La guerra del merengue Capítulo 39
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Capítulo 39

En Vilamorell de Mar, la Guerra del Merengue se celebra el martes de Carnaval y la Pieza se presenta el miércoles.

El miércoles de Ceniza. En Cuaresma. Con la iglesia llena a las once y la plaza llena a la una, y sin que a nadie le haya parecido nunca una contradicción, porque el artículo tercero dice que la Guerra se celebra cada Carnaval llueva, truene o Cuaresma, y punto.

Aquel año pasó una cosa que no había pasado en cien años, y es que el martes no hubo Guerra.

No se suspendió. Se quedó pendiente. Que es distinto y es muy de aquí.

Dormí dos horas y cuarto en casa de mi tía, con la ropa puesta.

A las once estaba en misa, en el banco de los Vidal, con la cara lavada y las uñas todavía con merengue seco debajo. Don Àngel puso la ceniza y dijo lo que se dice, y en el sermón, que duró cuatro minutos, no mencionó nada de nada, que fue de agradecer.

A las doce y media subimos la Torre a la plaza.

La subimos entre ocho, en la propia mesa de mármol, que pesa lo que pesa una mesa de mármol de tres metros y que sacamos por la puerta del obrador con dos tablones y un juego de rodillos que trajo Marc del taller de Paco. Cuarenta metros. Tardamos veinte minutos.

Iban delante Quim Roure y Montse Vidal, cada uno en una esquina, discutiendo sobre el ángulo del bordillo.

A la una y cuarto, la plaza estaba llena y la Torre estaba en el centro, encima de su mesa, con el sol de febrero dándole de lado.

Maite Ros dijo cuatro palabras y me dio el micro.

Y entonces conté la historia.

La conté entera. Me llevó once minutos y no me interrumpió nadie.

Conté lo de junio de mil novecientos veintiséis.

Conté quién era Àngela Vidal y quién era Margarida Roure y qué hacían por las noches en el Obrador Vell con un cazo colgado de un aro.

Conté la noche que las descubrieron y los cuatro días siguientes, y conté los cuatro puntos del acuerdo: la boda rota, la versión del merengue, el coche de línea de las seis de la mañana, y el cuarto.

Leí el cuarto en voz alta, del papel, porque quería que fuera exacto:

—«Mi padre dijo que una pelea entre dos casas dura lo que dura y que la gente se aburre. Y el padre de ella dijo que entonces habría que darles algo cada año, y de eso ha salido lo de la fiesta.»

Y levanté la vista.

—Esto es de una carta de mil novecientos veintiséis. La escribió mi bisabuela. Y significa que esta fiesta que llevamos cien años celebrando la inventaron dos familias en una tarde para tener de qué hablar en la plaza y que nadie hablara de otra cosa.

No se oía nada.

Conté lo del Bando. Enseñé la fotografía del original, la que había hecho Ona con luz rasante, con el tachón encima y la escritura debajo, y leí el artículo segundo.

—«Queda prohibido el trato dulce con la casa contraria.»

Y dejé que se quedara un rato en el aire.

—El artículo primero dice que aquí todo vale. Y es verdad: aquí ha valido todo. Ha valido congelar un merengue, ha valido tocarme los termómetros, ha valido robar un ángel de mazapán con una caña de pescar y ha valido escribir una denuncia anónima con diecisiete años. Todo vale.

Miré hacia el banco de las Bernardas.

—Menos una cosa. Y era esta.

Y luego conté lo del nombre.

Conté que en agosto del veintiséis, en el mercado, empezaron a llamarle a aquello «el de la que mandaron a Suiza».

Que el chiste se quedó. Que el chiste se fue a los libros.

Que hay una escuela en Barcelona donde a mí me enseñaron esa palabra en la primera semana del primer curso y nadie sabía de dónde venía.

—Se llama merengue suizo en todo el mundo —dije—. En Francia, en Japón, en un manual que está en la biblioteca de mi escuela. Y no tiene nada que ver con Suiza. Es el nombre de un castigo.

Y señalé la Torre.

—Ahí dentro está. No se ve. Hay que cortar para encontrarlo.

Está entre los pisos, sujetándolos, porque es lo único de los tres merengues que aguanta el peso de los otros dos.

—Se me fue un poco la voz—. Lo hicieron dos mujeres de este pueblo en el obrador de esa esquina, por la noche, turnándose el brazo. Y no se llama suizo.

»Se llama merengue de Àngela y Margarida.

El voto fue a las dos menos cuarto y lo llevó Berta Casals, porque el testamento decía que había que dar fe.

Se puso de pie encima de un cajón, con su rebeca, con la carpeta.

—Conforme a la cláusula quinta del testamento de Remei Alzina Sabaté y al artículo trece del Bando Municipal —dijo, con voz de parte meteorológico—, se somete a la consideración de la plaza si la Pieza del Centenario elaborada a cuatro manos por Blanca Vidal Serra y Teodor Roure Bonet es digna.

Silencio.

—Los que consideren que sí, que levanten la mano.

Y voy a intentar contarlo bien, aunque no se puede.

No fue una ola. Eso es lo que yo esperaba y no fue eso. Fue casi peor: fue todo a la vez. Cientos de manos subieron en el mismo segundo, como sube una bandada, y no hubo aplausos hasta un par de segundos después porque la gente estaba con la mano arriba y no podía aplaudir.

Yo me giré para buscarlo.

Estaba a dos metros, con la camisa buena del día anterior, con la mano levantada él también, que es una cosa que no tenía ningún sentido y que a mí me pareció lo más bonito de toda la mañana.

Y luego miré la plaza entera, porque quería verla.

Y las vi.

Había manos que no estaban arriba. No muchas: yo conté catorce y seguro que había más, porque una plaza llena no se cuenta bien.

Un matrimonio mayor cerca de la fuente, con los brazos cruzados los dos.

Tres hombres juntos en la esquina de los soportales.

Una mujer de unos cincuenta años, sola, justo delante de mí, que me miraba a la cara sin ninguna hostilidad y sin levantar la mano.

Y a esa la conocía. Es una mujer que iba a la escuela con mi madre.

No dijo nada. No abucheó, no se fue, no montó nada. Se quedó ahí de pie, con las manos a los lados, dejando constancia.

Y me pareció bien. Que quede escrito, porque me lo han preguntado mucho: me pareció bien y me sigue pareciendo bien. Faltaría más que después de todo lo que dijimos en esa plaza saliera de allí un pueblo entero de acuerdo.

—Digna —dijo Casals—. Por mayoría muy amplia. Doy fe.

Y cerró la carpeta.

La enmienda fue idea de las Bernardas, y eso hay que decirlo, porque si esto se cuenta mal dentro de veinte años quiero que quede escrito de dónde salió.

La Bernarda Vidal subió al entarimado con la ayuda de su Bernarda y del brazo de Ona, y dijo por el micro, sin ningún preámbulo:

—Yo propongo que se cambie el papel.

—¿Qué papel? —dijo Maite Ros.

—El del ayuntamiento. El Bando. —Golpeó el suelo con el bastón, que no usa nunca y que aquel día llevaba por motivos claramente teatrales—. Que si el artículo dos decía lo que decía y lo tacharon, pues ahora hay que escribir uno nuevo, que ya está bien.

—Bernarda, eso tiene que ir a pleno.

—Pues que vaya. —Se giró hacia la plaza—. Pero yo lo propongo hoy y aquí, que llevo setenta y nueve años en esta plaza y a mí me falta menos que a vosotros.

Se aprobó por aclamación, sin pleno, sin quórum, sin registro de entrada y sin ninguna validez administrativa, en la plaza Major de Vilamorell de Mar, del dieciocho de febrero de dos mil veintiséis.

Y lo redactamos entre los dos, ahí de pie, con la Bernarda al lado dando instrucciones.

Yo dije la primera parte y él dijo la segunda, y eso tampoco fue premeditado.

Maite Ros lo escribió en un folio apoyado en la espalda del técnico de cultura, y lo leyó en voz alta, y luego lo leyó otra vez porque la primera no se oyó al fondo.

Está enmarcado desde abril en el salón de plenos, debajo del de mil novecientos veintiséis, en un marco nuevo que pagó la asociación de mujeres.

Y después, a las dos y cuarto de la tarde de un miércoles de Ceniza, con la Pieza declarada digna y con veinticuatro horas de retraso, empezó por fin la Guerra del Merengue del Centenario.

Empezó porque un crío de siete años le tiró un merengue a su hermana.

En treinta segundos era imparable.

Setecientas personas, más de mil por lo visto, con las bolsas del día anterior, con las bolsas nuevas, con el merengue que habían traído las dos casas y con el que había traído el ayuntamiento.

Crudo y cocido mezclado en el aire, que es la única mezcla que este pueblo ha permitido siempre.

Gente subida a los bancos. Gente resbalando y sin derecho a queja, solo a ducha.

Confeti pegado al merengue y merengue pegado a todo.

A mí me dieron ocho veces en tres minutos. Una fue mi tía, y no fue accidental.

Y yo, que llevaba cuatro meses en este pueblo intentando comportarme, cogí una bolsa entera y me metí en el medio.

En algún momento, no sé cuándo, la banda empezó el pasodoble.

Y la plaza paró.

Como para siempre. Como para en esta fiesta desde mil novecientos veintiséis, sin que nadie dé una orden: se para, se baja el brazo, y el que tiene un merengue en la mano se lo queda en la mano.

Mil personas blancas, quietas, en una plaza, con la música.

Y yo lo busqué.

Estaba a cinco metros, hecho un desastre, con merengue en el pelo y en las cejas y una raya blanca por toda la camisa buena, y ya me estaba mirando.

Fue andando hacia mí. Fui andando hacia él.

Y en mitad de la plaza Major, con el pasodoble sonando y con el pueblo entero alrededor, le dije la única cosa que se me ocurrió, que era, además, la que llevaba tres días queriendo decirle:

—No te he perdonado.

—Ya lo sé.

—Puede que tarde mucho.

—Ya lo sé.

—Y a lo mejor no del todo.

—Blanca. —Tenía merengue hasta en las pestañas—. Ya lo sé.

—Vale.

Y me besó, o lo besé, y aquí la memoria me vuelve a hacer lo mismo que en el altillo y dice que fue a la vez, y esta vez creo que es verdad de verdad.

Con las dos manos llenas de merengue.

Así que le cogí la cara con las muñecas.

Y este pueblo, que lleva cien años esperando exactamente eso sin saber que lo esperaba, hizo lo que tenía que hacer: se acabó el pasodoble y nos tiraron merengue a los dos hasta que no se nos veía.

Nota de cata. Merengue de Àngela y Margarida, primer corte público, plaza Major, 18 de febrero, 14:05.

Nota oficial: denso, sedoso, dulzor limpio sin filo, sin acidez, largo. Aguanta el peso de las otras dos escuelas. Se hace con agua caliente que no llega a hervir y con dos brazos que se turnan.

Nota real: nada, y ya está bien así.

Se lo he dado a probar a cuatrocientas personas y lo he visto en la cara de cuatrocientas personas, y he decidido que eso también es una manera de probar una cosa.

Del acta de la sesión plenaria del Ayuntamiento de Vilamorell de Mar, de 3 de marzo de 2026. Punto único. Aprobado por unanimidad:

«Artículo 1 (enmendado, Centenario de 2026). En la pastelería, todo vale. Incluso enamorarse del enemigo.»