La guerra del merengue Capítulo 12
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Capítulo 12

La cata de la Castanyada del Obrador fue idea de Maite Ros y la idea, hay que decirlo, no era mala.

Un sábado por la mañana, en la plaza, con dos mesas de caballete: los vecinos que quisieran podían probar tres piezas y decir cuál les gustaba más, y de ahí saldría «una orientación» para la Pieza del Centenario.

Participación ciudadana, lo llamó ella. El artículo trece del Bando dice que el jurado es el pueblo, así que aquello tenía hasta cobertura legal.

Y para la tele era oro: cincuenta vecinos opinando a cámara con la boca llena.

Preparamos tres piezas. Una de él, un merengue seco de avellana con miel de romero.

Una mía, una tartaleta de frambuesa con italiano flameado.

Y la tercera de los dos, que era la primera cosa que habíamos hecho juntos de verdad: una base crujiente suya con una crema mía encima, y por dentro, escondido, un corazón de pistacho.

Empezamos a las seis y media de la mañana. A las nueve teníamos ciento veinte unidades en tres bandejas grandes, tapadas con film, en el fondo del obrador.

A las nueve y veinte llegó el equipo y aquello se llenó de gente.

Es importante que se entienda cómo estaba aquello, porque si no, parece que fuéramos idiotas.

Había cinco personas de producción entrando y saliendo con cajas.

Había un chico montando un trípode en la puerta.

Había dos señoras de la asociación con los manteles.

Estaba Maite Ros dando instrucciones a nadie.

Estaba mi tía Montse decidiendo dónde iba cada mesa, que es su vocación.

Y estaba mi primo Nil, que llevaba tres semanas apareciendo por el obrador con la excusa de echar una mano, y al que yo, ese día, le agradecí en voz alta que se hubiera levantado tan temprano.

Nil fue, de hecho, el que me ordenó el mise en place mientras yo estaba fuera con las mesas. Me lo dijo él: «Te he puesto los botes en fila, que estaban por ahí tirados». Le di las gracias. Se lo agradecí dos veces, creo.

El mise en place estaba en la mesa de mármol: los boles, las mangas, el azúcar glas en un bote de cristal grande y la sal en otro más pequeño, al lado, como está en todas las cocinas del mundo desde que el mundo es mundo.

Yo tenía que hacer el último paso a las diez menos cuarto: espolvorear las tartaletas y montar el merengue del acabado.

Y a las diez menos cuarto, cuando cogí el bote grande, me acuerdo perfectamente de haber pensado que el azúcar glas estaba un poco compacto.

Lo pensé. Y seguí.

Batí las claras. Añadí el azúcar del bote grande en tres veces, como se hace, y monté. El merengue subió bien. Subió perfecto, brillante, firme, con los picos rectos.

Metí el dedo. Lo hago siempre, delante de la gente, porque la gente espera que lo hagas.

Dos segundos. Y la frase.

—Está listo —dije.

Emplatamos ciento veinte piezas en veinticinco minutos.

A las diez y veinte, la plaza tenía dos mesas con manteles blancos, un cartel escrito a mano, cuarenta vecinos esperando y dos cámaras. Salía el sol. Aquello era, sinceramente, precioso.

Yo estaba en la puerta del obrador, con el delantal limpio, esperando a que Júlia diera la señal para sacar la primera bandeja. Me estaba pasando la lengua por los dientes, que es un tic que tengo cuando estoy nerviosa y que no sirve absolutamente de nada.

Teo estaba dentro, al fondo, junto a las bandejas.

Y lo vi coger una tartaleta.

Lo vi de refilón, girando la cabeza, y me acuerdo de haber pensado, con un fastidio pequeñísimo: pues ahora nos faltará una .

Se la comió de dos bocados, de pie, deprisa, como come la gente que lleva ocho horas trabajando. Y después se quedó muy quieto.

Yo estaba a seis metros y estaba de espaldas a él más o menos, así que lo que vi fue esto: lo vi bajar la mano. Lo vi mirar la bandeja. Lo vi mirar hacia la puerta, hacia la plaza llena de gente, hacia las cámaras.

Y lo vi mirarme a mí.

Yo levanté las cejas, como se hace, para preguntar «¿qué?».

Él cogió la bandeja grande. La cogió con las dos manos, la levantó, y echó a andar hacia la puerta con paso rápido.

—Ya salgo yo —dijo.

—Espera, que Júlia no ha...

Lo que pasó después ocurrió en dos segundos y medio y lo he reconstruido unas cuatrocientas veces.

Puso el pie en el escalón de la entrada. El pie derecho. Y en vez de bajarlo, lo enganchó.

Lo enganchó con la punta, en el borde, y el cuerpo se le fue hacia delante con una torpeza tan sonora, tan aparatosa, tan absolutamente convincente que la plaza entera se giró a la vez.

La bandeja salió por delante de él como si la hubiera lanzado.

Cuarenta tartaletas. Cuarenta. Volaron dos metros y aterrizaron en el suelo de la plaza, boca abajo casi todas, en un chapoteo de crema y frambuesa que llegó hasta las patas de la primera mesa. Una golpeó el mantel blanco. Otra fue rodando hasta los pies de la alcaldesa.

Y Teo Roure cayó encima, de rodillas y de manos, en medio de sus propias tartaletas, delante de cuarenta vecinos, dos cámaras y un dron.

Hubo un ruido de la plaza. Un «¡oh!» largo, con risa dentro.

Alguien aplaudió. Por supuesto. Este pueblo aplaude cualquier cosa.

Yo bajé el escalón y me arrodillé a su lado.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Te has hecho daño?

—No.

Tenía crema en las dos manos y en la rodilla del pantalón, y estaba mirando el suelo, no a mí.

—Se me ha ido el pie —dijo, en voz alta, para la plaza—. Perdonad. Se me ha ido el pie.

Se levantó. Y ahí hizo lo que yo no vi venir, porque yo seguía en el suelo recogiendo trozos: se giró hacia la mesa donde estaban las otras dos bandejas, las que ya habíamos sacado, y le dijo a Ona, muy tranquilo:

—Estas están tocadas. Ha salpicado todo. Guárdalas.

—Si no ha llegado hasta...

—Ona. Guárdalas.

Y mi hermana —perdón, su hermana; a estas alturas ya no sé de quién es esa mujer— cogió las dos bandejas y se metió con ellas en el obrador sin hacer una sola pregunta más, porque a Ona Roure le hará falta un segundo para entender cualquier cosa, pero solo uno.

Se salvó la cata a base de un poco de todo: la coca que trajo alguien, dos bandejas de pastas del Forn de la vitrina, y un merengue seco de avellana suyo que sí llegó intacto y que ganó por unanimidad, cosa que le costó a mi tía Montse un mal día.

A la una y media se había ido todo el mundo.

Yo estaba de un humor de perros. Estaba furiosa con él, para ser exactos.

Habíamos trabajado desde las seis y media de la mañana. Ciento veinte piezas. Y el hombre se cae por un escalón que sube y baja cuarenta veces al día.

Recogimos en silencio. Y cuando ya no quedaba nadie, cuando cerré la puerta y me giré, me lo encontré de pie en el fondo del obrador, al lado de la mesa, con una tartaleta en la mano.

Una de las que había guardado Ona.

—Ven aquí —dijo.

—Teo, estoy...

—Ven aquí, por favor.

Fui.

Puso la tartaleta encima del mármol, entre los dos. Cogió el bote grande, el del azúcar glas, y lo puso al lado. Metió dos dedos, sacó un poco y lo dejó en un montoncito sobre la piedra.

—Pruébalo —dijo.

Y a mí se me paró todo por dentro.

—¿Qué?

—Prueba el bote.

—¿Por qué?

—Blanca. —Y aquí bajó la voz, y no había ni rastro de guasa, ni de reproche, ni de nada—. Prueba el bote.

Metí el dedo. Cogí un poco. Me lo llevé a la boca.

Nada. Un polvo fino que se deshacía, con esa textura de talco que tiene el azúcar glas, y la lengua que no me dice nada desde hace dos años.

Y aun así lo supe. Lo supe por su cara, que es la manera más humillante de saber algo.

—Es sal —dije.

—Es sal.

—¿Toda?

—La probé a las diez y veinte —dijo—. Cogí una tartaleta porque tenía hambre.

—Se pasó la mano por la boca—. Estaba salada como el agua del puerto, Blanca.

No un poco. No un fallo. Alguien te ha vaciado el bote y lo ha llenado de sal fina, y la sal fina y el azúcar glas se parecen mucho hasta que los tocas.

Yo me agarré al borde de la mesa.

Porque hay una cosa que él todavía no sabía y que yo estaba viendo con una claridad espantosa: yo lo había tocado. Yo había cogido ese bote a las diez menos cuarto y había pensado, exactamente, que estaba un poco compacto.

Y había seguido.

—Cuarenta tartaletas —dije.

—Sí.

—Te has tirado tú.

—Sí.

—Delante de todo el pueblo.

—Delante de dos cámaras, que es lo que importaba —dijo—. Si sale una sola de esas a la plaza, en cinco minutos hay cuarenta personas escupiendo en un pañuelo, y mañana hay un vídeo.

Otro vídeo. Un vídeo de once segundos.

—Podías haberme avisado.

—No había tiempo. Ibas a salir con la bandeja.

—Podías haber dicho «está salado». En voz alta. Delante de todos. —Y aquí me tembló la voz y no pude hacer nada—. Podías haber quedado tú bien.

Y él dijo:

—Ya.

Nada más. «Ya.»

Nos quedamos los dos ahí, con el montoncito de sal entre nosotros en el mármol, y la luz de la claraboya cayendo encima como en un cuadro malísimo.

—Ha sido alguien de aquí —dije—. De esta mañana. Había veinte personas.

—Sí.

—Lo voy a averiguar.

—Sí. —Movió el montoncito con el dedo—. Blanca.

—Qué.

Y entonces me hizo la pregunta, y la hizo sin mirarme, con esa voz que pone la gente cuando lleva un rato sabiendo una cosa y no quiere que se le note en la cara.

—Tú lo has montado. Lo has batido, lo has puesto en la manga y lo has emplatado. —Levantó la vista—. ¿No lo probaste?

Se me quedó la boca seca.

—Lo probé.

—Metiste el dedo. Te lo vi hacer. Y luego dijiste «está listo».

—Sí.

—Blanca. —Y aquí lo dijo, muy despacio, y todavía sin ninguna crueldad, que es lo que hace que me acuerde de cada palabra—. Estaba salado como el mar. Un crío de cuatro años lo escupe. Yo lo supe en medio segundo, y yo soy un panadero de pueblo.

Silencio.

—No lo supiste —dijo.

Yo no contesté.

—No lo supiste con la lengua, Blanca. Tú ni con eso.

Y en ese obrador, un sábado de noviembre, con cuarenta tartaletas en la basura y una pared de diecinueve mil huevos a mi espalda, dejé de tener sitio donde meterme.

Fuera, en la plaza, alguien barría.

Nota de cata. Contenido del bote grande, Obrador Vell, sábado, 13:40.

Nota oficial: —

Nota real: he probado la sal cuatro veces seguidas delante de él. Cuatro. Apretando la lengua contra el paladar como si fuera a salir apretando.

Nada. Ni sal.

Se ha ido a las dos y me ha dejado la llave encima de la mesa, que no sé qué quiere decir.