Capítulo 29
La verbena de San Blas se monta en la plaza el tres de febrero, se acaba a las dos de la mañana y sirve para tres cosas: bendecir gargantas, quemar el presupuesto de fiestas que sobra antes del Carnaval y que la gente joven de este pueblo se emparejen entre ellos.
Lo último no lo dice el programa, pero lo sabe todo el mundo. En Vilamorell hay cuatro matrimonios que empezaron en un San Blas.
Yo fui porque llevo yendo treinta y cinco años y porque mi madre hace la coca.
Y a las diez y media, mientras estaba en la barra sirviendo cervezas con Marc, apareció Blanca Vidal con un abrigo azul y el pelo suelto, que es una cosa que no le había visto desde octubre porque en un obrador se trabaja con el pelo recogido.
Se puso al otro lado de la barra.
—Una caña.
—Dos euros.
—Ya sabía yo que ibas a ser de los que cobran.
—A los Vidal se les cobra por adelantado. Es tradición.
—¿Artículo?
—Doce.
—El doce habla de deudas de azúcar.
—Improviso.
Y se rio, y cogió su caña, y no se fue.
Se quedó allí, apoyada en la barra, y estuvo hora y cuarto.
Desde fuera parece que no pasa nada. En un pueblo, una persona no se queda quieta al lado de otra durante hora y cuarto por accidente. Aquí la gente circula. Vas de un grupo a otro, saludas, te paras cinco minutos, sigues. Es un baile y todo el mundo sabe los pasos.
Quedarse una hora y cuarto en el mismo metro cuadrado, con el mismo, es una declaración.
Y no hubo cámaras. Eso también hay que decirlo. Júlia libraba. El chico de la gorra estaba en Barcelona. No había nadie grabando y por eso, exactamente por eso, aquello fue verdad de una manera que no lo había sido nunca.
Hablamos de todo menos de lo nuestro.
Del Centenario. De su tía, que le había dicho aquella mañana que el pelo suelto le hacía cara de cansada. De un tío del pueblo de al lado que se ha comprado un caballo sin tener dónde ponerlo. De la sal.
De la sal habló ella, en voz baja, acercándose un poco por encima de la barra.
—He probado el jamón.
—¿Y?
—Nada. Pero he probado el jamón. —Se encogió de hombros—. Sabía que no, y lo he probado igual, y no me he puesto triste. Eso es nuevo.
—Eso es nuevo, sí.
—Y luego me he comido un puñado de almendras saladas del bar y he notado la sal de fuera y por dentro nada. Es rarísimo. Es como oír una canción por el teléfono de otro.
—Apúntalo.
—Ya lo he apuntado.
A las doce menos cuarto la banda empezó con la parte bailable, que aquí significa que un teclista de sesenta años toca versiones y todo el mundo hace como que le da vergüenza.
Y a las doce y diez, la Bernarda Vidal, que llevaba toda la noche vigilando desde su silla como un radar de costa, le dio un codazo al teclista.
Y el teclista se arrancó con un pasodoble.
Un pasodoble. En una verbena de San Blas. En febrero. Sin ninguna razón.
Se hizo un silencio de dos segundos en la plaza y luego la gente se empezó a reír, y a mí se me subieron las orejas, y noté que se giraban cabezas.
Blanca dejó la caña en la barra.
—Esto es una encerrona —dijo.
—Esto es una encerrona.
—Tiene ochenta años. No la podemos matar.
—Setenta y nueve.
Salió de detrás de la barra. Salí yo. Y bailamos un pasodoble en la plaza Major de Vilamorell de Mar delante de trescientas personas, mal, riéndonos, con todo el pueblo mirando y sin ninguna intención de disimular.
A la mitad, con la mano en su espalda, le dije:
—Se van a enterar todos.
Y ella dijo:
—Se enteraron en diciembre, Teo.
Y ahí me reí tanto que perdí el paso.
No pasó nada más. Que quede claro: se acabó el pasodoble y volvimos a la barra y estuvimos otra hora, y a la una y media ella se fue a casa de su tía y yo me quedé recogiendo con Marc.
Pero cuando cruzó la plaza para irse, se giró en mitad del empedrado y me buscó con la mirada, y me encontró, y levantó la mano.
Y trescientas personas vieron a una Vidal despedirse de un Roure desde el centro de la plaza.
Eso fue lo bueno.
Y lo malo lo supe al día siguiente, y no por ella.
Me lo contó Ona el miércoles, en la trastienda, mientras yo cargaba bandejas.
—¿Tú sabes lo que le dijeron ayer a Blanca?
—No.
—Pues eso, que no lo sabes. —Se apoyó en el marco—. En la cola del bar. Dos señoras. Una es la Roser Prats, la otra no la conozco.
—¿Qué le dijeron?
—Nada malo, ¿eh? Eso es lo peor. —Ona movió la mano—. Le dijeron: «Ay, hija, qué bien, ¿y luego te quedas?».
Dejé la bandeja.
—Le dijeron eso.
—Le dijeron eso. Dos veces. Y luego un señor le preguntó si íbamos a poner el nombre de los dos en el obrador. —Se cruzó de brazos—. Y luego la Bernarda, que ya sabes cómo es, le dijo delante de cuatro personas que menos mal que esta vez no se iba en septiembre.
Yo me quedé con la bandeja en la mesa.
—¿Y ella qué dijo?
—Ella sonrió mucho y se fue a comprar el pan a otro sitio.
Y esa noche, mientras cerraba, estuve pensando en eso y llegué a una conclusión que no me gustó nada.
Que a mí, por bailar un pasodoble, mi tío me dice que estaba muy guapa y se acabó el problema.
Nadie me pregunta si me voy a quedar. Nadie me pregunta qué pasa en septiembre.
Yo soy el que abre a las seis y cuarto y todo el mundo sabe exactamente dónde voy a estar dentro de veinte años, y eso, que a mí me parece a veces una condena, resulta que en este pueblo es un privilegio enorme.
A ella la están examinando. Todos los días, en la cola del pan, con muchísimo cariño y sin darse cuenta.
Y mi hermana me lo dijo en Nochebuena y yo no lo entendí hasta ese miércoles.
Y hubo un rato más, después, que también fue bueno de una manera rara.
A la una y tres cuartos, recogiendo vasos, se me puso al lado mi tío Quim con dos cajas de botellines vacíos.
No dijo nada durante un rato. Cargamos las cajas en la furgoneta.
—Estaba muy guapa —dijo, mirando la furgoneta.
Yo me quedé quieto con una caja en las manos.
—¿Perdona?
—Que estaba muy guapa la chica. Con el abrigo azul. —Cerró el portón—. No me hagas repetirlo, que lo he dicho una vez y ha sido suficiente.
—Tío...
—Y no me malinterpretes, que sigo pensando lo que pienso.
—Se limpió las manos en el pantalón—. Pero yo he bailado un pasodoble con tu tía en el setenta y nueve en esta misma plaza y me acuerdo de lo que se siente, y no le voy a decir a un hombre de treinta y cinco años lo que tiene que sentir. Eso lo hacía mi padre y era un burro.
Y volvió a por más cajas.
Aquella noche me acosté a las tres y no me dormí hasta las cinco, mirando el techo, contento como un crío.
Ahora lo otro.
Yo esto no lo sabía. Lo supe el diecisiete de febrero, delante de una cámara, y llevo desde entonces reconstruyéndolo con lo que me contaron después Casals, Júlia y el propio Nil, que acabó contándomelo todo llorando en una acera. Lo pongo aquí porque es donde pasó.
A la misma hora en que sonaba aquel pasodoble, mi primo político y el conductor de la furgoneta de la fiesta estaban desmontando cosas, la plaza estaba llena, el pueblo entero estaba en la calle.
Y en el archivo municipal, que es una habitación en el sótano del ayuntamiento con estanterías de metal y un ordenador del dos mil siete, no había nadie.
Nil Vidal tiene llave. La tiene desde hace dos años, porque hizo el inventario del archivo en una contrata de tres meses que le dio el ayuntamiento cuando se quedó sin trabajo. Nadie se la pidió al acabar. Aquí no se piden las llaves.
Lo que buscaba no lo buscaba a ciegas. Se lo habían encargado con nombre y apellido: cualquier expediente municipal relacionado con la Confitería Vidal o el Forn Roure entre mil novecientos noventa y dos mil quince.
Y encontró tres cosas.
Una licencia de obra menor del noventa y cuatro. Un expediente de ruidos del dos mil dos. Y una carpeta de traslado de Sanidad de dos mil nueve, de las que la Delegación devuelve al municipio cuando el expediente se cierra, que llevaba dieciséis años en la balda de abajo.
Dentro estaba el acta de inspección del cuatro de agosto. Estaba la resolución. Estaba el precinto y el levantamiento del precinto.
Y estaba la denuncia.
Eso es lo que yo no sabía. Con diecisiete años, yo pensaba que una carta anónima se lee, se actúa y se tira.
No se tira. Se archiva. Va cosida al expediente como todo lo demás, porque es el documento que lo inicia.
Un folio. Escrito a mano. En mayúsculas.
Nil no supo qué tenía entre las manos. Eso también me lo dijo él después y le creo: le habían pedido papeles y él fotografió papeles con el móvil y los mandó, y hasta ahí llegaba su idea del asunto.
Quien lo supo fue la mujer que los recibió esa noche en un hotel de la carretera.
Sandra Peral estuvo cuarenta minutos con aquello. Y luego hizo lo único que había que hacer, que es lo que a mí me da un frío que no se me quita: no buscó al culpable.
Buscó la letra.
Porque una denuncia anónima de dos mil nueve no vale nada sin un nombre al lado. Y en un pueblo hay dos sitios donde la gente escribe a mano en mayúsculas: las esquelas y los carteles de los precios.
En el Forn Roure, en la pared de la izquierda, colgados con chinchetas encima de la vitrina, hay catorce carteles de precios que escribí yo entre los quince y los diecinueve años, con rotulador grueso, en cartulina, en mayúsculas.
PA DE PAGÈS. COCA DE LLARDONS. ENSAIMADA.
Están descoloridos. Los precios no valen desde el euro. Los dejamos porque a mi padre le hacían gracia y porque a la gente que entra le gustan, y hay una señora que dice siempre que ese es el escaparate más bonito del pueblo.
Llevan ahí catorce años.
A la vista de todo el que entre a comprar una barra.
Ella entró a comprar una barra el cuatro de febrero por la mañana. Yo la atendí. Le di los buenos días, le cobré un euro veinte, le di las gracias y le dije que hasta luego.
Y estuvo un rato mirando la pared, y me dijo que qué bonitos los carteles, y yo le dije que los había hecho yo de crío.
Se lo dije yo.
Borrador n.º 44. «Hoy hemos bailado un pasodoble delante de todo el pueblo. Hoy es el mejor día que he tenido en quince años. Te lo tengo que decir mañana, porque si no, cada día bueno que venga va a ser una cosa que te estoy robando.»