La guerra del merengue Capítulo 14
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Capítulo 14

El lunes por la mañana llegué al obrador con dieciocho cosas en una caja de plástico y ni una sola idea de cómo se hace esto.

Que quede claro, porque conviene: yo no soy profesor. Yo soy un hombre que abre a las seis y cuarto. En mi vida he explicado nada a nadie, salvo a Ona cuando tenía nueve años y quería hacer galletas, y aquello acabó con harina en el techo y con mi padre riéndose desde la puerta.

Pero el sábado, en un obrador a oscuras, dije una cosa muy grande y ahora había que hacerla.

Puse las dieciocho cosas en fila en el mármol.

Miel de romero. Miel de mil flores. Un limón.

Una naranja de las de zumo. Almendra marcona.

Avellana. Un pistacho de Cinta que le sobró de Navidad.

Vainilla en rama. Canela en rama y canela molida, que no son lo mismo.

Mantequilla normal. Mantequilla de la buena.

Chocolate del setenta. Chocolate del cincuenta y cinco.

Café. Sal. Sal gorda. Azúcar moreno. Y frambuesas.

Ella llegó a las nueve, vio la fila y se paró en seco.

—¿Qué es esto?

—El punto cuatro.

—El punto cuatro dice que me enseñes a trabajar sin ti.

—Sí. Y para eso necesitas palabras.

—Yo tengo palabras. Vivo de las palabras.

—Tú tienes las palabras de antes —dije—. Yo te voy a dar las de ahora.

Se quitó el abrigo despacio, sin decir nada, que en ella es lo que hace cuando está calculando el coste de algo.

—Explícate.

—Vale. —Cogí la miel de romero, la abrí y la puse delante—. Tú cierras los ojos y yo te lo describo. Y tú me dices si te sirve.

—Eso es una tontería.

—Puede ser.

—Yo sé a qué sabe la miel de romero, Teo. He hecho cuatrocientos kilos de mousse de miel de romero.

—Ya —dije—. ¿Y a qué sabía?

Abrió la boca. La cerró.

Y ahí, delante de mí, esta mujer que lo tiene todo controlado se quedó buscando una cosa en un cajón que ya no está.

—A miel —dijo—. A miel de romero.

—Eso no es nada.

—Es exacto.

—Es una etiqueta. —Empujé el bote dos centímetros—. Blanca, tú llevas dos años escribiendo notas de cata. Yo te he oído. «Dulzor pleno con carencia de acidez.» Eso es un boletín meteorológico. Eso no lo escribe alguien que se acuerda: lo escribe alguien que sabe lo que hay que poner.

Ella se quedó muy quieta.

—Vale —dijo—. Descríbemelo.

Y esa palabra, la de ella, es la que acabamos usando todos los días desde entonces.

Metí la cucharilla, la probé, y estuve un rato callado buscando cómo se dice.

—Es dulce por delante y amargo por detrás —dije—.

Muy dulce al principio, del tirón, y a los dos segundos se te va hacia arriba, hacia la nariz, y ahí es donde está el romero.

No sabe a flor. Sabe a monte seco. A la Serra en agosto, cuando pasas por un camino y hay que apartar las ramas con el brazo.

—Volví a probar—. Y al final se queda amargo, un amargo limpio, como de hierba. Por eso aguanta el queso.

Ella no dijo nada.

—¿Te sirve?

—Otra vez —dijo.

—¿Otra vez qué?

—La última parte. Otra vez.

Y se lo dije otra vez.

Y así estuvimos cuatro horas.

No se parece a nada que yo haya hecho antes.

Ella no cerraba los ojos, que eso al final resultó ser cosa mía y me lo quitó a la media hora: se quedaba de pie, con los brazos cruzados, mirándome la boca mientras yo hablaba. No la cara. La boca. Con una atención de examinadora.

Yo probaba una cosa y la decía. Ella escuchaba y luego lo tocaba con los dedos, lo olía sin oler nada, lo miraba a contraluz, y de vez en cuando lo probaba también, que eso lo hacía casi siempre y siempre para nada.

Y después —esta es la parte— me lo devolvía.

—Espera —decía—. Dices que la avellana es más «redonda» que la almendra. ¿Redonda cómo? ¿Redonda de que ocupa más boca o redonda de que no tiene puntas?

—De que no tiene puntas.

—Entonces la almendra pincha.

—La almendra pincha un poco, sí. Sobre todo la cruda.

—Vale. —Y lo apuntaba en un cuaderno, con su letra de arquitecta—. Almendra: pincha. Avellana: no.

Se pasó cuatro horas construyéndose un diccionario.

Con el limón discutimos veinte minutos. Yo dije que el limón «abre», y ella dijo que eso no significaba nada, y yo dije que sí que significaba, que es que te limpia y te deja la boca preparada para lo siguiente, y ella dijo que eso era la acidez y que la acidez es un dato químico y no una experiencia, y yo dije que se lo estaba explicando a una persona, no a un pH-metro, y ella se calló y luego dijo:

—Vale. Abre. Apuntado.

Con el chocolate del setenta me costó.

—Amargo —dije, y me quedé ahí parado—. Es que amargo no es. Es que amargo suena mal y esto no está mal.

—Sigue.

—Es como... —Miré el techo—. ¿Sabes cuando entras en una iglesia en verano? Que hace frío de golpe y huele a piedra. Pues eso, pero en la boca. Es serio. Te calla.

Y ella escribió, en su cuaderno, la palabra serio , y debajo puso: (iglesia, piedra, frío) .

Y a mí me pasó una cosa en el pecho al verla escribir eso, y no supe entonces lo que era.

A las doce y media hubo un momento que conviene que cuente, aunque no pasara nada.

Estábamos con la vainilla. Yo había abierto la rama con la punta del cuchillo y estaba rascando el interior, y le dije que lo que huele no es la vaina, que es esa pasta negra de dentro, y ella se acercó a ver.

Se acercó mucho. Por trabajo, ¿eh?: se acercó como se acerca alguien que quiere ver una cosa pequeña, con la cabeza inclinada sobre mis manos y el pelo cayéndole hacia delante.

Y entonces se quedó ahí.

Un poco más de lo que hacía falta. Con la cara a un palmo de la vainilla abierta, muy seria, respirando por la nariz despacio, dos veces, tres.

Yo no me moví. No sé por qué no me moví, o sí lo sé: porque supe exactamente lo que estaba haciendo. Estaba probando. Como se prueba una tecla de un piano que uno sabe que está rota, por si acaso, cuando no le ve nadie.

Se enderezó.

—Nada —dijo, en un tono muy normal—. Sigue.

Y seguí, y no le dije que la había visto, y esa fue la primera vez que le mentí por omisión para no hacerle daño. Después vinieron muchas.

A la una y media llegamos a las frambuesas.

Cogí una. La probé. Y no fui capaz.

—A ver —dije.

—Tómate tu tiempo.

—Es que la frambuesa es difícil.

—¿Por qué?

—Porque no es una cosa. Es tres seguidas.

—Cogí otra—. Primero es dulce, un segundo nada más.

Luego es ácida, y esa es la parte larga.

Y al final, cuando ya te la has tragado, te deja un punto amargo de la pepita.

—La partí con los dedos—. Y no sabe igual la primera que la segunda.

Ninguna sabe igual que la de al lado, y por eso todo el mundo prefiere la frambuesa a la fresa aunque no sepa por qué.

Levanté la vista.

Y ella no estaba escribiendo.

Estaba mirándome con el bolígrafo parado en el aire, y tenía los ojos rojos, y ya llevaba así un rato porque le había bajado una línea por la cara hasta la mandíbula.

—Perdona —dijo, y se giró hacia el fregadero.

—Blanca.

—No, no, sigue, que esto va bien.

—Blanca, si quieres lo dejamos.

—No lo dejamos —dijo, de espaldas, abriendo el grifo para no tener que estar de cara—. Sigue con la frambuesa.

Y seguí con la frambuesa, hablándole a una espalda, y ella al cabo de un minuto se giró con la cara mojada y dijo:

—Otra vez lo de la pepita.

Terminamos a las dos y media. Recogimos. Ella se llevó el cuaderno.

Y en la puerta, poniéndose el abrigo, dijo una cosa sin darle ninguna importancia, mirando el picaporte:

—Hoy he sabido a qué sabe una frambuesa.

Y se fue.

Yo me quedé solo en el obrador con dieciocho cosas abiertas encima del mármol.

La otra parte del lunes no se la conté a nadie.

Recogí despacio. Tapé la miel, guardé el chocolate, tiré las frambuesas que se habían quedado al aire. Y mientras lavaba las cucharillas, una por una, me di cuenta de que estaba contento.

Contento de verdad, ¿eh?, de esa manera tonta que tiene uno de estar contento cuando le ha salido bien una cosa que le importaba.

Llevaba cuatro horas hablando y me había escuchado alguien.

Nadie en este pueblo me pregunta nunca nada que yo sepa contestar.

A mí me piden pan y me cuentan cosas. Es distinto.

Y luego, con el agua corriendo, se me pasó por la cabeza el resto.

Se me pasó que esa mujer se acababa de ir de aquí con la cara mojada porque yo le había dicho cómo es una frambuesa. Que va a volver mañana. Que va a volver todos los días de aquí a febrero, y que cada mañana me va a mirar la boca con esa atención mientras yo le doy de vuelta las cosas que perdió.

Y me pasó que hay una manera de mirar eso, si uno es un poco sinvergüenza, en la que esto es lo mejor que me ha pasado en mi vida.

Cerré el grifo.

Porque el problema es este, y lo escribo aquí para no tener que decirlo en voz alta nunca: yo no soy el hombre que le está devolviendo a esa mujer las palabras.

Yo soy el hombre que en julio del año dos mil nueve mandó un papel a Sanidad, con la letra cambiada, contando que en la Confitería Vidal se rompía la cadena de frío.

Y en agosto la persiana estuvo cuatro semanas bajada.

Y en septiembre su madre pidió un préstamo que estuvo pagando hasta que se murió.

Eso es lo que soy. Lo otro es lo que estoy haciendo.

Y desde el sábado, cuando le dije que yo probaría por ella, hay una cosa que se ha puesto en marcha y que no se puede parar: cada día que pase, esto va a ser mejor y va a ser peor.

Cada mañana que me escuche va a doler más contárselo.

Cada palabra que le devuelva va a ser una razón más para callarme.

Estoy construyendo, día a día, con muchísimo cuidado, la razón por la que no se lo voy a decir nunca.

Borrador n.º 12. «Blanca: no sé por dónde empezar, así que voy a empezar por lo peor. Fui yo.»