Capítulo 6
El horno se abrió el jueves a las once y cuarto, con radial, y no había ni la mitad de público que el martes, porque en Vilamorell la gente viene a los estrenos y no a los ensayos.
Dentro no había muertos. Había una bandeja.
Una bandeja de hojalata en el suelo de la cámara, colocada en el centro, con dos cosas encima que en su momento fueron algo y que ahora eran dos cosas negras del tamaño de un puño, con una geometría tan perfecta que daba miedo. Ocho décadas de estar quietas en un sitio sin aire.
Teo se agachó con la linterna.
—Están enteras.
—¿Qué son?
—Merengues. —Movió la linterna—. Dos. Uno de cada.
Yo no distingo un merengue francés de uno italiano después de ochenta años de deshidratación y él tampoco, así que aquello fue una decisión, no un diagnóstico. Pero se quedó dicho. En este pueblo las cosas se quedan dichas y luego resulta que eran verdad, que es la parte que todavía me revienta.
No los tiramos. Los pusimos en el armario del cristal roto, al lado de las flaneras, y ahí siguen.
La alcaldesa vino el viernes a las doce, con la teniente de alcalde, el técnico de cultura, un fotógrafo del semanario comarcal y una mujer de Barcelona con abrigo caro que no me presentaron hasta el final.
—Nada, nada, no os molestamos —dijo Maite Ros, molestando a un volumen considerable—. Es una visita informal. Absolutamente informal.
Detrás de ella, la mujer del abrigo caro sacó un móvil y se puso a grabar el techo.
—Es Júlia —dijo Maite—. Está mirando localizaciones. Para el reportaje. Que aún no hay nada firmado, ¿eh?, no hay nada firmado, pero.
Miré a Teo. Teo me miró a mí. Y por primera vez desde que empezó todo esto nos entendimos perfectamente y sin hablar: nos han metido a la tele en casa el segundo día .
—Encantada —dije.
—Nos han dicho que a lo mejor podíamos ver algo —dijo Júlia Rey, con una sonrisa muy trabajada—. Sin compromiso. Solo para entender el espacio.
—El espacio está lleno de polvo.
—El polvo es fantástico. El polvo se ve muy bien.
Y ahí está el punto exacto donde debería haber dicho que no.
Lo he pensado bastante. Podía haber dicho que no había nada que ver, que estábamos limpiando, que volvieran en tres semanas. Habría sido verdad y habría sido fácil.
Pero llevaba dieciocho meses siendo un vídeo de once segundos, y en esa sala había una cámara, y yo necesitaba, con una necesidad que me da vergüenza escribir, que alguien con un móvil me viera haciendo bien mi trabajo.
Un merengue italiano. Diez minutos. Lo he hecho ocho mil veces, se lo hice a un dos estrellas cuando tenía veinticuatro años.
—Podemos enseñaros una base —dije.
Teo abrió mucho los ojos. Muy poquito, pero los abrió.
Monté el puesto en mi lado de la línea. Batidora de varillas prestada del Forn, un cazo, azúcar, agua, cuatro claras pesadas al gramo, y mi termómetro de sonda, el bueno, el que me costó lo que cuesta un termómetro cuando eres joven y crees que la precisión te va a salvar de algo.
Voy a explicar el italiano en cuatro líneas, porque si no, no se entiende nada de lo que pasó.
Pones agua y azúcar al fuego. Esperas. El almíbar tiene que llegar a ciento veintiuno, que es el punto de bola blanda: por debajo, es agua dulce; por encima, es caramelo.
A ciento veintiuno exactos lo viertes en hilo sobre las claras montadas, con la máquina en marcha, y ese almíbar hirviendo cuece la clara por dentro mientras la monta.
Sale un merengue firme, brillante, que aguanta días.
Es química, es reloj y es termómetro. Por eso es nuestro.
El francés, el de ellos, no lleva nada de eso. Claras y azúcar y fe.
Puse el cazo. Metí la sonda. La sala se colocó alrededor de mi mesa como se coloca la gente alrededor de las cosas que no entiende: demasiado cerca.
—¿Cuánto tarda? —preguntó el técnico de cultura.
—Ocho minutos.
—Ah, es que tengo el coche en zona azul.
Miré el termómetro. Sesenta. Setenta y cuatro. Empecé a montar las claras.
La parte fea la cuento entera, que llevo un año con gente contándomela a mí en trozos.
A los cuatro minutos, el termómetro marcaba noventa y ocho. A los seis, ciento diez. Yo tenía las claras a punto de nieve firme, la máquina en marcha y la mano en el mango del cazo.
Y el almíbar, en el cazo, estaba raro.
Lo vi. Escribo esto sabiendo cómo suena, pero lo vi: las burbujas eran grandes y perezosas, y a ciento diez las burbujas no son así, a ciento diez el almíbar ya va con prisa. Hubo un segundo, uno solo, en el que algo en la parte de atrás de mi cabeza levantó la mano.
Y yo miré el número.
Ciento diecisiete. Ciento diecinueve. Ciento veintiuno.
Ocho mil veces he hecho esto. Ocho mil veces he mirado un número y he tomado la decisión correcta.
La otra manera de decidir —la de meter una cucharilla, sacar una gota, tocarla con los dedos mojados, notar si hace bola o hace hilo, oír el ruido que hace el almíbar cuando cambia— es la manera de mi madre, y de la madre de mi madre, y de todo el mundo en esta plaza antes de que existieran las sondas digitales.
Yo esa manera la tuve. Y hace dos años que la vendí a cambio de que no se me note nada.
Levanté el cazo y lo vertí en hilo sobre las claras.
Lo supe antes de terminar de verterlo. Se ve.
El merengue, que estaba blanco y firme y precioso, se aflojó desde el centro como se afloja una cara cuando le dan una mala noticia.
Bajó. Se volvió líquido en tres segundos y se quedó en el fondo del bol una cosa espumosa, gris y triste, con el aspecto exacto del agua de fregar los platos de una cena de Navidad.
La máquina siguió batiendo. Nadie dijo nada durante unos dos segundos y medio.
—¿Es así? —preguntó Maite Ros, con toda la buena fe del mundo, que fue lo peor.
—No —dije—. No es así.
—Ah.
Del fondo, donde estaban dos hombres del Forn que habían venido a traer la batidora y se habían quedado, salió una risa. Corta. Un bufido por la nariz. Y luego otra, más suelta, y luego el ruido inconfundible de dos crudos dándose un codazo.
Y el móvil de Júlia Rey grabando, en vertical, con el polvo, que se ve muy bien.
Levanté el termómetro para mirarlo, muy tranquila, con la sonrisa institucional que llevo puesta desde que tengo veintidós años.
—Se me ha ido el punto —dije—. Cosas del primer día.
—A todos nos pasa —dijo Maite, aliviadísima.
—Es que este es un cazo nuevo.
—Claro, claro.
—Podéis volver otro día y lo veis bien.
—Uy, no hace falta.
Recogí. Fregué. Sonreí al fotógrafo del semanario comarcal, que me hizo cuatro fotos junto al horno con el bol vacío en la mano porque le pareció que quedaba bonito, y esas fotos salieron el jueves siguiente con un pie que decía «ilusión renovada en el Obrador Vell».
Se fueron a la una y media.
A la una y treinta y cinco cogí el termómetro y puse un cazo de agua a hervir.
El agua hierve a cien. Es de las pocas cosas de este mundo con las que se puede contar.
El agua rompió a hervir a lo grande, a borbotones, con la cocina llena de vapor. Metí la sonda.
Ciento catorce.
Me quedé mirando aquel número mucho rato.
Lo suficiente para que se me empañaran las gafas y para hacer la resta cuatro veces, aunque la resta era muy fácil.
Catorce grados. Mi almíbar había salido del fuego a ciento siete cuando yo creía que estaba a ciento veintiuno, o sea, catorce grados por debajo del punto en el que la clara cuece.
O sea: agua dulce hirviendo sobre una nube.
Los termómetros de sonda no se descalibran solos y desde luego no se descalibran catorce grados en línea recta.
Se descalibran con un imán, o metiéndolos en el congelador y trasteando el ajuste, o simplemente entrando en un obrador que llevaba dos días abierto y en el que hay una caja de herramientas y nadie vigilando por la noche.
Saqué el otro. El de repuesto, el analógico, el que tengo desde la escuela.
Lo metí en el agua hirviendo.
Ciento trece.
Y ahí ya no había una explicación posible que no fuera una persona.
Teo entró a las dos con dos bocadillos, uno para cada uno, porque lleva desde el martes trayendo dos de todo sin preguntarme nunca si quiero.
—Te he traído de tortilla, que era lo único que...
Le puse el termómetro delante de la cara. Con el agua todavía hirviendo detrás.
—Ciento trece —dije.
—¿Qué?
—El agua. Está hirviendo. Marca ciento trece. Y el otro marca ciento catorce. Los dos. En la misma dirección. —Me oí la voz y no me gustó nada, porque la tenía finísima—. Me lo has hecho tú.
Dejó los bocadillos en la mesa. Muy despacio.
—No.
—Los dos, Teo. Los dos exactamente igual de mal. Eso no es un accidente, eso es alguien que sabe lo suficiente como para hacerlo bien.
—No he sido yo.
—Ah, ¿no? —Y aquí se me rompió algo y me salió lo que llevaba dentro desde las doce y media—.
Porque me acabo de comer una humillación delante de la alcaldesa, del técnico de cultura, de un fotógrafo y de una señora de Barcelona con una cámara.
Otra vez. ¿Sabes cuántas veces al mes tengo que verme haciendo el ridículo en el móvil de otra persona? Pues ya son dos. Ya vamos por dos.
—Blanca.
—Y en tu artículo ocho pone que los termómetros son cosa nuestra, así que tu bando entero tiene un motivo escrito en el ayuntamiento y enmarcado.
No dijo nada durante unos segundos. Estaba muy quieto y tenía las orejas rojas, y yo no le había visto nunca las orejas rojas.
—Enséñamelo —dijo.
—¿El qué?
—El termómetro. Los dos.
Se los di. Cogió el analógico, lo miró por detrás, donde tiene la tuerquecita del ajuste, y con la uña del pulgar rascó una cosa que había alrededor. Se le quedó una raspadura blanca en la yema.
Me la enseñó.
—Cera —dijo—. Cera de vela. Para que no se note que se ha movido la tuerca.
—Muy bien. Sigue.
—Eso lo hacía mi tío Quim con las balanzas de la feria de ganado en el año dos mil. —Levantó la vista y me miró—. Mi tío Quim, Blanca. No yo.
Y lo peor no fue lo que dijo. Lo peor fue que, mientras lo decía, no parecía enfadado conmigo por acusarle. Parecía otra cosa muchísimo más incómoda: parecía un hombre haciendo la lista, en su cabeza, de todas las razones por las que yo tenía derecho a pensar mal de un Roure.
Recogió su bocadillo, no el mío, y se fue a la puerta.
—Voy a hablar con mi tío. Y luego te traigo un termómetro que no tenga nada dentro.
—Yo no uso termómetros de panadero.
—Ya lo sé —dijo, desde la puerta—. Por eso te va a costar tanto.
Nota de cata. Merengue italiano fallido, Obrador Vell, viernes.
Nota oficial: clara sin cuajar, dulzor plano, nota lejana de vainilla, textura de espuma muerta.
Nota real: nada. Nada de nada. Ni siquiera me quedó eso.
He metido el dedo dos veces por si acaso, como una imbécil, delante de un bol vacío y con la puerta cerrada.