Capítulo 20
El Cuaderno estuvo cinco semanas encima de la mesa de mármol sin que ninguno de los dos lo abriera en serio.
Lo habíamos hojeado, claro. El primer día, en la notaría, delante de todo el mundo, con Casals mirando el reloj. Y luego dos o tres veces por encima, buscando cosas concretas: proporciones, un par de recetas de base, una nota sobre el tiempo de horno que nos ahorró tres pruebas.
Pero leerlo, leerlo, no.
Yo sé perfectamente por qué no lo abrí. Porque un cuaderno de recetas de la familia es una cosa que se abre cuando tienes tiempo y estómago, y yo llevaba dos años sin tener ni una cosa ni la otra.
Lo abrimos el sábado catorce de diciembre, a las siete de la tarde, porque se fue la tarde de golpe como se van las tardes en diciembre y nos quedamos los dos ahí con el horno caliente y nada urgente que hacer.
Es una libreta de tapas negras, de hule, del tamaño de un libro de misa. Cosida a mano. Las hojas son cuadriculadas y están escritas con tres letras distintas por lo menos, en tinta, y hay páginas manchadas de grasa que se han vuelto transparentes.
La primera parte son recetas y son maravillosas.
Están escritas como escribía la gente antes, o sea, como se le habla a alguien que ya sabe: «harina, la que pida».
«Se cuece hasta que esté». Hay una entrada de tres líneas para una coca de llardons que no dice ni una sola cantidad y que acaba con «esto no se hace en día de viento».
—Esto es exactamente lo que decía mi padre —dijo él, con el dedo en la línea—. Lo del viento.
—¿Y qué significa?
—Que en día de viento no se hace masa fermentada porque se seca la superficie. Pero él no lo decía así, ¿eh? Él decía «hoy no».
Y luego, hacia la mitad, la letra cambia y aparece la parte que no esperábamos.
Cuentas. Páginas de cuentas: sacos de azúcar, huevos, jornales. Y entre las cuentas, notas. Frases sueltas de alguien que usaba la libreta de trabajo como usaba la cabeza.
«Han subido el azúcar otra vez. Que suba.»
«Miércoles: nada. Jueves: nada.»
«Hoy ha venido. Ha estado dos horas y no ha dicho nada de lo otro.»
—¿Quién escribe esto? —preguntó Teo.
—Mi bisabuela. Es la letra de las iniciales del horno.
—¿Y quién ha venido?
—Y yo qué sé.
Seguimos.
Y a las ocho y media, cuando ya llevábamos hora y media leyendo y yo tenía la espalda hecha polvo de estar inclinada sobre el mármol, pasé una hoja y el cuaderno hizo algo raro.
Se abrió mal. Las tapas de hule tienen una guarda de papel pegada por dentro, y en la de atrás, en la esquina de abajo, el papel estaba levantado.
No despegado por el tiempo. Cortado. Con una cuchilla, en línea recta, y vuelto a coser por encima con hilo, unas puntadas grandes y torpes que alguien había dado deprisa.
—Teo.
—Ya lo veo.
Nos quedamos los dos mirando aquello un rato bastante largo.
—Puede ser un refuerzo —dije—. Para que no se rompa la tapa.
—Puede ser.
—Se cosen las tapas. Es normal.
—Blanca, ahí dentro hay papel. —Lo levantó dos milímetros con la uña—. Se ve el borde.
Fui a por las tijeras de mi estuche, las pequeñas, las de precisión.
Y aquí voy a apuntar una cosa: me temblaban las manos. No mucho. Lo justo para no fiarme.
—Hazlo tú.
—¿Yo?
—Tú tienes mejor pulso que yo ahora mismo.
Cogió las tijeras con esos dedos suyos que parecen incapaces de nada fino y cortó el hilo punto por punto, siete puntadas, sin tocar el papel ni una vez.
Dentro había tres cartas.
Tres, dobladas en cuatro, muy finas, del papel de antes, con las dobleces amarillas de estar dobladas noventa y nueve años.
Estaban ordenadas. Y en la primera, encima, había un papelito pequeño, moderno, de cuadrícula, con una letra temblona de persona muy mayor que yo conocía perfectamente porque durante veinte años me firmó las notas del colegio cuando mi madre no podía ir a buscarme:
«Para quien las encuentre. Si sois los dos, mejor. — R.»
Me senté en el saco de azúcar.
—Es Remei —dije.
—Sí.
—Ella lo sabía.
—Blanca. —Se agachó a mi altura, con las cartas todavía en la mano, sin desdoblarlas—. Ella lo cosió.
Y era verdad. Las puntadas eran torpes y el hilo era de coser botones, de los de casa, y aquello no lo cosió una encuadernadora en mil novecientos veintiséis: lo cosió una señora en su cocina con lo que tenía en el costurero, y lo metió en una caja fuerte, y esperó a estar muerta.
Nos fuimos al fondo, al lado del horno, porque en el mármol hacía frío y porque —esto lo pensé y no lo dije— aquellas cartas no se podían leer con la luz de arriba encendida.
Él abrió la boca del horno y echó dos troncos, y la nave se puso naranja.
Y desdoblamos la primera.
Cuento la lectura y no la carta, porque la carta va aparte y no la puedo resumir sin estropearla.
Empezó a leer él, en voz alta, porque yo se la pasé y le dije «lee tú», y no supe explicar por qué. Lee despacio. Lee como lee la gente que no lee mucho, dándole a cada palabra el mismo peso, y resultó ser exactamente la manera correcta de leer una carta de mil novecientos veintiséis.
A las cuatro líneas ya sabíamos qué era.
A las diez líneas yo tenía la mano en la boca.
Y cuando llegó a lo del cazo —a la parte donde ella cuenta lo que hicieron por las noches, en este obrador, en esta nave, con el horno apagado y una olla de agua caliente— Teo paró de leer y levantó la cabeza y los dos miramos a la vez hacia la mesa de mármol.
Al centro exacto. Donde llevaba desde octubre, donde lo encontramos el primer día, donde ninguno de los dos lo había movido nunca de sitio.
El cazo de cobre con el aro de hierro.
—Ay, Dios —dije.
—Sigue estando ahí —dijo él.
—No lo hemos movido.
—No lo hemos movido.
Y ninguno de los dos se levantó a cogerlo, porque hay momentos en los que no se toca nada.
Terminó de leer la carta.
Después nos quedamos callados un rato larguísimo, sentados en el suelo, con la espalda contra el saco y las tres cartas encima de las rodillas de él.
—Àngela y Margarida —dije.
—A. M.
—Yo pensé que era Àngela Marbà. El apellido de su madre.
—Ya.
—Llevo tres meses trabajando debajo de esas letras.
Y entonces me eché a llorar.
No de golpe y no bonito. Empecé por la nariz, como empiezo yo siempre, y me tapé la cara con las dos manos y estuve así un rato, y él no dijo «no llores» ni me tocó ni hizo ninguna de las cosas que hace la gente.
Se quedó sentado a mi lado y esperó, que es lo que hay que hacer, y que casi nadie sabe.
—Perdona.
—No.
—Es que ni siquiera es por ellas —dije, y me sequé con la manga—.
O sea, sí es por ellas. Pero es que también es porque esa mujer estuvo cuarenta años sentada en su cocina sabiendo esto y no se lo dijo a nadie, y le dio de merendar a los dos bandos, y luego se murió y nos metió aquí dentro a los dos con una libreta cosida.
—Sí.
—Y yo la fui a ver dos veces en dieciocho años, Teo. Dos.
Él se quedó mirando el fuego.
—Yo la vi el veintitrés de septiembre —dijo—. Le llevé pan. Me tuvo cuarenta minutos preguntándome por el horno del Forn, por el tiro, por la leña, por cuántas horas aguantaba el calor. —Movió la cabeza—. Cuarenta minutos. Yo pensé que era una vieja aburrida.
—Estaba haciendo el testamento.
—Estaba haciendo el testamento —dijo—. Me estuvo entrevistando y yo le conté todo lo que necesitaba saber.
Y ahí nos reímos, los dos, con esa risa mala que sale en los velatorios.
Y en ese momento pasó.
Voy a contarlo con muchísimo cuidado porque es mío y porque llevo dos años sin tener nada.
Él se movió para meter otro tronco, y al abrir la boca del horno salió una bocanada de humo hacia dentro de la nave, de esas que salen cuando el tiro va lento y el aire de fuera está pesado.
Y me llegó.
Humo de leña. Un segundo. Menos: medio segundo. Entero, completo, tal cual, sin ninguna duda, con esa cosa que tiene el humo de carrasca que es dulce y áspera a la vez y que se te mete en la garganta.
Y se fue.
Me quedé absolutamente rígida, sentada en el suelo, con la boca abierta como una idiota, respirando por la nariz a lo bestia, tres veces, cuatro, cinco.
Nada. Aire. Aire caliente.
—¿Estás bien? —dijo él.
Y yo dije:
—Es el humo.
Y me pasé las dos manos por los ojos.
—Perdona. Es que me ha entrado el humo.
—Ya. Es que va lento el tiro con esta humedad. —Se levantó a abrir un poco más la palanca—. Aparta si te molesta.
—No me molesta.
No me aparté.
Estuve sentada delante de esa boca de horno hasta las once de la noche, sin decir nada, con la cara a metro y medio del fuego y los ojos escociéndome de verdad, respirando y respirando por la nariz como una mujer que espera un tren que ya ha pasado.
No volvió.
Y no se lo dije.
Esa es la parte que no sé explicar y por eso la escribo aquí: no se lo dije.
Al hombre que lleva un mes devolviéndome las palabras del mundo una por una, que sabe lo que me pasa mejor que ningún médico de los tres, y que se habría alegrado —se habría alegrado tanto, se le habría puesto una cara—, no se lo dije.
Y creo que fue por esto: porque si lo decía en voz alta y luego no volvía nunca más, entonces habría sido una crueldad. Y si me lo quedaba dentro, era solo un segundo de humo en un sábado de diciembre, y de eso no se puede desilusionar nadie.
Nos fuimos a las once y media. Él se llevó las cartas en la libreta, en su bolsa, porque quedamos en que las leeríamos juntos, una cada vez, y en que no íbamos a decir nada a nadie hasta haberlas leído las tres.
—Ni a Ona —dije.
—Ni a Ona.
Ese fue el primer secreto que tuvimos juntos, que es una categoría distinta de secreto y bastante más peligrosa.
Nota de cata. Humo de carrasca, Obrador Vell, sábado 14 de diciembre, 21:40 aprox.
Nota oficial: —
Nota real: HUMO. Humo de leña. Medio segundo, en la nariz, entero.
No es un recuerdo. Sé perfectamente lo que es un recuerdo y esto no lo era.
He estado dos horas delante del fuego esperando y no ha vuelto.
Lo escribo aquí con la fecha y la hora por si alguna vez hace falta contarlo bien.
21:40. Sábado. Estaba leyendo una carta de una mujer que murió en el ochenta y nueve y que se llamaba como mi bisabuela porque era mi bisabuela.