Capítulo 19
Asunto: Un café, sin agenda.
Lo copio entero porque merece la pena estudiarlo, como merece la pena estudiar cualquier objeto muy bien hecho.
Buenos días, Blanca:
Me presento, aunque probablemente ya sepas quién soy: Sandra Peral, dirección de expansión de Grupo Dulcina. Sí, esos.
Sé perfectamente que somos, en este momento, lo más parecido a un enemigo que tenéis en Vilamorell, y no voy a insultarte fingiendo lo contrario. Pero llevo semanas siguiendo lo que estáis haciendo en el Obrador Vell y me parece, profesionalmente, lo mejor que he visto este año en este país.
Me gustaría invitarte a un café. Sin agenda y sin propuestas. Si sale una conversación, bien; si no, me habré tomado un café con alguien a quien admiro.
Estaré el jueves en la comarca. Tú dices dónde.
Un abrazo,
S. P.
Cuatro cosas.
Una: «probablemente ya sepas quién soy» es una manera educadísima de decir «sé que has hablado de mí».
Dos: reconocer que es el enemigo antes de que lo digas tú te desarma la primera frase entera.
Tres: «lo mejor que he visto este año en este país» es exactamente el tamaño de halago que se le da a alguien que lleva dieciocho meses sin recibir ninguno. Ni muy grande, que daría vergüenza, ni pequeño.
Y cuatro: «tú dices dónde». Eso es de manual. Te deja a ti el control de la única variable que no le importa nada.
Contesté a las 9:15. Que sí. En Vilanova, en el hotel de la carretera, que es el sitio donde no entra nadie de Vilamorell porque el café cuesta tres euros con veinte.
Y no se lo dije a nadie. Eso es lo importante de este capítulo y por eso lo escribo.
Nos vimos el jueves a las once.
Sandra Peral tiene cuarenta y pocos, el pelo cortado por alguien caro y una manera de sentarse que ocupa exactamente su silla y ni un centímetro más. Pidió agua con gas. Yo pedí café, porque el café es lo único que puedo pedir sin tener que fingir nada: nadie espera que un café te entusiasme.
Estuvo cuarenta minutos sin hablar de negocios y no fue una técnica, o no fue solo una técnica.
Hablamos de trabajo. De trabajo de verdad.
De un obrador de Copenhague donde había estado en octubre, de por qué en España no funciona el pan de masa madre a precio de pan de masa madre, de una chica de Valencia que está haciendo cosas con algarroba.
Sabía. Sabía muchísimo. Me preguntó por la estructura de la Pieza y le expliqué el problema del peso en el segundo piso y me hizo dos preguntas seguidas tan buenas que me quedé pensando en la segunda tres días.
Yo llevaba dieciocho meses sin tener una conversación así.
Voy a ser honesta, porque esto es para mí: fue el mejor rato que pasé aquel mes fuera del obrador.
Y a los cuarenta minutos, cuando ya me había reído dos veces, se apoyó en la mesa.
—Vale. Ahora la parte que dije que no habría.
—Sabía que la habría.
—Claro que lo sabías. Por eso has venido. —Movió el vaso un centímetro—. ¿Te puedo decir una cosa que probablemente te moleste?
—Adelante.
—Tú no eres de Vilamorell.
Me eché atrás en la silla.
—Nací en la plaza Major.
—Ya. Y te fuiste a los dieciséis, y has vuelto a los treinta y cuatro porque no te quedaba otra.
—Lo dijo sin ninguna crueldad, que es como se dicen las cosas crueles cuando son verdad—.
Te conozco el currículum de memoria. Trabajaste con Verdaguer, con la casa de Lyon, montaste una carta de postres para un grupo hotelero con veintiocho años.
Blanca, tú no eres una repostera de pueblo que se fue. Tú eres otra cosa que ha vuelto.
No dije nada.
—Y ahora estás haciendo un pastel para que unos señores levanten la mano en una plaza.
—Es una condición testamentaria.
—Es una humillación con muy buena prensa —dijo—. Y a mí me parece maravillosa para un documental y desastrosa para tu carrera.
Aquí es donde tengo que ser precisa conmigo misma, porque es fácil contar esto como si yo hubiera estado sentada aguantando el ataque de la mala de la película.
No. Yo estaba escuchando. Con muchísima atención.
Sacó una carpeta fina.
—Esto no es una oferta. Es un boceto de conversación.
—La puso en la mesa sin abrirla—. Tú tienes el cincuenta por ciento de un inmueble singular.
Nosotros queremos el cien. Te compramos tu mitad, a precio de tasación más una prima muy generosa por la parte simbólica, y la operación se cierra en enero.
—Yo no puedo vender mi mitad. El testamento...
—El testamento condiciona la adquisición, no la venta posterior —dijo—. Y en cualquier caso, si tú abandonas, el legado se vende íntegro, y nosotros somos el único postor. En ese escenario no cobras nada. En el mío cobras.
Y entonces vino lo bueno.
—Y hay una segunda parte —dijo—. Dulcina abre en Madrid en septiembre. Vamos a hacer un espacio de producto, con obrador a la vista, en un edificio de la calle Almagro. Necesitamos una dirección creativa. Contrato de dos años, equipo tuyo, presupuesto de I+D, y tu nombre en la puerta.
Y dijo la cifra.
No la voy a poner aquí. Solo diré que era más de lo que he ganado nunca y que llevaba desde marzo haciendo cuentas para llegar a enero.
Me quedé con la taza en la mano.
—¿Por qué yo? —dije—. Sabes lo del vídeo.
—Sé lo del vídeo, sí. Y sé que se te fue un plato en directo con dos millones de personas mirando.
—Se encogió de hombros—. Y también sé que fuiste la primera en tres pruebas seguidas y que hiciste un trampantojo de frambuesa que la gente todavía copia mal.
Un error de bote no borra un currículum.
Eso lo cree la gente de Twitter, no la gente que contrata.
Y ahí estuvo. Ese fue el momento.
Porque llevaba dieciocho meses sin que nadie me dijera eso. Ni un cliente, ni una escuela, ni una amiga. Nadie me había dicho un error de bote no borra un currículum , y me lo dijo la mujer que quiere convertir mi pueblo en un parque temático.
—¿Y el Centenario? —dije, y me oí la voz.
—El Centenario sale igual. Nosotros no queremos cerrar la fiesta, faltaría más: queremos la fiesta. Es lo mejor que tenéis. —Sonrió—. Simplemente pasaría a tener una organización detrás.
—¿Y el chico?
Dije «el chico». Me acuerdo perfectamente de haber dicho «el chico» y de haber sabido, en ese mismo segundo, que decirlo así era una cobardía.
—Teo Roure conservaría su mitad y trabajaría con nosotros, si quiere. —Sandra bebió agua—. Y si no quiere, con una mitad de un inmueble no se hace nada, así que acabaría vendiendo también. Más tarde y peor, pero acabaría.
—Ya.
—Blanca, te lo digo sin ninguna maldad: ese hombre no se va a mover de ahí en su vida. Y tú sí.
Y eso, que era lo más feo que dijo en toda la mañana, era también lo más verdadero.
Le dije que no.
Que quede claro, porque después he pensado mucho en esa mañana: le dije que no en la misma mesa, sin pedir tiempo, sin decir «déjame pensarlo». Le dije que había firmado una cosa en una notaría delante de diecinueve personas y que la iba a cumplir.
Sandra Peral guardó la carpeta sin la menor decepción.
—Perfecto —dijo—. Te dejo mi móvil personal. No para presionarte: para cuando esto se ponga difícil.
—No va a ponerse difícil.
—Se va a poner difícil en enero —dijo—. Siempre se pone difícil en enero.
Pagó ella. Salimos juntas al aparcamiento.
Y en el aparcamiento estaba el coche de mi primo Nil.
Lo reconocí porque lleva desde el dos mil dieciocho con el mismo Golf gris con una pegatina del Barça medio despegada en la luna trasera. Estaba aparcado en la tercera fila, vacío.
—¿Vienes mucho por aquí? —le pregunté a Sandra.
—Vengo bastante. Es lo más cerca que puedo dormir sin invadir vuestra plaza. —Me dio la mano—. Ha sido un placer de verdad. Lo del segundo piso, piénsalo con una estructura interna. Un alma. Estáis haciendo un pastel que se sostiene por fuera.
Y se fue.
Yo me quedé un momento mirando el Golf gris y pensando que Nil trabaja en Vilanova tres días por semana y que hay dos gestorías en esa misma carretera, y me subí al coche.
Eso hice. Pensé en una explicación razonable y me subí al coche.
Llegué al obrador a la una y media.
Estaba Teo con la puerta abierta y las manos en un cubo, fregando la mesa de mármol con estropajo y agua caliente, con esa concentración que tiene para las cosas mecánicas.
—Buenos días —dijo—. ¿Dónde estabas?
Y aquí. Este es el momento. Este es el minuto exacto en el que esta historia podía haber ido de otra manera, y llevo desde entonces con él metido en la cabeza.
Podía haber dicho: he estado tomando un café con la mujer de Dulcina, me ha ofrecido comprarme la mitad y un trabajo en Madrid, y le he dicho que no.
Tres frases. Y las tres verdad, incluida la última, que era la buena.
Y no lo dije.
—En la gestoría —dije—. Papeles.
—¿Todo bien?
—Todo bien.
Y me puse el delantal.
Voy a intentar explicar por qué, aunque ya sé que no hay manera de que quede bien.
No fue para engañarle. Yo le había dicho que no a esa mujer, y decirle que no a esa mujer era, literalmente, la cosa más leal que había hecho por él desde que empezó todo esto.
Fue porque si se lo contaba, tenía que contarlo entero.
Tenía que contarle que estuve cuarenta minutos disfrutando como una perra de una conversación con la enemiga.
Que me halagó y me gustó. Que cuando dijo la cifra yo hice la cuenta de lo que me quedaba en la cuenta corriente.
Que hubo cuatro o cinco segundos —cuatro o cinco, no más, pero existieron— en los que me vi a mí misma con mi nombre en una puerta de la calle Almagro y me gustó lo que vi.
Eso no se puede contar mientras friegas un mármol.
Y también, y esto es lo peor: porque él me habría dicho «hiciste bien». Sin dudarlo, en dos segundos, con esa cara suya. Y yo no quería que me lo dijera, porque yo no estaba tan segura de haber hecho bien, y necesitaba estar unos días con esa duda a solas.
Así que me quedé el café en el bolsillo.
Trabajamos hasta las ocho. Sacamos catorce discos. Probó los tres rellenos y dijo que el segundo tenía demasiado pistacho y que se comía al resto, y yo lo apunté en el cuaderno.
Punto uno del pacto: no preguntar dos veces.
Punto dos: él dice la verdad siempre.
Y del punto que dice que yo también, resulta que en el pacto no hay ninguno.
Lo comprobé esa noche, en casa de mi tía, tumbada en la cama, repasándolos mentalmente uno por uno.
Cinco puntos y ninguno me obliga a mí a nada.
Los escribí yo. Casi todos.
Nota de cata. Café solo, hotel de la carretera, jueves, 11:00.
Nota oficial: tueste medio-alto, cuerpo corto, acidez cítrica, final amargo agradable.
Nota real: nada, como siempre.
Lo que sí he notado: que llevo dieciocho meses sin que nadie me hable como si yo siguiera siendo alguien, y que la primera persona que lo ha hecho ha sido ella, y que le he dicho que no y que aun así he vuelto en el coche con la ventanilla bajada en diciembre, cantando.
Se lo he ocultado a él en cuatro palabras. «En la gestoría. Papeles.»
Cuatro palabras. Lo he contado.