La guerra del merengue Capítulo 22
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Capítulo 22

El temporal entró por levante el lunes veintitrés de diciembre a las cinco de la tarde y lo anunciaron con dos días de antelación, así que nadie puede decir que fuéramos víctimas de nada.

Nos avisaron por el móvil. Aviso naranja: viento de setenta kilómetros por hora, olas de cuatro metros, lluvia fuerte a partir de las seis.

—Habrá que apagar el horno —dije.

Y Teo, que estaba encendiéndolo en ese momento, se me quedó mirando desde el suelo.

—No.

—¿Cómo que no?

—Blanca, este horno tiene tres semanas de vida. —Se levantó y se limpió las manos—. Si lo dejo bajar de golpe con esta humedad y lo vuelvo a subir la semana que viene, se me raja. Y si se raja, se acabó.

—¿Entonces?

—Entonces se le echa leña y alguien lo mira.

—¿Con aviso naranja?

—El aviso es de viento y de agua. Aquí dentro no hay viento ni agua.

Aquí dentro, esa tarde, resultó que había las dos cosas.

Empezó a llover a las seis y diez y en veinte minutos aquello dejó de parecer lluvia y empezó a parecer una cosa que le pasa a un edificio.

El agua entraba en la plaza en horizontal.

La persiana del Forn sonaba como si alguien la estuviera aporreando desde fuera.

Y a las siete menos cuarto se fue la luz de todo el pueblo.

Toda. La plaza entera a oscuras, con las farolas apagadas y las ventanas apagadas, y solo la boca del horno dando naranja en mitad de la nave.

—Vaya —dijo él.

Yo llamé a mi tía para decirle que no cruzaba la plaza con eso cayendo. Él llamó a su madre para lo mismo. Las dos conversaciones duraron menos de un minuto y ninguno de los dos miró al otro mientras hablaba.

Y a las siete y media, la primera gotera.

Sonó antes de que la viéramos. Un ploc en el suelo, en la penumbra, en algún sitio del centro de la nave.

Él fue con la linterna del móvil.

—Es la claraboya. Está entrando por el marco.

—¿Es grave?

—Es vieja.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Pusimos un cubo. A los diez minutos pusimos otro, porque salió una segunda vía a metro y medio de la primera, y luego una tercera, y el centro del obrador era un charco largo y fino que iba extendiéndose por las juntas de la baldosa hidráulica con una lentitud de cosa viva.

Y a las ocho y veinte, con la linterna, lo vi.

—Teo.

—¿Qué?

—Ven.

Estaba de rodillas en el suelo, en la orilla del charco, alumbrando.

La línea de tiza cruzaba la nave de pared a pared, como llevaba haciendo desde octubre.

Y en el tramo del centro, donde había llegado el agua, ya no cruzaba nada.

Se había ido. La tiza estaba deshecha en un rastro blancuzco que se corría con el agua hacia el sumidero del fondo, muy despacio, dejando una línea sucia y luego ni eso.

Nos quedamos los dos mirándolo un rato, agachados, con una linterna.

—Bueno —dijo él—. Ya está.

—La puedo volver a pintar.

—Sí.

—Cuando se seque.

—Cuando se seque.

Ninguno de los dos se movió.

Y luego, del techo, se oyó un ruido nuevo.

No en la nave: arriba, en el altillo. Un golpe seco de cosa que cae, y después un ruido de cristal que se rompe pero que no acaba de romperse del todo.

Subimos.

En el altillo entraba agua por la ventanita, que él había cerrado a las seis y que el viento había abierto de par en par arrancando el pestillo, y en el suelo, boca abajo, había un marco.

Un marco de madera de un metro por sesenta, con el cristal partido en tres, que llevaba colgado en aquella pared de detrás del catre desde que ninguno de los dos había nacido y que yo, en tres meses, no había mirado ni una sola vez.

Estaba negro de polvo. Yo pensaba que era una lámina de la Virgen o una foto de grupo, y no lo pensaba mucho, porque no lo pensaba.

Teo cerró la ventana con el hombro y la trabó con la pata de una silla.

Yo le di la vuelta al marco.

Y debajo del cristal roto y del polvo de ochenta años había un papel grande, amarillo, escrito a mano en tinta, con una caligrafía de las de antes, y una lista de artículos numerados.

—Es el Bando —dije.

—El Bando está en el ayuntamiento.

—El del ayuntamiento está a máquina. —Le pasé la manga por el cristal—. Está a máquina y es del cincuenta y algo, lo pone abajo. Esto es de mil novecientos veintiséis.

Nos sentamos los dos en el suelo del altillo, con la espalda contra el catre, con el marco encima de las rodillas y la linterna del móvil, y fuimos leyendo.

Artículo primero. En la Guerra del Merengue, todo vale.

Y ahí, debajo, el artículo segundo.

Tachado. Con dos trazos de bolígrafo azul, modernos, groseros, hechos encima del cristal no: debajo, sobre el papel, por alguien que había abierto el marco para hacerlo.

—Alguien lo abrió —dijo él.

—Sí.

—Y volvió a cerrarlo.

Yo acerqué la linterna.

El bolígrafo tachaba, pero el bolígrafo del noventa y algo no puede contra una tinta ferrogálica de mil novecientos veintiséis. Debajo de los dos trazos la escritura seguía estando, hundida en el papel, con ese relieve que deja la pluma cuando aprieta.

Puse la luz de lado, rasante, como se hace.

Y se leyó.

«Artículo 2. Queda prohibido el trato dulce con la casa contraria.»

Ninguno de los dos dijo nada durante un rato bastante largo. Fuera, el viento hacía con la persiana del Forn lo que le daba la gana.

—Trato dulce —dijo él.

—Sí.

—¿Eso qué significa?

—Significa lo que significa, Teo.

Me quedé mirando aquel papel.

Cien años. Cien años de este pueblo tirándose merengue a la cara, congelando proyectiles, descalibrando termómetros, dejando de saludarse en el noventa y cuatro por un asunto de un toldo.

Un bando entero cuyo primer artículo dice que vale todo.

Todo. Que se puede sabotear, mentir, cegar una chimenea, mandar una carta anónima. Que aquí no hay nada prohibido.

Menos una cosa.

—Es al revés —dije.

—¿El qué?

—Que la guerra no vino primero. —Me oí la voz muy rara en aquel altillo—. Yo he crecido pensando que se prohibió tratarse porque había una guerra. Y es al revés. Se inventaron una guerra para poder prohibir esto.

—Y luego se les olvidó por qué.

—Y luego se les olvidó por qué. Y siguieron.

Él se pasó la mano por la cara.

—Mi tío Quim —dijo—. Mi tío Quim se pasa el día citando el artículo uno. «Todo vale.» Lo dice hasta cuando cambia el precio del pan.

—Y no se ha leído el dos en su vida.

—No lo ha podido leer. Está tachado desde antes de que yo naciera.

—Lo tachó Remei —dije.

—Sí.

—Es bolígrafo azul, es esa letra de tachar de las señoras, es la misma mano que cosió el cuaderno. Lo tachó ella.

—¿Cuándo?

—Cuando se murió mi bisabuela y le dejó todo esto. —Miré alrededor, al altillo, al catre, a la ventana trabada con una silla —. Entró aquí ella sola, leyó las cartas, y luego subió y tachó el artículo. Y no se lo dijo a nadie.

—Y lo dejó todo puesto —dijo él—. El cazo en el centro de la mesa.

—El cazo en el centro de la mesa.

Y entonces me giré para mirarlo.

Y ya estaba girado.

Vamos a ver. Yo he pensado mucho en esto y todavía no sé cómo contarlo sin que parezca menos de lo que fue.

Estábamos sentados en el suelo de un altillo, a oscuras, con una linterna apoyada en el catre apuntando al techo.

Fuera había un temporal. Debajo teníamos un fuego encendido que llevaba tres semanas sin apagarse.

En las rodillas teníamos un documento de mil novecientos veintiséis que decía, con todas sus letras, que lo único que este pueblo nunca ha permitido es exactamente lo que estaba a punto de pasar.

Y llevábamos tres meses.

Tres meses de tiza, de descríbemelo, de tres de la mañana, de manos rozándose al pasar un cuchillo, de una noche entera con la cabeza apoyada en un hombro que no se movió.

Se acercó. O me acerqué yo. Aquí es donde la memoria se pone cobarde y dice que fue a la vez, y creo que es verdad, y aunque no lo sea lo voy a dejar así.

Me besó, o nos besamos.

Y no se parecía nada a los quince años. A los quince fue un desafío y duró tres minutos y medio y acabó con merengue en la cara.

Esto empezó despacio, y fue lento, y él tenía una mano en mi mandíbula, quieta, y estaba temblando un poco, y en algún momento paró un segundo para decir mi nombre y volvió.

Sabía a algo, seguro. Todo sabe a algo.

Yo estaba con las dos manos en la camisa de un hombre y no tenía ni idea.

Lo apreté un poco más fuerte para ver si con eso.

Nada.

Y me eché atrás.

Yo. Fui yo la que se echó atrás, y quiero que quede escrito, porque él no habría parado.

—Espera.

—Perdona —dijo, inmediatamente—. Perdona, Blanca, si no...

—No. No es eso.

—Vale.

Yo tenía la respiración hecha un desastre y una cosa horrible subiéndome por dentro, y dije lo que no había que decir y lo dije de la peor manera posible.

—¿A qué sabe?

—¿Qué?

—Esto. Que a qué sabe. —Me temblaba la voz—. Yo no lo sé, Teo. Acabo de... y no lo sé. No lo he sabido. He estado ahí y he estado pensando en si lo iba a saber.

Él se quedó muy quieto.

—Yo sí —dijo.

Y nada más.

No dijo a qué. Ni entonces ni nunca, y se lo he agradecido cada día de mi vida desde entonces, porque cualquier cosa que hubiera dicho —cualquiera— habría sido una limosna.

Me levanté.

—Voy a bajar a mirar el horno.

—Blanca.

—Es que hay que echarle leña.

—Le he echado hace veinte minutos.

—Pues hay que mirarlo igual.

Y bajé por la escalera de hierro, de lado, que es la única manera, agarrándome con las dos manos.

Estuve abajo hasta las tres de la mañana.

Él estuvo arriba. Ninguno de los dos durmió, eso lo sé porque se oye todo en ese edificio, y a las tres bajó, sin decir nada, y se sentó a dos metros de mí delante del fuego, y estuvimos así hasta que amaneció, mirando el horno como dos personas que vigilan un horno.

A las siete escampó.

Salimos a la plaza a mirar el destrozo, que fue el habitual: ramas, un contenedor volcado, el toldo del bar hecho un ocho. La luz volvió a las ocho y media. El pueblo empezó a barrer.

Y a las nueve, cuando entré otra vez en el obrador con dos cafés de la máquina, él estaba de rodillas en el centro de la nave con un trapo, secando el charco.

Estaba secando el suelo entero. La zona de la línea también.

Levantó la vista.

—Se ha secado ya —dijo—. Puedes pintarla cuando quieras.

Dejé los cafés en el mármol.

—Sí —dije—. Cuando tenga un rato.

Y no la pinté ese día, ni al otro, ni en las cinco semanas siguientes.

Nota de cata. —

Nota oficial: —

Nota real: no lo sé.

Es la primera vez en dos años que no lo sé y que eso no es una queja: es que no me he enterado de si sabía a algo porque estaba en otro sitio.

He estado media hora sentada en el suelo intentando acordarme de si sabía a algo y no he podido, y creo que eso es lo más parecido a ser normal que me ha pasado desde que se murió mi madre, y me da un miedo espantoso.

Y él ha dicho «yo sí» y se ha callado.

Ese hombre me va a hacer polvo.