La guerra del merengue Capítulo 15
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Capítulo 15

Un horno de leña que lleva ochenta años apagado no se enciende. Se despierta, y hay que hacerlo despacio o se parte.

Eso me lo explicó Teo el jueves, delante de la boca abierta del horno, con el brazo dentro hasta el hombro tocando el ladrillo del fondo.

—Esto tiene humedad de ochenta inviernos. Si le meto fuego fuerte, el agua de dentro del ladrillo se convierte en vapor y no tiene por dónde salir. Y revienta.

—¿Revienta cómo?

—Reventar, reventar. Se raja la bóveda. —Sacó el brazo—. Y entonces se acabó, porque una bóveda de estas no la sabe rehacer nadie a menos de doscientos kilómetros.

—¿Cuánto?

—Tres días de fuego pequeño y luego veinticuatro horas subiendo.

—¿Veinticuatro horas seguidas?

—Seguidas.

Y ahí los dos miramos a la vez, en el mismo segundo, hacia la escalera de hierro del altillo.

—Hay dos casas a treinta metros —dije.

—Hay dos casas a treinta metros llenas de gente que tiene opiniones —dijo él—. Y el fuego no se puede dejar solo ni veinte minutos en las últimas horas.

El miércoles empezamos con los fuegos pequeños. Una llama de nada en la boca, casi de vergüenza, alimentada con astillas finas, que él fue moviendo cada día un palmo más hacia dentro.

El sábado a las ocho de la mañana empezó lo otro.

Veinticuatro horas de horno son así, y no lo sabía nadie y ahora ya lo sé yo.

Al principio es aburridísimo. Es meter leña, esperar, mirar.

Él había traído carrasca del año pasado, muy seca, y la iba metiendo de tres en tres troncos, colocados en un ángulo que tiene nombre y que él no sabe decir con palabras: cuando le pregunté por qué así y no de otra manera, movió las manos en el aire un rato y acabó diciendo «pues porque así».

Yo lo apunté igualmente en el cuaderno. Ángulo: pues porque así.

A media mañana ya no era aburrido. Un horno de esos, cuando arranca, tira.

Suena. Hay un momento en que el tiro se abre del todo y aquello empieza a respirar como un animal grande, y en la nave se pone una temperatura que no es de estar.

Nos quitamos las chaquetas a las once. A la una yo tenía la cara colorada como si hubiera bebido.

Y a la una y media apareció mi tía Montse con dos táperes.

—Tú no comes.

—Tía, son las dos.

—Tú no comes, lo sé porque tienes la cara de tu abuela. —Dejó los táperes en el mármol, en mi lado, escrupulosamente, y miró el otro lado de la línea, donde Teo estaba metiendo leña de espaldas—. Hay dos.

—Ya lo veo.

—No he traído dos. He traído uno y luego he hecho otro. —Y se fue.

Y esa mujer no me ha dicho nunca en su vida que quiere a nadie, pero hizo dos táperes.

A las cuatro de la tarde vino Ona con dos cafés. A las seis vino su madre con un termo. A las ocho vino la señora Enca a preguntar si era verdad que íbamos a estar toda la noche y a decir que ella lo encontraba muy poco decente, en un tono que dejaba claro que le parecía maravilloso.

A las diez de la noche se acabó la gente.

Y a las diez de la noche, con la plaza vacía y la puerta cerrada, aquello se convirtió en otra cosa.

La luz. Eso es lo que no te espera nadie. Apagamos la bombilla porque no hacía falta y toda la nave se quedó en naranja, con la boca del horno como única fuente, y las sombras nuestras de cinco metros moviéndose por la pared del fondo, encima de la tiza del pacto.

—Turnos —dijo él—. Cuatro horas.

—Seis.

—Cuatro. A las cuatro horas te duermes de pie y esto no se puede dormir.

—Yo aguanto seis.

—Blanca.

—Vale. Cuatro.

Subí al altillo a las once, y ahí estaba el catre, desenrollado, con dos mantas que él había traído de su casa y una funda de almohada limpia y planchada que era claramente de su madre.

Me tumbé vestida, con las botas puestas, encima de la manta y no debajo, en una postura que ahora que la cuento parece de guardia civil.

No dormí nada.

Se oía todo. Se oía la leña abajo. Se oían sus pasos, seis o siete cada tanto, del montón al horno y del horno al montón.

Se oía el hierro de la puerta. Y por la ventanita pequeña entraba la luz de la farola de la plaza y se le sumaba, por el hueco de la escalera, el naranja de abajo, que subía y bajaba de intensidad cada vez que él abría.

A la una y media bajé.

—Faltan dos horas y media —dijo.

—No puedo dormir.

—Ya lo sé. Te he oído darte la vuelta doscientas veces.

Me senté en el suelo, con la espalda contra el saco de azúcar, a tres metros del fuego, que es la distancia exacta en la que se está bien.

Y así, sin habérnoslo propuesto, empezaron las conversaciones de las tres de la mañana, que en mi opinión deberían estar reguladas por ley.

Empezamos hablando de la Pieza, que era lo legítimo. Estructura, alturas, si el suizo se sostiene. Duró cuarenta minutos.

Después él dijo:

—Tu madre venía aquí de niña.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque la mía también.

Y de ahí ya no se vuelve.

Me contó lo de su padre. Que Joan Roure tuvo el diagnóstico en el dos mil once, cuando Teo tenía diecinueve años y una plaza en una escuela de Girona que no llegó a usar.

Que fueron trece años. Que al principio eran temporadas y luego fueron menos temporadas y más años, y que la última parte fue en casa, con su madre y con él, y que un panadero que se levanta a las cuatro es, casualmente, la persona ideal para cuidar a alguien de noche.

—Trece años —dije.

—Sí.

—Eso es media vida.

—Es toda la vida adulta —dijo, y lo dijo sin ninguna pena, que es lo que lo hizo peor—. Yo no he sido nunca un tío de veintitantos. Pasé de los diecinueve a los treinta y cuatro en la misma cocina.

—¿Y no...?

—Me da rabia —dijo, antes de que yo terminara la pregunta—. Eso es lo que no se puede decir. Que le echo de menos todos los días y que a la vez me da una rabia horrorosa. Las dos cosas a la vez, todo el rato, desde hace año y medio. —Metió un tronco—. Y esto no se lo he dicho a mi madre.

—¿Por qué?

—Porque ella estuvo trece años igual y no se quejó nunca.

Yo estuve callada un rato.

Y entonces le conté lo mío, que es más corto y más feo.

Le conté que a mi madre le diagnosticaron por primera vez en el dos mil ocho, cuando yo tenía dieciséis años, y que lo superó. Que en septiembre de ese año yo me fui interna a Barcelona con una beca. Que me fui once días después de que nos lo dijeran.

—Once días —dije.

—Te fuiste a estudiar.

—Me fui corriendo. —Me miré las manos—. Y no es lo mismo. Yo lo sé y ella lo supo, y no me lo dijo nunca, ni una vez en dieciséis años, y eso es peor que si me lo hubiera dicho.

—Blanca...

—Y volvió en el veintitrés. La cosa. Y esta vez yo tenía treinta y un años y una carrera y ninguna excusa, y ¿sabes lo que hice?

Iba los fines de semana. Los fines de semana, Teo.

Le mandaba cosas. Le mandé una vez, y esto es verdad, una caja de bombones de una casa de París que costaba ciento veinte euros, a una mujer de Vilamorell de Mar que en su vida se ha comido un bombón que no fuera de una caja azul del supermercado.

Se me rompió la voz ahí y me esperé a que dejara de temblarme antes de seguir.

—Se los comió todos. Y me llamó para decirme que estaban buenísimos. Y estoy convencida de que no le gustaron nada.

El fuego hizo un ruido.

—Y luego me quedé sin gusto —dije—. Que es lo más ridículo que le puede pasar a nadie. Como si alguien hubiera decidido que la manera de que yo aprendiera la lección fuera esa.

—Eso no es así.

—Ya sé que no es así. Sé perfectamente que no es así. —Me pasé la mano por la cara—. Pero a las tres de la mañana es así.

Él no dijo nada durante un rato largo. Metió dos troncos. Movió las brasas del fondo con el hierro.

Y luego se sentó en el suelo, a mi lado, con la espalda contra el mismo saco.

No pegado. A un palmo. Yo notaba el calor del brazo, que a esa distancia se nota, y a mi derecha el horno estaba dándome en la cara, y no había manera de saber qué era de qué.

—Mi padre repetía una cosa —dijo—. Cuando yo me ponía nervioso con una masa que no subía. Decía: «no la mires, atiéndela».

—¿Y eso qué significa?

—Que no se arregla nada mirándolo con angustia. Que hay que hacer lo que toca hacer y esperar.

—Es de las cosas que dicen los padres que no significan nada.

—Sí —dijo—. Pero es que a mí me funciona.

Y nos quedamos ahí, sentados en el suelo de un obrador de mil novecientos veintiséis, con un fuego de tres días delante y las dos casas dormidas a los lados.

En algún momento se me cerraron los ojos.

Me desperté con la cabeza apoyada en su hombro.

No sé cuánto tiempo llevaba así. Sé que él no se había movido, y sé que estaba despierto, porque tenía el brazo derecho estirado hacia el horno y el izquierdo pegado al cuerpo, perfectamente quieto, en la postura incomodísima de alguien que lleva un rato decidiendo no moverse.

Me incorporé.

—Perdón.

—No pasa nada.

—Me he quedado...

—Ya.

Los dos mirando el fuego. Ninguno mirando al otro.

Y entonces me giré para decir una cosa y él se giró en el mismo momento para decir otra, y nos quedamos a esa distancia en la que ya no se puede decir nada, porque cualquier cosa que se diga se oye demasiado.

Yo le vi la boca. Le vi la mandíbula sin afeitar y una brasa reflejada en el ojo izquierdo y le vi tragar saliva.

Estuvimos así lo que dura un pasodoble.

Y él se levantó.

Se levantó de golpe, con las dos manos en las rodillas, como se levanta un hombre que pesa noventa kilos y ha tomado una decisión.

—Voy a mirar el tiro —dijo.

—Vale.

—Sube tú. Yo hago las últimas cuatro.

—Habíamos dicho...

—Sube, Blanca. Por favor.

Subí.

Y desde arriba, tumbada en el catre con los ojos abiertos, lo estuve oyendo tres horas: la leña, el hierro, los pasos. Del montón al horno y del horno al montón, con la regularidad de un hombre que ha decidido no parar quieto hasta que se haga de día.

El horno llegó a doscientos ochenta grados a las once de la mañana del domingo.

Lo comprobamos metiendo un puñado de harina, que es como se hace: se echa en la solera y se cuenta. Si se dora en diez segundos, está.

Se doró en ocho.

Y él dio un golpe en el marco de hierro con la palma abierta y dijo «vamos», y yo me puse a dar palmas como una idiota en un obrador vacío, y los dos nos abrazamos.

Un segundo y medio. Dos, como mucho. Con las palmadas en la espalda de rigor, que es como se abrazan en este pueblo dos personas que no se pueden abrazar.

Nota de cata. Primer pan del horno del Obrador Vell, domingo, 13:20.

Nota oficial: corteza gruesa de leña, miga alveolada, fondo de ceniza noble, acidez láctica media.

Nota real: nada, pero quemaba. Lo partí con las manos y me quemé los dedos y me alegré, porque es lo primero que me pasa en dos años con una comida.

Se lo comió él y dijo que era el mejor pan que ha hecho en su vida. Le he creído. Es el punto uno del pacto.