Capítulo 7
Quim Roure vino a disculparse el lunes.
Vino porque le mandó su hermana, cosa que supe porque lo dijo él mismo en la primera frase, y trajo un termómetro de sonda en su caja, nuevo, comprado en la ferretería de Sant Pere, que es donde va la gente de aquí a comprar las cosas que no quiere que se sepa que compra.
—Toma.
—Gracias.
—No es una disculpa.
—No he dicho que lo fuera.
—Porque el artículo seis lo permite.
—El artículo seis habla de claras, no de instrumental de precisión.
Quim me miró con el ceño de un hombre al que nunca se le ha ocurrido que el Bando pueda leerse con atención.
—Bueno —dijo—. Pues eso.
Y se fue. Y esa fue la disculpa más larga que he recibido de un Roure en toda mi vida, excepto una, que llegó diecisiete años tarde y por escrito, pero eso todavía no toca.
Estuve dos días tranquila. Dos días. Después me despertó a las seis de la mañana una idea de esas que vienen del sitio malo, y a las seis y veinte ya estaba sentada en la cama con el portátil.
Voy a defenderme un poco, aunque no tenga defensa.
En Madrid, cuando algo se tuerce, no se arregla con conversaciones.
Se arregla con logística. Yo he trabajado en sitios donde un proveedor te falla un jueves y para el viernes tienes otro, con contrato, penalización y exclusividad, porque el dinero se mueve más rápido que la buena voluntad.
Es un idioma. A mí me enseñaron ese idioma a los veintitrés años y lo hablo muy bien, y llevaba dos meses sin poder hablarlo con nadie.
Además, y esto es lo que de verdad pasaba: el viernes me habían humillado delante de una cámara y yo necesitaba ganar algo. Lo que fuera. Ya.
El artículo cuatro del Bando dice que el merengue se hace con huevos del término municipal.
En el término municipal de Vilamorell de Mar hay siete explotaciones con registro sanitario. Lo comprobé en el censo agrario en veinte minutos.
A las nueve y media de la mañana ya tenía a las siete al teléfono.
Fui muy educada. Fui, de hecho, encantadora, que es una cosa que se me da bien cuando estoy furiosa.
Me presenté, expliqué el proyecto del Centenario, hablé de visibilidad, de la plataforma, del reportaje, de «lo que esto va a suponer para el producto local».
Y después ofrecí un contrato de suministro en exclusiva hasta el veinte de febrero, pago por adelantado, precio un veinte por ciento por encima de mercado.
Cuatro dijeron que sí en la misma llamada.
La quinta pidió pensárselo y dijo que sí a las dos horas. La sexta, que es un señor de ochenta años con doce gallinas y ninguna intención de firmar nada, me dijo que él a la Guerra no se mete.
Y la séptima era Mas Clarà.
—Buenos días, ¿hablo con Cinta Prats?
—Ella misma.
Le solté el discurso entero. El bueno. El del veinte por ciento y la plataforma.
Hubo un silencio al otro lado en el que se oían gallinas.
—Tú eres la hija de la Dolors —dijo.
—Sí.
—Ya. —Otro silencio—. Mira, guapa, yo te agradezco mucho la llamada. Pero los huevos de esta casa los tiene apalabrados el chico del Forn.
—Le puedo mejorar el precio un veinte por ciento.
—Ya me lo has dicho.
—Un veinticinco.
—Es que no es eso.
—¿Y qué es?
—Que está apalabrado —dijo Cinta, con la paciencia de quien le explica a alguien de fuera una cosa evidente—. Hija, que se lo dije yo. En marzo. Que se lo dije.
Colgué con la sensación exacta de haberme dado con una puerta de cristal muy limpia.
El miércoles llegó el primer camión.
Yo había calculado el consumo de un obrador en producción. Un obrador de verdad, en temporada, haciendo pruebas todos los días durante quince semanas. Con margen de seguridad. En Madrid siempre se pide con margen de seguridad.
Los ganaderos, por su parte, habían entendido que la señora de la tele quería todo lo que tuvieran.
Aparcó en la plaza a las diez y media un camión frigorífico de siete metros y medio.
—¿Dónde se lo dejo?
—¿Dónde me deja el qué?
El hombre miró el albarán.
—Once mil quinientos cuarenta.
Hay momentos en la vida de una persona en los que el cuerpo entiende una cosa antes que la cabeza. A mí se me puso frío el estómago y todavía no sabía por qué.
—¿Once mil quinientos cuarenta qué?
—Huevos, señora.
Detrás de mí, en los porches, empezó a haber gente. En Vilamorell la gente aparece por generación espontánea, como los hongos.
—Yo pedí para quince semanas.
—Yo traigo lo que pone aquí.
—¿Y las otras seis granjas?
—Vienen esta tarde —dijo el hombre, y se subió a la cabina a por la carretilla.
Vinieron esta tarde.
Para las siete de la tarde, el Obrador Vell tenía la mitad de la nave —mi mitad, escrupulosamente respetada, hasta la línea de tiza y ni un centímetro más, porque yo tengo mis principios— ocupada por una pared de cajas de cartón de suelo a hombro.
Diecinueve mil doscientos huevos. Una cámara frigorífica alquilada de urgencia a un mayorista de Vilanova que me cobró la urgencia como se cobran las urgencias.
Y un tíquet de veintiséis kilos de hielo que compré yo misma en la gasolinera a las ocho de la tarde, por si acaso, empujando el carro por la plaza delante de todo el pueblo.
Teo llegó a las ocho y cuarto. Se paró en la puerta. Miró la pared de cajas.
Y no dijo absolutamente nada, que fue, con muchísima diferencia, lo peor que podía haber hecho.
—Di algo.
—No.
—Dilo.
—No hace falta que lo diga —dijo—. Está ahí. Mide dos metros.
—He asegurado el suministro.
—Has asegurado el suministro.
—Con contrato.
—Con contrato. —Se acercó a las cajas, sacó un huevo, lo miró a contraluz como quien saluda a un conocido y lo volvió a dejar—.
Estos son de Can Bosch. Este mes le están poniendo mucho maíz.
Se le ha puesto la yema de color de bandera y la clara le monta un poco floja, pero eso a ti te da igual porque tú los vas a usar para nada.
—Los voy a usar para las pruebas.
—Blanca, tenemos que hacer un pastel. Uno.
Y ahí me senté en un saco de azúcar y me tapé la cara con las manos, delante de él, cosa que no hago nunca.
—¿Cuánto? —preguntó, y ya no había ni pizca de guasa.
—Nueve mil seiscientos euros.
—Ah.
—Nueve mil seiscientos euros que no tengo.
Se quedó un rato callado.
—¿Y Cinta?
—Cinta me ha dicho que está apalabrado.
—Ya.
—¿Tú le pagas más?
—Yo le pago menos —dijo—. Yo le pago tarde. Yo, en enero del año pasado, le pagué en marzo.
—¿Y entonces?
—Entonces es que cuando se le murió el marido estuvimos tres meses llevándole el pan y la compra desde aquí, y no porque seamos buena gente, sino porque es lo que se hace. —Se apoyó en el mármol—. Tú le has ofrecido un veinticinco por ciento. Yo le pregunto por la Neus.
—¿Quién es la Neus?
—Una gallina.
—Estás de coña.
—Tiene siete años y está de bajón —dijo—. Se lo pregunto todos los martes.
Y yo me quedé mirando mi pared de diecinueve mil doscientos huevos, comprada al contado, con contrato y con penalización, y entendí una cosa muy sencilla y muy tarde: que en este pueblo el crédito no es una cosa que se pida en un banco.
La noticia corrió, claro. Corrió antes de que llegara el segundo camión.
Al día siguiente, jueves, ya me había puesto un mote la mitad del municipio, y lo supe porque Ona Roure vino a las once a decírmelo a la cara con la delicadeza de una excavadora.
—Te llaman la Faraona.
—¿Por qué la Faraona?
—Por las pirámides —dijo, señalando las cajas—. Es de la Bernarda Vidal. Y déjame decirte que es buenísimo.
—Gracias.
—Y hay más: dicen que ha bajado el precio del huevo en Sant Pere porque los de aquí no dan abasto. Un señor del bar dice que es la primera vez desde el noventa y uno que Vilamorell influye en un mercado.
—Ona.
—Perdón. —Se sentó en la mesa de mármol, en mi lado, con toda naturalidad—. Oye, ¿y qué vas a hacer con ellos?
Y esa fue la pregunta.
Los huevos duran veintiocho días. Yo tenía diecinueve mil doscientos y ninguna manera legal de revenderlos, porque no soy mayorista y porque, como me explicó muy amablemente el mayorista de Vilanova, quien compra al contado a siete granjas para las quince semanas de un pastel no le da mucha lástima a nadie.
Lo resolvió mi tía, que es lo peor de todo.
Montse Vidal entró en el obrador el viernes por la mañana, miró las cajas durante ocho segundos y dijo:
—Tortilla.
—¿Perdona?
—Tortilla, Blanca. Para el Domund.
Y así fue como el segundo domingo de noviembre, en la plaza Major de Vilamorell de Mar, se hicieron cuatrocientas once tortillas de patatas.
Las hizo la asociación de mujeres, las hicieron las de la coral, las hizo la mujer de Marc Roure con el crío colgado, las hizo un señor que no había cocinado en su vida y que se pasó cuatro horas pelando patatas con un cuchillo pequeñísimo.
Se instalaron ocho mesas de camping y catorce fuegos.
Se vendieron a tres euros la porción. Se recaudaron dos mil ciento treinta euros para el asilo, que es dinero de verdad para un asilo comarcal, y otros ochocientos y pico para la parroquia, y sobró tortilla para todo el pueblo y para el pueblo de al lado.
Yo estuve nueve horas cascando huevos. Nueve horas. Al final del día no sentía los pulgares y tenía la manga de la camisa rígida.
Y en algún momento de la tarde, sobre las seis, me di cuenta de que llevaba dos horas hablando con la Bernarda Vidal, que me estaba contando la historia completa de su amistad con la Bernarda Roure —empezó en el sesenta y dos, en una cola del médico, y aquí se puso muy digna: «que nos dejaran en paz nos costó doce años»—, y que la gente que pasaba por delante de mi mesa ya no me miraba como se mira un accidente.
Una señora me dijo que su hija hacía dieta y aun así se había comido tres.
Un hombre me preguntó, muy serio, si el año que viene lo repetíamos.
Y la señora Enca me apretó el brazo con las dos manos y me dijo que mi madre habría estado muy contenta, y yo me tuve que ir un momento a la parte de atrás de la carpa a colocar unas cajas que no había que colocar.
Teo estuvo en el fuego seis y no cruzamos ni diez palabras en todo el día. Pero a las once de la noche, cuando ya solo quedábamos cuatro recogiendo mesas, pasó por detrás de mí con dos sillas apiladas y dijo, sin pararse:
—Nueve mil seiscientos euros bien gastados, Faraona.
—Vete a la mierda.
—Que sí, que ha sido bonito.
—Que te vayas a la mierda, Roure.
Y me reí. Por primera vez en diez días, y con la boca abierta, y me oí hacerlo, y sonó fatal y sonó a mí.
Nota de cata. Tortilla de patatas n.º 212, plaza Major, Domund.
Nota oficial: patata confitada, cebolla lenta, punto jugoso, huevo de proximidad con yema de otoño.
Nota real: nada, como siempre. Pesaba. Quemaba en la punta de los dedos. La señora que me la dio esperó a que yo la mordiera antes de irse.
Eso también se nota, resulta.