Capítulo 8
La reunión con la productora fue en el salón de plenos, que es la habitación más grande del ayuntamiento y la que tiene el Bando enmarcado en la pared del fondo.
Eso, luego, resultó importante. En el momento me pareció solo una casualidad de decoración.
Vinieron cuatro: Júlia Rey, una chica con dos móviles que se llamaba Alba y no volvió a hablar, un hombre de producción con un maletín y una carpeta de contratos que dejó sobre la mesa como quien deja una carta ganadora, y un abogado por videollamada en un portátil, con la cara tan cerca de la cámara que se le veía solo la frente.
Por nuestra parte, Maite Ros, con el pin del ayuntamiento; el técnico de cultura; Blanca; y yo.
Y en la puerta, de pie, sin que nadie la hubiera invitado, mi hermana. Cuando el hombre del maletín le preguntó si era del equipo, dijo «soy comunicación» con una seguridad que no admitía réplica y se quedó.
Júlia empezó por el proyecto y hay que reconocer que lo vendió bien.
Cuatro capítulos. Estreno en febrero, coincidiendo con el Carnaval.
Equipo pequeño, cinco personas, dos cámaras.
Rodaje repartido en jornadas sueltas de aquí a Carnaval, con la Guerra y el concurso de la Pieza como final de temporada.
Dijo dos veces la palabra «respeto» y una vez la palabra «patrimonio», y Maite Ros se hinchó como una vela.
Después sacó el móvil, lo puso en la mesa y nos enseñó el tráiler de otra cosa suya, un documental sobre una casa de sidra en Asturias.
Estaba bien. Estaba muy bien, esa es la verdad.
Salía un hombre de sesenta años echando sidra en un culín con la luz de la tarde detrás y a mí se me puso una cosa en la garganta, porque yo a ese hombre lo conozco aunque no lo conozca, es el mismo hombre que hay en todos los oficios que se están acabando.
—Esto es lo que queremos hacer aquí —dijo Júlia.
Y entonces pasó a la parte que llamó «el relato».
—Vilamorell tiene una cosa que no tiene nadie —dijo, y se puso a contar delante de nosotros la historia de nuestro propio pueblo, cosa que resulta muy rara de ver—.
Tenéis una guerra de cien años. Con bandos.
Con un bando escrito, ahí, en esa pared, con artículos numerados, que es un regalo.
Tenéis dos casas enfrentadas, tenéis un obrador tapiado, tenéis una anciana que se muere y os junta desde el más allá. Eso no lo escribe nadie.
—Ya —dije.
—Y tenéis a dos personas —siguió, y nos señaló con la mano abierta, a los dos, con muchísima delicadeza— que llevan diecisiete años sin hablarse y que ahora tienen que hacer un pastel juntos.
Blanca, a mi lado, se puso muy recta.
—Romeo y Julieta —dijo Júlia Rey— con manga pastelera.
Hubo un silencio.
—No —dijo Blanca.
—Es una manera de hablar.
—Es una manera de hablar que va a estar en el titular de todas partes.
—Blanca, hija —intervino Maite Ros, con esa voz de institución preocupada—, es un decir.
—No —dije yo.
Y ahí Júlia me miró a mí por primera vez de verdad, con interés, como se mira una pieza que no se esperaba en el tablero.
—Explícamelo —dijo.
Podía haberlo dicho de muchas maneras. Elegí la corta.
—Porque yo vivo aquí. —Me eché adelante—.
Tú te vas en marzo y yo abro cada mañana a las seis y cuarto.
Si esto sale con ese relato, dentro de un año habrá gente parando el coche delante de mi puerta para hacerse una foto, y a mi madre le preguntarán en la cola de la farmacia.
Y a la señora Enca no le vamos a poder explicar que era una manera de hablar.
—Vale —dijo Júlia, despacio.
—Y hay otra cosa —dijo Blanca—. Es que además es falso. Nosotros somos dos profesionales cumpliendo una condición testamentaria. Se puede contar eso, que ya es bastante.
—Se puede contar eso —repitió Júlia.
—El obrador, el horno, las dos escuelas, el pueblo. Nosotros trabajando. Nada más.
—Nada más.
—Solo lo profesional.
Y Júlia Rey sonrió, apoyó la barbilla en la mano y dijo:
—Claro.
Yo debería haber sabido leer esa sonrisa. Es la misma que pongo yo cuando un cliente me dice que esta vez sí me lo paga el viernes.
Entonces el hombre del maletín abrió la carpeta.
Y luego estaba la cifra que no me gusta contar.
Había una cifra por las jornadas de rodaje en el obrador. Una cifra por persona y jornada, y otra por la cesión de imagen, y una tercera por el acceso al espacio, que se pagaba a medias entre nosotros porque el espacio era de los dos.
Yo la miré. Hice la cuenta en la cabeza dos veces. Y sé que se me notó, porque estas cosas se notan, porque un hombre que hace números en la cabeza pone una cara muy concreta.
Eran cinco mil euros. Cinco mil doscientos y pico, con las jornadas previstas.
En mi casa hay tres goteras. Hay un barreño en la trastienda desde octubre del año pasado y un presupuesto de reparación de cubierta en el cajón de la cocina, doblado en cuatro, con una cifra que no puedo pagar sin pedir.
Mi padre estuvo dos años diciendo que en primavera lo miraba.
Se murió en junio y el tejado sigue ahí, y cada vez que llueve fuerte yo subo por dentro con la linterna a ver por dónde entra, y esa es una manera bastante fea de acordarse de alguien.
Cinco mil doscientos euros no arreglan el tejado. Pero son la mitad.
Miré a Blanca de reojo. Tenía la cara de las notarías: perfectamente educada y sin nada dentro. Y yo llevaba desde el viernes de los huevos sabiendo lo que sé, o sea, que esa mujer ha venido aquí con el coche lleno y nueve mil seiscientos euros menos.
Los dos estábamos haciendo la misma cuenta. Los dos sabíamos que el otro la estaba haciendo. Y ninguno de los dos dijo ni una palabra sobre eso, ni entonces ni durante meses, porque hay una clase de vergüenza que se lleva mejor si nadie la menciona.
—¿Dónde firmo? —dijo Blanca.
—Aquí, aquí y aquí.
Pero antes de firmar hizo una cosa que a mí, que estaba a punto de firmar sin leer, me dejó bastante retratado: se puso las gafas y leyó el contrato entero.
Los cuatro folios. Con el bolígrafo en la mano, tardando lo que tardaba, mientras cinco personas y un abogado en un portátil esperaban en silencio.
—Cláusula nueve —dijo al llegar—. «El material grabado será propiedad exclusiva de la productora, que decidirá libremente sobre su montaje, difusión y usos promocionales.»
—Es estándar —dijo el hombre del maletín.
—Ya sé que es estándar. Estoy diciendo en voz alta lo que significa.
—Significa que montamos nosotros —dijo Júlia.
—Significa que si yo digo una frase el martes y otra el jueves, tú las puedes poner seguidas.
—Significa eso, sí.
—Vale —dijo Blanca—. Solo quería que constara que lo sé.
Y firmó igual. Es lo que hace la gente que lee los contratos: se entera exactamente de cómo la van a poder joder y luego firma, porque hace falta el dinero. Leer no es un superpoder. Solo te quita la sorpresa.
Firmamos. Otra vez. Empiezo a tener una relación rara con los bolígrafos.
Pedimos una cosa, eso sí, y la pedimos los dos a la vez, lo cual fue casi cómico.
—Sin público —dije yo.
—Que la gente no entre a mirar mientras se rueda —dijo ella.
—Anotado —dijo el hombre del maletín, sin anotar nada.
Y desde la puerta, donde llevaba cuarenta minutos sin abrir la boca, habló mi hermana.
—Perdón. Comunicación. —Se acercó tres pasos—. ¿Los cortes para redes los aprueba alguien de aquí?
El hombre del maletín la miró como se mira a un mosquito con estudios.
—Los aprueba la productora.
—Ya, pero digo si alguien de aquí los ve antes.
—No es habitual.
—Es que aquí lo habitual es que la gente se cruce por la calle luego —dijo Ona—. Cincuenta años. Todos los días.
Hubo un silencio de dos segundos y Júlia Rey levantó la mano.
—Se los enseñamos a ella antes de publicar —dijo—. Que conste en el correo, no en el contrato.
—Vale —dijo Ona, y volvió a la puerta.
Cuando salimos yo le di un golpecito en el hombro y ella se encogió como si le molestara, que es como recibe los cumplidos toda mi familia.
Al salir, Júlia me alcanzó en el pasillo. Iba mirando el móvil y no levantó la vista para hablarme, que es como habla la gente de Barcelona cuando quiere que parezca que no es importante.
—Oye. Solo por saberlo, para no meter la pata: lo vuestro de los diecisiete años, ¿qué fue?
—No fue nada.
—Es que si no me lo contáis vosotros, me lo va a contar el pueblo.
—Pues que te lo cuente el pueblo —dije—. Va a estar bien. Cada uno te va a decir una cosa distinta.
Se rio, y esa risa sí me pareció de verdad.
—Eso es exactamente lo que voy a hacer —dijo, y se fue.
En el Forn, a media tarde, la noticia del contrato ya había llegado por su cuenta, porque en el ayuntamiento trabaja gente y la gente habla.
—Cinco mil —dijo Quim, desde su esquina.
—Cinco mil doscientos.
—Por dejarles entrar en tu obrador.
—Por dejarles entrar en el obrador de los dos, y sí.
Le dio vueltas al cortado. Yo esperaba la bronca, sinceramente. La tenía preparada y todo.
—Con eso arreglas el tejado —dijo.
Y volvió a mirar la calle, y ya no dijo nada más en toda la tarde, y esa es la conversación más íntima que he tenido con mi tío en quince años.
Mi madre, en cambio, se sentó enfrente de mí cuando cerré.
—¿Y a ti te apetece? Salir ahí.
—No.
—Pues no lo hagas.
—Madre.
—Que no lo hagas, digo. Que ya nos apañaremos.
Y eso es lo que dicen en esta casa desde que yo era pequeño, y lo dicen de verdad, y por eso hay tres goteras. Nos apañamos tan bien que llevamos cuarenta años apañándonos.
—Ya está firmado —dije.
Ella cogió el paño. No me lo discutió, que en mi madre es una manera de darme la razón sin quitármela.
Aquella noche, después de cerrar, subí al desván con la linterna aunque no llovía.
No hacía falta. Ya me lo sé: entra por la esquina de poniente, donde falta la teja, y baja por la viga hasta la mancha. Me quedé un rato allí arriba, sentado en una caja, alumbrando una mancha de humedad que tiene la forma de una isla.
Estuve pensando en lo del pasillo. No fue nada.
Lleva uno toda la vida diciendo verdades pequeñas para no tener que decir la grande.
«No fue nada.» Y es verdad que no fue nada, si se cuenta desde fuera: un beso a los quince y a los dieciséis, en Carnaval, con el pueblo tirándose merengue alrededor.
Una chica que se fue en septiembre sin decir adiós.
Una carta que mandé a un colegio de Barcelona y que no contestó nadie.
Eso es lo que se puede contar en un pasillo. Eso cabe en una serie de cuatro capítulos.
Lo otro es de julio, y es de dos manos escribiendo una cosa que no hacía falta escribir, y no cabe en ningún sitio.
Bajé. Cerré el desván. Puse la masa madre.
Y saqué la libreta, que últimamente la saco más de lo que la sacaba, y eso ya me está diciendo algo que no quiero oír.
Borrador n.º 9. «Me han pagado cinco mil doscientos euros por dejar que graben cómo somos amigos.»