La guerra del merengue Capítulo 36
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Capítulo 36

El horno de la Pieza definitiva lo encendí el lunes a las seis de la tarde y me quedé a dormir en el obrador, porque había que subir la temperatura toda la noche y porque no tenía ninguna gana de dormir en mi casa.

Lo hice todo bien. Quiero dejarlo escrito porque después me lo pregunté cuatrocientas veces: lo hice todo bien.

Leña de carrasca del año pasado, tres troncos cada cuarenta minutos, tiro abierto a la mitad, palanca comprobada a las siete y a las nueve y a las once. A la una de la madrugada la nave estaba a veintiséis grados y el horno subía como sube un horno que se sabe la faena.

Me tumbé en el catre a la una y cuarto con la alarma puesta a las dos y media.

Y a las dos y veinte me despertó el humo.

No la alarma: el humo.

Lo cuento en orden, aunque aquella noche no tuvo ninguno.

Me desperté tosiendo. El altillo estaba lleno. No de humo negro de incendio, que eso se ve y se huele y es otra cosa: era humo blanco, denso, de leña quemando mal, que es lo que pasa cuando un fuego no tiene por dónde tirar.

Bajé la escalera de hierro de dos en dos y me di con el hombro en la barandilla.

La nave estaba blanca. De suelo a claraboya. No se veía la pared del fondo.

Corrí a la boca del horno, la cerré, cerré el registro, abrí la puerta de la calle y la de atrás para hacer corriente, y me subí a la mesa de mármol para abrir la claraboya con el gancho largo.

Y luego salí al callejón y me subí al tejado por la escalera de la pared, con una linterna, en pijama y con las botas sin atar.

La chimenea del Obrador Vell es un tubo de obra de dos metros con un sombrerete de chapa.

Y encima del sombrerete, encajada, había una plancha.

Una plancha de fibrocemento de las de tejado, de sesenta por sesenta, colocada plana y sujeta con dos ladrillos.

No estaba puesta de cualquier manera. Estaba colocada por alguien que sabía lo que hacía: dejando una rendija de tres dedos por un lado, la suficiente para que el fuego no se apagara del todo y para que el humo saliera despacio hacia dentro durante horas sin que nadie de la plaza viera nada raro.

La tiré al suelo del callejón de una patada y me senté en el tejado.

Y desde el tejado se veía la nave por la claraboya abierta.

Y en la nave, en el armario del cristal roto, estaban los cinco discos.

El merengue seco absorbe.

Eso lo sabe cualquiera que haya trabajado en un obrador: el merengue es azúcar y aire, y el azúcar coge la humedad del sitio donde está, y coge también lo demás. Por eso no se guarda cerca de las cebollas. Por eso mi padre no dejaba entrar el tabaco en el obrador.

Cuatro horas de humo de leña mal quemada, en una nave cerrada, con un armario con el cristal roto.

Bajé a las tres menos cuarto, cuando ya se veía algo, y saqué los cinco discos y los puse en el mármol.

Estaban perfectos. Esa es la broma. Enteros, blancos, sin una grieta, tres días de secado exactos, los mejores discos que he sacado de un horno en mi vida.

Partí un trozo del borde del quinto y me lo comí.

Ceniza.

No es que supieran «un poco a humo». No es un matiz ahumado ni una cosa que se pueda vender como intencionada. Es amargo, es seco, se te queda pegado en la garganta y en el paladar y no se va con agua. Es lo que pasa cuando una cosa dulce y porosa se pasa cuatro horas dentro de una chimenea.

Probé los otros cuatro por el borde, uno detrás de otro, y con el cuarto ya lo estaba haciendo por hacer algo con las manos.

Y luego me senté en el suelo del obrador, con la espalda contra el saco de azúcar, en el sitio de siempre, y me quedé ahí.

Eran las tres y diez de la madrugada del martes de Carnaval.

Los discos necesitan tres días.

Ella llegó a las seis y veinte.

Yo llevaba tres horas sentado en el mismo sitio, con las dos puertas abiertas, y la nave todavía olía como huele una casa después de un incendio pequeño.

Se paró en la puerta.

Miró la nave. Miró el techo, la claraboya abierta, el suelo. Miró la mesa de mármol con los cinco discos alineados y un trozo partido del borde de cada uno.

Y me miró a mí, sentado en el suelo, en pijama, con un abrigo por encima.

—¿Qué ha pasado?

—La chimenea.

—¿Se ha apagado?

—Se ha tapado.

Vino hasta la mesa. Cogió un trozo del borde y se lo llevó a la boca.

Y esa es la única vez en toda esta historia en que le agradecí a Dios, o a lo que sea, que esa mujer no pudiera saborear nada. Porque no puso ninguna cara. Solo lo masticó y lo dejó en el mármol y dijo:

—Dime lo que sabe.

—Ceniza.

—¿Mucho?

—Mucho.

—¿Los cinco?

—Los cinco.

Se quedó quieta, mirando la fila.

—¿Y la chimenea?

—Una plancha de fibrocemento con dos ladrillos encima. —Señalé el callejón con la barbilla—. Está ahí fuera. Con una rendija dejada a propósito para que tirara despacio y no se apagara.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿Alguien de aquí?

—No —dije—. Alguien de aquí sabe que a las siete de la mañana subimos al tejado. Alguien de aquí sabe que yo duermo en el obrador cuando hay horno. —Me levanté con esfuerzo, porque llevaba tres horas en el suelo—. Y hay otra cosa: alguien de aquí no habría dejado la rendija.

—¿Por qué no?

—Porque la rendija es para que yo no me asfixiara.

Y ella se quedó mirándome.

—Lo han hecho para reventar el pastel —dije—. No para hacerme nada a mí. Eso es un trabajo pagado y hecho por alguien que ha venido, ha subido, ha calculado y se ha ido.

—Hay que denunciarlo.

—Blanca...

—Que hay que denunciarlo, Teo. —Ya estaba sacando el móvil—. Tú estabas durmiendo ahí arriba. Esto no es el artículo seis, esto no es una gamberrada de bando, esto es un allanamiento y unos daños y a ti te podían haber sacado de aquí en una camilla.

Y llamó.

A las siete menos veinte, un martes de Carnaval, con la nave llena de humo, Blanca Vidal llamó al cuartel de Sant Pere y estuvo once minutos dando una dirección, un nombre y una descripción de una plancha de fibrocemento.

Vinieron a las nueve, dos agentes, con la plaza ya montándose para la fiesta. Fotografiaron la chimenea, se llevaron la plancha, tomaron declaración y dijeron lo que dicen siempre, que es que sin cámaras y sin testigos aquello iba a ser difícil.

Y fue difícil. El atestado se archivó en junio.

Pero consta. En un registro, con fecha, con número. Y en este pueblo llevamos cien años haciendo actas de tonterías —de un diente, de un ángel de mazapán, de un merengue congelado— y resulta que la primera vez que pasó algo de verdad también hubo un papel.

Eso lo hizo ella y a mí no se me habría ocurrido en la vida.

Se hizo un silencio en aquella nave llena de humo viejo.

—Se acabó —dije.

—¿Qué?

—Que se acabó, Blanca. Los discos necesitan tres días de secado. Hoy es martes. La Pieza se presenta a las ocho. —Me pasé la mano por la cara—. Sin base no hay Torre. Y sin Torre se vende el obrador. Y ya está.

Ella no dijo nada.

Fue hasta la mesa. Cogió el disco de abajo, el de treinta y ocho centímetros, y lo levantó con las dos manos, y lo miró a contraluz, y le dio la vuelta.

—Está entero —dijo.

—Está entero y sabe a chimenea.

—Está entero, Teo.

Lo dejó en el mármol.

Y entonces hizo una cosa que no me esperaba.

Se fue a la pared del fondo, la del pacto, y de ahí al suelo, y se agachó, y con el canto de la mano empezó a borrar la línea de tiza que había pintado el sábado.

La borró entera, de pared a pared, frotando con la mano y luego con la manga del abrigo, hasta que en el suelo no quedó más que una raya sucia.

Se levantó con la manga blanca.

—A ver —dijo, y se puso las gafas, que es lo que hace ella antes de trabajar—. Merengue seco: azúcar, clara y tiempo. El tiempo es lo que no tenemos.

—Blanca...

—Cállate un momento. —Se puso a andar por la nave—. Tres días es lo que tarda en secarse en una nave a temperatura ambiente, tapado con un paño. Pero se seca antes si le das calor bajo y constante, lo que pasa es que se dora y se agrieta.

—Se agrieta seguro.

—Se agrieta si el disco es grande. —Se giró—. ¿Y si no son grandes?

Yo tardé unos segundos.

—¿Qué?

—Que si en vez de cinco discos de treinta y ocho hacemos doscientos pequeños —dijo—. De ocho centímetros. Ocho centímetros se seca en cuatro horas. Y con doscientos, montados en anillos, sale la misma estructura. Sale más fea. Sale como un muro de piedra seca en vez de como una tarta.

—Eso son doscientos discos, Blanca.

—Doscientos veinte, con las mermas.

—En un horno de leña. En un día.

—Sí.

—Y hay que montar cuarenta kilos de merengue de tres clases.

—Sí.

—Somos dos personas.

Y ella se quedó quieta en mitad de la nave, con la manga blanca de tiza, a las seis y media de la mañana del martes de Carnaval.

—Ya lo sé —dijo—. Esa es la parte que no sé resolver.

Nos quedamos los dos callados.

—Yo tengo que hacer una cosa a las siete y media —dije.

—¿El qué?

—En el pregón. —Y se lo dije mirándola a la cara, porque se lo debía—. Voy a coger el micro cuando baje la alcaldesa y voy a contarlo yo. Todo. Delante de todos.

Ella no dijo nada durante un rato.

—Vale —dijo.

—No lo hago para que me perdone nadie.

—Ya lo sé.

—Y a lo mejor sale peor.

—Eso también lo sé.

Cogió su abrigo del gancho, se lo puso encima del jersey, y se paró en la puerta.

Y desde ahí, sin girarse del todo, dijo:

—Teo.

—Qué.

—¿A qué hora abre tu obrador?

Yo me quedé de pie en mitad del humo.

—A las seis y cuarto —dije.

—Ya. —Se subió el cuello del abrigo—. Pues nos vemos a las nueve. Yo traigo las claras.

Y se fue por la puerta de delante, cruzando la plaza, entre el confeti que llevaba desde el sábado en el suelo y las bombillas de la carpa apagadas.

A las siete y cuarto, cuando yo estaba en el callejón cargando la plancha de fibrocemento en el carro para llevarla al ayuntamiento, apareció Nil Vidal.

Venía andando desde la calle de atrás y se paró a cinco metros, con las manos en los bolsillos de una cazadora fina y cara de no haber dormido.

—Yo no he sido.

Yo dejé la plancha en el suelo.

—Vete a tu casa, Nil.

—Que yo no he sido, Teo. —Le temblaba la voz—. Lo de los papeles del archivo sí. Eso lo hice yo y lo del azúcar de noviembre también, y no te voy a decir que no sabía lo que hacía porque sí lo sabía. Pero esto no.

—Ya.

—Me lo pidieron el jueves. —Se pasó la mano por la boca—. Me dijeron que había que hacer que el horno no tirara la noche antes. Con una plancha. Me lo explicaron, ¿eh?, con la rendija y todo, y me dijeron que no había peligro.

—¿Y?

—Y les dije que no.

Nos quedamos los dos en el callejón.

—¿Por qué? —dije.

Y él se quedó un rato mirando la plancha en el suelo.

—Porque tú duermes ahí —dijo.

Y echó a andar por donde había venido, deprisa, sin esperar respuesta.

Borrador n.º 47. [Sin tachar. Doblado en cuatro. En el bolsillo de la camisa buena.]