Capítulo 24
Óscar Manrique llegó a Vilamorell de Mar el sábado diez de enero a la una y media de la tarde, en un coche que hacía muy poco ruido, y aparcó donde no se debe.
Eso me lo contó la señora Enca el domingo con lujo de detalles, incluida la marca del coche, que ella no sabía pero que describió como «gris, de los que no suenan».
Yo lo vi el lunes, en el obrador, y lo vi como se ven las cosas que llevas dos semanas esperando: peor de lo que las tenías previstas y exactamente igual.
Vino con Júlia y con el chico de la gorra a las once de la mañana. Se paró en la puerta y dijo, mirando la nave, el horno, la mesa de mármol y la claraboya:
—Ay. Qué bonito, por favor.
Y lo dijo bien. Ese es el asunto con Óscar y es lo que nadie entiende hasta que lo trata: que lo dice bien.
Que no es falso. Óscar Manrique se emociona de verdad con un obrador de mil novecientos veintiséis, del mismo modo que se emocionaría con otras cuatro cosas ese mismo día, porque tiene el músculo del entusiasmo desarrolladísimo y el de la lealtad sin usar.
Me dio dos besos.
—Estás muy bien —dijo, agarrándome de los brazos y apartándome un poco para mirarme, cosa que odio y que él sabe que odio—. Estás muy bien, en serio. Estás mejor que en Madrid.
—Es el aire.
—Es el aire —dijo, encantado.
Y luego se giró y le dio la mano a Teo con las dos suyas.
—Óscar. Encantadísimo. Te he visto en el clip.
—Teo.
—Tienes unas manos increíbles, tío. Increíbles. Se te ve el oficio a un kilómetro.
Y Teo, que llevaba dos semanas callado, dijo:
—Gracias.
Y siguió sacando discos.
Aquella mañana fue así entera: dos horas de Óscar diciendo cosas amables sobre todo lo que veía, con Júlia grabando, y Teo trabajando de espaldas y contestando lo justo, y yo en un punto medio horrible, haciendo de anfitriona de un obrador que es medio mío en un pueblo que no es mío, delante de un hombre que sabe cosas de mí que no sabe nadie.
Porque eso es lo que hay. Vamos a ponerlo.
A Óscar se lo conté en diciembre del veinticuatro, tres semanas antes de que lo dejáramos, de madrugada, en su cocina, llorando, después de un servicio en el que casi me pillan.
Se portó bien. Que quede escrito, porque es verdad y porque si no, todo lo demás no se entiende: aquella noche se portó muy bien. Me abrazó, me dijo que buscaríamos a alguien, que él conocía a un neurólogo bueno, que no se lo iba a decir a nadie nunca.
Y no se lo ha dicho a nadie. En un año y medio, con lo que le habría dado de conversación, no se lo ha dicho a nadie.
El problema con Óscar no es que sea un traidor. Es que es un hombre absolutamente incapaz de calcular las consecuencias de nada que le apetezca decir.
Quiso probar antes de comer.
—A ver, dadme algo. Que para eso me pagan.
Le pusimos un disco de merengue seco con la crema y el pistacho, que era el prototipo de la semana. Lo probó bien, hay que decirlo: partió, miró el corte, olió, probó un trozo pequeño primero y luego uno grande. Ahí es un profesional y se le nota.
—Buenísimo —dijo—. De verdad. Y os voy a decir una cosa, y esto es opinión, ¿eh?, que aquí manda el pueblo y yo solo soy un señor con micrófono.
—Dila —dijo Teo, sin levantar la vista.
—Que está buenísimo y que no dice nada.
Yo dejé la espátula.
—Sigue.
—Está muy rico, está muy bien hecho y podría ser de cualquier sitio.
—Se limpió las manos—. Yo esto me lo como en un hotel de Zúrich y me parece estupendo.
¿Dónde está el pueblo? ¿Dónde está la guerra esa que tenéis?
Blanca, tú tienes aquí un material que se cae de las manos y me estás dando un postre correcto.
Y se acercó al horno tan contento, sin enterarse de que acababa de decir la cosa más útil que nos habían dicho en tres meses.
Teo esperó a que se alejara.
—Tiene razón —dijo, muy bajo.
—Ya lo sé que tiene razón. Cállate.
Se quedaron a comer. Los invitó él, en el Bar Nou, y pidió para todos, y estuvo una hora contando anécdotas buenísimas, y el bar entero lo estaba mirando, y firmó dos servilletas y se hizo cuatro fotos.
Y a las cuatro y media, cuando Júlia y el chico de la gorra se habían ido a por material y Teo había vuelto al Forn a sacar la última hornada, se sentó a mi lado en el banco de la plaza.
—Bueno —dijo—. Cuéntame.
—¿El qué?
—Blanquita.
—No me llames así.
—Cómo estás. De lo tuyo.
Y ahí está. En una plaza. A las cuatro y media. Con dos señoras a diez metros.
—Igual —dije, bajando la voz.
—¿Igual igual?
—Igual.
—Joder. —Y se echó atrás en el banco y lo dijo con pena de verdad—. Joder, Blanca, lo siento mucho.
—Ya.
—¿Y aquí cómo lo llevas? Porque esto es un pastel, ¿no? O sea, hay que probar.
—Lo llevo.
—Ya, pero digo cómo.
—Óscar.
—Que lo pregunto porque me preocupa. —Se giró hacia mí—. Es que te veo aquí metida, en un proyecto larguísimo, con cámaras, con un fallo público, con un pueblo entero votando... Y yo lo único que quiero es que no te vuelva a pasar lo del año pasado.
Y esa frase, dicha con esa cara, es exactamente el problema.
Porque no es una amenaza. Ojalá fuera una amenaza. Una amenaza se puede contestar.
Óscar Manrique estaba sinceramente preocupado por mí.
Y esa preocupación sincera es un arma cargada que lleva encima sin saberlo, y que se le puede disparar en cualquier momento, en una comida, en una entrevista, en una charla de sobremesa con un micro puesto, cuando alguien le pregunte por mi caída y a él le apetezca defenderme.
Porque él me va a defender. Ese es el horror. Algún día, en algún sitio, alguien va a decir «bueno, es que aquella mujer se creyó demasiado buena» y Óscar va a decir «no, no, mira, es que ella tenía un problema». Y lo va a decir para ayudarme.
—No me va a pasar nada —dije.
—¿Quién más lo sabe?
—Nadie.
Y aquí, por primera vez en toda la tarde, mentí. Porque decir «Teo» habría sido darle a Óscar la única cosa que Óscar sabe hacer sin querer, que es hablar.
—¿Y el chico del pan?
—Se llama Teo.
—Ya sé cómo se llama. —Sonrió—. ¿Él lo sabe?
—No.
—Vale. —Se estiró—. Mejor. Porque, Blanca, con todo el cariño: esa gente es maravillosa, pero es un pueblo. Aquí una cosa así dura veinte minutos.
Y me dio un golpecito en la rodilla y se levantó a saludar a alguien que le había reconocido.
Fui andando al obrador con una piedra en el estómago.
Y aquí conviene que explique bien la piedra, porque la piedra no era Óscar.
La piedra era esto: si sale, se acabó.
No es que se acabe mi reputación, que ya está acabada.
Es que se acaba la Pieza. El artículo trece dice que el jurado es el pueblo y que la Pieza tiene que ser declarada digna a mano alzada.
Y yo llevo tres meses viendo cómo funciona esta plaza.
Si el día del Centenario, en esa plaza, con dos cámaras y quinientas personas, alguien sabe que la mujer que ha hecho ese pastel no puede probarlo, ya me pueden salir los merengues perfectos.
No van a levantar la mano. Y no por crueldad. Por vergüenza ajena.
Y entonces el obrador se vende, y Dulcina lo compra, y Teo Roure se queda sin la mitad de un edificio y con el tejado goteando, y todo por una cosa mía que él ni siquiera sabe.
Llegué a las cinco y media. Estaba solo, montando el segundo piso de la estructura de prueba.
—¿Se han ido? —dijo.
—Sí.
—Vale.
Trabajamos hora y media sin hablar, y era un silencio malo, de los que tienen cosas dentro, y yo no soy capaz de aguantar esos silencios más de hora y media.
—No es lo que estás pensando —dije.
—No estoy pensando nada.
—Teo.
Dejó el disco que tenía en la mano.
—Estoy pensando que ese hombre te ha llamado Blanquita en una plaza —dijo—, y que tú has puesto una cara que no te había visto nunca, y que lleva aquí seis horas y ya sabe el nombre del camarero. Eso es lo que estoy pensando. Y no tengo ningún derecho a pensarlo, así que estoy trabajando.
Nos quedamos los dos ahí, cada uno a un lado de la mesa.
—No hay nada —dije.
—Vale.
—Óscar es un tío que se pasa la vida cayendo bien. Es su trabajo caer bien. Y es bueno en su trabajo.
—Se le da muy bien, sí.
—Pero no hay nada. Y no va a haber nada. —Cogí una espátula por hacer algo con las manos—. Lo único que hay es un problema, y el problema es que él sabe cosas de mí.
Y ahí paró.
—¿Qué cosas?
Y yo tuve la oportunidad. La tuve entera, servida, delante, un lunes por la tarde.
Podía haberle dicho: sabe lo del gusto. Se lo conté yo. Y es el hombre más indiscreto de España y va a estar aquí seis semanas y me va a hundir sin querer, y necesito que lo sepas porque si esto explota, explota encima de los dos.
—Lo de la tele —dije—. Estaba conmigo cuando pasó.
—Ah.
—Sí.
—Ya.
Y volvió a coger el disco.
Dos secretos. Ya van dos.
El café con Sandra en diciembre, y esto.
Y lo peor es que ninguno de los dos es una traición, y los dos juntos empiezan a ser otra cosa, y yo lo sé perfectamente y aun así, cuando llega el momento, hago exactamente lo mismo: elijo el silencio pequeño de hoy.
Igual que él, aunque eso yo entonces no lo sabía.
Nota de cata. Vermut del Bar Nou, invita Óscar Manrique, lunes.
Nota oficial: rojo clásico, dulzor de vermut de grifo, amargor de quina bien puesto, naranja al final.
Nota real: nada.
Él ha dicho «qué barbaridad, esto en Madrid vale ocho euros» y se lo ha bebido en cuatro minutos y ha pedido otro, y estaba contento de verdad, y ha sido simpático con todo el mundo, y todo el mundo lo quiere ya.
Va a estar aquí seis semanas.
No es malo. Es peor: es un tío que cuenta cosas.