Capítulo 35
El lunes dieciséis de febrero, a las once de la mañana, tenía encima de la cama de la habitación de invitados de mi tía las siguientes cosas:
Una maleta abierta con la mitad de la ropa dentro.
El contrato de Grupo Dulcina, doce folios, impreso en la papelería de Sant Pere, que me había llegado por correo electrónico el domingo a las ocho de la tarde con un mensaje de tres líneas que decía que aquello seguía en pie, que lo sentía muchísimo y que la oferta se mantenía en los mismos términos y con la misma prima.
Y un bolígrafo.
Llevaba ahí desde las nueve y media.
No es que estuviera decidiendo. Es que estaba mirándolo, que es distinto y es peor.
Porque las cuentas eran facilísimas y las había hecho cuatro veces.
Si el martes subimos a esa plaza, el pueblo no va a levantar la mano.
No después del sábado. Cuarenta manos de setecientas y la humillación pública de los dos en directo, y luego la venta forzosa, y luego el obrador de mil novecientos veintiséis con un logotipo redondo en la puerta y una modelo tirando merengue a cámara lenta en agosto.
Si firmo hoy: cobro mi mitad, con prima, y me voy a Madrid con un contrato de dos años y mi nombre en una puerta de la calle Almagro.
El resultado para el obrador es idéntico en los dos casos. Dulcina se lo queda igual.
La única diferencia es si yo cobro o no cobro.
Y esa, señores, es exactamente la clase de razonamiento que hace una a las once de la mañana de un lunes cuando se le ha roto todo, y por eso hay que tener cuidado con las cuentas fáciles.
Mi tía entró a las doce sin llamar.
Vio la maleta. Vio los folios. Vio el bolígrafo.
—¿Qué es eso?
—Nada.
—Blanca.
—Es una oferta.
—¿De esa gente?
—Sí.
Se quedó de pie a los pies de la cama, con las manos cruzadas delante, y estuvo un rato larguísimo sin decir nada.
Y luego dijo:
—Yo lo sabía.
Y a mí se me paró el estómago por segunda vez en cuarenta y ocho horas.
—¿Qué sabías?
—Lo de la letra.
Me senté en la cama.
—Tía.
—Yo vi la denuncia —dijo—. En el once, o el doce. Tu madre pidió una copia del expediente para un asunto del seguro y vino con la carpeta a mi casa y la abrimos las dos en la mesa de la cocina.
—¿Y?
—Y yo lo vi. —Se le puso la mandíbula dura—. Yo veía esos carteles todos los días desde la acera de enfrente, Blanca. Todos los días de mi vida. Y esa D con el palo así, con la barriga hacia fuera, no la hace nadie más en este pueblo.
—¿Se lo dijiste a mi madre?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque tu madre habría ido.
Y ahí se sentó en la silla del rincón, que es donde se sienta ella cuando la conversación va a durar.
—Tu madre habría cruzado la plaza y habría entrado en ese horno y habría montado el escándalo del siglo —dijo—.
Y habría tenido toda la razón. Y le habría destrozado la vida a un chaval de diecinueve años que a esas alturas ya estaba cuidando a su padre, y luego se habría sentido fatal ella, que era como era.
Y a nosotras no nos habría devuelto ni un duro.
—O sea que decidiste tú.
—Sí.
—Por ella.
—Sí.
—¿Y por mí?
Y ahí mi tía se calló.
Se calló, y ese silencio fue el más largo de toda la conversación, y yo esperé, porque hay silencios que hay que dejar que terminen solos.
—Tú estabas en Barcelona —dijo—. Y luego en Madrid. Y venías por Navidad y por agosto y te ibas.
—¿Y?
—Y a mí me convenía que este pueblo te siguiera pareciendo un sitio pequeño y cansado del que te habías escapado a tiempo.
Yo no entendí a la primera. Tardé unos segundos.
—¿Cómo?
—Que si yo te llego a contar que el chico del Forn le hizo eso a tu madre, tú vuelves.
—Me miró de frente por primera vez—. Tú tenías veintiún años y un carácter horroroso y habrías vuelto a arreglarlo.
Y te habrías quedado. Y habrías acabado detrás de un mostrador en esta plaza como tu madre y como yo.
—Tía...
—Y yo no quería eso para ti. —Se le rompió un poco la voz y la recompuso enseguida, porque es una Vidal—. Yo quería que fueras la sobrina de Madrid. La que sale en la tele. La que manda fotos.
Se levantó.
—Y esa es mi parte, y ya la he dicho, y no la pienso decir dos veces. —Se alisó la falda—. Yo te aparté de aquí para tu bien y de paso me quedé con lo que quería, que era tener una sobrina de la que presumir. Quince años. Y ahora te toca a ti decidir lo que haces con esos papeles.
Y cerró la puerta al salir.
Y yo me quedé sentada en una cama con doce folios y un bolígrafo, entendiendo por fin que en este pueblo todo el mundo lleva cien años decidiendo por otro «para su bien», y que eso es exactamente lo que hicieron las dos familias en el veintiséis, y lo que hizo Remei cosiendo unas cartas, y lo que hizo mi tía en el doce, y lo que hizo Teo Roure en octubre cuando me ofreció ser mi lengua en vez de contarme la verdad.
Y lo que estaba a punto de hacer yo, si firmaba aquello sin decírselo a nadie.
A las cuatro de la tarde me puse a hacer la maleta en serio y me encontré la caja.
Es una caja de zapatos de mi cuarto de siempre, el de casa de mi madre, que mi tía trajo aquí cuando vaciamos el piso y que yo no había abierto en dos años.
Dentro hay lo que hay en esas cajas: entradas, una pulsera, tres cartas del instituto, una foto de un viaje de fin de curso.
Y un sobre.
Un sobre de correos, con sello, con la dirección de la residencia escolar de Barcelona escrita a mano en mayúsculas, con rotulador negro.
Matasellos de Vilamorell de Mar, octubre de dos mil ocho.
Yo esa carta no la contesté.
Y no la contesté por una razón que a los treinta y cuatro años me da una vergüenza que no se puede escribir: porque tenía dieciséis años, porque me había ido de casa once días después de que le encontraran el bulto a mi madre, porque estaba en una residencia de Barcelona pasándolo fatal y fingiendo que no, y porque contestar aquella carta significaba volver a poner el pie en un sitio del que me acababa de escapar corriendo.
Guardarla sí la guardé. Diecisiete años. En una caja de zapatos. Eso también dice algo.
La leí entera, sentada en el suelo, el lunes dieciséis de febrero de dos mil veintiséis a las cuatro y veinte de la tarde.
Y es una carta buenísima.
Es una carta de un chaval de diecisiete años, con faltas, con dos folios, contándome tonterías del pueblo: que a la señora Enca se le había quemado la coca, que había vuelto el caballo del vecino, que en el Forn habían cambiado la vitrina.
Con tres preguntas al final para que yo tuviera que contestar, y con una frase, la última, que dice:
«Si vienes por Navidad dímelo y bajo a la plaza.»
Y yo me quedé con esa carta en las manos, en el suelo, y pensé lo siguiente, y lo pienso todavía:
Este chico escribió esto en octubre.
Y en julio del año siguiente, nueve meses después, escribió lo otro.
Las dos cosas las escribió la misma mano en la misma mesa de la misma cocina, con nueve meses de diferencia. La bonita y la asquerosa.
Y no son dos personas distintas. Ese es el asunto y por eso no me sirve de nada.
Es el mismo chaval de diecisiete años al que no le contestaron una carta y que se pasó diez meses mirando un buzón, y que un día bebió y se sentó a la misma mesa y le hizo daño a la madre de la chica que no le contestó.
Eso lo entiendo. Lo entiendo perfectamente y lo entendería en cualquier libro.
Y no lo perdono, porque una cosa es entender de dónde sale y otra es que a mi madre le precintaran la cámara en agosto.
Pero desde que leí esa carta sé una cosa que antes no sabía, y es que aquello no fue una maldad de los Roure contra los Vidal.
Fue una cosa entre él y yo, y yo también estaba dentro.
Al caer la tarde salí a andar y acabé donde acaban todos mis paseos desde octubre.
No pensaba entrar. Iba a mirar el horno desde fuera, por la ventanita de la puerta, y volverme, porque el martes había que subir una Torre a una plaza y yo quería ver ese sitio una vez sin nadie dentro.
Pero había luz.
Y la puerta de atrás, la del callejón, estaba entornada.
Y desde el callejón, a través de la rendija, oí una voz.
Estaba solo. En mitad de la nave, delante del horno encendido, con un papel en la mano.
Y estaba leyendo en voz alta.
Leía mal. Leía como lee él, dándole a cada palabra el mismo peso, y se paraba, y volvía a empezar la frase, y se pasaba la mano por la cara y volvía a empezar otra vez desde el principio.
Y decía así.
«Me llamo Teo Roure. Casi todos me conocéis y os despacho el pan.
»En julio de dos mil nueve, con diecisiete años, escribí una denuncia anónima contra la Confitería Vidal diciendo que rompían la cadena de frío. La escribí en la mesa de mi cocina, en mayúsculas, cambiando la letra a propósito para que no me conocierais...»
Y ahí paró, y volvió a empezar desde el principio, y a la tercera llegó más lejos.
«...y un cobarde de diecisiete años sigue siendo un cobarde. Yo tuve diecisiete años para decírselo a ella. La tenía a cuarenta metros. Me compraba pan cuando su horno estaba lleno.
»No os pido que...»
Y ahí paró otra vez.
Paró y bajó el papel y se quedó un rato mirando el fuego, y luego dijo, en voz baja, para él, con una rabia que no le había oído nunca:
—No pidas nada, imbécil.
Y cogió el boli y tachó algo.
Yo me aparté de la rendija.
Bajé por el callejón hasta la calle de atrás y me fui a casa por el camino largo, el del espigón, con las manos en los bolsillos y el frío de febrero en la cara.
No entré. Y no entré por dos razones.
La primera es que aquel hombre estaba ensayando una cosa que tiene que decir solo, y meterme allí a las ocho de la tarde a decirle lo que fuera —que lo entendía, que no lo perdonaba, que lo sentía, cualquier cosa— habría sido quitársela.
Y la segunda es que yo todavía no sabía qué iba a hacer.
Y hay una cosa que aprendí en octubre en este pueblo y que no pienso olvidar: que aquí la gente lleva cien años diciéndole a otro lo que le conviene oír.
Cuando volví a casa, a las nueve y media, me senté en la cama.
El contrato de Dulcina seguía ahí, con el bolígrafo encima.
No lo firmé.
Tampoco lo tiré. Lo dejé exactamente donde estaba, sin firmar, doce folios y un bolígrafo, y me dormí vestida encima de la colcha con la luz encendida.
Nota de cata. —
Nota oficial: —
Nota real: he estado veinte minutos en un callejón oyendo a un hombre ensayar una confesión delante de un horno.
No he entrado.
Y no sé si eso ha sido lo más decente que he hecho en mi vida o la última cobardía de una semana llena de cobardías, y no lo voy a saber nunca, porque las dos cosas se parecen muchísimo desde fuera.