Capítulo 30
El ensayo general fue el sábado siete de febrero y salió perfecto.
Hay que desconfiar de las cosas que salen perfectas. Eso lo sé yo desde los veinticuatro años, cuando un jefe francés muy antipático me dijo que en una cocina no existe la suerte, solo existe la suerte que todavía no has pagado.
Pero aquel sábado no desconfié. Aquel sábado estuve contenta todo el día, como una idiota, y lo dejo tal cual porque fue el último.
Empezamos el viernes a las seis de la tarde con el encendido, que ya sabíamos hacer: fuego pequeño toda la noche, turnos de cuatro horas, y a las ocho de la mañana del sábado el horno pedía trabajo.
Los discos salieron a las diez. Los cinco. Ni uno roto.
Y a las diez y cuarto pasó una cosa que no estaba prevista.
Apareció mi tía en la puerta con un delantal doblado en el brazo.
—¿Necesitáis manos?
Yo me quedé con la pala en el aire.
—¿Cómo?
—Que si necesitáis manos, Blanca, que no lo voy a repetir. —Ya se estaba atando el delantal—. Que sois dos y eso es un edificio.
—Tía, esto lo tenemos que hacer nosotros. Lo pone el testamento.
—Yo no voy a tocar el pastel —dijo, ofendidísima—. Yo friego. Que en un obrador siempre hay que fregar.
Y estuvo cuatro horas fregando. Cuatro. Sin decir una palabra más que las imprescindibles, en un obrador de la casa contraria, con Teo Roure a dos metros.
A la una y media, cuando salió, se paró un momento a mirar la Torre montada. Y dijo, hacia ningún sitio:
—Tu madre esto no lo habría sabido hacer.
—Tía...
—Y estaría insoportable —dijo—. Insoportable. Todo el día por la calle contándolo.
Y salió con el delantal doblado en el brazo.
El italiano lo monté yo de oído, sin termómetro —el nuevo lleva tres semanas en un cajón, sin abrir la caja, por una cuestión de principios que no pienso explicarle a nadie— y me salió a la primera.
Y el de ellas lo hizo él.
Eso lo decidimos sin hablarlo, como decidimos casi todo: el merengue de Àngela y Margarida lo monta Teo, porque hay que batir cuarenta minutos sin parar sobre agua caliente y porque a mí, con el brazo, no me da la vida.
Se pone de pie delante del baño maría con el cazo de cobre colgado del aro, y bate, y bate, y no se queja, y de vez en cuando se cambia de mano y sigue.
Yo me quedo mirando eso cada vez y cada vez pienso lo mismo, que es que las dos chicas de mil novecientos veintiséis se turnaban el brazo, y que él lo hace solo, y que por eso tarda cuarenta minutos y no veinte.
Estaba montada antes de comer.
Un metro veintiséis. Cinco pisos. Blanco y crema por fuera, con la espiral de él —la espiral que le enseñé el mes pasado y que ya le sale mejor que a mí, cosa que no le he dicho— subiendo por el segundo piso.
Y arriba, en la corona, las frambuesas.
Las frambuesas de febrero son una porquería, pero las que consiguió Cinta por un contacto de Vilanova eran decentes, y quedaron ahí, en lo alto, brillando, con el pistacho picado alrededor.
Nos apartamos los dos y la miramos desde la puerta.
—Está de pie —dije.
—Está de pie.
—Llevamos cuarenta minutos.
—Llevamos cuarenta minutos.
—Aguanta hasta las tres y ya sabemos que aguanta cuatro horas.
Aguantó hasta las nueve de la noche, cuando la desmontamos nosotros a propósito para ver por dónde cedía, y cedió por donde tenía que ceder, y el corte del segundo piso enseñó la columna escondida de merengue de ellas, ahí dentro, sujetándolo todo, como habíamos dicho.
Y antes de comérnoslo hicimos una cosa que no habíamos hecho nunca y que no volvimos a hacer.
Ella cogió el cuaderno, el del diccionario, el que empezó el lunes de las dieciocho cosas, y lo abrió por la primera página.
—Léemelo.
—¿El qué?
—Lo que te fui apuntando. Desde el principio.
Y se lo leí.
Almendra: pincha. Avellana: no. Limón: abre. Chocolate del setenta: serio (iglesia, piedra, frío). Frambuesa: tres tiempos, dulce corto, ácido largo, amargo de pepita, y ninguna igual que la de al lado. Miel de romero: monte seco, agosto, apartar las ramas con el brazo.
Cuarenta y una entradas. Tardé casi diez minutos, porque hay muchas y porque tienen la letra pequeña.
Ella escuchó de pie, apoyada en el mármol, sin decir nada, mirando la Torre.
Y cuando acabé, dijo:
—Todo eso está ahí dentro.
—¿Dónde?
—Ahí. —Señaló el pastel con la barbilla—.
Cada cosa que dijiste la he metido en algún sitio.
La miel en la base, porque es el monte. La frambuesa arriba, porque tiene tres tiempos y el último limpia.
El pistacho porque tú dijiste en noviembre que era «verde de comer, no verde de mirar», que es la frase más rara que me han dicho en mi vida y que resulta que es exactamente lo que es.
Yo no supe qué contestar a eso.
—Es un pastel hecho con tu boca —dijo—. Por si no te habías dado cuenta.
Nos comimos un trozo cada uno de pie, con las manos.
—Está bueno —dijo él, con la boca llena, con una tranquilidad absoluta—. Está muy bueno, Blanca.
—¿La frambuesa?
—La frambuesa está donde tiene que estar. La corona es dulce y luego llega el ácido y te limpia, y entonces te apetece otro trozo. —Miró el pedazo que tenía en la mano—. Es un pastel que pide más. Eso es lo difícil.
Y yo me quedé con eso: es un pastel que pide más .
Eso lo escribí en el cuaderno esa noche y sigue ahí.
Llamamos a Júlia a las ocho y le dijimos que ya estaba, y vino a las nueve y grabó el desmontaje, que resultó ser el mejor plano del reportaje entero: la Torre abierta, con el corte a la vista, y las dos manos cogiendo un trozo cada una.
—¿Esto lo va a ver el pueblo antes del día diecisiete? —preguntó.
—No —dijimos los dos a la vez.
—Vale —dijo Júlia—. Pues entonces esto es un secreto profesional y me lo llevo yo.
Y ya en la puerta, con el equipo al hombro, dijo otra cosa.
—Por cierto. El día diecisiete hay directo.
—¿Cómo que directo?
—Media hora, antes del pregón. Desde la plaza. Lo ha decidido cadena esta semana. —Se colgó el bolso—. Óscar presenta, hay dos invitados y salís vosotros al final.
—Nosotros no hemos firmado ningún directo.
—Habéis firmado la cláusula nueve —dijo, sin ninguna maldad, casi con pena—. Lo digo yo, que estaba delante cuando la leíste en voz alta.
Y se fue.
—Un directo —dije.
—Media hora —dijo Teo.
—Con él.
—Con él, con la alcaldesa, con quien pongan. —Recogió una espátula del suelo—. Es media hora, Blanca. Media hora en la plaza de tu pueblo, con la Torre hecha y todo el mundo contento.
Media hora.
Y ahora la parte del capítulo que importa, que es lo que pasó cuando ya habíamos recogido y estábamos sentados en el suelo con la espalda contra el saco.
Estábamos hablando del día diecisiete. De la logística: a qué hora encendemos, cuántas manos hacen falta, quién sube la Torre a la plaza y cómo, si se monta abajo o arriba.
Y en algún momento él dijo:
—El dieciocho hay que hablar de una cosa.
Yo estaba con el cuaderno en las rodillas.
—¿El dieciocho?
—Sí. Después.
—¿Qué cosa?
—Una cosa mía —dijo—. Vieja.
Y aquí es donde tengo que ser justa conmigo misma, porque después de todo lo que pasó me he pasado semanas repasando este momento y buscándome una culpa que no me toca.
Yo no supe qué era. Nadie podría haberlo sabido.
Lo que sí supe, con una claridad absoluta, es que el hombre que tenía al lado acababa de decirme, con la voz un poco rara, que tenía algo que contarme.
Y lo que hice fue esto:
—Vale —dije—. El dieciocho.
Y punto.
No pregunté. No dije «cuéntamelo ahora». No dije «me estás asustando», que era lo que tenía en la punta de la lengua.
Porque yo también tenía una cosa que contar.
Llevaba desde diciembre con el café de Sandra Peral metido en un bolsillo, y llevaba desde enero con lo de Óscar a medio contar, y cuando él dijo «una cosa mía, vieja», lo que sentí por dentro no fue miedo.
Fue alivio.
Alivio, porque si él tenía una cosa que contarme, entonces yo podía tener otra, y entonces íbamos a poder contárnoslas los dos el mismo día y ninguno iba a quedar por encima del otro. Y eso, después de tres meses cargando la mía, me pareció un regalo.
Así de pequeña puede llegar a ser una persona a las once de la noche de un sábado.
—Yo también tengo una —dije.
Él se giró.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Mala?
—No. —Y era verdad—. Fea, no. Tonta. Pero llevo dos meses sin decírtela y ya se me ha puesto grande.
—Ah.
—El dieciocho —dije.
—El dieciocho.
Y nos dimos la mano. En serio. Nos dimos la mano ahí sentados en el suelo, como dos concejales, y nos reímos de lo ridículo que era, y él me la retuvo dos segundos más de lo necesario y yo no la retiré.
Y esa es la historia de cómo dos personas adultas, en un obrador de mil novecientos veintiséis, a once días del Carnaval, decidieron voluntariamente y de común acuerdo aplazar las dos cosas que había que decir.
Nos pareció maduro.
Nos pareció, incluso, romántico: cerrar el trabajo primero, hacer las cosas bien, no meterle ruido a la Pieza, y después sentarnos como personas y ponerlo todo encima de la mesa.
El diecisiete se lo dijo otro por él. Delante de una cámara y de media comarca.
Y a mí lo mío no me lo dejó decir nadie, porque a esas alturas ya no importaba lo más mínimo.
Solo quiero apuntar una cosa más de aquella noche, porque es lo que me hace dormir mal.
Cuando nos íbamos, él se paró en la puerta, con la llave en la mano, y dijo:
—Blanca.
—Qué.
Y se quedó un momento así, con la llave, mirando el suelo del obrador. La zona donde estuvo la línea de tiza, que ya no se ve, y que nadie ha vuelto a pintar.
—Nada —dijo—. Hasta mañana.
Once días.
Lo tuvo once días en la boca.
Y yo, seis semanas.
Nota de cata. Torre del Centenario, ensayo general, sábado 7 de febrero, 21:15.
Nota oficial: base de avellana y miel de romero con fondo de leña; corona ácida de frambuesa; pistacho tostado; ligereza de merengue seco y untuosidad interior. Un pastel que pide más.
Nota real: nada, y hoy no me importa nada.
Hoy he tenido un metro veintiséis de mi trabajo de pie en una mesa de mármol durante ocho horas, y he tenido a un hombre a mi lado diciéndome «está bueno» y yo le he creído.
Once días para el Carnaval.
Estoy bien. Escribo esto un sábado a las doce de la noche y estoy bien, que hacía dos años.