Capítulo 32
El sábado catorce de febrero, tres días antes del Carnaval, amaneció despejado y sin viento, que era exactamente lo que necesitábamos.
Voy a poner la mañana entera porque no la voy a poder contar nunca en voz alta.
A las cinco menos cuarto ya estábamos los dos en el obrador. Habíamos encendido el horno el jueves y llevaba treinta y ocho horas subiendo, y a las cinco de la mañana la nave estaba a treinta y un grados y olía —eso me lo dijo él— a leña y a azúcar.
Los discos definitivos salieron a las siete y veinte.
Los cinco, enteros. Y salieron el sábado y no el martes porque el merengue seco necesita tres días de reposo: sale del horno todavía blando por dentro y se termina de secar solo, en la nave, tapado con un paño, y a los tres días es una cosa que aguanta cuarenta kilos.
Eso lo sabía su padre y lo sabía la abuela de mi abuela y no lo sabe nadie más.
Los pusimos en el armario del cristal roto, al lado de las flaneras y de los dos merengues de mil novecientos veintiséis, con un paño encima.
El martes se montaría todo lo demás.
A las nueve y media entró Ona con el móvil, hizo cuatro fotos de los discos alineados en el armario y se puso a llorar, así, de golpe, sin avisar.
—Es que perdón —dijo, secándose con la manga—. Perdón. Es que mi padre no la ha visto.
Y Teo se quedó quieto en mitad del obrador con un paño en la mano.
—Ya —dijo.
—Perdona, ¿eh?
—No.
Y se abrazaron los dos hermanos delante de mí, dos segundos, con las palmadas de rigor, y luego Ona se sonó la nariz y dijo que se iba a por las cosas del disfraz y salió corriendo.
Y luego nos quedamos los dos apoyados en la pared del fondo, con las manos sucias, mirando el armario abierto.
—Ya está —dijo él.
—Ya está.
—El martes lo montamos y se acabó.
—El martes.
Y en algún momento de esos dos minutos, él me cogió la mano.
Sin decir nada, de pie, mirando cinco discos de merengue debajo de un paño. Me cogió la mano y yo se la apreté.
Eran las diez menos cuarto de la mañana del sábado catorce de febrero y esa es la última vez que ese hombre me tocó.
El directo empezó a las cinco y media.
Habían montado el plató en la esquina de la plaza, delante de los soportales: tres sillas altas, una mesa, un rótulo enorme que decía CIEN AÑOS DE MERENGUE y detrás, encuadrado a propósito, el Obrador Vell con la puerta abierta.
La plaza estaba llena. Y cuando digo llena digo que había gente subida a los alféizares.
Vilamorell entero, más media comarca, más los de Sant Pere.
Era sábado, faltaban tres días para el Carnaval y el pueblo llevaba una semana sin hablar de otra cosa; el ayuntamiento había puesto luces y una carpa, y los críos ya iban disfrazados aunque no tocara.
Óscar presentaba. Estaba en su elemento, guapísimo, en forma, con un abrigo negro y esa energía suya que llena una plaza.
En las sillas: Maite Ros y las dos Bernardas, que fueron un éxito absoluto y que estuvieron doce minutos contando la historia del Incidente del 87 con dos versiones incompatibles.
Nosotros salíamos al final.
Estábamos de pie a un lado, detrás de un cable, esperando. Yo con el delantal limpio puesto, porque me lo habían pedido. Él con la camisa buena.
—Cinco minutos —dijo el chico de la gorra.
Y entonces vi a Sandra Peral.
Estaba a diez metros, con abrigo largo, hablando con Júlia. Tenía una carpeta en la mano.
No le di ninguna importancia. Lo juro por lo que haga falta: no le di ninguna importancia, porque Sandra Peral llevaba cuatro meses apareciendo por todas partes con una carpeta en la mano, y porque yo estaba pensando en la Torre, y porque a las cinco y media de la tarde del día del Centenario yo era, probablemente, la mujer más contenta de aquella plaza.
Vi que le daba la carpeta a Júlia.
Vi que Júlia la abría y leía una hoja, y luego otra.
Vi que Júlia levantaba la cabeza y miraba hacia donde estábamos nosotros, y que se quedaba así dos segundos largos.
Y vi que Sandra Peral le decía algo, muy tranquila, con esa cara de mujer que no ha roto una regla en su vida.
Y después Júlia se fue derecha hacia el plató con la carpeta.
—¿Qué pasa? —dijo Teo.
—No lo sé.
Nos hicieron pasar a las seis menos veinte. Dos taburetes. Micro de pinza. Aplausos de la plaza, que fueron muchos y fueron de verdad, y que todavía se me atragantan cuando me acuerdo.
Óscar estuvo cinco minutos encantador. Nos preguntó por el horno, por las tres escuelas, por la altura. Blanca y Teo, los dos apellidos, cien años, la Yaya Remei. La plaza escuchando. Yo hablé de la Torre y me salió bien.
Y a los cinco minutos, Óscar bajó una hoja que le habían dejado en la mesa, la miró y cambió el tono.
Yo conozco ese cambio de tono. Lo he visto en cuatro programas. Es el tono de «y ahora, un momento de verdad».
—Chicos —dijo—. Me acaban de pasar una cosa y la voy a preguntar en directo, porque creo que este pueblo se merece que las cosas se hablen a la cara.
La plaza se calló.
—Aquí tengo un documento del archivo municipal de Vilamorell.
Es de dos mil nueve. —Levantó el folio y la cámara hizo lo que hacen las cámaras—.
Es una denuncia anónima a Sanidad contra la Confitería Vidal.
Por romper la cadena de frío. Esa denuncia provocó una inspección, un precinto y veintiséis días de cierre en agosto.
Yo dejé de oír bien.
Es una cosa física, no es una manera de hablar: se me fue el sonido de la plaza a un segundo plano y me quedé con el zumbido y con la voz de él.
—Teo, esa confitería era la de la madre de Blanca —dijo Óscar—. Dolors, ¿no? Y por lo que me cuentan, aquel cierre le costó carísimo.
Silencio.
Y entonces Óscar hizo la cosa que le va a perseguir el resto de su vida, aunque él nunca vaya a entender del todo por qué: le dio la vuelta al folio y lo enseñó a cámara.
Y luego, al lado, levantó una segunda hoja: una fotografía de una cartulina descolorida, escrita con rotulador grueso, en mayúsculas, con un precio en pesetas y en euros.
Yo esa cartulina la he visto ochocientas veces. Está en la pared del Forn, encima de la vitrina, a la izquierda, y pone PA DE PAGÈS.
—La letra es la misma —dijo Óscar—. Y estos carteles los escribió, según él mismo ha contado en este pueblo mil veces, un chaval de dieciséis o diecisiete años que se llama Teo Roure.
Se acabó el mundo.
No sé describirlo mejor. Se acabó el mundo en la esquina de una plaza, en directo, a las seis menos cuarto de la tarde de un sábado de febrero.
Óscar no lo dijo con maldad. Esto lo he pensado quinientas veces y lo mantengo: Óscar Manrique creía sinceramente que estaba haciendo periodismo, que estaba defendiéndome, que estaba sacando a la luz una injusticia cometida contra mí y contra mi madre, y que aquello iba a ser el momento más importante de su carrera.
Le estaba haciendo un favor a la mujer con la que salió dos años.
Le está haciendo un favor a alguien siempre. Ese es Óscar entero.
—¿Tienes algo que decir? —preguntó.
Yo me giré.
Me giré despacio, en el taburete, y miré a Teo Roure a la cara delante de setecientas personas, dos cámaras y una plaza que no respiraba.
Estaba blanco. Tenía las dos manos en las rodillas y estaba mirando al suelo, y luego levantó la cabeza y me miró a mí, y solo a mí, como si allí no hubiera nadie más.
Y podía haber dicho tantas cosas.
Podía haber dicho que eso no lo demuestra nada.
Podía haber dicho que una letra no es una prueba.
Podía haber dicho que era menor, que iba borracho, que era una gamberrada de bando, que su padre estaba enfermo, que llevaba tres meses intentando decírmelo, que tenía cuarenta y siete papeles escritos en una libreta.
Cualquiera de esas cosas era verdad. Y con cualquiera de ellas habría comprado veinte minutos.
Y dijo:
—Sí.
Y luego, más alto, porque la plaza no lo había oído:
—Sí. Fui yo.
Se levantó del taburete.
—Fue en julio del dos mil nueve. La escribí yo, la mandé yo y me la inventé casi entera. —Se le quebró un poco la voz y aguantó—. Y no se lo he dicho nunca a nadie.
Y se giró hacia mí.
—Ni a ella.
Setecientas personas y no se oía nada. En una plaza. En Carnaval.
Yo me bajé del taburete y me quité el micro de pinza, y se me enganchó en el delantal y tuve que tirar, y ese detalle absurdo es lo único que recuerdo con nitidez de aquellos treinta segundos: el micro enganchado y yo tirando de él como una idiota.
Y me fui.
Bajé del plató, crucé por delante de la mesa de la alcaldesa, y la plaza se abrió como se abre la gente. Nadie me dijo nada. Alguien intentó tocarme el brazo y lo aparté.
Pasé al lado de Sandra Peral, que estaba de pie junto a la farola con las manos en los bolsillos del abrigo.
No sonreía. Que quede escrito, porque me habría venido muy bien que sonriera: no sonreía en absoluto. Tenía la cara de alguien que está viendo algo desagradable que sabía que iba a pasar.
Y me dijo, en voz baja, cuando pasé:
—Lo siento. Sinceramente.
Y luego, mientras yo seguía andando:
—Todo vale, Blanca. Lo dice vuestro bando.
Salí de la plaza por el callejón de la Confitería, el de tres metros de ancho, el mismo donde había llorado quince días antes lamiendo sal.
Antes de llegar al callejón pasaron dos cosas y las dos las tengo clavadas.
La primera es que, al cruzar por delante de la carpa, una mujer que estaba con dos críos se giró y les puso las manos en los hombros para que no me miraran.
No para protegerme a mí. Para protegerlos a ellos.
Y la segunda es que, en la esquina, junto al cable, estaba Ona Roure con el móvil apagado en la mano.
Y Ona Roure lleva cuatro meses subiendo todo lo que pasa en esta plaza. Todo. Ha subido la tortilla del Domund y el belén de mazapán y el ángel robado. Y lo tenía en la mano, apagado, y cuando pasé por delante se apartó para dejarme sitio y no dijo absolutamente nada.
Eso, en su idioma, es una declaración de guerra contra su propia familia. Y yo, en ese momento, no fui capaz de agradecérselo.
Y detrás, en la plaza, se empezó a oír el ruido.
No un ruido de escándalo. Peor: el ruido de setecientas personas hablando a la vez en voz baja.
Nota de cata. —
Nota oficial: —
Nota real: —