Capítulo 33
Estuve cuarenta minutos en el callejón.
Cuarenta minutos apoyada en el azulejo, oyendo la plaza al fondo, con el móvil vibrando en el bolsillo cada quince segundos hasta que lo apagué.
A los veinte minutos apareció mi tía por la boca del callejón.
No dijo nada. Se quedó ahí, en la entrada, tapando la luz, con el bolso colgado del brazo.
—Vete, tía.
—No.
—Que te vayas.
—Yo de aquí no me muevo —dijo—. Que entre cualquiera y te vea así y mañana lo sabe la comarca.
Y se quedó veinte minutos de espaldas a mí, en la boca del callejón, mirando a la plaza como un portero de discoteca de setenta kilos y sesenta y un años.
Cuando me moví, dijo, sin girarse:
—Tu madre lo llevó sola veintiséis días. Sola. Yo entraba a ayudarla y me echaba a las nueve.
—Tía.
—Y ahora vas y te vas a ese obrador, ¿verdad?
—Sí.
—Ya lo sabía yo. —Y se apartó de la boca del callejón—. Anda, ve.
Y a las seis y media entré en el obrador por la puerta de atrás, la del callejón, la que usó Remei en el noventa, y me senté en el suelo con la espalda contra el saco de azúcar.
Delante tenía el armario del cristal roto, abierto, con los cinco discos debajo del paño.
Él llegó a las siete menos veinte.
Entró por la puerta de delante, con la llave, y se paró en cuanto me vio en el suelo.
No dijo «lo siento». Eso lo he pensado mucho después y creo que fue lo único inteligente que hizo aquella noche.
—Blanca.
—Cuéntamelo —dije—. Entero. Sin adornar.
Y me lo contó.
De pie, en mitad de la nave, a cuatro metros de mí, sin acercarse ni un paso.
La fiesta mayor de Sant Pere. El coche de Marc.
Volver a las cuatro. La mesa de la cocina de su casa.
El folio. La letra cambiada a propósito, que eso lo dijo así, «a propósito», sin buscarse ni medio atenuante.
Lo de los clientes que se habían encontrado mal, que se lo inventó. El buzón de la plaza.
Y después el cuatro de agosto. Y el precinto. Y los veintiséis días.
—Y lo del préstamo lo supe mucho más tarde —dijo—. Eso lo supe en el catorce o el quince.
—¿Y qué hiciste?
—Nada.
—¿Nada?
—Nada, Blanca.
Yo tenía las rodillas dobladas y los brazos alrededor.
—Mi madre estuvo pagando ese préstamo hasta el veintiuno —dije—. Yo le mandaba dinero desde Madrid y ella me decía que era para el coche.
Él no dijo nada.
—Cuando la ingresaron, en el veinticuatro, se me quejaba de que la habitación individual era carísima. Se quejaba, Teo. En febrero. Se quejaba del dinero.
Nada.
—¿Sabes qué era la terraza esa? ¿La de las cuatro mesas?
—Blanca...
—Era su idea. Suya. Se le ocurrió a ella sola y se pasó dos inviernos hablando de eso, y montó cuatro mesas y unas sombrillas de nada, y funcionó.
—Me temblaba todo—. Y no la volvió a poner nunca.
Yo se lo pregunté una vez, con veinte años, en la cocina de casa.
Le dije mamá, ¿por qué no pones la terraza? Y me dijo que daba mucho trabajo.
Y ahí me levanté.
Me levanté porque no podía estar sentada.
—Me dijo que daba mucho trabajo. Y yo me lo creí, porque tenía veinte años y me estaba yendo a Barcelona.
—Blanca.
—Le tenía miedo —dije—. Eso es lo que pasó, ¿no?
Le cogió miedo. Le vinieron una vez y le precintaron la cámara delante del pueblo entero en agosto, y a partir de ahí ya no volvió a levantar la cabeza.
—Me sequé la cara con las dos manos—. Mi madre era una mujer que se atrevía a cosas y dejó de atreverse a los cuarenta y cuatro años. Y ahora resulta que sé por qué.
Él estaba blanco y no se movía.
—Tú empezaste esto —dije.
—Sí.
—No lo digas así.
—¿Cómo lo digo?
—¡No lo digas de ninguna manera! ¡Discútemelo! —Y ahí grité, y me oí gritar en aquella nave y me dio igual—. ¡Dime que era un crío! ¡Dime que la inspección la habrían hecho igual, dime que la cámara era vieja de verdad, dime algo, joder!
—La cámara era vieja de verdad —dijo, muy despacio—. Y la habrían inspeccionado algún día. Y yo tenía diecisiete años y estaba borracho.
—Ya.
—Y nada de eso cambia lo que hice. Lo pensé, lo escribí, disfracé la letra y lo mandé. —Tragó—. Y luego tuve diecisiete años para decírselo a tu madre y no se lo dije, y esa es la parte que no tiene ninguna excusa, porque esa la hice sereno.
Y eso fue lo peor de todo. Que no se defendiera.
Porque yo necesitaba pelearme. Necesitaba que ese hombre me diera algo con lo que pelearme durante dos horas, y en vez de eso se quedó ahí de pie, a cuatro metros, dándome la razón en todo, con la cara de quien lleva diecisiete años esperando que le pasen la factura.
—Cuatro meses —dije—. Llevas cuatro meses trabajando conmigo.
—Sí.
—¿Cuándo pensabas decírmelo?
—Mañana.
—No me jodas.
—El dieciocho —dijo—. Te lo dije el sábado.
Y ahí, aquello, me hizo más daño que todo lo anterior. Porque era verdad. Porque yo estaba allí. Porque me acordaba perfectamente de haberle dado la mano en ese mismo suelo y de haber pensado que era romántico.
—El día después —dije—. El día después de que el pueblo votara.
—Sí.
—Muy limpio, Teo. Muy limpio. Primero el pastel, luego el obrador, y cuando ya está todo firmado y en el bolsillo, la verdad.
—No fue por eso.
—¿Ah, no? ¿Y por qué fue?
Y ahí no contestó. Ahí se quedó callado, y eso fue lo único honesto que podía hacer, porque los dos sabíamos que la respuesta era «por todo a la vez».
Y entonces me acordé.
Me acordé de golpe, de pie en aquel obrador, y fue como si me tiraran un cubo de agua.
—El pacto —dije.
—Blanca...
—El pacto de la pared. —Me giré y lo señalé, ahí estaba, en la pared del fondo, a tiza, con la letra grande mía y la suya más pequeña en el punto tres—. Tú te ofreciste. Yo no te lo pedí. Yo vine aquí a decirte que no podía probar nada y venía a que me echaras, y tú me ofreciste ser mi lengua.
—Eso no tiene nada que ver.
—¿Que no? —Y me reí, y sonó horrible—. ¿Cuántos días llevabas sabiendo lo del nueve cuando lo dijiste? ¿Diecisiete años?
—Blanca.
—¿Era eso? —Y aquí lo dije, y lo dije para hacer daño, y funcionó—. ¿Era una obra de caridad? ¿Era pagarle a la hija lo que le debías a la madre?
Y a Teo Roure se le rompió la cara.
Se le rompió de verdad, un segundo, y luego la recompuso, y dijo:
—No.
—¿Seguro?
—No lo sé —dijo, y eso fue lo más valiente que dijo en toda la noche—.
Ya no lo sé. Llevo cuatro meses sin saber qué parte de lo que hago es por ti y qué parte es por lo otro.
—Se le fue la voz—. Pero cuando te ofrecí eso yo no estaba pagando nada.
Te lo juro por mi padre. Cuando te ofrecí eso, lo que estaba haciendo era ganar tiempo para no tener que contártelo.
—Vale.
—Blanca...
—Vale. Gracias.
Y hubo un momento más, y este es el que me cuesta escribir.
Porque después de decir aquello nos quedamos los dos callados un rato largo, y en ese rato me pasó por dentro una cosa que no tenía nada que ver con la rabia.
Me acordé de las tres de la mañana. De la noche del horno, de los dos sentados en ese mismo suelo, de él contándome lo de su padre y de mí contándole lo de los bombones de ciento veinte euros.
Y me acordé de que en toda esa noche yo dije en voz alta la cosa más fea que he pensado en mi vida —lo de que mi madre se muriera antes de saber lo mío— y él no puso ninguna cara.
Y pensé: ese hombre estaba escuchándome hablar de mi madre y sabía lo de la cámara.
No es que me mintiera. Es que estuvo ahí sentado, oyéndome llorar por ella, con eso dentro, y no se levantó y se fue, que es lo que habría hecho cualquiera con vergüenza.
Se quedó. Se quedó y me dejó hablar y luego se sentó a mi lado.
Y ahí es donde yo me rompo, todavía hoy, cuando lo pienso. Porque las dos lecturas de eso son verdad al mismo tiempo y no se pueden separar: o se quedó porque era un canalla frío o se quedó porque no era capaz de moverse.
Se lo dije.
—La noche del horno —dije—. Cuando te conté lo de mi madre.
Él cerró los ojos.
—Sí.
—¿Y qué hacías tú ahí?
—Escucharte.
—Con eso dentro.
—Con eso dentro.
—¿Y no se te ocurrió que a lo mejor tenías que levantarte?
—Se me ocurrió cuatro veces —dijo—. Y me quedé sentado. —Le costó lo que sigue, se le vio—. Y no me quedé por ti, Blanca. Me quedé porque estaba a gusto. Esa es la verdad y es lo peor que te voy a decir hoy.
Fui al cajón de la báscula. Saqué una tiza.
Y me arrodillé en el suelo, en el sitio de siempre, donde estaba la marca vieja que ya no se veía, y pinté la línea otra vez.
De pared a pared. Despacio. Apretando mucho, pasando dos y tres veces por encima, hasta que quedó una línea blanca gorda como un dedo, que se veía desde la puerta.
Él no dijo nada. Se quedó de pie mirándome hacerlo, con las manos a los lados, y me dejó terminar.
Eso también se lo tengo apuntado. Que me dejó hacerlo. Que ni una vez, ni una, dijo «no hagas eso». Porque creía que se lo merecía, y porque este hombre lleva toda la vida creyendo que lo que hay que hacer con una deuda es aguantarse.
Me levanté con las manos blancas.
—El martes se presenta —dije.
—Blanca...
—El martes. Como estaba previsto. —Me limpié las manos en el delantal—. Los discos están hechos, tú y yo los hemos hecho, y hay un testamento firmado delante de una notaria. Yo no le voy a regalar a Dulcina un obrador de mil novecientos veintiséis por esto.
—Blanca, no tienes que...
—No lo hago por ti —dije—. Que te quede clarísimo. Lo hago porque es de las dos. De ellas dos.
Se hizo un silencio.
—Vale —dijo.
—Tú a tu lado y yo al mío. Tres días. Se monta, se sube, se presenta, se corta y se acabó. Y el dieciocho, cuando esto se firme, vendes tu mitad o me la vendes a mí o hacemos lo que haya que hacer con abogados. Pero después de eso yo a este obrador no vuelvo a entrar contigo.
—Vale.
—Y no me vuelvas a probar nada. Nunca más.
Y ahí, por primera vez en toda la noche, le vi hacer un gesto: cerró los ojos un segundo.
—Vale —dijo.
Salí por la puerta de atrás.
Y fuera, en la plaza, a las siete y veinte de la tarde de un sábado, seguían las luces puestas y la carpa montada y un grupo de críos disfrazados corriendo entre las mesas, porque faltaban tres días para el Carnaval y en este pueblo el Carnaval no se suspende por nada.
Nota de cata. Lágrima propia, obrador, sábado 14 de febrero, 19:15.
Nota oficial: —
Nota real: sal.
Otra vez sal. Con toda claridad, muchísima, la tengo en la boca ahora mismo mientras escribo esto en el móvil sentada en un escalón.
Quince días llevo con la sal.
Ahora ya sé por qué es lo primero que me devolvieron.