La guerra del merengue Interludio IV
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Interludio IV

Àngela:

Esta es la tercera y va a ser la última, y no lo digo para darte pena. Lo digo porque una lo tiene que decidir alguna vez y yo lo he decidido esta mañana lavando escaleras.

Aquí hace un frío que no sabes lo que es. Aquí el frío no es el nuestro, que va y viene con el viento. Aquí el frío se queda, como un huésped que ha pagado.

Estoy bien. Escribo eso lo primero para que no lo busques al final. La señora es correcta, la casa es grande y me dan de comer más de lo que como. Somos cuatro chicas y dos son de Aragón, así que hay con quien hablar. Trabajo mucho y duermo bien, que en mi caso es lo mismo que estar bien.

De lo otro no te voy a preguntar. Ya lo pregunté en las dos primeras y no hace falta que lo pregunte más.

Solo quiero decirte tres cosas y ya te dejo en paz.

La primera es que en esta casa hago el nuestro.

Lo hago los jueves, cuando la señora recibe. Aquí no lo conoce nadie y les parece cosa de mi tierra, y yo no les digo que no. Se lo comen y dicen que qué fino, y una vez vino un señor de Ginebra y quiso saber cómo se llamaba.

Yo le dije que no tiene nombre.

Y él dijo que todo tiene nombre, y yo le dije que en mi pueblo hay cosas que no.

La segunda es que me han contado lo de la fiesta.

Me lo ha escrito mi madre, muy contenta, tres hojas. Que en Carnaval se tiraron merengue en la plaza y que fue muy divertido y que vino gente de Sant Pere a verlo. Que el año que viene lo repiten. Que ya hay un papel del ayuntamiento con las reglas.

Yo leí esa carta en la escalera de servicio y la volví a leer dos veces por si estaba entendiendo mal.

Àngela: se lo han quedado.

Aquello nuestro, lo de las once de la noche y el brazo dormido, lo han convertido en una fiesta para reírse un rato.

Y la gente se ríe, y lo pasa bien, y va a durar años, y dentro de mucho tiempo habrá chicas de dieciséis años en esa plaza tirándose merengue a la cara sin saber que se lo están tirando por nosotras.

Estuve tres días muy mala con eso. Ahora ya no.

Ahora pienso que si tiene que quedar algo de aquello, que quede eso, aunque sea al revés y aunque sea burlándose. Es mejor que nada. Un pueblo que se pelea cada año por un merengue es un pueblo que no se ha olvidado del todo, aunque no sepa de qué se acuerda.

Y la tercera cosa.

Te mando en una caja, con esta carta, la libreta que era de tu abuela y que me llevé sin permiso el día que me fui, porque no tuve tiempo de pensar y cogí lo que tenía más cerca.

Está todo dentro. También la hoja donde lo apuntamos aquella noche, con tu letra y con la mía, que se ve perfectamente cuál es cuál.

No la tires. Si no la quieres tener en casa, dásela a alguien que no sea ni de los tuyos ni de los míos.

Y ya está.

No me contestes. Te lo pedí una vez que me contestaras con la cara y no se pudo, así que ahora te pido lo contrario: no me escribas, Àngela, que cada vez que baja el cartero se me va el día entero.

Cásate bien si te dejan y que sea con alguien tranquilo.

Yo estoy bien. Lo repito al final también, por si acaso.

Margarida

Al pie, en tinta distinta y letra distinta —la misma que el resto del Cuaderno—:

«Llegó el 20 de noviembre. La caja la abrí. La carta la contesté siete veces y no mandé ninguna. Aquí las guardo todas, que es donde tienen que estar.

A. V., 1961.»

Al margen derecho, en bolígrafo azul, letra temblona y moderna:

«Yo la conocí en el 71. Vino un verano a ver morir a su hermano y no la saludó casi nadie. Estuvo tres días y se volvió. Le di merienda en mi cocina y estuvimos hablando de la fiesta y de cómo la llaman los libros, y no lloró ni una vez, y luego me enseñó a hacerlo con el brazo bien.

Por eso lo taché. R., 1990.»