Capítulo 28
En Vilamorell de Mar hay un día al año en el que está prohibido pelearse, y es el dos de febrero.
Se llama la tregua del turrón, y es, como todo lo de este pueblo, absolutamente ridículo cuando lo cuentas fuera.
La Candelaria. Misa a las once, procesión corta hasta la ermita y vuelta, y a la una, en la plaza, dos mesas largas donde cada casa saca el turrón que le ha sobrado de Navidad .
Turrón de diciembre. En febrero. Duro como una teja, con las esquinas mordidas, en las cajas originales que la gente guarda todo el año porque quedan más finas.
Y se reparte, y se come, y hay que probar el de la casa contraria. Eso es lo único obligatorio. Coges un trozo del de enfrente, te lo comes, y dices que está bueno.
—¿Y por qué? —le pregunté a mi tía la primera vez que volví a verlo de adulta.
—Porque aquí no se tira nada.
—Ya, pero ¿por qué obligatorio?
—Porque lo pone en un papel de mil novecientos treinta y algo.
Y ahí se acabó la explicación, como se acaban todas las explicaciones aquí.
Yo llegué a la plaza a las doce y media con dos cajas de turrón de mi tía, una empezada y otra sin abrir, y con un abrigo que no era suficiente porque hacía un día azul y helado de esos que en esta costa se dan tres veces al año.
Estaba el pueblo entero.
Estaban las mesas con manteles de papel.
Estaba la banda tocando fatal. Estaban las Bernardas sentadas en el mismo banco de siempre, cada una con su trozo del turrón de la otra.
Estaba Óscar Manrique haciéndose fotos con cuatro señoras y siendo, hay que reconocerlo, muy simpático con todo el mundo.
Estaba Júlia con una cámara sola y sin equipo, que es como graba ella cuando de verdad quiere algo.
Estaba Teo, en la mesa de la casa Roure, cortando turrón duro con un cuchillo grande y repartiéndolo, porque este hombre no sabe estar en un sitio sin dar de comer.
Y estaba, en la esquina de la plaza, una parada pequeña con un hule de cuadros que no era del mercado municipal ni de la asociación, sino de una mujer sola, mayor, con un carro de la compra al lado.
Yo pasé por delante a la una y cuarto y ni la miré. Luego volví.
Volví porque llevaba veinte minutos con una cosa dándome vueltas por dentro y no sabía qué era, y cuando me acerqué lo vi en el cartón escrito a boli.
MAGDALENAS DE AZAHAR. CASERAS. 1 € LA UNIDAD.
Y la señora, sentada en su silla de camping, era Roser Alsina, que fue vecina de mi madre veintitantos años en la calle de detrás.
—Blanca —dijo, y se levantó, y me cogió de las dos manos—. Blanca, hija.
—Roser.
—Estás muy delgada.
—Ya me lo dicen.
—Es que se lo digo yo a todo el mundo, no te ofendas. —Y se rio, y se sentó, y señaló la bandeja—. ¿Te acuerdas?
Y sí me acordaba.
Mi madre hacía magdalenas de azahar los sábados por la mañana.
No las hacía bien: se le doraban de más por abajo y no le subían nunca del todo porque abría el horno antes de tiempo, siempre, para mirar, aunque yo llevaba desde los catorce años diciéndole que no lo hiciera.
Usaba agua de azahar de un frasquito de farmacia que estaba en el armario de arriba y que duraba un año y medio.
Y las hacía en cantidades absurdas. Cuarenta, cincuenta. Y las repartía.
—Yo se las hago con su receta —dijo Roser—. La copié en el ochenta y nueve.
Compré una.
Le di un euro y cogí una magdalena de una bandeja de plástico, en una plaza, un lunes de febrero.
Y la mordí allí de pie.
Voy a contar exactamente lo que pasó porque es importante para lo que viene después.
Estaba caliente todavía, un poco, de las de abajo.
Tenía la textura correcta. Tenía la miga un poco apretada, que es lo que pasa cuando abres el horno antes de tiempo, y por eso supe con una certeza absoluta que Roser Alsina hace esas magdalenas exactamente igual que las hacía mi madre, con el mismo error incluido, copiado en una libreta en mil novecientos ochenta y nueve.
Y no supe a qué sabían.
Nada. Migas calientes. Una cosa que se deshace.
—¿Están buenas? —dijo Roser.
—Buenísimas —dije.
Y me fui.
Me fui deprisa, con la magdalena en la mano, y crucé la plaza entre la gente y me metí por el callejón que hay entre la Confitería y la casa de los Prats, que tiene tres metros de ancho y sale a la calle de atrás.
Y ahí me apoyé en la pared y me deshice.
De verdad. No como se llora en las bodas ni como lloré con las cartas. Me deshice de pie, con la espalda contra el azulejo, con las dos manos en la cara y la magdalena aplastada en una de ellas, sin hacer ruido, que es peor.
Porque era eso.
Era ella. Era la cosa. Después de dos años, era la única cosa del mundo que yo quería recuperar, si me hubieran dejado elegir una. No el trabajo. No el vino. No una carta de degustación de tres estrellas.
Las magdalenas mal hechas de una señora de Vilamorell de Mar que abría el horno antes de tiempo porque no se podía aguantar.
Y la había tenido en la boca. Entera. Bien hecha. Con el mismo defecto.
Y no me había llegado nada.
Estuve así no sé cuánto. Un minuto, dos. Y en algún momento, con la cara hecha un desastre y respirando por la boca como se respira cuando se llora así, me pasé la lengua por el labio de arriba.
Fue un gesto de nada. Uno de esos que se hacen sin decidirlos.
Y noté sal.
Sal.
Me quedé completamente inmóvil.
Sal. Sal de verdad, en la punta de la lengua y en los bordes, esa cosa que aprieta un poco y que te hace tragar. No un recuerdo, no una idea de la sal, no lo que yo escribiría en una nota de cata.
Sal.
Y he trabajado veinte años con la sal, y he salado cuatro mil platos, y no la había vuelto a tener desde el veintiséis de febrero de dos mil veinticuatro.
Me lamí otra vez, como una idiota, como un perro. Y estaba.
Y me eché a llorar más, muchísimo más, porque me di cuenta al segundo de la broma. De la broma completa.
Dos años. Dos años esperando. Y lo primero que me devuelven, lo primero, después del bote de un plató y de un vídeo de once segundos y de una tartaleta de la Castanyada que casi le cuesta el proyecto a un hombre que se tiró por un escalón para salvarme.
Sal.
Lo único que me ha hecho daño en mi vida profesional. Eso es lo que vuelve primero.
Ahí me encontró.
No sé cuánto llevaba en la entrada del callejón. Sé que cuando levanté la cabeza estaba ahí, a cuatro metros, con las manos vacías por una vez en su vida, sin acercarse.
—¿Me voy? —dijo.
—No.
Vino. Se paró a un metro. No me tocó.
—¿Es por lo de las magdalenas?
—¿Tú lo sabías?
—He visto que la comprabas. —Se metió las manos en los bolsillos—. Y he visto la cara que has puesto.
Y entonces yo dije, con la voz hecha polvo y la magdalena aplastada todavía en la mano:
—He sabido la sal.
—¿Qué?
—Que he notado la sal. De las lágrimas. Ahora. Hace un minuto.
Y este hombre —y por esto lo escribo, y por esto lo voy a escribir con todas las letras— no dio un salto, ni dijo «¿en serio?», ni me cogió por los hombros, ni dijo ninguna de las cosas que dice la gente.
Se quedó quieto tres segundos. Y luego dijo:
—Pues empezamos por ahí.
—¿Qué?
—Que si tienes la sal, empezamos por la sal.
—Miró hacia la plaza y volvió a mirarme—.
Hay ocho o nueve. En mi casa hay cinco: la gorda, la fina, la de escamas, la de mi tía que le pone romero y una de Ibiza que me trajo Marc y que no se acaba nunca.
Y en la Confitería tenéis la de flor de sal esa buena.
—Teo.
—Y si tienes la sal, entonces a lo mejor tienes el ácido, que suele ir junto. —Se encogió de hombros—. Eso lo probamos mañana. Limón, vinagre, tres cosas. Diez minutos.
Yo me quedé mirándolo desde el suelo del callejón, con el rímel por la cara, hecha una piltrafa.
—¿Y si es solo eso? —dije—. ¿Y si es solo la sal y ya está y no viene nada más?
Él se lo pensó. De verdad se lo pensó, no me contestó rápido.
—Pues entonces sabes la sal —dijo—. Y ayer no la sabías.
Y me tendió la mano para levantarme.
Se la cogí. Me levanté. Y me quedé un segundo más de la cuenta con la mano cogida, en un callejón de tres metros, con el pueblo entero a treinta pasos comiendo turrón de diciembre.
Y él dijo:
—Vamos, que la banda va a tocar y este año tocan peor.
Aquella tarde probé nueve sales.
Nueve. Las trajo él a las cinco, en nueve boles pequeños, ordenados de menos a más grano, encima del mármol, con un vaso de agua al lado y un papel.
Y de las nueve, noté cuatro. La gorda, la de escamas, la de Ibiza y la flor de sal. Las finas no. Las finas no me llegaron.
—Es cuestión de cantidad —dijo—. Necesitas mucha. Con la gruesa, el grano te da todo de golpe en un sitio.
—O sea que soy una principiante.
—Eres una principiante que sabe hacer un italiano de oído. —Apuntó los cuatro en el papel—. Es un currículum raro, pero es un currículum.
Y ahí, en el papel, con la letra grande de Teo Roure, empezó una lista que ahora tiene tres páginas y que yo guardo en el cuaderno junto al diccionario.
Arriba del todo, en la primera línea, pone:
COSAS QUE SÍ (2 de febrero)
1. Sal gorda.
Nota de cata. Lágrima propia, callejón de la Confitería, 2 de febrero, 13:40 aprox.
Nota oficial: —
Nota real: SAL.
Dos años. La primera cosa que vuelve es la sal, y ha venido de mí, y ha venido llorando por mi madre en un callejón.
Le he dicho «¿y si es solo esto?» y me ha dicho «pues entonces sabes la sal, y ayer no la sabías».
Escribo esto a las once de la noche, sentada en la cama, y me he pasado la tarde probando sales con un panadero en un obrador de mil novecientos veintiséis.
Estoy contenta. Que quede escrito con la fecha: hoy, dos de febrero, estoy contenta.