Capítulo 18
Hay un mes de mi vida que he contado muchas veces y otro que no he contado nunca. Los dos van juntos. Voy a poner los dos aquí, que para eso escribo esto.
Empiezo por el bueno.
Carnaval de dos mil ocho. Yo tenía dieciséis años y trabajaba desde los catorce en el Forn los sábados, no porque me obligaran, sino porque me gustaba y porque a esa edad uno cree que tener las manos ocupadas le hace mayor.
Blanca Vidal tenía quince y era, ya entonces, exactamente lo que es ahora pero sin la parte de la educación: le contestaba a los profesores, le contestaba a su tía, y una vez, con doce o trece años, un concejal le dijo delante de media plaza que las niñas no se metían en la Guerra y ella dijo «vale» y le metió un merengue en la boca abierta.
Yo estaba allí. Todo el pueblo estaba allí. Es de los mejores recuerdos de mi infancia y no exagero.
Nos conocíamos de vista y de bando, que es la manera de conocerse de aquí: sabíamos el apellido y sabíamos qué merengue defendía cada uno y con eso ya está todo dicho a esa edad.
Y ese Carnaval hubo el pasodoble.
El artículo nueve dice que la tregua dura lo que dura un pasodoble, y en el pueblo eso significa una cosa muy concreta: en mitad de la Guerra, cuando la plaza es un desastre y todo el mundo está blanco hasta las cejas, la banda toca uno y hay que parar.
No se tira nada. Se baila si se quiere. Y cuando acaba, se vuelve a empezar.
Es la cosa más rara y más bonita que tiene esta fiesta y en cuatro capítulos de televisión no van a saber explicarla.
Yo estaba en la esquina de los soportales, apoyado en la columna, comiéndome un bocadillo con las manos llenas de merengue. Y ella estaba en la misma columna, del otro lado, haciendo exactamente lo mismo.
Y nos miramos por detrás de la columna y nos empezamos a reír, porque los dos teníamos la misma pinta de idiota.
Se pusieron a tocar. Y ella dijo:
—Tregua.
Y yo dije:
—Tregua.
Y estuvimos hablando tres minutos y medio, que es lo que dura un pasodoble, sobre nada. Sobre lo malísimo que estaba el bocadillo. Sobre un primo suyo que se había caído. Sobre si el merengue de mi casa manchaba más que el suyo, que ella decía que sí y yo decía que era el mismo azúcar.
Y cuando la banda estaba acabando —esto lo tengo clavado, la banda estaba en la última vuelta, se oía que se iba a acabar— ella dejó el bocadillo en el alféizar de la ventana, se giró y me dio un beso.
En la boca. Con las dos manos llenas de merengue, así que me cogió de la cara con las muñecas, que es un detalle que no me he podido quitar en diecisiete años.
Duró lo que duró. Se acabó la música.
Y ella dijo, muy seria, muy Vidal:
—Se acabó la tregua.
Y me tiró un puñado de merengue a la cara y se fue corriendo, y la Guerra siguió, y yo me quedé en los soportales como un pasmarote con la boca abierta y la cara blanca.
Eso es lo que pasó. Tres minutos y medio.
Después vino la primavera, y yo la vi cuatro veces más, y hablamos dos, y las dos fueron raras y buenas, y en junio ella acabó cuarto y yo acabé el instituto.
Y en septiembre se fue.
Sin decirme nada. Sin decirle nada a casi nadie, según supe después. Un lunes estaba y el martes su tía le contaba a la señora Enca en la cola del pan que la niña se había ido interna a Barcelona, que le habían dado una beca, que era una oportunidad muy grande.
Yo tenía diecisiete años recién cumplidos y no me enteré por ella. Me enteré por la cola del pan.
En octubre le escribí una carta.
Era una carta buenísima. Eso también hay que decirlo.
Tenía dos folios y le contaba tonterías del pueblo, y le decía que me alegraba mucho por lo de la beca, y le preguntaba tres cosas para que tuviera que contestar.
Y al final ponía que si volvía por Navidad me lo dijera.
La escribí cuatro veces. La última la copié a limpio con la letra buena.
La mandé al colegio, con el nombre completo, y me pasé desde octubre hasta enero mirando el buzón como un imbécil.
No contestó.
Y eso, cuando tienes diecisiete años y eres el hijo del panadero y llevas toda la vida en el mismo sitio y la chica más lista de tu quinta se va a Barcelona con una beca, tiene una única lectura posible, y es la lectura que hice.
Ahora viene julio.
Julio de dos mil nueve. Verano. Yo con diecisiete años y ocho meses, trabajando en el Forn de lunes a domingo, con mi padre ya con los primeros cansancios que entonces no sabíamos lo que eran.
La Confitería Vidal, aquel verano, iba muy bien.
Iba a reventar, de hecho. Dolors Serra había montado una terracita en la esquina, con cuatro mesas y sombrillas, y vendía helado artesano y granizados, y aquello se llenaba de gente de fuera todas las tardes.
Se hablaba de eso en el pueblo. Se hablaba con esa mezcla de aquí, la de estar orgulloso y estar molesto a la vez.
Y en mi casa se hablaba con las cosas que se dicen en las barras.
Que si esa se ha creído que esto es Sitges. Que si el helado ese lo compra hecho. Que si con esa cocina no pasa una inspección ni de coña. Que si la cámara frigorífica de los Vidal es la misma desde el noventa y no la ha mirado nadie.
Eso último lo dijo un señor en mi propio obrador, un martes, delante de mí, mientras se comía un cortado. No lo dijo con maldad. Lo dijo como se dicen aquí estas cosas: por decir.
Y yo, que tenía diecisiete años y llevaba diez meses mirando un buzón, me lo guardé.
El dieciocho de julio hubo fiesta mayor en Sant Pere. Fuimos cuatro en el coche de Marc. Bebí lo que se bebe a esa edad, o sea, todo lo que había.
Y volví a las cuatro de la mañana, y no me acosté, y me senté en la mesa de la cocina de mi casa con un boli y un folio.
Llevo diecisiete años sin poder contar esto y si no lo cuento entero no cuenta.
Escribí a mano, con la letra cambiada, en mayúsculas, para que no se me conociera. Lo pensé. No fue un impulso: lo pensé, tomé la decisión de disfrazar la letra y la disfracé bien.
Y escribí que en la Confitería Vidal de la plaza Major se rompía la cadena de frío.
Que se descongelaba y se volvía a congelar el género.
Que había una cámara antigua que no marcaba la temperatura.
Y que había clientes que se habían encontrado mal, que eso era mentira, que eso me lo inventé yo en la mesa de mi cocina a las cuatro y media de la mañana del diecinueve de julio de dos mil nueve.
No firmé. Lo metí en un sobre y lo eché al buzón de correos de la plaza, a la Delegación de Sanidad, dirección que busqué en las páginas amarillas de mi casa.
Y me fui a dormir.
Y al día siguiente, cuando me levanté a las dos de la tarde con la boca seca, me acordé de lo que había hecho y sentí un alivio absolutamente asqueroso.
La inspección vino el cuatro de agosto.
Aquí es donde se me acaban las excusas, porque yo, con diecisiete años, no sabía nada de inspecciones.
Yo pensaba —si es que pensé algo— que irían, que mirarían, que dirían «arregle usted esto» y que ya está.
Yo pensaba que era una faena. Una guarrada de las que se hacen en una guerra de pueblo.
Artículo seis: el sabotaje se considera tradición, no delito.
Precintaron la cámara. Y sin cámara no hay helado.
Estuvieron cerrados veintiséis días. Del cuatro al treinta de agosto.
Veintiséis días de agosto, que es el mes en el que un negocio de este pueblo se gana el año entero.
Y lo peor no fue eso. Lo peor fue lo que pasó después, y esto lo supe mucho más tarde, porque las cosas de dinero en este pueblo no se cuentan pero se saben: que Dolors Serra tuvo que cambiar la cámara entera para reabrir, y que la cambió con un préstamo, y que estuvo pagando ese préstamo durante años.
Y que la terraza de las cuatro mesas no volvió a poner.
Yo la veía desde el otro lado de la plaza. Todos los días de mi vida. Durante trece años, hasta que se murió.
Ahora la parte que no se puede arreglar.
Yo pensé mucho, aquel agosto, que ojalá no lo hubiera hecho. Pensé en decírselo. Con dieciocho años recién cumplidos me planté dos veces en la puerta de la Confitería y me di la vuelta las dos.
Y después pasó lo que pasa: que el tiempo tapa las cosas.
En dos mil once mi padre se puso malo y yo tuve otras cosas en la cabeza.
Y en dos mil catorce ya era una cosa de hace cinco años.
Y en dos mil veinte era una cosa de hace once, y la mujer a la que se lo hice me saludaba por la calle todos los días, con esa cordialidad tirante que tenía Dolors Serra con los Roure, y me compraba pan cuando su horno estaba lleno.
Me compraba pan. A mí.
Mi padre lo supo en el veintiuno. No sé cómo. Nunca me lo dijo y yo nunca se lo pregunté, y esa es otra cosa de esta casa. Un día, en la cocina, me dijo:
—Aquello de los Vidal, en el nueve.
Y yo me quedé blanco y no dije nada, y él tampoco dijo nada más durante un minuto entero.
Y luego dijo:
—Esas cosas se pagan. No se olvidan: se pagan.
Y siguió amasando.
Estuvo tres años diciéndome, cada cierto tiempo, sin nombrarlo, que fuera y lo dijera. «Ve.» «Aún estás a tiempo.» «Cuanto más tarde peor, Teo.»
Y luego se murió en junio del año pasado, y Dolors se había muerto en febrero, y las dos personas que sabían que aquello existía se fueron con cuatro meses de diferencia.
Y a mí se me quedó una deuda sin acreedor. Que es la peor clase de deuda que hay, porque no se puede pagar y no se puede perdonar.
Hasta octubre.
Hasta que una notaria con rebeca leyó un testamento y me sentó a trabajar, todas las mañanas, con la hija.
Se lo tengo que decir.
Y cada día que pasa lo tengo más claro y lo hago menos, y ya he encontrado todos los motivos: que hay que hacer el pastel primero.
Que si se lo digo ahora se va y perdemos el obrador y lo compra Dulcina y entonces el daño es doble.
Que no es justo cargárselo encima cuando está como está. Que a ella le está viniendo bien esto.
Todos esos motivos son verdad. Ese es el problema de los motivos.
Borrador n.º 1, escrito el 12 de agosto de 2009, con dieciocho años recién cumplidos, y guardado desde entonces:
«No sabía que las cartas anónimas también llevan remite. El mío lo llevo yo dentro.»