Capítulo 13
Me quedé en el obrador hasthasta tarde haciendo cosas que no había que hacer.
Fregué el mármol dos veces. Ordené las flaneras del armario, que ya estaban ordenadas.
Bajé y subí la pared de cajas de huevos para pasar las de arriba abajo, por la caducidad, cosa perfectamente razonable que ninguna persona en su sano juicio hace un sábado a las ocho de la tarde con la luz apagada de media nave.
Su llave estaba en el mármol donde la había dejado.
A mí una llave así se me puede leer de tres maneras. Una: no vuelvo . Dos: el obrador es tuyo, yo me aparto . Tres, la peor: ahí lo tienes, ya lo sabes, haz tú algo .
A las nueve y diez me la metí en el bolsillo y crucé la plaza.
El Forn tenía la luz de dentro encendida y la persiana a media asta. Golpeé el cristal con los nudillos, dos veces.
Tardó bastante. Cuando levantó la persiana llevaba la camiseta de amasar y las manos secas de harina.
—Te has dejado esto —dije, y le puse la llave en la mano.
—No me la he dejado.
—Ya lo sé.
Nos quedamos ahí, con la persiana a la altura de la cabeza, y yo notando que si aquella conversación se tenía en el escalón de un horno, en una plaza donde vive gente con ventanas, ya no la iba a poder tener nunca.
—¿Puedes venir al obrador? —dije—. Ahora.
Cerró el Forn sin preguntar nada.
Encendimos solo la bombilla del fondo, la del horno, que es una luz amarilla y baja y que deja media nave en penumbra. Nos quedamos de pie, uno a cada lado de la mesa de mármol, con la línea de tiza entre nosotros a un metro y medio.
Yo llevaba dos horas ensayando cómo empezar y empecé fatal.
—Lo del bote —dije—. No lo probé.
—Ya lo sé.
—No es que se me pasara. Es que no puedo.
Y ahí se me acabó lo que tenía preparado.
Voy a contar cómo se dice una cosa que llevas dos años sin decir: se dice mal. Se dice en desorden, empezando por la mitad, con frases que no van a ningún sitio y con la voz haciendo cosas raras. Yo, que me gano la vida ordenando, lo conté todo del revés.
Le conté lo del catorce de febrero de hace dos años, que fue cuando ingresaron a mi madre por última vez.
Le conté que a los cuatro o cinco días dejé de oler el gel del hospital, y que me pareció bien, porque el gel del hospital es lo peor que huele en el mundo.
Le conté que mi madre murió el veintiséis y que yo volví a Madrid el uno de marzo, y que el dos me hice un café y no me supo a nada, y pensé que era el café.
Y el tres pensé que era yo. Y el diez ya sabía perfectamente que no era ni el café ni yo.
Le conté los médicos. Los tres. El otorrino que me miró la nariz y dijo que estaba estupenda.
El neurólogo que pidió una resonancia y luego dijo la palabra que dicen todos, «idiopático», que significa que no tienen ni idea y que lo dicen en griego para cobrarlo.
Y la tercera, una mujer muy amable de Barcelona, que me preguntó por mi madre durante cuarenta minutos y al final dijo que a veces esto pasa después de un duelo muy fuerte y que a veces se va solo.
—¿Y se va solo? —preguntó él.
—A veces.
—¿Cuántas veces?
—No me lo quiso decir. —Me apoyé en el mármol—. Se lo pregunté tres veces y no me lo quiso decir, y esa es la respuesta.
Le conté lo del trabajo. Que en pastelería el gusto no es lo que la gente se cree: yo no me paso el día probando, yo me paso el día pesando.
Que una receta buena es una receta que sale igual la haga quien la haga, y que si tienes la fórmula y tienes la técnica y tienes veinte años de memoria de a qué sabía todo antes, puedes trabajar. Puedes trabajar bastante tiempo.
Puedes trabajar dos años.
—¿Y lo de la tele? —dijo.
Y ahí me tuve que sentar en un saco.
—Semifinal —dije—. Tres platos, dos horas y cuarto. Yo iba primera.
—Lo vi.
—Todo el mundo lo vio.
Le conté que en el segundo plato me equivoqué en el orden de los botes.
Que no fue un sabotaje, ni una trampa, ni nada de lo que la gente inventó después: que fue una imbécil con prisa cogiendo el bote de la izquierda en vez del de la derecha.
Que hice un centro de frambuesa con sal en vez de azúcar.
Que lo emplaté. Que lo serví. Que sonreí a la cámara mientras el jurado lo probaba, con la cara de una mujer que está segurísima de lo que ha hecho, porque yo no tenía ni la más remota idea.
Que un jurado escupió en la servilleta y que eso fue lo que se hizo viral. No mi cara: la servilleta.
Que hubo mil vídeos explicando lo que había pasado, y que ninguno acertó, y que el que más se acercó fue uno que decía que yo había hecho el ridículo por creerme mejor que los demás.
—Y no lo desmentiste —dijo él.
—¿Con qué? ¿Con «no me lo creía, es que no lo probé, es que no puedo probar nada desde hace un año»?
—Me reí y me salió fatal—. Eso es peor. Eso es el final de todo.
Una repostera que no sabe si su comida está buena es una estafa.
Yo, si contrato a alguien y me entero de eso, la echo a la calle esa misma tarde.
Él estaba muy quieto, al otro lado de la mesa, escuchando.
—¿Quién lo sabe? —preguntó.
—Mi ex. Nadie más.
—¿Tu madre?
—Se murió antes. —Y aquí lo dije, porque una vez abierto el grifo sale todo—: Y es la única suerte que he tenido en dos años, y me da vergüenza haberlo pensado, pero lo he pensado.
Silencio.
Ahora viene la parte que no tenía prevista.
Yo había ido allí a hacer una cosa concreta: adelantarme.
Si él lo sabía, y lo sabía, yo prefería contárselo antes de que lo contara.
Y sobre todo prefería que me lo dijera a la cara: que dijera que aquello se acababa, que la Pieza la hacía otra persona, que no pensaba jugarse el obrador con una tramposa.
Lo tenía asumido. Venía preparada para eso, incluso con una lista mental de a quién podía llamar y qué contrato podía rescindir.
Él se apoyó en la mesa con las dos manos y estuvo un rato mirando la piedra.
Y luego dijo:
—Yo lo pruebo.
—¿Qué?
—Que lo pruebo yo. —Levantó la cabeza—. Todo. Lo que hagamos. Lo pruebo yo y te lo digo.
—Teo.
—Tú tienes las manos, tienes la cabeza y tienes la técnica, que es lo que no tengo yo.
—Hablaba muy deprisa, cosa rarísima en él, como quien se ha lanzado y ya no puede parar—.
Lo único que te falta es la última comprobación.
Pues esa la hago yo. Y no como un favor, Blanca, porque si esa Pieza sale mal me quedo yo también sin obrador. Es mío el problema. Es de los dos.
Yo me quedé sentada en el saco de azúcar mirándolo desde abajo.
—Estás diciendo que me vas a hacer de lengua.
Y ahí, por primera vez desde que había entrado, se le cambió la cara.
Bajó la vista. Se pasó la mano por la boca. Y cuando volvió a hablar ya no iba deprisa.
—Sí —dijo—. Eso es lo que estoy diciendo.
—Vale.
—Y no me hace ninguna gracia.
—¿Por qué no?
—Porque es mucho —dijo—. Porque tú te vas a fiar de mí para una cosa que no puedes comprobar. —Se separó de la mesa un paso—. Eso es demasiado poder para dárselo a nadie. Y menos a un Roure.
Yo no supe qué contestar a eso. No supe qué contestar durante meses.
—Entonces lo hacemos con reglas —dije, y me levanté, porque yo con las cosas grandes hago lo único que sé hacer, que es convertirlas en un procedimiento.
Cogí la tiza del cajón de la báscula.
Y allí, en la pared del fondo, al lado del horno, en el enlucido viejo, escribimos el acuerdo. A tiza. En letras grandes, porque yo escribo grande cuando estoy nerviosa.
PACTO DEL ObrADOR VELL
1. Él prueba. Ella no pregunta dos veces.
—¿Qué significa eso? —dijo.
—Que si me dices que está bien, yo no puedo pasarme veinte minutos preguntándote si estás seguro. Porque lo voy a hacer. Y te voy a volver loco.
—Vale.
2. Él dice la verdad. Siempre. Aunque esté malo. Aunque sea mío.
—Eso lo iba a hacer igual.
—Escríbelo.
3. Él no se lo dice a nadie. Ni a Ona. Ni a su madre.
Ahí paró con la tiza en la mano.
—A mi madre no le he mentido nunca.
—No es mentir. Es no contarlo.
—Es lo mismo con más pasos.
—Teo.
Escribió el punto tres. Lo escribió más pequeño que los otros.
4. Él me enseña a hacerlo sin él.
Ese lo escribí yo.
—¿Eso qué es? —preguntó.
—Eso es que en febrero esto se acaba —dije—. Y yo no me puedo quedar con un hombre en el bolsillo para el resto de mi vida. Me enseñas a oír, a tocar, a mirar. Todo lo que hiciste el martes con el almíbar. Y en cuatro meses yo tengo que ser capaz de trabajar sola.
Se me quedó mirando un momento raro.
—Vale —dijo—. Y el cinco.
Cogió la tiza.
5. Esto no cambia nada. Seguimos siendo lo que éramos.
Lo leí dos veces.
—¿Y qué éramos?
—Ni idea —dijo—. Pero seguimos siéndolo.
Y nos dimos la mano encima de la línea de tiza, que estaba justo debajo, y esta vez no fue como en la notaría. Esta vez él tenía las manos con harina y yo con azúcar glas de un bote que resultó ser sal, y ninguno de los dos apretó de más.
Se fue a las once y media. Yo apagué la bombilla del fondo y me quedé un minuto en la puerta, mirando la pared del acuerdo en la oscuridad, donde ya no se leía nada.
Cinco puntos. Uno de ellos era mentira ya cuando lo escribimos.
Nota de cata. —
Nota oficial: —
Nota real: él lo sabe.
Llevo dos años calculando cuánto me costaría que alguien lo supiera. Lo tenía todo previsto: el coste, la cara que pondría, lo que perdería.
No tenía previsto esto.
No sé qué es esto, pero desde luego no es alivio, porque el alivio no te deja despierta a las dos de la mañana.