La guerra del merengue Capítulo 37
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Capítulo 37

El pregón del Centenario de la Guerra del Merengue se dio el martes diecisiete de febrero de dos mil veintiséis a las siete y media de la tarde, desde el balcón del ayuntamiento, con la plaza llena hasta las esquinas.

Yo llegué a las siete y veinte con las manos rojas de agua fría y azúcar y un delantal que no me había quitado en once horas.

Habíamos hecho, hasta ese momento, ochenta y siete discos.

Ochenta y siete de doscientos veinte, en once horas, entre dos personas. Y las cuentas de las once de la mañana decían que no llegábamos, y las de las cuatro decían que no llegábamos, y a las siete de la tarde estaba clarísimo que no llegábamos ni de lejos.

Pero seguíamos, porque no había otra cosa que hacer, y porque hay una parte de mí que se pone muy tranquila cuando ya está todo perdido.

Maite Ros leyó el pregón desde el balcón y lo leyó fatal, la pobre, con la voz temblona y con un texto que le había escrito el técnico de cultura y que decía tres veces «patrimonio inmaterial».

Habló del Centenario. Habló de las dos casas. Habló de Remei Alzina, y ahí la plaza aplaudió de verdad. Y acabó diciendo que la Guerra empezaba a las ocho y que el ayuntamiento no se hacía responsable de la ropa de nadie, que es la única frase de un pregón que la gente de aquí escucha con atención.

Bajó a las siete cuarenta y dos.

Y hubo esos diez minutos.

Los diez minutos de siempre, los de todos los años: la banda colocándose, la gente moviéndose, el ruido de setecientas personas hablando, y el micrófono ahí, en su pie, en mitad del entarimado, encendido y sin nadie delante.

Yo estaba a la izquierda del entarimado, entre la gente, con el delantal puesto.

Y vi a Teo Roure salir de los soportales.

Iba con la camisa buena. Llevaba once horas trabajando conmigo y se había cambiado de camisa para esto, y ese detalle me hizo algo por dentro que no viene al caso.

Subió los tres escalones del entarimado.

Y a mí me pasó una cosa en ese momento y es lo que voy a contar, porque es lo que hice yo y es de lo único de lo que puedo responder.

Vi la plaza.

Vi a Sandra Peral apoyada en la farola con las manos en los bolsillos. Vi a Óscar con el equipo, con un micro de mano, mirando hacia el entarimado con la cara de un hombre que sabe que va a pasar algo bueno para él. Vi las dos cámaras. Vi a Júlia al lado de la segunda, quieta.

Y vi a setecientas personas que llevaban tres días hablando de esto.

Y supe, con una certeza absoluta, lo que iba a pasar cuando ese hombre abriera la boca.

Que iba a subir, iba a leer un papel, iba a decir la verdad entera sin pedir nada, y que la plaza lo iba a escuchar en silencio.

Y que después, a las ocho, con el silencio todavía puesto, la gente iba a tirarse merengue, y a las nueve alguien iba a decir en el bar que muy bonito, pero que un hombre que hace eso, y otro iba a decir que era un crío, y a las diez habría dos versiones y a la semana siguiente cuatro, y en marzo esto sería una historia más de las que se cuentan en esta plaza y él sería, para siempre, el chico del Forn que denunció a los Vidal.

Porque eso es lo que hace este pueblo. Lleva cien años haciéndolo. Coge una cosa que pasó entre dos personas y la convierte en un cuento de bandos.

Y lo que yo tenía que decir —lo mío, la ageusia, los dos años, el bote de sal— no le importaba a nadie en aquella plaza. Era una desgracia médica de una señora de Madrid. No cambiaba nada de nada.

Salvo una cosa.

Que si él subía solo, subía un Roure a confesar una cosa contra los Vidal.

Y si subíamos los dos, subían dos personas a contar la verdad en un sitio donde nunca se ha contado ninguna.

Así que subí detrás de él.

Con el delantal sucio, con las manos rojas, sin haberlo hablado, sin avisarle. Subí los tres escalones y me puse a su lado y él se giró y me miró y no le dio tiempo a decirme nada.

—Perdona —le dije, bajito—. Hablo yo primero.

Y cogí el micro.

Lo que dije lo tengo palabra por palabra porque lo grabaron dos cámaras y porque lo he visto una sola vez, en marzo, sola, en casa de mi tía.

—Buenas tardes. Soy Blanca Vidal.

Se hizo un silencio a los tres segundos. Y ahí supe que el artículo diecisiete iba a aguantar.

Porque hubo gente que empezó a decir cosas, ¿eh? Hubo dos o tres al fondo, a la derecha. Y se les calló la gente de al lado. Con esa cosa de aquí, ese «sssh» seco de misa. Porque el pregón no se interrumpe ni con razón, y aquello, técnicamente, todavía era el pregón.

Este pueblo tiene cien años de reglas absurdas y una de ellas me salvó la vida.

—Voy a contar dos cosas y luego habla él, y después nos vamos a trabajar, porque tenemos ciento treinta discos que hacer antes de las ocho y no vamos a llegar.

Alguien se rio. Fue bueno que alguien se riera.

—La primera cosa es mía y no la sabe nadie de aquí. —Cogí aire—. Hace dos años se murió mi madre y perdí el sentido del gusto. Del todo. Y el olfato casi entero.

Silencio.

—No es una manera de hablar. Es una cosa médica que se llama ageusia y que tengo desde febrero del veinticuatro, y por eso me equivoqué en aquel programa de televisión que vio todo el mundo aquí, y por eso el vídeo.

No fui una creída. Fui una mujer que no podía probar lo que estaba sirviendo y no lo dijo.

Me tembló la voz y la dejé temblar, porque parar a recomponerse habría sido peor.

—Y no lo he dicho en dos años. A nadie. Y he estado trabajando cuatro meses en ese obrador, delante de todos vosotros, sin decirlo.

Miré hacia la mesa de las Bernardas.

—Y una de las cosas de las que va a votar esta plaza dentro de un rato es un pastel que ha hecho, en la mitad, una mujer que no lo ha podido probar. Así que lo digo antes de que votéis, porque me parece que hay que saberlo antes y no después.

Silencio otra vez.

Y luego lo otro.

—La segunda cosa no es mía y voy a decir solo la parte que me toca.

Miré a Óscar, que tenía el micro de mano bajado.

—El sábado, en esta plaza, un señor de la televisión sacó un papel de dos mil nueve y lo leyó en directo.

Y no le voy a decir nada a él porque el papel es verdad.

—Cogí aire—. Lo que hizo Teo Roure con diecisiete años le costó a mi madre veintiséis días de agosto, una cámara nueva y un préstamo que estuvo pagando doce años.

Eso es así. No lo voy a suavizar y no os lo voy a perdonar en público para que quedemos todos muy bien.

La plaza no respiraba.

—Pero lo que yo he visto esta semana es esto: que este pueblo se ha enterado de una cosa por una carpeta que trajo alguien de fuera. Y eso ya ha pasado antes aquí. Ha pasado mucho.

Y ahí lo dije.

—Yo llevo dos años sin saber a qué sabe nada.

Y aun así puedo deciros exactamente a qué sabe este pueblo.

—Miré a la plaza entera, de un lado al otro—.

Sabe a cosas que todo el mundo sabe y nadie dice.

Lleváis cien años tirándoos merengue por una historia que no os han contado bien, y a mí me la han contado, y os la vamos a contar entera esta noche cuando cortemos ese pastel.

Y le pasé el micro.

Teo Roure sacó un papel doblado en cuatro del bolsillo de la camisa.

Y lo leyó.

Lo pongo entero porque es lo único de todo esto que no me pertenece y que aun así tengo que poner, y porque lo dijo en una plaza delante de setecientas personas, que es donde había que decirlo.

Leyó así:

«Me llamo Teo Roure. Casi todos me conocéis y os despacho el pan.

»En julio de dos mil nueve, con diecisiete años, escribí una denuncia anónima contra la Confitería Vidal diciendo que rompían la cadena de frío.

La escribí en la mesa de mi cocina, en mayúsculas, cambiando la letra a propósito para que no me conocierais.

Me inventé que había clientes que se habían encontrado mal.

Eso no había pasado. Lo puse porque pensé que así irían antes.

»Fueron el cuatro de agosto. Precintaron la cámara. Estuvieron veintiséis días cerrados en el mejor mes del año, y Dolors Serra tuvo que comprar una cámara nueva con un préstamo que estuvo pagando doce años, y no volvió a montar la terraza.

»Yo no lo hice por el bando. Lo he dicho muchas veces así, aquí en esta plaza, en broma, hablando de otras cosas, porque contarlo como una gamberrada de crudos contra cocidos me dejaba dormir.

No es verdad. Lo hice porque estaba dolido con una persona y me pilló cerca la madre.

Y un cobarde de diecisiete años sigue siendo un cobarde.

»Tuve diecisiete años para decírselo a ella. La tenía a cuarenta metros. Me compraba pan cuando su horno estaba lleno. Se murió sin saberlo y eso no lo puedo arreglar de ninguna manera, y me lo he explicado de todas las maneras posibles y no hay ninguna que valga.

»Y a su hija se lo ha contado un señor de la televisión con una carpeta, el sábado, delante de vosotros. Eso también es cosa mía. Yo he tenido cuatro meses.

»No lo digo para que esto sea más fácil hoy. Lo digo porque llevo diecisiete años dejando que este pueblo me tenga por buena persona con una cosa así dentro, y eso también es una manera de mentiros a vosotros.

» [Aquí había una línea tachada.]

»Ya está. Perdonad la hora.»

En el sitio de la línea tachada se paró.

Se paró un par de segundos, con el papel en la mano, y luego dijo, mirando al folio y no a la plaza:

—Aquí ponía una cosa y la he quitado. Ponía «no os pido nada». Y la he quitado porque decir que no pides nada es otra manera de pedir.

Y dobló el papel, se lo volvió a meter en el bolsillo y bajó del entarimado.

Lo que pasó después no lo esperaba nadie y menos que nadie yo.

Hubo cuatro segundos de nada. Cuatro segundos de setecientas personas sin saber qué se hace.

Y entonces, desde la mesa de la esquina, se levantó la Bernarda Vidal.

Setenta y nueve años, un metro cincuenta y dos, con el bolso en el brazo.

Y dijo, en voz altísima, con esa voz de anciana que atraviesa las plazas:

—¡La banca paga!

Y hubo una risa. Una risa rara, medio nerviosa, medio de alivio, que recorrió la plaza como recorre el agua un suelo inclinado.

—¡La banca paga y yo cierro las apuestas! —gritó—. ¡Y el que quiera cobrar que venga mañana al bar, que hoy hay que trabajar!

Y volvió a sentarse tan tranquila.

Después de eso, en unos dos minutos, pasaron cuatro cosas.

Cinta, de Mas Clarà, se abrió paso hasta el entarimado y dijo, hacia nadie en particular, que si hacían falta huevos ella tenía en la furgoneta y que era el momento de decirlo.

Mi tía Montse cruzó la plaza entera, desde el lado Vidal hasta donde estaba Teo, delante de todo el mundo, y le dijo algo que no oyó nadie más y que él no me ha contado nunca. Cuatro palabras. Y volvió a su sitio.

Su tío Quim se quitó la chaqueta.

Solo eso. Se la quitó, se la dio a su mujer y se remangó, y en este pueblo eso significa una única cosa.

Y alguien, al fondo, un hombre que no he identificado nunca, gritó:

—¡Artículo dieciséis!

Y otro lo repitió. Y luego otro.

Y en veinte segundos había media plaza gritando el artículo dieciséis, que es el que dice que ninguna casa venderá su horno a forastero, y que no tiene ningún valor legal, y que lleva cien años enmarcado en la pared del salón de plenos.

Yo miré hacia la farola.

Sandra Peral ya no estaba.

Nota de cata. —

Nota oficial: —

Nota real: he dicho en un micrófono, delante de setecientas personas y dos cámaras, la frase que llevaba dos años sin poder decir en voz baja a nadie.

Y no se ha caído nada. Y no se ha acabado el mundo. Y una señora de setenta y nueve años ha gritado «la banca paga» y la plaza se ha reído.

Son las ocho menos cuarto. Faltan ciento treinta y tres discos.