Capítulo 25
La guerra de los escaparates empezó el once de enero y duró nueve días, y todavía hay gente en este pueblo que se refiere a ella como «lo del belén».
Llevo tres meses escribiendo cosas tristes en esta libreta y me apetece escribir esta.
El día once, mi tío Quim montó en el escaparate del Forn un belén de pan.
De pan. Todo. San José de pan de payés, la Virgen de pan de payés, el Niño de chapata, tres reyes magos de coca, y una mula y un buey que le salieron regular y que en el pueblo se discutió durante días si eran una mula y un buey o dos perros.
Le quedó bien, hay que decirlo. Se paraba la gente. Salió en el semanario comarcal.
El día trece, la Confitería Vidal puso en su escaparate un belén de mazapán.
Con dieciocho figuras. Con oro fino en las coronas. Con un ángel colgado de un hilo de nailon que giraba solo porque Montse Vidal le había puesto detrás un motorcito de los de bola de discoteca.
El día catorce, mi tío añadió pastores.
El día quince, Montse añadió un río de gelatina azul con peces de anís.
El día dieciséis mi tío puso un cartel escrito a mano, en el cristal, que decía: «BELÉN ARTESANO. TODO COMESTIBLE. SIN COLORANTES.»
Y el día diecisiete Montse puso otro que decía: «BELÉN ARTESANO. TODO COMESTIBLE. Y ADEMÁS BONITO.»
El día dieciocho, alguien —y aquí el pueblo se divide y siempre se dividirá— entró de madrugada en el portal de al lado de la Confitería, subió al primer piso, que es de una prima de la casa Roure, abrió la ventana y con una caña de pescar de tres metros le enganchó el ángel al belén de mazapán y se lo llevó.
Se lo llevó.
Montse Vidal denunció el hecho. Y no a la Guardia Civil: denunció al ayuntamiento, por escrito, invocando el Bando Municipal del Merengue, con copia registrada y todo.
Maite Ros, que ya iba con dos meses de retraso en todo, se vio obligada a convocar una reunión.
La convocó en el salón de plenos el lunes veinte a las siete de la tarde y a esa reunión fue medio pueblo, porque en este pueblo hay dos cosas que llenan una sala: los entierros y las broncas municipales.
Yo fui. Blanca fue. Nos sentamos separados, cada uno con los suyos, porque a estas alturas ya sabíamos que eso es lo que hay que hacer si no quieres que la reunión trate de otra cosa.
Maite abrió con una frase para la historia:
—Vamos a ver si podemos resolver esto sin que salga del municipio.
Mi tío Quim defendió su posición.
—El artículo seis dice que el sabotaje es tradición y no delito.
—El artículo seis habla del merengue —dijo Montse—. Eso era un ángel.
—Era mazapán.
—¡Era un ángel de mazapán!
—Señores... —dijo Maite.
—Y llevaba oro —dijo Montse—. Que ahí lo tienen todos: oro alimentario, cuarenta y dos euros el librillo. Eso ya no es una broma de fiesta, eso es un daño patrimonial.
Y ahí Quim se levantó y dijo, delante de cuarenta personas y de la alcaldesa:
—Es que ese belén no era de aquí, Montse. Ese belén era de catálogo.
Y se armó.
Se armó porque era verdad y porque era lo peor que se le podía decir. Aquello estuvo doce minutos sin poder reconducirse, con la teniente de alcalde pidiendo orden y con dos señoras discutiendo en la tercera fila sobre un asunto de mil novecientos noventa y cuatro que no tenía nada que ver.
Y en algún momento de aquellos doce minutos, alguien de mi lado —no diré quién, aunque fue Marc— dijo en voz alta:
—Pues que lo arreglen los del obrador, que para eso los ha juntado la Yaya.
Y la sala se calló.
Y cuarenta cabezas se giraron a la vez hacia los dos lados donde estábamos sentados nosotros.
Blanca se puso de pie antes que yo.
—No —dijo.
—Blanca, hija... —empezó Maite.
—No. Nosotros tenemos que hacer un pastel. —Cogió el abrigo—. Con todo el respeto, y lo digo en serio: mi tía y su tío llevan cuarenta años haciéndose esto y lo van a seguir haciendo cuando nosotros hayamos terminado. Que lo arreglen ellos, que son mayores.
Y salió del salón de plenos con toda la sala mirándola.
Yo me levanté detrás.
—Yo digo lo mismo —dije, que fue una intervención bastante pobre, pero es que ella lo había dicho todo.
Y salí.
La alcancé en la escalera del ayuntamiento.
—Eh.
—No me hables.
—Vale.
—Es que no me lo puedo creer. —Bajó los escalones de dos en dos—. Cuarenta y dos euros el librillo de oro, dice. Cuarenta y dos euros. Esa mujer no ha pagado nunca cuarenta y dos euros por nada, se lo habrán regalado en la feria.
—Se lo regaló el representante de Sant Pere. Lo sé porque a mí me dio dos.
Y ahí se paró en mitad de la escalera y se empezó a reír.
Y yo me empecé a reír.
Y nos quedamos los dos en la escalera del ayuntamiento de Vilamorell de Mar a las siete y media de la tarde de un lunes de enero riéndonos como dos crías, con la puerta abierta detrás y cuarenta personas discutiendo dentro sobre un ángel de mazapán robado con una caña de pescar.
—Vámonos —dijo.
—¿Adónde?
—Al obrador. Que es el único sitio de este pueblo donde no hay nadie de nuestras familias.
Y antes de irnos del ayuntamiento pasó otra cosa que conviene apuntar.
En el pasillo, saliendo, nos cruzamos con Berta Casals, que había ido a registrar no sé qué y que se quedó mirando el bullicio del salón de plenos desde la puerta con la carpeta bajo el brazo.
—Notaria.
—Roure. Vidal. —Ni pestañeó—. ¿Sigue esto siendo por el ángel?
—Sigue.
—Cuarenta minutos llevan.
—Cuarenta y ocho —dijo Blanca.
Casals movió la cabeza dos milímetros, que en ella es una carcajada.
—Les voy a decir una cosa que no me han preguntado —dijo—. En veintiséis años ejerciendo aquí he hecho catorce testamentos con cláusulas de este tipo. Cláusulas de las que obligan a dos personas a hacer algo juntas. Y salen mal doce veces de cada catorce.
—Gracias, muy animoso —dije.
—No he terminado. —Se colocó la carpeta—. Salen mal porque la gente cumple. Hacen lo mínimo, se aguantan, firman y se van. —Nos miró alternativamente—. Ustedes llevan cuatro meses trabajando catorce horas al día en una cosa que solo les obligaba a hacer un pastel.
Y se fue por el pasillo sin decir nada más.
Trabajamos hasta las once y media.
Y fue una de esas noches. Sacamos el tercer prototipo entero, con la base nueva, y salió. Salió de verdad. Ella hizo el italiano de oído, sin termómetro, sin dudar ni un segundo, y yo lo probé y estaba en su punto y se lo dije y ella dijo «ya lo sé» y no preguntó dos veces.
Cenamos de pie, pan con tomate y queso, apoyados en el mármol.
Y entonces, sobre las once, hablando de nada, ella dijo la cosa.
Estábamos con lo del belén, todavía, y con lo de la reunión, y con lo que había dicho Marc. Y ella dijo:
—¿Sabes lo que más rabia me da de este sitio?
—Dime.
—Que todo el mundo tiene una versión. —Cortó un trozo de queso—.
Mi tía tiene una versión de por qué se cerró el obrador.
Tu tío tiene otra. La señora Enca tiene tres, según el día.
Y cuando yo era pequeña me parecía normal, y ahora vengo de fuera y me doy cuenta de que en este pueblo nadie dice nunca lo que pasó de verdad.
Se dice lo que conviene y se dice bonito.
—Sí.
—Y por eso llevamos cien años así.
Y luego dijo esto, y lo dijo sin ninguna intención, mirando el queso, mientras lo cortaba:
—Menos mal que tú no eres así.
Yo dejé el pan.
—¿Yo?
—Tú eres la única persona de este pueblo que no me ha mentido ni una vez.
—Blanca...
—Es verdad. Piénsalo. —Levantó la vista—.
Óscar me dice cosas bonitas. Mi tía me dice lo que le conviene.
Sandra Peral me... —Y ahí se paró en seco un cuarto de segundo, y siguió—.
Todo el mundo me maneja. Y tú, desde octubre, me has dicho a la cara que mi merengue estaba mal, que mi almíbar estaba frío, que compré diecinueve mil huevos como una imbécil y que no sé lo que estoy haciendo. Todo. Sin adornar.
—Eso no es difícil.
—Es dificilísimo. —Se metió el queso en la boca—. Es lo más difícil que hay. Y tú lo haces gratis y ni te enteras de que lo haces.
Yo me quedé mirando el mármol.
—Tengo que salir un momento —dije.
—¿Qué?
—A la calle. Un momento.
Y salí.
Salí a la plaza, en enero, de noche, sin chaqueta, y me quedé de pie en mitad del empedrado respirando como si acabara de subir una cuesta.
Estuve cuatro minutos.
Cuatro minutos en los que se me pasó por la cabeza volver a entrar y contárselo todo, ahí mismo, con el pan en la mesa. Y también se me pasó por la cabeza no volver a entrar nunca.
Volví a los cuatro minutos.
—¿Estás bien? —dijo.
—Me había mareado.
—¿Tú?
—Es el calor del horno. Llevo diez horas aquí dentro.
—Anda, siéntate.
Y me trajo un vaso de agua. Me lo trajo ella a mí, con las dos manos, y me lo puso delante, y se quedó mirándome hasta que me lo bebí entero.
Lo del ángel se resolvió el jueves veintitrés, y se resolvió de la única manera en la que se resuelven aquí las cosas: sin que nadie admita nada.
Apareció.
Apareció una mañana en el escaparate de la Confitería, colgado de su hilo de nailon, girando con su motorcito, con las alas un poco dobladas y una mancha de humedad en la túnica de mazapán. Y encima del belén había un sobre.
Dentro del sobre había cuarenta y dos euros en billetes y una nota, escrita a máquina —a máquina, en dos mil veintiséis— que decía: «POR EL ORO.»
Montse Vidal retiró la denuncia esa misma tarde y le dijo a la señora Enca que ella siempre había dicho que sería un gamberro de fuera.
Mi tío Quim estuvo tres días de un humor excelente y no explicó por qué.
Y el sábado, en el bar, Nil Vidal me invitó a un café.
Eso, ahora, lo cuento distinto de como lo viví.
Entonces me pareció raro y ya está: un chico de la casa Vidal, de los que no me han dirigido la palabra en su vida, poniéndome la mano en el hombro y diciéndome que qué bien lo estábamos haciendo, y que él siempre había dicho que las dos casas juntas eran otra cosa, y preguntándome, así de pasada, cuándo teníamos previsto encender el horno de la Pieza definitiva.
—En febrero. La semana antes.
—Claro. Porque tarda, ¿no?
—Tarda un día entero.
—Un día entero. Qué barbaridad.
Y pagó él.
Eso también lo pagó él.
Borrador n.º 31. «Hoy me has llamado honesto. He tenido que salir a la calle a que me diera el aire.»