Capítulo 26
La segunda carta la leímos el veintiséis de enero, un lunes, a las diez de la noche, después de dejarla cinco semanas en la bolsa de él sin tocarla.
Las razones que nos dimos fueron buenas. Que había mucho trabajo. Que primero había que sacar el prototipo. Que esas cosas no se leen con prisa.
La razón de verdad era que la primera nos había dejado a los dos hechos polvo y que ninguno quería decirlo.
La leí yo esta vez. Él dijo «lee tú» y yo dije «vale» y ninguno de los dos comentó que estábamos repartiéndonos las cartas como se reparten los turnos malos.
Está fechada el veintitrés de junio de mil novecientos veintiséis. Cinco días antes de la boda.
Y no es una carta de amor. Es un parte de guerra.
Empieza contando lo que pasó, y lo cuenta seco, sin adornos, como se cuentan las cosas cuando ya no hay tiempo de escribirlas bonitas: que Sebastià entró en el Obrador Vell un martes por la noche a las once y media, porque llevaba semanas escamado, y que las encontró.
No dice cómo las encontró. Àngela escribe: «Nos vio. No hay más que contar y no lo voy a contar mejor.»
Y a partir de ahí es una cronología de cuatro días.
El miércoles Sebastià no dijo nada a nadie. Ese detalle está en la carta y es lo único que me hizo tenerle un poco de lástima a ese hombre: estuvo un día entero callado.
El jueves habló con su padre.
Y el viernes por la tarde, en la casa de los Roure, hubo una reunión de las dos familias. Los dos padres, las dos madres, un tío de los Vidal que era el que sabía leer y escribir bien, y el cura.
A Margarida y a Àngela no las llamaron. Las dejaron en la cocina de los Roure, juntas, las dos, sin poder decirse nada porque estaba delante la abuela.
Y la carta dice, y esto lo leí dos veces en voz alta porque a la primera me tembló la voz:
«Estuvimos dos horas oyendo el ruido de las sillas por encima de nuestras cabezas. Nunca en mi vida he oído nada tan claro como aquellas sillas.»
Bajaron a las nueve con el acuerdo hecho.
Y el acuerdo tenía cuatro puntos.
Uno: la boda se suspendía.
Dos: se diría que la boda se había roto por una disputa entre las dos casas a cuenta del banquete. Concretamente, del merengue.
Tres: Margarida se iba. Esa misma semana. Con una prima de su madre que estaba colocada en una casa en Suiza, en Lausana, donde hacía falta una chica para la cocina.
Y cuatro, que es el que me tuvo despierta hasta las tres: que las dos familias se comprometían a mantener la disputa. En público. Delante de todo el mundo. Todo el tiempo que hiciera falta.
Àngela lo escribe así:
«Mi padre dijo que una pelea entre dos casas dura lo que dura y que la gente se aburre. Y el padre de ella dijo que entonces habría que darles algo cada año, y de eso ha salido lo de la fiesta.»
Dejé la carta en el mármol.
—Espera —dijo Teo—. Espera. Vuelve a leer eso.
Se lo volví a leer.
—La Guerra —dijo.
—Sí.
—La Guerra del Merengue la inventaron en una reunión. Con el cura delante.
—Sí.
—Para que la gente tuviera algo de lo que hablar y no hablara de lo otro.
—Sí, Teo.
Se sentó en el saco de azúcar.
—Cien años —dijo—. Mi tío Quim. Mi padre. Mi abuelo. Toda mi familia lleva cien años tirándose merengue en una plaza para tapar a dos chicas.
—Y la mía.
—Y no es que se les olvidara por qué empezó. Es que empezó siendo eso: una tapadera. No hubo nunca otra cosa debajo.
Y ahí nos quedamos los dos un rato, en un obrador, a las diez y media de la noche de un lunes de enero, entendiendo el pueblo en el que hemos nacido los dos.
Hay más carta.
Cuenta la última semana. Cuenta que a Margarida la sacaron el domingo veintisiete a las seis de la mañana, en un coche de línea, desde la carretera y no desde la plaza, para que no la viera nadie. Cuenta que Àngela no fue.
«No me dejaron ir y yo tampoco insistí, y eso es lo que me tengo que perdonar a mí misma y no lo otro. Lo otro no tiene nada que perdonarse.»
Hay un párrafo corto, antes del final, que a mí me hizo más daño que todo lo demás junto.
Cuenta que el lunes siguiente, con Margarida ya fuera, Àngela tuvo que ir a la plaza a por levadura, porque en una casa que hace pan hay que ir a por levadura aunque se te haya caído el mundo encima. Y que la gente la paró.
La pararon cuatro o cinco mujeres, una detrás de otra, para decirle lo mismo: qué barbaridad, hija, mira que romper una boda por un merengue.
«Y yo tuve que decir que sí. Que qué barbaridad. Cuatro veces lo dije, y la última ya me salió sola.»
Eso es lo que se me quedó. Que la primera persona que contó la mentira en la calle fue ella. Que la obligaron a repetirla en el mercado a los tres días. Y que a la cuarta ya le salía sola, que es exactamente el tiempo que tarda una mentira en convertirse en costumbre.
Y luego está el final, que es donde llega la cosa.
Àngela cuenta que en agosto, dos meses después, empezó a correr por el pueblo el chiste.
Porque la versión oficial ya estaba en la calle: que las dos casas se habían peleado por el merengue de la boda. Y a la gente le faltó tiempo para hacer la broma, que es lo que hace siempre la gente.
Y la broma era esta: que en Vilamorell había tres merengues. El de los Roure, el de los Vidal, y «el de la que mandaron a Suiza» .
Lo escribe así, entre comillas, como se escribe una cosa que te han repetido mucho.
Y dice que se lo oyó en el mercado a una mujer que ni siquiera lo decía con maldad, y que tuvo que apoyarse en una parada, y que llegó a su casa y se metió en la cámara a llorar de pie para que no la oyeran.
Yo dejé la carta.
Voy a intentar explicar lo que sentí, porque llevo dos años sin sentir nada por la boca y resulta que el resto sigue funcionando perfectamente.
Yo he dicho «merengue suizo» toda mi vida.
Miles de veces. Se lo he dicho a alumnos.
Lo he escrito en cartas de restaurante. En la escuela de Barcelona me lo enseñaron con esa palabra en la primera semana del primer curso y nadie me dijo nunca de dónde venía porque nadie lo sabía, y hay un capítulo entero de un manual francés donde lo llaman así.
Y no se llama así por la técnica.
No tiene nada que ver con Suiza. No lo inventó nadie en Suiza. Se llama así porque un pueblo entero de esta costa hizo un chiste, en el verano del veintiséis, sobre una chica de veinte años a la que habían metido en un coche de línea a las seis de la mañana para que no la viera nadie.
Y el chiste ha durado cien años y se ha ido a los libros y ha cruzado fronteras, y ahora una mujer en una escuela de Tokio está montando claras al baño maría y llamándolo, sin saberlo, por el nombre de un destierro.
—Blanca.
—Un momento.
—Blanca, estás blanca.
—Ya lo sé. Un momento.
Me senté en el suelo, contra el saco, en el sitio de siempre.
Él vino y se sentó también, y no dijo nada durante un buen rato, y luego dijo:
—Nosotros lo vamos a hacer.
Y yo dije, casi a la vez:
—Va en la Pieza.
Y los dos nos quedamos callados, porque nos habíamos dicho la misma cosa al mismo tiempo y sin haberlo hablado en ningún momento.
—Lo llevo pensando desde octubre —dijo él—. Desde el primer día. Ese cazo estaba en el centro de la mesa.
—Yo desde la carta primera.
—¿Y por qué no lo has dicho?
—Porque me parecía una tontería sentimental. —Me pasé la mano por la cara—. Y porque hay que hacer un pastel que gane, no un pastel que tenga razón.
—Ya. —Se rio un poco—. Pues resulta que es lo mismo.
Antes de eso, sin embargo, hubo diez minutos incómodos que también hay que poner.
Porque cuando dijimos las dos cosas a la vez y nos reímos, él se quedó callado y luego dijo:
—¿Y esto lo contamos?
—¿El qué?
—Todo. Lo de las cartas. Lo de la boda. —Señaló el Cuaderno con la barbilla—. Si metemos el tercer merengue en la Pieza, alguien va a preguntar de dónde ha salido. Y hay que contestar.
Y yo, que llevaba dos horas emocionadísima con la restitución histórica, me callé de golpe.
Porque hay gente viva. Esa es la parte que no se piensa cuando una lee una carta de mil novecientos veintiséis y se le pone la piel de gallina: que Margarida Roure tiene sobrinos nietos en este pueblo, y que Sebastià Roure es el abuelo de su tío Quim, y que el hombre que descubrió a las dos y fue a contárselo a su padre es un señor cuyo retrato está colgado en el comedor de la casa de los Roure.
—Tu tío —dije.
—Mi tío.
—¿Y qué le decimos? ¿Que su abuelo denunció a su hermana?
—Es que su abuelo denunció a su hermana.
—Ya. Pero él lo va a oír en una plaza.
Teo se quedó un rato mirando el fuego.
—Yo se lo digo antes —dijo—. Un par de semanas antes. En mi casa, con mi madre delante.
—¿Y si dice que no?
—Pues dirá que no y lo contaremos igual. —Se encogió de hombros—. Pero no se va a enterar en una plaza. Eso no.
Y así fue como decidimos, sin decirlo con estas palabras, que aquello se iba a contar entero y que íbamos a avisar antes a los que les tocaba.
Se lo dijo el ocho de febrero. Quim Roure estuvo dos minutos callado, se levantó, se fue a la cocina, volvió y dijo: «Mi abuelo era un hombre muy seco». Y no dijo nada más de aquello nunca, ni antes ni después del Centenario, y el día de la plaza estuvo de pie, delante, escuchándolo todo.
Y aquella noche, de once a dos de la mañana, en un cuaderno cuadriculado, escribimos las tres páginas que lo cambiaron todo.
No la receta. La receta la teníamos: está en el Cuaderno, en la parte de las recetas, en una entrada de once líneas que ninguno de los dos había mirado dos veces porque no lleva título.
Dice «agua muy caliente pero que no hierva» y dice «batir sin parar aunque canse» y dice «se conoce que está cuando no se cae».
Lo que escribimos fue lo otro.
Escribimos que la Pieza del Centenario iba a llevar las tres escuelas. Que no íbamos a elegir entre el crudo y el cocido, que es lo que este pueblo lleva cien años esperando que alguien haga, porque elegir es seguirles el juego.
Y que en medio, sujetándolo todo, iba a ir el tercero.
Con su nombre.
—¿Y cómo lo llamamos? —dije—. Porque «suizo» ya no lo podemos llamar.
Teo estuvo un rato mirando el cuaderno.
—Se llama como se llaman ellas —dijo.
Y yo escribí, en el cuaderno cuadriculado, a las dos menos cuarto de la mañana del veintisiete de enero:
Merengue de Àngela y Margarida.
Y luego, debajo, entre paréntesis, porque yo soy así y no lo puedo evitar:
(hay que ver si aguanta el peso)
Nota de cata. Ninguna. Hoy no hemos probado nada.
Nota oficial: —
Nota real: llevo cinco horas pensando en una mujer de veinte años metida en un coche de línea a las seis de la mañana, y en que su nombre se convirtió en un chiste, y en que el chiste se convirtió en una palabra que yo he dicho toda mi vida sin saber lo que decía.
No es lo mío. Ya lo sé. Lo mío es una tontería al lado de esto.
Pero es que yo también me he pasado dos años dejando que la gente use una palabra equivocada para explicar lo que me pasa.