La guerra del merengue Capítulo 23
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Capítulo 23

Nochebuena la pasé en casa, con mi madre, con Ona, con mi tío Quim y la tía Neus, con Marc y los suyos, y con veintiuna personas más que fueron cayendo a partir de las once porque en esta casa la Nochebuena es una cosa que empieza en familia y acaba en manifestación.

Y me pasé la noche entera pensando en un altillo.

A la una y media, mi hermana me encontró en la escalera de atrás, sentado en el tercer escalón con una copa que no me estaba bebiendo.

—¿Qué haces aquí?

—Tomar el aire.

—Está lloviznando.

—Es aire con agua.

Se sentó dos escalones más abajo, con el vestido bueno, en un escalón mojado, que es una cosa que solo hace Ona.

—¿Te digo lo que creo?

—No.

—Creo que pasó algo el lunes.

—Ona.

—Y no te lo voy a preguntar, ¿eh? —dijo, mirando al patio—. Que conste. Soy la única persona de este pueblo que no te lo va a preguntar. Y me está costando la vida.

—Gracias.

—Solo te voy a decir una cosa y me callo.

—Pues dila.

Se quedó un momento callada, cosa rara.

—Que si pasa algo, y digo si pasa, tú no eres el que se lleva la peor parte. —Se levantó y se sacudió la falda—. Tú te quedas aquí con tu horno y tu madre y tus catorce tías. Ella se queda sola en un pueblo donde su apellido pesa lo que pesa y con todo el mundo mirando. Piénsalo antes, no después.

Y se metió dentro, donde alguien había puesto música.

Los cuatro días que hubo entre el temporal y la Navidad son los cuatro días más ridículos de mi vida adulta.

El primero fue el veinticuatro por la mañana, en el obrador, y ahí acordamos la mentira.

No la acordamos hablando, que eso habría sido más limpio. La acordamos trabajando.

Llegué a las siete. Ella llegó a las siete y diez, con dos cafés de la máquina como todos los días, y me dio el mío como todos los días, y dijo «buenos días» como todos los días, y yo dije «buenos días».

Y luego dijo:

—Hay que rehacer los discos tres y siete, que con la humedad de anteayer se han puesto de goma.

Y yo dije:

—Ya lo he mirado. Los siete están todos malos.

Y ese fue el momento. Ahí se decidió.

Los dos supimos, en ese intercambio sobre unos discos de merengue estropeados, que íbamos a hacer como si nada. Y funcionó de una manera espectacular durante casi cuatro horas.

Hasta que a las once y media le pasé el cuchillo grande.

Se lo pasé por el mango, como se lo he pasado ochenta veces, y ella lo cogió, y nuestros dedos hicieron lo que hacen los dedos, o sea, nada, medio segundo, lo de siempre.

Y los dos nos quedamos absolutamente petrificados, cada uno con una mano en el cuchillo, mirando el cuchillo, durante un tiempo que a mí me pareció una semana.

—Perdón —dijo ella.

—No.

—Cógelo tú.

—Es que es para ti.

—Ah. Vale.

Y se llevó el cuchillo a su lado de una línea que ya no existe y estuvo cortando fruta veinte minutos con una concentración de cirujana.

Estas somos las dos personas que llevan tres meses convenciendo a un pueblo entero de que no pasa nada.

El segundo día fue el veinticinco, que no trabajamos, y fue peor, porque no había cuchillos que pasar y solo estaba el móvil.

Escribí siete mensajes y no mandé ninguno. Mandé el octavo, que decía: «Feliz Navidad.»

Contestó a los cuarenta minutos: «Igualmente.»

Y luego, a los tres minutos: «Los discos siete los repetimos el viernes.»

Y yo me quedé mirando aquello en la cocina de mi casa con toda mi familia gritando de fondo y me reí solo, como un tonto, porque «los discos siete los repetimos el viernes» era, en aquel momento, la cosa más cariñosa que me habían dicho en año y medio.

El tercer día fue el veintiséis y ahí ya intervino el pueblo, que es lo que hace siempre.

Fui a por tabaco que no fumo, o sea, fui a andar, y me crucé con la Bernarda Vidal en la esquina de la calle del Forn.

Iba sola, con el carro, y me paró poniéndose delante.

—Chico.

—Bernarda.

Me miró. Me miró de arriba abajo, dos segundos, con una lentitud que no tenía ninguna necesidad de tener.

—Ya está —dijo.

—¿Ya está qué?

—Que ya está.

—Bernarda, no sé de qué me habla.

—Yo tampoco sé de qué te hablo —dijo, y arrancó con el carro—. Que paséis buenas fiestas.

A las dos de la tarde, según supe después por Ona, la banca del Bar Nou había cerrado la columna de «antes de Reyes» y había abierto una nueva que ponía, literalmente, «ya está pero no lo dicen» , con doce euros dentro y creciendo.

Nadie nos vio. Estábamos solos, a oscuras, en un altillo, en mitad de un temporal, con el pueblo entero sin luz.

Y lo saben.

No sé cómo lo hacen. Llevo treinta y cinco años aquí y no lo sé.

El cuarto día fue el veintisiete y ese es el que importa.

Me levanté a las cuatro y diez, amasé, abrí, despaché, cerré a las dos y me fui al obrador. Y en el camino, cruzando la plaza, tomé la decisión.

Se lo iba a decir.

Y lo tenía todo pensado, ¿eh? No fue un arrebato. Llevaba desde el temporal dándole vueltas, y la conclusión era muy simple y no tenía vuelta de hoja: si aquello había pasado —y había pasado—, entonces el asunto había cambiado de sitio.

Mientras solo trabajábamos juntos, mi silencio era una cobardía mía y el daño era mío.

Ahora ya no. Ahora, cada día que ella siga sin saberlo, yo la estoy dejando meterse en una cosa con los ojos tapados. Y eso ya no es cobardía. Eso es decidir por otra persona, que es lo que le hice a su madre en el nueve.

Así que iba a entrar, iba a decirle «siéntate», y se lo iba a contar entero: la carta, la letra cambiada, agosto, la cámara, el préstamo. Todo. Y después que ella hiciera lo que tuviera que hacer, incluido irse, incluido perder el obrador, incluido no volver a hablarme en su vida.

Lo tenía tan decidido que había hecho una cosa que no hago nunca: me había llevado el borrador. El cuarenta y seis, doblado en el bolsillo del pantalón, por si me quedaba sin voz.

Entré a las tres menos veinte.

Estaba de espaldas, en el mármol, con el móvil apoyado en el bote de las espátulas y el altavoz puesto, hablando con alguien.

—...no, si me parece bien. Me parece bien.

— Es que a mí me lo han dicho esta mañana , decía Júlia Rey por el altavoz. Y te lo digo yo antes de que salga la nota, que sale a las seis.

—Ya.

— Blanca, yo no lo he elegido. Esto lo ha decidido cadena. Ellos querían un nombre que sonara y él es un nombre que suena.

—Es un nombre que suena, sí.

Dejé la puerta cerrarse sola.

Ella se giró y me vio, y puso una cara que no le había visto nunca. No era enfado. Enfadada la he visto muchas veces y es muy divertido. Esto era otra cosa: era la cara de alguien que está calculando a toda velocidad a cuántos sitios tiene que llegar antes de que llegue otro.

—Te llamo luego —dijo, y colgó.

—¿Qué pasa?

—El Centenario tiene jurado estrella.

—El jurado es el pueblo. Lo dice el artículo trece.

—El pueblo vota si es digna o no —dijo—. Pero para la tele hace falta alguien que hable a cámara y diga cosas interesantes. Y ya lo tienen.

—¿Quién?

Cogió el móvil, buscó dos segundos y me lo puso delante.

Una foto de un tío de unos cuarenta años con chaquetilla negra, brazos cruzados, barba de tres días muy bien pagada y una sonrisa de las que se ensayan.

Yo a ese hombre lo conocía de la tele, como todo el mundo. Sale en un programa de los domingos y saca aceite de oliva en un anuncio.

—Óscar Manrique —leí.

—Óscar Manrique.

—¿Y?

Y ella me miró.

Y aquí es donde tengo que decir que Blanca Vidal tiene, cuando quiere, una manera de darte una información en tres palabras que ya te gustaría a ti tener.

—Estuvimos juntos dos años —dijo—. Y lo dejamos hace uno y medio.

Silencio en el obrador.

—Ah —dije.

—Sí.

—Vale.

—Va a estar aquí desde el diez de enero. Se instala. Le han contratado para el reportaje, para la cata y para el fallo.

—Vale.

—Deja de decir vale.

—Es que no sé qué decir, Blanca.

Y era verdad, pero solo a medias, porque lo que estaba pasando dentro de mí en ese momento era una cosa bastante fea y bastante clara, y era esta: que me había puesto de un humor de perros en tres segundos, y que no tenía ningún derecho.

—¿Y cómo estás? —dije, que fue lo único decente que se me ocurrió.

Ella se apoyó en el mármol con las dos manos y estuvo un rato mirando la piedra.

—Mal —dijo.

—¿Muy mal?

—No lo sabes tú bien.

Y ahí se calló, y yo esperé, y no dijo nada más. Se puso a rehacer los discos.

Y yo me pasé la tarde entera trabajando a su lado con un papel doblado en el bolsillo del pantalón.

No lo saqué.

Yo, esa tarde, me dije que no podía contárselo ese día. Que la mujer acababa de recibir un golpe. Que le habían metido en casa a su ex, un tío famoso, delante de las cámaras y del pueblo entero, en el peor momento posible. Que decirle lo mío encima de eso, ese mismo día, sería una salvajada.

Y eso es verdad. Sigue siendo verdad hoy. Cualquier persona con dos dedos de frente habría hecho lo mismo.

Pero cuando llegué a casa a las nueve y me quité el pantalón para ducharme, saqué el papel del bolsillo y lo dejé en la mesa de la cocina, y me quedé mirándolo un rato largo.

Y me dije la verdad, por una vez.

La verdad es que llevo tres meses encontrando cada día un motivo excelente. Los motivos son buenos. Los motivos son de verdad. Y mira lo bien que me viene a mí que sean tan buenos.

Y ahora, además, hay una cosa nueva.

Porque va a venir a este pueblo un hombre que salió con ella dos años y que va a estar aquí seis semanas. Y yo, si se lo cuento ahora, no voy a estar contándole una cosa fea de hace diecisiete años.

Voy a estar apartándome del medio justo cuando aparece otro.

Borrador n.º 24. «Te lo tengo que decir ya, porque si te lo digo dentro de un mes vas a pensar que te lo digo por él. Y no. Te lo tengo que decir por lo de la carta y por tu madre y por 2009. Lo otro no tiene nada que ver.»

(Debajo, con otro bolígrafo, escrito más tarde: «Lo otro sí tiene que ver. Eso también hay que decirlo.»)