La guerra del merengue Capítulo 38
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Capítulo 38

La Guerra del Merengue del Centenario tenía que empezar a las ocho de la tarde del martes diecisiete de febrero.

No empezó.

Y no la suspendió nadie. No hubo ningún bando, ni un anuncio, ni la alcaldesa por megafonía diciendo que se aplazaba.

Simplemente, a las ocho menos diez, setecientas personas con bolsas de merengue en la mano miraron hacia el mismo sitio y decidieron, sin hablarlo, que aquella noche había otra cosa que hacer.

Lo empezó Cinta.

Cinta Prats cruzó la plaza a las ocho menos ocho con dos bandejas de huevos de su furgoneta, entró en el obrador y las dejó en el mármol.

—Aquí hay ciento veinte —dijo—. Y en la furgoneta hay ocho bandejas más.

Detrás entró Ona.

Detrás de Ona entraron cuatro mujeres de la coral.

Y a las ocho y diez había en el Obrador Vell veintitantas personas de pie sin saber qué hacer, con las bolsas de merengue todavía en la mano, mirándonos a los dos como se mira a los que tienen que dar una orden.

Y Blanca Vidal se subió a un cajón.

—A ver. —Tenía la voz hecha polvo de once horas y del pregón—. Necesitamos doscientos veinte discos de ocho centímetros. Tenemos ochenta y siete. Faltan ciento treinta y tres y tenemos hasta las cinco de la mañana.

Se hizo un silencio.

—Y esto no es un pastel de dos personas —dijo—. Ya no. Y me da igual lo que diga el testamento.

Y desde el fondo, apoyada en el marco de la puerta con el abrigo puesto, habló Berta Casals.

—El testamento dice «a cuatro manos» —dijo, sin levantar la voz—. Como notaria, entiendo que eso obliga a que las manos de los dos designados estén en la pieza. No dice que no pueda haber más.

Y volvió a callarse.

Yo he pensado mucho en esa frase. Esa mujer se pasó cuatro meses siendo la persona más seca de esta comarca y aquella noche, a las ocho y diez, se inventó una interpretación jurídica desde el marco de una puerta para que un pueblo pudiera hacer un pastel.

La organizó ella en veinte minutos, con un rotulador y la pared del obrador, y por puestos es como la tengo yo en la cabeza.

El fuego. Mi tío Quim.

Se puso delante de la boca del horno a las ocho y media y no se movió de ahí hasta las cinco y cuarto de la mañana.

Nueve horas. Un horno de leña para merengue seco tiene que estar a ciento veinte grados clavados, ni uno más, porque si sube se dora y si se dora no sirve, y eso con leña no se hace con un botón: se hace con la mano.

Mi tío tiene sesenta y seis años y no se sentó ni una vez.

A las tres de la mañana le llevé un café y me dijo, sin apartar la vista de las brasas:

—Tu padre lo hacía mejor.

—Ya lo sé.

—Pero yo lo hago bien.

—Lo estás haciendo muy bien, tío.

Y no dijo nada más en toda la noche.

Las claras. Las mujeres de la coral, que resultaron ser una organización paramilitar.

Doce mujeres de entre cincuenta y ochenta años, en dos mesas, con seis batidoras de casa traídas de seis cocinas distintas, cascando y separando y montando en turnos de veinte minutos porque las batidoras domésticas se calientan.

Rompieron dos. Trajeron dos más.

El milímetro. Mi suegra —no es mi suegra, no lo es en absoluto, pero es que no tengo otra palabra para lo que fue Montse Vidal aquella noche.

Se puso en la mesa de mármol con un compás, una regla y un cartón, hizo una plantilla de ocho centímetros, y a partir de ahí no dejó pasar un disco que no midiera ocho centímetros.

Ni uno.

Hubo una mujer que le dijo que qué más daba medio centímetro y Montse Vidal le contestó una cosa que se oyó en toda la nave:

—Da lo mismo un disco. Doscientos veinte discos con medio centímetro de más es un metro de más, y esto tiene que medir un metro veintiséis.

Aquello, que es matemáticamente discutible, cerró el debate para siempre.

El transporte. Ona, con un cucharón.

No tocó merengue en toda la noche. Se dedicó a que las bandejas fueran del sitio A al sitio B sin que nadie chocara con nadie, y lo hizo dando órdenes con un cucharón de madera, subida a un taburete, durante nueve horas.

—¡Bandeja saliendo! ¡Paso! ¡Enca, aparta, que llevas media hora en el medio!

A las dos de la mañana ya la obedecía todo el mundo, incluida la alcaldesa.

Los huevos. Nil Vidal.

Apareció a las nueve, sin decir nada, y se puso a acarrear cajas desde la furgoneta de Cinta.

Estuvo toda la noche haciendo eso. Subiendo y bajando. Cajas llenas para dentro, cáscaras para fuera, cubos, agua, más cajas. No habló con nadie y nadie habló con él, y a las cuatro de la mañana un hombre de la coral le dijo «chaval, descansa» y él dijo que no y siguió.

Yo sé lo que era eso. Y creo que lo sabía también su tía, que no le dirigió la palabra en toda la noche pero que a las tres le puso un bocadillo al lado sin mirarlo.

Y el merengue de ellas.

Ese lo hicimos nosotros dos.

Los cuarenta minutos de baño maría, con el cazo de cobre colgado del aro, en la esquina de la nave, apartados de todo.

Turnándonos el brazo.

Ella batía veinte minutos y luego yo veinte, que es exactamente como lo hacían en mil novecientos veintiséis, y ninguno de los dos lo dijo en voz alta ni una sola vez.

Hicimos catorce tandas.

Óscar Manrique llegó sobre las once.

Se quedó en la puerta un rato largo, con las manos en los bolsillos, sin entrar del todo. Nadie le dijo nada. En este pueblo, cuando alguien no es bienvenido, no se le echa: se le deja de ver.

A la media hora entró y cogió una bandeja y estuvo tres horas fregando cacharros en la pila del fondo, sin cámara, sin que nadie lo grabara, con las mangas subidas.

A las dos y media se acercó a la mesa donde estábamos con el cazo.

—¿Puedo?

Blanca no dijo nada. Yo le pasé una cucharilla.

Probó el merengue de Àngela y Margarida.

Y este hombre, que se gana la vida diciendo cosas para las cámaras, se quedó ahí de pie, con la cucharilla en la mano, en un obrador a las dos y media de la mañana, sin nadie mirándolo.

—Eso no lo he comido nunca —dijo.

—No.

—Es antiguo. —Volvió a probar—. Sabe a antiguo, ¿sabes? No sabe a viejo, sabe a antiguo. Es otra cosa.

Y luego miró a Blanca.

—Enhorabuena —dijo—. De verdad.

—Gracias.

—Y lo del sábado.

—Óscar, no.

—Que lo tengo que decir.

—No lo tienes que decir —dijo ella, sin levantar la voz—. Lo quieres decir. Es distinto y es toda tu vida.

Óscar se quedó parado.

—Vale —dijo.

Dejó la cucharilla en el mármol, se secó las manos en un paño y se fue.

Y al día siguiente, en el directo del segundo día, no se subió al entarimado. Presentó desde abajo, desde la plaza, y estuvo correcto y estuvo bien, y en marzo publicó un artículo muy sentido sobre la memoria de los pueblos que citaba dos veces a la Yaya Remei y ni una a nadie más.

No es un mal hombre. Es un hombre que no aprende. En este mundo hay muchísimos.

Sandra Peral vino a las cuatro y veinte de la mañana.

Eso no se lo esperaba nadie, y menos yo.

Entró en el obrador como entra alguien que sabe que no lo van a echar y que tampoco lo van a saludar: por la puerta de delante, despacio, con el abrigo largo y sin carpeta.

Se hizo un silencio bastante feo en dos o tres mesas.

Ona bajó el cucharón.

—Buenas noches —dijo Sandra.

Nadie contestó. Doce mujeres de la coral siguieron montando claras mirándola de reojo, que es la manera que tiene esta comarca de no matar a alguien.

Blanca dejó el cazo en el aro y se secó las manos.

—¿Qué quieres?

—Ver esto.

—Pues ya lo has visto.

—Sí.

Y se quedó ahí, en mitad de la nave, mirando alrededor. Las dos mesas de claras. Las bandejas. Mi tío delante del fuego con la camisa pegada a la espalda. Nil pasando con una caja de huevos y bajando la cabeza al verla, que es la única vez en toda la noche que ese chaval reaccionó a algo.

—Setenta y ocho personas —dijo—. Las he contado desde la puerta.

—Bien por ti.

—No lo digo por decir. —Se metió las manos en los bolsillos del abrigo—. Yo llevo once años montando proyectos gastronómicos. He abierto catorce espacios. Sé exactamente cuánto cuesta que setenta y ocho personas hagan una cosa a las cuatro de la mañana sin cobrar.

—Y ya lo sabes: no se puede comprar.

—Claro que se puede comprar —dijo Sandra—. Lo que pasa es que sale carísimo y dura tres semanas.

Blanca no dijo nada.

—Blanca, yo he hecho mi trabajo. —Lo dijo sin levantar la voz y sin pedir perdón—.

Tenía un encargo, tenía un presupuesto y tenía unas reglas escritas en un papel enmarcado que dicen que aquí vale todo.

He usado vuestras reglas. Y me he llevado por delante a un hombre, y sé perfectamente lo que hice el sábado.

—Lo hizo Óscar.

—Lo hizo Óscar con la carpeta que le puse en la mano —dijo—. No me quites eso, que es mío.

Yo estaba a tres metros con el cazo y no abrí la boca. Me pareció que aquello no era conmigo.

—Lo de la chimenea no fue mío —dijo entonces—. Eso lo pagué, pero no lo decidí yo. Y lo digo por si sirve de algo, que sé que no.

—No sirve de nada —dijo Blanca.

—Ya. —Sandra se quedó un momento callada—. Igualmente hoy me han despedido, o sea que ya está.

Y ahí Blanca sí levantó la cabeza.

—¿Qué?

—A las ocho de la tarde. Por teléfono. —Se encogió de hombros con una elegancia que me dio un poco de pena—.

En cuanto medio pueblo empezó a gritar el artículo dieciséis y salió en la televisión autonómica, el proyecto de Vilamorell pasó de ser una oportunidad a ser un problema reputacional.

Y cuando algo es un problema reputacional, el que lo llevaba también lo es.

—Sandra...

—No, no. —Levantó una mano—. Ni se te ocurra tenerme lástima, que es lo único que no soportaría de esta noche.

Se acercó a la mesa.

Miró los anillos de discos que empezaban a formar la base, y las bandejas, y los cuencos.

—¿Puedo?

Blanca se lo pensó un segundo largo. Y luego cogió una cucharilla limpia, la metió en el cazo del merengue de ellas y se la dio.

Sandra Peral lo probó de pie, en un obrador lleno de gente que no la miraba, a las cuatro y media de la mañana.

Y no dijo si estaba bueno.

Dijo:

—Vais a tener cola en agosto.

—Ya lo sé —dijo Blanca.

—Y no vais a saber gestionarla.

—Ya lo sé.

—Cuando no sepáis, llámame. —Dejó la cucharilla en el mármol—. No para comprar nada. Para eso.

Y se fue por donde había venido.

No volvimos a verla en el pueblo. Pero en marzo, cuando abrimos, llegó a la puerta del obrador una caja sin remite con doce cápsulas de papel de horno del bueno, de las suizas, de las que valen un dineral, y una tarjeta que decía: «Para las magdalenas. S.»

Y ninguno de los dos entendió esa tarjeta hasta mayo.

A las cinco y cuarto de la mañana salió el último disco.

Doscientos veintiséis, con las mermas.

Y a las cinco y veinte, mi tío Quim cerró el registro del horno, se apoyó en la pared con las dos manos y se quedó así un rato, y su mujer le llevó una silla y esta vez sí se sentó.

Empezamos a montar a las seis menos cuarto.

Y esto lo hicimos los dos solos, porque era lo único que había que hacer solos, y porque a esas alturas nadie en aquella nave lo habría discutido.

Anillos de discos pequeños, uno encima de otro, pegados con el merengue de ellas, subiendo. Del más ancho al más estrecho. Y por fuera, tapando las juntas, la espiral de italiano que ella hacía con la manga a pulso y que yo iba fijando con la espátula por detrás.

No quedó como la del ensayo.

Quedó áspera. Quedó con las juntas marcadas, como una pared de piedra seca de las de los bancales de la Serra. Se veían los doscientos veintiséis discos, uno por uno, si te acercabas.

Era mucho más bonita.

A las siete y diez pusimos las frambuesas arriba.

Y a las siete y cuarto, cuando empezaba a entrar por la claraboya esa luz gris que trae el amanecer de febrero, la Torre del Centenario estaba de pie en la mesa de mármol del Obrador Vell.

Un metro veintiséis.

Cuarenta personas la miraban desde la puerta y desde la calle, calladas, con la ropa manchada y las manos hechas polvo.

Nadie aplaudió. Ese es el detalle que quiero dejar escrito.

En este pueblo se aplaude a un agujero en una pared, se aplaude a un ángel de mazapán y se aplaude a un hombre que se cae por un escalón. Y aquella mañana, delante de aquello, no aplaudió nadie.

Se fueron yendo poco a poco, sin decir nada, con esa cosa de la gente cuando ha hecho una cosa y le da vergüenza haberla hecho.

La última en salir fue Montse Vidal, que se paró en la puerta, se giró, miró la Torre desde allí, y dijo hacia ningún sitio:

—Ahora hay que dormir dos horas, que a las once hay misa.

Y se fue.

Yo me quedé en la nave con Blanca, con doscientos veintiséis discos convertidos en un edificio, con el suelo lleno de cáscaras y de merengue pisado, y con un horno que llevaba treinta y ocho horas encendido y que empezaba, por fin, a bajar.

Olía a azúcar quemado.

Eso se lo dije yo, porque llevo cuatro meses diciéndole a qué huelen las cosas y ya no sé hacerlo de otra manera.

—Huele a azúcar quemado —dije—. Y a leña. Y a la ropa de cuarenta personas.

Ella estaba mirando el horno, con la cara sucia y el pelo hecho un desastre.

—Vale —dijo.

Y no dijo nada más, y yo tampoco, y así se quedó.

[No hay borrador. Ya no hay borradores.]