sandez, pero le funcionó demasiado bien.
Desde entonces, su padre la ha mantenido alejada de las actividades más importantes de la corte.
—Vex dio golpecitos en la mesa con una uña plateada—.
Las apuestas en Solandris indican que, o bien quemará la finca de su padre, o bien será enviada a un convento remoto en menos de un año.
Mis ojos se posaron en el boceto que mostraba a una joven elegante con cabello dorado y la nariz cubierta de pecas.
Sin embargo, la expresión de su boca dejaba entrever una picardía oculta.
Algo en esa leve arrogancia me hizo detenerme.
Recorrí con la yema del dedo el contorno de su rostro, y después me recompuse.
Sims se revolvió en su asiento.
—Pero… es de Solandris.
—Eso no es nada para el Señor Oscuro —susurró Griffin.
—Y si… —La voz de Sims se apagó mientras ambos debatían frenéticamente sobre si era buena idea que visitara Solandris.
Dejé que sus voces me envolvieran por un momento antes de interrumpirlos.
—Ya basta. Soy muy consciente del bloqueo que Solandris ejerce sobre mi magia.
De todos modos, llegaremos y nos iremos antes de que los secuaces del rey puedan siquiera blandir una ballesta mágica.
Según parece, a su padre no le preocupa demasiado su bienestar, así que no estará excesivamente protegida.
Vex asintió y deslizó un mapa hacia adelante.
—Pronto viajará a su residencia de verano. Si queremos hacernos con ella, esa es nuestra oportunidad.
—Perfecto —dije, inclinándome para estudiar el camino sinuoso—. El Bosque de los Susurros. Buenos puntos estratégicos, un terreno propicio para una emboscada. —Me detuve—. ¿Cuál es su tolerancia mágica?
—Por encima de la media. Ha heredado los dones sanadores del Primer Héroe, así que estar cerca de su magia oscura no debería incinerarla.
Solté una risita oscura.
—Siempre es un punto a favor a la hora de convertirse en mi esposa. —Tamborileé con los dedos sobre la mesa—. Aunque será mejor que evitemos los Campos de Rosas Doradas. Allí mis guerreros de sombras no pueden mantener la forma.
—Fácil. —Vex trazó la ruta con una uña esbelta—. Asaltamos su carruaje en el Bosque de los Susurros, dejamos inconscientes a los guardias y nos la llevamos a toda leche. Sencillo. Solo hay que estar preparados para sus incidentes involuntarios.
—Al menos no nos aburriremos —murmuré.
Sims volvió a aclararse la garganta.
—Secuestrar a una noble de Solandris podría desatar una guerra a gran escala.
—Para cuando el rey Auremar haya organizado sus tropas —dije—, ya tendré la reliquia activada. Que vengan. —Dirigí la mirada hacia la diadema dorada que descansaba sobre el pedestal.
—¿Y qué ocurre si lady Arabella… se niega a casarse? —insistió Sims.
Luché contra el impulso de quitarme la camisa para mostrar las cicatrices que me quemaban el antebrazo.
—He quebrado voluntades mucho más fuertes que la de una noble que ha vivido entre algodones. Lo único que necesito es que se comprometa.
Desde su sitio, Vex preguntó con astucia:
—¿No planeas consumar?
La fulminé con la mirada.
—El artefacto no lo requiere. Con la palabra será suficiente. —Volví a mirar al espejo y rompí el silencio que lo envolvía—. ¿No es cierto?
El espejo se onduló y comenzó a hablar:
—En teoría, el artefacto podría…
Mis sombras se deslizaron sobre él acompañadas del gruñido que emití.
—Solo necesito que diga que sí —dije, haciendo caso omiso al graznido amortiguado del espejo—. Hay una gran diferencia entre obligar a una persona a pasar por una ceremonia y meterme a la fuerza en su cama.
Vex susurró:
—Qué caballeroso.
Le lancé una mirada afilada a Vex, desafiándola a seguir hablando. Ella se limitó a levantar una ceja.
—Ya hemos terminado —dije, girándome hacia el resto—.
Sims, prepara el Gran Salón para la boda.
Vex, encuentra los documentos legales que sean necesarios y prepara las invitaciones.
Esta boda debe ser oficial. Thorne, tú te encargas de los guardias.
Griffin, prepara mis runas para infiltrarme en Solandris.
Todos se pusieron a la acción, pero Griffin titubeó.
—¿Deberíamos… preparar un regalo de bienvenida? ¿Algún, eh…, detalle para que la transición no sea tan brusca?
Le lancé una mirada fulminante.
—Griffin, voy a secuestrar a una noble. Dudo mucho que aprecie una cesta con frutas.
Él se retorció.
—Pero es que las primeras impresiones…
Volví a posar la mirada en el boceto. Esa sonrisa burlona no dejaba de desconcertarme.
—Está bien. Envíale rosas. La cifra que consideres apropiada para una prometida secuestrada.
Un trueno retumbó a las afueras de la ciudadela y la luz iluminó el techo abovedado de la sala de guerra. Me volví hacia la ventana y observé cómo el cielo estallaba con una violenta tormenta.
Sims habló en voz baja, lo que atrajo mi atención.
—¿Sus órdenes para la infiltración, mi señor?
Me di la vuelta, sintiendo una ráfaga de anticipación quemándome las venas.
—Lo haré yo mismo. Me niego a arriesgarme a que un idiota de vosotros la confunda con una de las Violet cualquiera. —Aplasté a Griffin con una mirada—. O con lord Sebastian y sus panecillos.
Griffin se encogió de hombros con impotencia.
—Para ser justos, sus panecillos están riquís…
—No me pongas a prueba —gruñí, dejando que las sombras se agitaran de forma amenazante—. Ya tienes tus órdenes. Y, por el amor de todo lo oscuro, que alguien me traiga una capa que grite «villano». Quiero lucir tan dramático como exige mi reputación.
Con gran esfuerzo, Griffin añadió:
—¿También hará falta una red para el secuestro?
Mis sombras se enroscaron en su cuello y lo levantaron unos centímetros del suelo.
—No vamos a usar una red .
—Entendido, mi señor —dijo, ahogado.
—A trabajar —espeté mientras le soltaba.
Se dispersaron, dejándome solo con el eco del trueno y aquel espejo espantoso.
Caminé hacia la Reliquia, recorriendo con los dedos el frío metal.
Todo aquel poder estaba esperando a que lo reclamara y, de forma irónica, dependía de una práctica absurdamente tradicional: casarme con una mujer que (si los rumores eran ciertos) podría quemarme vivo «por accidente» antes incluso de que diera el «sí, quiero».
Mm. Debería proteger los aposentos de lady Evenfall contra el fuego, por si acaso.
Fuera, los rayos partían el cielo. Salí de la sala de guerra con una sonrisa que habría hecho que mis enemigos corrieran a esconderse. Tenía una dama que raptar, una boda que preparar y un artefacto de poder inimaginable que reclamar.
Un día como otro cualquiera en la vida del Señor Oscuro.