La guerra del merengue Interludio III
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Interludio III

Carta primera. Cosida en la guarda posterior del Cuaderno. Papel de hilo, tinta ferrogálica. Sin sobre. Sin sello.

Margarida:

No sé si esto se puede escribir. Lo escribo por la noche, que es cuando escribo todo lo que no digo, y mañana ya veré si te lo doy o si lo quemo. Llevo tres cartas quemadas. Esta hace cuatro y me parece que va a salir viva.

Faltan diecinueve días.

Tu madre me ha traído esta tarde el encaje del cuello.

Ha estado una hora en mi casa hablando con la mía de la mesa larga y de cuántas sillas caben en el patio, y yo he estado esa hora sentada al lado con las manos quietas, oyéndolas hacer cuentas de mi vida como quien reparte una herencia.

Han decidido cosas. Han decidido casi todas.

Y yo miraba el encaje y pensaba que ese encaje lo has cosido tú, porque conozco tu punto como conozco tu letra, y he estado a punto de decirlo delante de las dos.

Tu hermano es un buen hombre. Quiero que lo escriba mi propia mano, para que no digas nunca que hablé mal de él.

Sebastià es serio, y trabajador, y no ha levantado la voz en su casa jamás, y el domingo me trajo un ramo cortado del huerto y se le pusieron rojas las orejas al dármelo.

No tengo nada contra él. Nadie en este pueblo tiene nada contra él.

Ese es exactamente el problema, y ahora lo digo: que no puedo señalar ni una sola cosa. Si él fuera malo yo tendría algo que enseñarle a mi padre. Y no tengo nada. Tengo lo que tengo, que no se puede enseñar ni nombrar.

Hablemos de lo otro, que para eso escribo.

El martes lo conseguimos. Te lo digo así, en frío, para que se te quede.

Lo probamos como dijiste tú: el agua muy caliente pero sin llegar a hervir nunca, y el cazo colgado, sin tocar el fondo, y batir sin parar. Estuve batiendo hasta que se me durmió el brazo y tú me lo cogiste y seguiste tú, y luego lo cogí yo otra vez, y así hasta que lo vimos.

Subió, Margarida. Subió como no sube lo tuyo y no sube lo mío. Firme y liso, y templado, y no se caía. Lo dejé en el mármol una hora y volví y seguía de pie.

Estuvimos las dos delante de aquello sin hablar, ¿te acuerdas? Y tú dijiste: esto no es tuyo ni mío. Y yo dije: no. Y tú dijiste: es nuestro.

Yo he trabajado en mi casa desde los once años.

Mi padre monta las claras en frío porque su padre las montaba en frío.

Tu padre hierve el almíbar porque su padre lo hervía.

En este pueblo hasta el azúcar tiene apellido.

Y el martes por la noche, entre las once y la una, en un obrador que no es de tu casa ni de la mía, hicimos una cosa que no le debe nada a nadie.

Eso es lo único que he hecho en mi vida que sea mío. Y no lo puedo enseñar. Y tampoco lo puedo tirar.

Le he estado dando vueltas a cómo se llama lo que hicimos y no le he encontrado nombre. Quizá no haga falta. Las cosas de las mujeres de esta plaza no tienen nombre casi nunca y se hacen igual.

Mañana viene el fotógrafo por lo del retrato.

Te espero el martes a las once, como siempre, por la puerta de atrás. Trae azúcar tú, que a mí ya me ha preguntado mi madre dos veces adónde va.

Y no me contestes por escrito. Te lo pido. Si tienes que contestarme, contéstame el martes con la cara, que es como te entiendo mejor.

Àngela

Al pie de la misma hoja, en tinta más clara y letra más rápida:

He vuelto a leer esto por la mañana y no lo he quemado. Ya está.

A.