La guerra del merengue Capítulo 27
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Capítulo 27

Diseñar la Torre nos llevó nueve días y fue el mejor trabajo que he hecho en mi vida.

Lo escribo así, sin rebajarlo, porque es verdad y porque cuando esto acabe quiero acordarme de que fue verdad: nueve días de enero, de siete de la mañana a once de la noche, con las manos en una cosa que no existía y que existió porque la hicimos nosotros.

Empezamos con papel.

Ella dibuja como un ingeniero. Yo no dibujo.

Yo lo que hago es coger cosas y ponerlas encima de otras cosas hasta que se cae, y entonces ya sé cuánto aguanta.

Los dos primeros días fueron una discusión constante entre esos dos métodos y no ganó ninguno, que es lo que pasa cuando los dos son necesarios.

La altura la decidió ella el primer día.

—Un metro veintiséis.

—¿Por qué?

—Mil novecientos veintiséis.

Y me quedé mirándola.

—Es una tontería —dijo, muy digna, tapando el papel con el brazo—. Ya lo sé que es una tontería.

—No he dicho nada.

—Lo has pensado en voz muy alta.

—He pensado que un metro veintiséis de merengue son muchos kilos de merengue, y eso lo he pensado en alto porque soy yo el que va a estar debajo cuando se caiga.

Y esa fue la conversación de nueve días, resumida: ella ponía el sentido y yo ponía el peso.

La voy a explicar entera, porque dentro de tres semanas se la come un pueblo y no va a quedar nada.

Abajo, el nuestro. El crudo. Merengue francés seco, cocido lento toda una noche en el horno de leña muerto, o sea, con el calor residual, que es como se hacía aquí antes de que existieran los hornos de gas.

Discos de treinta y ocho centímetros, cinco, uno encima de otro, con avellana molida y un punto de sal.

Es lo más rústico que hay y es lo que aguanta, porque el francés seco es prácticamente un ladrillo.

Ahí no hay elegancia ninguna: hay estructura.

—Es una base de horno de pueblo —dijo ella el tercer día, mirándolo.

—Es una base que aguanta cuarenta kilos.

—No he dicho que sea malo. He dicho lo que es.

Arriba, el suyo. El cocido. Italiano, montado con el almíbar a ciento veintiuno, brillante, flameado.

Es lo que se ve. Es lo que sale en la foto.

Piezas de treinta centímetros que ella hace con la manga a pulso, en espiral, sin plantilla, y que salen todas iguales de una manera que a mí sigue pareciéndome un truco de magia.

—Esto no lo puedo hacer yo —le dije el cuarto día, después de intentarlo dos horas.

—Ya lo sé.

—Podrías fingir que te sorprende.

—Podría. —Siguió a lo suyo—. Tú sacas los discos de un horno de leña a mano y con una pala de dos metros y no se te rompe ni uno. Eso yo tampoco lo puedo hacer.

—Podrías fingir que te...

—Cállate, Roure.

El quinto día se cayó todo.

La segunda maqueta, entera, a las once y media de la noche, cuando ya la teníamos montada y estábamos los dos mirándola desde dos metros con esa cara de tontos que se pone.

Se abrió por el tercer piso, se ladeó y se vino abajo en cuatro segundos, y en el suelo quedó una cosa que parecía un accidente de tráfico de nata.

Nos quedamos callados.

—Cuarenta kilos —dije.

—Treinta y uno.

—Da igual.

—No da igual, es un dato. —Ella ya estaba de rodillas midiendo el radio del desastre con las manos—. Se ha abierto por donde no toca. La unión no aguanta el cizallamiento.

—Habla en cristiano.

—Que se resbala. —Levantó la vista—. Los pisos no se caen hacia abajo, Teo, se caen hacia los lados. Y lo que tenemos entre pisos es italiano, que es precioso y no pega nada.

Y luego, el sexto día, me enseñó lo de la espiral.

Se puso detrás de mí. Me puso la mano encima de la mía, en la manga, y me movió el brazo entero en el aire, sin apretar, marcando el giro desde el hombro y no desde la muñeca.

—Desde aquí —dijo, con la boca a un palmo de mi oreja—. No con los dedos. Con el hombro. Y sin mirar la punta.

Me salió a la cuarta. Torcida, pero salió.

—Ahí está —dijo, y se apartó, y se puso a hacer otra cosa a metro y medio con una concentración exageradísima.

Y yo estuve veinte minutos haciendo espirales que ya no hacían ninguna falta.

Y en medio, el tercero.

Esa fue la parte difícil, y no por el sabor.

Porque el merengue de Àngela y Margarida no es un merengue de lucirse. Al baño maría sale una cosa densa, tirando a sedosa, muy estable, que no hace picos bonitos y que no brilla como el italiano. Es un merengue que no llama la atención.

Lo que hace es pegar.

Es lo único de los tres que sirve como argamasa: se puede poner entre dos discos, aguanta el peso encima, no llora, no se afloja con el calor de la sala, y se seca sin cristalizar. Es, literalmente, lo que sujeta lo demás.

Y el sexto día, además, pasó lo del armario.

Fue ella. Estábamos discutiendo la unión y de repente se calló en mitad de una frase y se fue al armario del cristal roto, el de las catorce flaneras, y sacó la bandeja de hojalata.

La bandeja que sacamos del horno el día que lo abrimos con la radial. Con las dos cosas negras del tamaño de un puño encima, que llevaban ochenta años ahí dentro y que llevaban cuatro meses en ese estante sin que ninguno de los dos las volviera a mirar.

La puso en el mármol, debajo del flexo.

—Tú dijiste que eran dos. Uno de cada.

—Y son dos.

—Míralos.

Los miré.

Y no hacía falta ser nadie para verlo, y por eso me dio tanta rabia haber tardado cuatro meses: aquellos dos merengues son idénticos.

Idénticos. La misma altura, la misma base, la misma manera de haberse hundido por el centro al secarse.

Un merengue francés y uno italiano se parecen mucho cuando están frescos y no se parecen en nada cuando llevan ochenta años sin agua: el francés se abre y se agrieta, el italiano se apelmaza y se pone plano.

Eso lo sabe cualquiera que haya vaciado un obrador viejo.

Aquellos dos se habían secado igual. Los dos. Con la misma grieta en el mismo sitio.

—No son uno de cada —dijo ella.

—No.

—Son los dos del tercero.

—Sí.

Y nos quedamos los dos ahí, con el flexo encima de una bandeja de hojalata.

Porque eso significa una cosa muy concreta y muy fácil de decir: la última vez que se encendió ese horno, en mil novecientos veintiséis, alguien metió dos merengues al baño maría, uno para cada una, y no volvió a sacarlos.

Yo, aquel día, dije una tontería. Dije:

—Se los dejaron dentro.

Y ella dijo:

—No se los dejaron. No pudieron volver.

Los volvimos a poner en el armario, al lado de las flaneras, y ahí siguen.

Nos dimos cuenta el sexto día, montando la tercera maqueta, y nos dimos cuenta los dos a la vez y ninguno lo dijo en voz alta durante un rato bastante largo.

Porque no hacía falta decirlo.

La receta que inventaron dos mujeres a las que este pueblo separó a la fuerza es la única cosa capaz de mantener juntas a las dos casas.

Está en el pastel. Está dentro. No se ve desde fuera, hay que cortar para encontrarlo, y sin él la Torre entera se viene abajo en cuarenta minutos.

Lo comprobamos, además. Hicimos una maqueta sin él, con italiano de unión, para ver qué pasaba.

Se cayó a los cincuenta y dos minutos.

Ella lo apuntó en el cuaderno con una letra muy pequeña: «52 min sin ellas.»

El sabor lo peleamos el séptimo día y esa fue la única discusión de verdad.

Yo quería avellana y miel. Es lo de aquí, es lo del monte, es lo que come esta gente.

Ella quería frambuesa y pistacho.

—Es tu postre de Madrid —dije.

—Es mi postre.

—Es el de la tele.

Y ahí se paró.

Se quedó de pie al otro lado del mármol, con las dos manos apoyadas, y me miró de esa manera suya que es como si te estuviera pesando.

—Sí —dijo—. Es el de la tele.

—Blanca...

—Es el de la tele, es el que llevo dos años sin poder ni nombrar, y es el mejor postre que he hecho en mi vida. —Cogió una frambuesa del cesto y la puso en el mármol, entre los dos—. Y me lo quitaron. Once segundos y un plató, y desde entonces si yo pongo una frambuesa en un plato la gente se ríe.

No dije nada.

—Y me da igual el pueblo, y me da igual la tele, y me da igual lo que piense tu tío —dijo—. Yo lo quiero recuperar. Y lo quiero recuperar aquí, en un obrador de mil novecientos veintiséis, delante de quinientas personas, para no tener que volver a tenerle miedo a una fruta el resto de mi vida.

Silencio.

—Vale —dije.

—¿Vale?

—Vale, sí. Frambuesa y pistacho. —Cogí la frambuesa de la mesa y me la comí, que fue mi manera de firmarlo—. Pero la miel va en la base. En el francés. Porque la avellana sin miel es un ladrillo con avellanas y esta gente lo va a notar.

—La miel va en la base.

—Y de romero.

—Y de romero.

Y ahí nos dimos la mano por encima del mármol, y ella la retiró antes de que la cosa se pusiera rara, y yo me fui a mirar el horno que no había que mirar.

Ah, y hay un detalle más. El del segundo piso.

Fue por lo que dijo Sandra Peral en aquel aparcamiento, que ella me contó una noche sin decirme dónde se lo habían dicho ni quién.

—Alguien me dijo que estábamos haciendo un pastel que se sostiene por fuera. Que le falta un alma.

—¿Quién?

—Da igual.

—Vale.

Y por eso el segundo piso lleva dentro, hueco, en el centro, donde no se ve, una columna de merengue de Àngela y Margarida de veinte centímetros que no toca ninguna cara exterior.

Nadie la va a ver nunca. Solo se descubre cuando cortas.

Júlia grabó tres de esos nueve días.

Y el último, el jueves, cuando ya nos íbamos, se acercó al mármol con el móvil en la mano y una cara rara.

—Os quiero enseñar una cosa.

Nos puso un bruto sin montar. Cuatro minutos de nosotros dos trabajando en la tercera maqueta, sin música y sin cortes.

No se nos oye bien. Se oye a ella diciendo «va», y a mí diciendo «va», y un ruido de espátulas.

Se me ve pasarle un cuchillo por el mango sin mirar.

Se la ve a ella apartarme del hombro con dos dedos para pasar por detrás.

Hay un momento en el que la maqueta se ladea y los dos ponemos la mano a la vez, en el mismo sitio, y ninguno mira al otro.

Y hay un momento, al final, en el que ella dice algo que no se entiende y yo me río, y no se ve por qué.

—Cuatro minutos —dijo Júlia—. No he cortado nada.

—¿Y? —dije yo.

—Que llevo dieciocho años haciendo esto y esto no se puede fingir. —Guardó el móvil—. Nada más. Buenas noches.

Y se fue.

Y Blanca se quedó recogiendo mangas y yo me quedé apagando el horno, y ninguno de los dos dijo absolutamente nada durante veinte minutos.

Y luego lo de siempre, que ya me da hasta vergüenza escribirlo.

Nueve días. Nueve días trabajando codo con codo en la cosa más bonita que voy a hacer en mi vida, con esa mujer, en ese obrador.

Y todos los días, en algún momento —a las once de la mañana, o a las siete de la tarde, o cuando ella se ríe con esa risa fea de agacharse—, se me pasa por dentro, siempre igual, siempre las mismas palabras: tienes que decírselo .

Y luego pasa un rato y hay que sacar los discos.

Y a mí ya no me da miedo que se vaya. Esa es la novedad de este mes y es lo que me está pudriendo por dentro.

Ya no tengo miedo de perder el obrador, ni el reportaje, ni el dinero. Tengo miedo de perder los jueves. De perder el «va». De perder a una mujer que me aparta del hombro con dos dedos para pasar por detrás sin ni siquiera darse cuenta de que lo hace.

Y por eso cada día que pasa lo tengo más claro y lo hago menos.

Borrador n.º 40. «Ya no sé si contártelo es valentía o crueldad. Solo sé que hoy es lunes, que hemos sacado catorce discos, que has dicho que la base huele a casa de tu abuela, y que otra vez no lo he hecho.»