Capítulo 16
El segundo rodaje fue el primero en el que nadie se cayó, nadie se enfadó y nadie tuvo que repetir siete veces la entrada por una puerta.
Y por eso salió tan mal.
Empezamos a las ocho con el horno ya caliente de la víspera, que es una cosa que cambia el humor de un obrador entero. Un horno frío es un problema. Un horno caliente es un compañero de trabajo.
Rodamos la primera hornada de discos de merengue seco, que es la base de la Pieza y la única parte que llevábamos clara desde noviembre. Salen diez discos de una vez y hay que sacarlos con la pala de madera larga, y hay que hacerlo sin dudar, porque si dudas rozas y si rozas se rompen.
Yo saqué. Ella colocaba.
Y ahí está la cosa.
Llevábamos tres semanas trabajando juntos todos los días. Tres semanas de descríbemelo, de discutir por gramos, de horno, de una noche entera sentados en el suelo. Y eso no se ve mientras pasa: se ve cuando alguien pone una cámara delante.
Yo sacaba la pala y ella ya tenía las manos puestas donde iba a estar el disco.
Sin mirarme. Yo decía «va» y ella decía «va» medio segundo después, que es lo que se dice en las cocinas cuando dos personas se han acostumbrado a no chocarse.
Le pasé el cuchillo por el mango sin mirar.
Ella me apartó del hombro con dos dedos para pasar por detrás y ninguno de los dos se dio cuenta.
Júlia Rey bajó la cámara y dijo:
—Vale. Ya está.
—¿Ya está qué?
—Ya tengo el capítulo dos.
Y sonrió de una manera que a mí me dio un frío raro.
Después vino lo de la entrevista. Nos sentaron a los dos en dos taburetes, uno al lado del otro, delante del horno, con un micro de pinza cada uno.
—Es una charla —dijo Júlia—. No es un interrogatorio.
Era un interrogatorio.
—Teo, tú llevas el Forn desde los diecinueve años.
—Sí.
—¿Y por qué desde los diecinueve?
—Porque mi padre se puso enfermo.
—¿Y qué querías hacer tú a los diecinueve?
Yo miré a la cámara y no dije nada durante unos segundos, y esos segundos, luego, están en el montaje. Con música.
—Otra cosa —dije.
—¿Cuál?
—Pues eso. Otra cosa.
Y Blanca, a mi lado, dijo, sin que nadie le preguntara:
—Tenía una plaza en Girona. En una escuela buena, además. La dejó.
Yo me giré a mirarla.
Ella miraba al frente, muy tranquila, con las manos en las rodillas.
Y ahí, con dos cámaras delante, tuve un problema muy raro, que era el de estar bastante cabreado y a la vez tener ganas de darle las gracias, porque hay cosas que uno no puede decir de sí mismo y que necesita que las diga otro.
—¿Tú sabías eso? —le preguntó Júlia a ella.
—Me lo contó él.
—¿Cuándo?
Y Blanca, que es la mujer más rápida que he conocido en mi vida, contestó:
—A las tres de la mañana, vigilando un horno. Es cuando se cuentan estas cosas.
Detrás de la cámara, el chico de la gorra levantó la vista del monitor.
Yo vi cómo se le pasaba a Júlia Rey por la cara el momento exacto en que aquello se convertía en el cartel de su serie. Fue muy rápido. Fue como ver a alguien encontrarse un billete de cincuenta en la calle y decidir en medio segundo no decir nada.
—Cortamos cinco minutos —dijo.
Blanca se quitó el micro y se fue a beber agua y yo me quedé sentado en el taburete pensando: acabamos de hacerlo. Nos pasamos una hora en el ayuntamiento diciendo que no y acabamos de hacerlo nosotros solos, gratis, sin que nadie nos obligara.
El corte se publicó el jueves.
Cuarenta segundos. Yo callado. La voz de ella diciendo lo de la plaza de Girona. Y luego, sin transición, ella diciendo lo de las tres de la mañana, y encima el rótulo: Diecisiete años sin hablarse.
Ona me llamó a las siete y media.
—Yo no lo he aprobado.
—Ya.
—Teo, te juro que no lo he aprobado. Me lo mandaron a las seis y cuarenta y les dije que no y lo subieron igual y les he escrito cuatro mensajes.
—Ya lo sé.
—Es que me lo prometieron por correo.
—Ona. Que ya lo sé.
Se quedó callada un momento.
—¿Estás enfadado conmigo?
—No.
—Es que sale muy bien —dijo, con una voz pequeñísima—. Esa es la putada. Sale buenísimo.
Y salía buenísimo, sí.
El viernes, en el Forn, la señora Enca me cogió la mano por encima del mostrador con las dos suyas.
—Yo lo sabía.
—No hay nada que saber, Enca.
—Yo lo sabía desde el funeral. Se lo dije a mi hermana.
—Enca, que somos socios.
—Claro que sí, cariño —dijo, y se llevó su barra con una cara de felicidad que no le he visto ni en misa.
El sábado un hombre de Sant Pere entró a comprar pan y me preguntó si era yo. Yo. En mi propia panadería.
Y el domingo, a la hora del vermut, me tocó lo de las Bernardas.
Estaban las dos en la mesa de la ventana del Bar Nou con un papel cuadriculado encima de la mesa. Un papel cuadriculado, con columnas, con nombres y con cantidades.
—Ven aquí, chico.
—No.
—Ven aquí.
Fui.
—Mira —dijo la Bernarda Vidal, girando el papel hacia mí con un dedo—. Aquí están los que dicen que antes de Reyes. Aquí, los de antes de Carnaval. Y aquí abajo, esta columna corta, los que dicen que ya.
—Bernarda.
—Cuarenta y dos euros hay ahí.
—Que dejéis eso.
—Es para la parroquia —dijo la Bernarda Roure, muy digna.
—No es para la parroquia.
—Un tanto por ciento sí.
Me senté con ellas, que fue mi error, porque las Bernardas son lo más peligroso de este pueblo con muchísima diferencia.
—Chico —dijo la Vidal, poniéndose seria de golpe—. ¿Tú sabes por qué nos hicimos amigas la Roure y yo?
—No.
—Porque las dos nos quedamos viudas el mismo año y ninguna de las dos tenía con quién ir al cementerio.
—Se bebió el vermut—. Nos vieron juntas en el sesenta y dos y hubo gente que dejó de saludarnos.
Doce años. Doce años tardó este pueblo en dejarnos en paz, y a mí, en el sesenta y ocho, un cura me preguntó en confesión si a mí lo que me pasaba era una cosa rara.
—Bernarda...
—Y no era. Que quede claro, que a mí me gustaban los hombres una barbaridad.
—La otra Bernarda se rio con la nariz metida en el vaso—.
Pero ese es el asunto, chico: que ni siquiera hacía falta que fuera nada.
Con que dos personas de las dos casas se lo pasen bien juntas, este pueblo ya no sabe dónde meterse.
Se me quedó mirando.
—Y ahora nos reímos y hacemos apuestas y todo el mundo tan contento —dijo—. Pero tú fíjate cuando pase de verdad.
Volví a casa andando por el lado largo de la plaza.
Y en el escalón del Forn estaba mi tío Quim, esperándome sentado, con las manos entre las rodillas, a las dos y media de un domingo.
—Tío.
—He visto el vídeo.
—Ya.
—Lo he visto cuatro veces.
Me senté a su lado. Estuvimos un rato mirando el obrador, ahí en medio, con la puerta cerrada.
—Yo no te voy a decir nada de esa chica —dijo—. Ni una palabra. Que trabaje. Que haga el pastel. Que se lleve la mitad, que ya está bien de que todo lo de esta familia acabe en un juzgado.
—Vale.
—Pero eso de ahí. —Señaló el móvil que ni siquiera tenía en la mano—. Eso de ahí no es trabajar.
—Es un montaje, tío. Lo montan ellos.
—Ya lo sé que lo montan ellos. —Se giró a mirarme—. Es tu cara la que montan, Teo. Yo te conozco desde que tenías esto. Y esa cara no te la había visto desde el ochenta y ocho.
—En el ochenta y ocho yo no había nacido.
—Pues por eso —dijo—. Que esa cara no es de este siglo.
Se levantó con esa cosa que hacen los hombres mayores de apoyarse en las rodillas.
—Con una Vidal, ni a la sombra —dijo—. Ya lo sabes. Y ahora te lo digo distinto: no porque sea una Vidal. Porque se va en marzo.
Y echó a andar por la calle del Forn con las manos en la espalda.
Mi madre no dijo nada del vídeo en toda la semana, que es su manera de decir mucho.
El lunes por la noche, mientras yo ponía la masa, se sentó en la silla de la cocina con el paño en las manos.
—El jueves vino la Roser a preguntarme.
—¿A preguntarte qué?
—Pues eso. —Dobló el paño—. Y yo le dije que mi hijo tiene treinta y cinco años.
—Gracias.
—No me des las gracias, que no lo he dicho por ti. —Me miró—. Lo he dicho porque estoy harta. Cincuenta y ocho años llevo en esta plaza pidiendo permiso para todo.
Y se levantó y se fue a la cama, y me dejó con la masa en las manos y una cosa en la garganta.
Esa noche cerré, subí, y en vez de acostarme me quedé en la cocina con la libreta.
Yo llevaba diecisiete años con esto quieto. Diecisiete años en los que aquello era una cosa mala que hice de crío y que estaba lejos, en una caja, en un sitio de mi cabeza al que solo iba en agosto.
Y desde que la tengo delante todos los días, la caja no se está quieta.
Porque el asunto no es lo que siento. Lo que siento lo llevo controlando desde el funeral y lo puedo seguir controlando, que para eso soy hijo de mi madre. El asunto es lo otro: que cuanto mejor va esto, más grande se hace lo que le debo.
Un hombre que trabaja al lado de una mujer y no le cuenta una cosa fea del pasado es un cobarde, y ya está, y se puede vivir siendo un cobarde. Medio pueblo lo hace.
Pero si esto sigue por donde va, entonces no soy un cobarde. Entonces soy un mentiroso. Y un mentiroso de los caros, de los que dejan a alguien construir una casa encima de un terreno que no es.
Se lo tengo que decir antes de que sea peor.
Llevo dos semanas diciéndome eso todas las noches, y cada noche encuentro un motivo mejor para que sea mañana.
Borrador n.º 18. «Antes de que esto siga, tienes que saber una cosa de mí. Y cuando la sepas ya no vas a querer que siga.»