Capítulo 40
Bando Municipal del Merengue, Vilamorell de Mar
El Obrador Vell abrió el sábado dos de mayo, a las nueve de la mañana, sin inauguración, sin corte de cinta y sin alcaldesa, porque lo pedimos así.
Se llama El Obrador de las Dos.
La gente entiende lo de «las dos» como quiere. Los de fuera creen que somos dos. Los de aquí saben que no.
Vendemos pan de él, pastelería mía y una cosa que se llama merengue de Àngela y Margarida y que va en una bandeja, a un euro cincuenta la pieza, con un cartelito escrito a mano que cuenta la historia en cuatro líneas. Ha habido que reponer el cartelito tres veces porque la gente lo toca.
En la pared del fondo, en una vitrina que trajo el técnico de cultura y que es de las que usan en los museos comarcales, están los dos merengues de mil novecientos veintiséis.
Los dos. Negros, del tamaño de un puño, con la misma grieta en el mismo sitio.
No hay cartel. Discutimos mucho lo del cartel y decidimos que no, porque el que entra pregunta y entonces se lo contamos, y así lo contamos nosotros y no un papel.
Y encima del mostrador, al lado de la caja, está la peonza.
La peonza de hojalata que había en un estante bajo el primer día, boca abajo, llena de polvo, y que ninguno de los dos supo nunca de quién era ni qué hacía ahí.
Está ahí porque la puse yo en marzo sin pensarlo mucho y porque a los tres días me di cuenta de que los críos del pueblo entran a hacerla girar en el mármol y se van sin comprar nada.
Ahora hay dos o tres al día. Entran, la lanzan, la miran y se van.
Teo dice que eso es un desastre para el negocio. Lo dice todos los días. Y todos los días, cuando alguno de esos críos se va, le da un trozo de coca.
Los martes cerramos. Los martes hay cola en el Forn, que sigue abriendo a las seis y cuarto porque ese hombre no ha aprendido nada.
Han pasado otras cosas y las voy a poner deprisa, porque este no es un capítulo de cosas.
Dulcina retiró la oferta el veinticuatro de febrero, por correo electrónico, en cuatro líneas y sin firma personal. Se instalaron en un pueblo de la costa de arriba, con un obrador panorámico y una modelo tirando merengue a cámara lenta. Dicen que va regular.
A Sandra Peral no la he vuelto a ver, y le he escrito dos veces.
Una en marzo, por lo de las cápsulas, y no contestó.
Y otra en junio, cuando efectivamente no supimos gestionar la cola, y esa sí: me contestó a los veinte minutos, con cinco puntos numerados, y el tercero nos salvó el verano.
Ni un saludo ni una despedida. Los cinco puntos y ya.
Nil Vidal se fue en marzo a trabajar a Girona. Vino a despedirse. Estuvo en la puerta del obrador cuatro minutos diciendo cosas que no venían a cuento y luego dijo «bueno» y se fue. Mi tía le manda cosas.
El reportaje se estrenó el once de abril.
Cuatro capítulos. Es muy bueno. Júlia Rey no montó lo del sábado catorce como se podía haber montado: puso lo del pregón entero, los once minutos de la plaza, sin música y sin cortes, y lo dejó ahí.
En mayo me llamó para decir que la cadena quiere una segunda temporada.
—¿De qué? —dije—. Si ya no hay guerra.
—Blanca, tenéis una fiesta en la que os tiráis turrón de diciembre en febrero.
—No nos lo tiramos. Nos lo comemos.
—Peor. Eso es mejor todavía. —Se oyó que se reía—. Piénsatelo. Y de la tregua esa del turrón me lo cuentas otro día con calma, que hay algo ahí.
Las Bernardas siguen sentadas en el mismo banco.
Y Teo Roure sigue abriendo a las seis y cuarto, y sigue fiándole a Paco el del taller, que ya me debe también a mí, y sigue sin cobrar la mitad de lo que da, y en marzo arregló el tejado.
Yo he vuelto a la consulta de la mujer de Barcelona.
Fui en abril con la lista. Tres páginas. COSAS QUE SÍ , empezando el dos de febrero por la sal gorda.
Ahora hay diecinueve cosas.
La sal (cuatro de las nueve). El limón, si es mucho y si es crudo.
El vinagre. La aceituna, que fue una fiesta.
El café muy fuerte, solo el amargo del final, no el resto.
El picante, que no es un sabor sino un dolor, pero se apunta igual.
Y desde marzo, dos cosas dulces: el azúcar en cantidades absurdas, y la miel de romero, un poco, y solo por la mañana.
La médica me dijo que eso es una recuperación parcial, que es lenta, que puede seguir y puede pararse, y que no me puede decir cuánto.
Y yo le dije que ya lo sabía y que no había venido a eso.
—¿Y a qué ha venido? —dijo.
—A que me lo apunte alguien —dije—. Llevo dos años apuntándomelo yo.
Y hay una cosa que hice en marzo y que tengo que poner aquí, porque si no, todo lo anterior queda demasiado limpio.
Fue el segundo domingo, cuando estábamos pintando la trastienda. Estábamos los dos con los rodillos y con la radio puesta y yo llevaba tres semanas dándole vueltas.
—Tengo dos cosas —dije.
Él bajó el rodillo.
—Vale.
—La primera es que en diciembre me tomé un café con Sandra Peral en el hotel de la carretera. Ella me lo pidió y yo dije que sí. Me ofreció comprarme mi mitad y un puesto en Madrid con mi nombre en la puerta, y le dije que no en la misma mesa, sin pensármelo.
—Vale.
—No he acabado. —Dejé el rodillo en la bandeja—.
Estuve cuarenta minutos pasándomelo muy bien.
Me trató como si yo siguiera siendo alguien y llevaba dieciocho meses sin que nadie hiciera eso.
Y cuando dijo la cifra hice la cuenta de lo que tenía en el banco.
Y hubo cuatro o cinco segundos en los que me vi con mi nombre en esa puerta y me gustó.
—Ya.
—Y volví aquí y te dije que había estado en la gestoría.
Él se quedó con la mano en el rodillo.
—¿Y la segunda?
—El catorce de diciembre, leyendo la carta de Àngela, cuando abriste el horno, olí el humo. —Se me puso la voz rara y la dejé—. Medio segundo. Entero. Y me pasé dos horas delante del fuego esperando a ver si volvía y no volvió, y tú estabas ahí, sentado a mi lado, y no te lo dije.
—¿Por qué?
—Porque si te lo decía y no volvía nunca más, te lo quitaba a ti también.
Y eso es exactamente lo que él pensó cuarenta veces entre octubre y febrero, y los dos lo supimos en ese momento sin necesidad de decirlo, con dos rodillos y la radio puesta.
Estuvo un rato callado.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo.
—Vale.
—Teo, dime algo.
—Es que no sé qué quieres que te diga —dijo—. ¿Que estamos en paz?
—No. Eso no.
—Ya. —Cogió el rodillo otra vez—. Es que no estamos en paz, Blanca. Lo tuyo es un café y lo mío es la cámara de tu madre, y si algún día me dices que estamos en paz me voy a enfadar mucho.
—Ya lo sé.
—Pues eso.
Y seguimos pintando.
Y a los diez minutos dijo, sin girarse:
—Gracias por lo del humo.
Nada más.
Y ahora lo del sábado pasado, que es lo que quería contar y por lo que he escrito las otras páginas.
El sábado veintitrés de mayo cerramos a las dos y él se fue a Sant Pere a por una pieza del molino.
Y yo me quedé sola en el obrador.
Encendí el horno de leña, que en mayo no hace ninguna falta, y estuve dos horas esperando a que subiera.
En algún momento de esas dos horas fui al mostrador, cogí la peonza y la lancé en el mármol.
Se me dio fatal. Lo hice cuatro veces y a la cuarta salió: giró unos ocho segundos, se fue hacia el borde, se paró sola y cayó de lado.
Y me quedé mirando ese trozo de hojalata pensando que llevaba noventa y nueve años dentro de un edificio tapiado, boca abajo en un estante, esperando a que alguien la lanzara.
No significa nada. Ya lo sé. Era una peonza en un obrador y yo estaba muy sensible.
Me senté en el suelo, con la espalda contra la pared, en el sitio de siempre.
Tenía las cosas en el mármol desde por la mañana.
Harina, azúcar, huevos de Cinta, aceite, ralladura de un limón y un frasquito de agua de azahar de los de farmacia que compré en marzo y que llevo dos meses sin abrir.
La receta la tengo en la cabeza desde los nueve años y no la he escrito nunca.
Las hice como las hacía ella. Sin báscula.
A ojo, que es como las hacía ella y como no las he hecho yo en mi vida.
Batí los huevos con el azúcar hasta que blanquearon, eché el aceite en hilo, la harina de una vez, la ralladura, y el azahar al final, que es cuando se echa aunque en ninguna receta lo ponga.
Y luego llené las cápsulas hasta arriba, que no se hace, y las metí en un horno de leña a doscientos, que tampoco se hace.
Y a los siete minutos abrí el horno para mirar.
Con eso me cargué la subida, exactamente igual que ella, y me quedé ahí agachada delante de la boca abierta con la cara colorada del calor, riéndome sola en un obrador vacío.
Salieron a los doce minutos.
Doradas de más por abajo, apretadas, sin copete.
Cogí una, la partí por la mitad con las manos y me quemé los dedos, y esperé de pie, apoyada en el mármol, a que se templara lo justo.
Y le di un bocado.
Y estaba.
Azahar. Entero. Con todo. Ese perfume que no es dulce ni es floral ni es nada de lo que yo he sabido escribir nunca en una nota de cata, esa cosa que se te sube por detrás de la nariz y que se queda, y detrás el limón, y detrás la miga caliente y un poco cruda del centro que era su defecto y que ahora es el mío.
No un segundo. No medio.
Se quedó.
Estuve masticando muy despacio, sin moverme, agarrada con las dos manos al borde de la mesa de mármol, con los ojos cerrados, hasta que me lo tragué.
Y luego me quedé mucho rato esperando a ver si venía algo más.
No vino nada más. Ni el pan que había en el mostrador, ni el merengue de la bandeja, ni el café que me hice después.
Solo eso. Solo las magdalenas mal hechas de mi madre, en un horno de leña, un sábado de mayo por la tarde, dos años y tres meses después.
Y me senté en el suelo del Obrador Vell, con media magdalena en la mano, y lloré como no había llorado en dos años.
No de tristeza. Quiero dejarlo claro porque no lo voy a poder explicar nunca en voz alta a nadie: no estaba triste. Estaba con mi madre en una cocina, un sábado por la mañana, en el ochenta y no sé cuántos, y ella abriendo el horno antes de tiempo y yo diciéndole que no lo abriera.
Estuve así hasta las seis.
Cuando él volvió, a las siete menos cuarto, con la pieza del molino en una bolsa, yo ya me había lavado la cara y había fregado el mármol y quedaban once magdalenas en una bandeja encima de la mesa.
Se paró en la puerta.
Me miró a mí. Miró la bandeja. Volvió a mirarme a mí.
Y no preguntó nada.
Cogió una, la partió con las manos y se comió la mitad de pie, apoyado en el marco de la puerta, mirando la plaza.
—Están un poco crudas por dentro —dijo.
—Ya lo sé.
—Y doradas de abajo.
—Ya lo sé.
—Están buenísimas.
—Lo sé —dije.
Y se giró.
Se giró despacio y se me quedó mirando desde la puerta, con media magdalena en la mano, y a este hombre se le ve todo en la cara, y a los tres segundos tuvo que apoyarse en el marco.
—Blanca.
—Sí.
—¿Sí?
—Sí.
Y no dijo nada más. Ni «cuánto», ni «qué has notado», ni «prueba esto otro», ni nada de lo que dice la gente.
Se sentó a mi lado en el suelo, contra el saco de azúcar, en el sitio de siempre, y se acabó su media magdalena, y me pasó el brazo por detrás y me quedé ahí.
El horno estaba bajando.
Nota de cata. Magdalena de azahar de Dolors Serra. Obrador Vell, sábado 23 de mayo, 17:20.
Nota oficial: azahar en nariz y en boca, largo; fondo cítrico de ralladura de limón; miga apretada y ligeramente cruda en el centro por apertura prematura del horno; base sobretostada. Defectuosa. Excelente.
Nota real: azahar en nariz y en boca, largo; fondo cítrico de ralladura de limón; miga apretada y ligeramente cruda en el centro por apertura prematura del horno; base sobretostada. Defectuosa. Excelente.
Y esto ya es lo último.
Nos preguntan mucho, sobre todo los de fuera, cómo acabó lo de la guerra. Y siempre hay alguien en la barra del Bar Nou que dice que no acabó, que aquí se sigue siendo crudo o cocido, que el Carnaval que viene ya veremos.
Y es verdad. El pueblo sigue partido en dos y va a seguir. La gente sigue diciendo «los de enfrente». Mi tía sigue sin comprarle el pan a los Roure.
Pero en el salón de plenos hay un papel nuevo, en un marco que pagó la asociación de mujeres, y dice lo que dice.
Y a mí, cuando me lo preguntan, ya no me da por explicar nada. Solo lo cito, que es lo que hacemos aquí con las cosas importantes desde mil novecientos veintiséis:
En la pastelería, todo vale. Incluso enamorarse del enemigo.