La guerra del merengue Capítulo 34
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Capítulo 34

El domingo abrí a las seis y cuarto, como todos los domingos de mi vida.

Eso fue lo único que se me ocurrió hacer. Poner la masa a las cuatro y diez, encender, hornear y levantar la persiana a las seis y cuarto, porque si haces eso el cuerpo cree que el mundo sigue en su sitio durante unas cuantas horas.

El primero en entrar fue Paco el del taller, que me debe cuarenta y dos euros desde marzo del año pasado.

—Un pan y una madalena.

—Marchando.

Y luego se quedó ahí, con el pan en la mano, mirando el mostrador.

—Yo eso lo vi anoche —dijo.

—Ya.

—Y digo yo que serías un crío.

—Diecisiete.

—Diecisiete —repitió, y movió la cabeza—. Pues nada, chico.

Y se fue sin pagar, como siempre, y aquello fue lo más parecido a un abrazo que recibí en todo el domingo.

Vino más gente. Vino toda, de hecho: aquel domingo vendí más pan que ningún domingo del año, y eso también dice algo de este pueblo, aunque no sé exactamente qué.

Y lo que hicieron fue lo que hacemos aquí, que es no decir nada y decirlo todo.

Una señora me pidió media barra y no me miró a la cara.

Otra me dio dos besos en el mostrador, cosa que no había hecho nunca en su vida.

Un hombre de la calle de atrás dijo, en voz alta, para que lo oyera todo el establecimiento, que a él lo del noventa y cuatro tampoco se lo habían perdonado nunca y que aquí todos hemos hecho cosas.

Y a las nueve entró la señora Enca, se quedó de pie delante de la vitrina y estuvo un minuto largo sin decidirse.

—Enca.

—Es que no sé qué decirte, hijo.

—No hay que decir nada.

—Es que yo a la Dolors la quería mucho.

Y se puso a llorar delante del mostrador, la mujer, y salió sin comprar nada.

Eso fue lo peor de todo el domingo, y mira que hubo cosas.

Me fui a la pared de la izquierda, la de encima de la vitrina, y descolgué los catorce carteles.

Uno por uno, con las chinchetas. PA DE PAGÈS. COCA DE LLARDONS. ENSAIMADA. Catorce cartulinas descoloridas escritas por un chaval de dieciséis años con un rotulador gordo.

Los tiré al cubo del papel.

Y a los diez minutos volví, los saqué del cubo, los alisé con la mano encima del mármol y los guardé en un cajón, porque tirarlos me pareció, de repente, exactamente la misma cobardía de siempre.

Mi madre no me dijo nada hasta la tarde.

Estuvo todo el domingo trabajando a mi lado, en la trastienda, sin abrir la boca más que para lo imprescindible. Y a las cinco, cuando cerramos, se sentó en la silla de la cocina con el paño en las manos.

—Siéntate.

Me senté.

—Tu padre lo supo —dijo.

—Ya lo sé. Me lo dijo él en el veintiuno.

—No. —Levantó la vista—. Tu padre lo supo en el nueve.

Yo me quedé con las manos encima de la mesa.

—¿Qué?

—En agosto del nueve. —Dobló el paño en cuatro—. Tú tenías la letra de un crío y una libreta con el borrador encima de la mesa de esta cocina, y tu padre se levantaba a las cuatro. Teo, hijo. Se levantaba a las cuatro todos los días de su vida.

—Me dijo que se enteró en el veintiuno.

—Te dijo eso, sí.

—¿Por qué?

Y mi madre estuvo un rato mirando el paño doblado.

—Porque te esperó —dijo—. Doce años. Estuvo doce años esperando a que se lo contaras tú, y cuando se puso malo y vio que se le acababa el tiempo, se cansó de esperar y te lo dijo él.

Yo no fui capaz de decir nada durante un rato bastante largo.

—¿Y tú? —dije.

—Yo lo supe en el diez, porque me lo dijo él.

—¿Y no me has dicho nada en dieciséis años?

—No.

—Madre...

—Y esa es mi parte —dijo, y ahí se le movió algo en la cara por primera vez en toda la conversación—.

Que yo también me callé, Teo. Yo veía a la Dolors por la calle todos los días y le compraba merengue en Navidad y me callé dieciséis años, porque eras mi hijo y porque tenías diecisiete años y porque una madre es lo que es.

Se levantó.

—Así que no te voy a decir lo que tienes que hacer. Pero yo llevo dieciséis años con esto y te aseguro que no se lleva mejor con el tiempo. Se lleva peor.

Y se metió en la cocina a hacer la cena, que es lo que se hace aquí cuando ya se ha dicho todo.

El domingo por la noche me senté en la cocina con la libreta y no escribí nada.

Estuve una hora. Ese es el dato.

Llevo desde los dieciocho años escribiendo cartas que no mando, cuarenta y seis, y en dieciséis años no he tenido nunca ningún problema para empezar una.

Se empieza fácil. «Blanca:». «Dolors:». Y luego ya sale, porque escribirle a alguien que no lo va a leer es la cosa más cómoda del mundo: se dice todo, se dice bien, se dice en el orden correcto, no te interrumpen y no te contestan.

Cuarenta y seis cartas. Cuarenta y seis veces diciendo la verdad en una cocina vacía a las once de la noche.

Y me di cuenta el domingo, con el boli en la mano, de lo que había estado haciendo todos estos años.

Un hombre que escribe cuarenta y seis confesiones y no manda ninguna no es un hombre atormentado. Es un hombre que ha encontrado la manera de tener las dos cosas: la conciencia tranquila de haberlo dicho y la vida tranquila de que nadie lo sepa.

Eso lo pensé el domingo por la noche y me dieron ganas de tirar la libreta al fuego.

No la tiré. Está en el cajón, con los cuarenta y seis, y no pienso enseñárselos a nadie nunca, ni a ella. Es lo único de todo esto que me voy a quedar.

El lunes por la mañana fui a ver a Berta Casals.

Me atendió a las nueve, sin cita, y no hizo ningún comentario sobre nada, que es la razón por la que en este pueblo esa mujer no tiene enemigos.

Le pregunté las tres cosas que llevaba dos días dándome vueltas.

Primera: si yo me apartaba, si renunciaba a mi mitad, ¿podía quedárselo ella sola?

—No —dijo Casals—. La condición es conjunta. Si usted renuncia, incumple, y si incumple, se vende el legado íntegro. A ella no le queda nada.

—¿Y si me aparto solo de cara al público? ¿Si no subo yo a la plaza?

—Depende de qué signifique «a cuatro manos» —dijo—. Y significa a cuatro manos. Si el pueblo entiende que ese pastel lo ha hecho ella sola, alguien lo impugnará. Y no lo digo por decir: ya me han llamado dos personas esta mañana preguntando por la validez de la cláusula.

—¿Quién?

—Eso no se lo voy a contestar.

Y me miró por encima de las gafas.

—Le voy a decir una cosa que no es jurídica, y le ruego que la tome como lo que es. —Cerró la carpeta—. Remei Alzina puso una condición muy rara en su testamento y yo se lo discutí. Dos tardes enteras se lo discutí. Le dije que había cuatro maneras de que aquello saliera mal.

—¿Y qué le dijo ella?

—Me dijo: «Berta, si sale mal, es que hacía falta que saliera mal».

Salí de la notaría y me crucé media plaza.

Y en media plaza me pasaron tres cosas que voy a apuntar porque a mí me parecen el pueblo entero.

La primera: el hijo de Marc, que tiene nueve años, me saludó desde la otra acera gritando «¡Teo!» y su madre le puso la mano en el hombro y le dijo algo, y el crío bajó el brazo y se quedó mirándome sin entender nada.

La segunda: un hombre al que llevo doce años dándole el pan de los domingos cruzó a la otra acera al verme. No con aspaviento. Cruzó como se cruza cuando hay obras.

Y la tercera: Cinta Prats bajó de la furgoneta, me dio dos besos en mitad de la plaza a plena luz, delante de quien fuera, y me dijo: «El jueves te traigo los de la Neus, que ya está mejor». Y se subió y se fue.

No me dijo nada de lo otro. No hacía falta. Aquello fue una declaración de intenciones en toda regla y lo entendió todo el que lo vio.

Y me fui andando hasta la punta del espigón, que es lo que hace la gente de aquí cuando tiene que pensar y no quiere que la vean pensar.

Y allí, sentado en el hormigón, con el mar de febrero delante, hice cuentas.

Si no hago nada: el martes subimos los dos, presentamos la Torre, el pueblo vota.

Y el pueblo, después de lo del sábado, no va a votar que sí.

No a la Torre: a mí. Van a levantar la mano cuarenta personas de las setecientas y va a ser la escena más triste que ha visto esta plaza en cien años.

Y perdemos el obrador, y lo compra Dulcina, y ella se queda sin nada por una cosa mía.

Si me aparto: perdemos el obrador igual, y encima ella se queda con la culpa de haberme apartado.

O sea que no hay puerta.

Estuve dos horas ahí sentado y al final llegué a lo único que quedaba, que era una cosa muy sencilla y muy fea.

El problema no es que yo lo hiciera.

El problema es que este pueblo se acaba de enterar de que yo lo hice por boca de otro . De un señor de la tele, con una carpeta, en directo, después de diecisiete años de que yo me pasee por esta plaza dando pan gratis y quedando como un santo.

Eso es lo que no me van a perdonar. Y tienen razón en no perdonármelo.

Y lo único que puedo hacer, lo único, es quitarle a esa carpeta el poder que tiene. Ponerlo yo. En voz alta, delante de todos, antes de que se vote nada, sin que nadie me obligue y sin que sirva para conseguir nada.

El pregón del martes empieza a las siete y media y lo da la alcaldesa desde el balcón. Después baja, y hay diez minutos de nada mientras la banda se coloca, y en esos diez minutos el micrófono se queda ahí puesto, en el pie, en mitad de la plaza.

Diez minutos.

Y hay una cosa más, que es la que me hizo levantarme del espigón.

El artículo diecisiete dice que el pregón no se interrumpe ni con razón.

Es la norma más tonta del Bando. Está ahí desde el veintiséis por una historia de un borracho en los años treinta que nadie recuerda bien.

Y en este pueblo esa norma se cumple, se cumple de verdad, con una seriedad de misa: yo he visto callarse a mi tío Quim en mitad de una discusión porque alguien dijo «que está el pregón».

Es lo único que tengo.

Volví a casa a la una. Comí con mi madre y no hablamos de nada.

Y por la tarde saqué la libreta, busqué el cuarenta y seis —el que escribí en enero, el que llevaba doblado en el bolsillo del pantalón el día que llegó Óscar— y lo taché entero, de arriba abajo, con dos rayas.

Porque el cuarenta y seis empezaba diciendo «Blanca, tengo que contarte una cosa».

Y eso ya no sirve.

Eso ya no es una carta que se le escribe a una persona.

Borrador n.º 46. [Tachado.]