Capítulo 5
La cuadrilla que tiró el tabique del Obrador Vell la pagó el ayuntamiento, cosa que la alcaldesa anunció tres veces en cuatro minutos, y trabajó con un público de sesenta personas en la plaza.
Sesenta. Un martes. A las nueve de la mañana.
Había gente con el carro de la compra parada media hora.
Había un hombre grabando con el móvil en vertical.
Había una fila de críos del colegio a los que la maestra había llevado allí como excursión pedagógica, con chalecos amarillos, y a los que estuvieron explicando durante veinte minutos que aquello era patrimonio, hasta que uno preguntó si dentro había muertos y se acabó la clase.
Los ladrillos salieron con una facilidad que ofendía. Ochenta años de mitología y aquello lo tiraron dos hombres en cuarenta minutos.
Cuando cayó el último trozo, la plaza aplaudió. Lo juro. Aplaudieron a un agujero.
Y entonces salió el aire de dentro.
Sé que salió porque lo vi: esa cosa lenta que hace el polvo cuando se abre una habitación cerrada, la luz de la mañana entrando en diagonal y encontrándose con una atmósfera que llevaba décadas sin que la molestara nadie.
Toda la plaza hizo el mismo gesto a la vez, ese de la nariz.
Sesenta personas oliendo el interior de mil novecientos veintiséis.
Yo estaba en primera fila.
Me quedé con las manos en los bolsillos, muy quieta, esperando a ver si tenía suerte. A veces pasa. Una vez, en marzo, con un tren de mercancías, me llegó algo que podía haber sido diésel.
No pasó nada.
—Hostia —dijo alguien detrás de mí, con devoción.
—¿A qué huele? —pregunté, en voz alta, y aquello, técnicamente, fue mi primera mentira del proyecto.
—A leña —dijo Teo Roure, a mi izquierda, sin mirarme—. Y a azúcar quemado. Muchísimo. Ochenta años de azúcar quemado en la pared.
Lo dijo despacio, como quien lee un nombre en una lápida y le sale bien.
—Y a bicho muerto —añadió—. Un poco. Pero al fondo.
—Qué romántico.
—Es un edificio, no un poema.
Entramos los dos primeros, porque nos lo habían dicho, y por un instante la plaza entera se calló.
Voy a intentar contarlo bien, porque es el sitio donde va a pasar todo lo demás.
Un obrador de mil novecientos veintiséis es una nave estrecha y larga con el techo altísimo, viguería de madera y una claraboya opaca de porquería que daba una luz de acuario.
A la derecha, la pared de la casa Roure.
A la izquierda, la de la casa Vidal. Al fondo, ocupando la pared entera como un animal dormido, el horno.
Es de ladrillo refractario, con la boca de hierro y una puerta que tiene un asa de latón desgastada en el centro por ochenta años de manos y no por el uso de ahora, sino por el de entonces.
La puerta estaba sellada con una chapa atornillada.
Alguien, en algún momento, decidió que aquello no se abriera más y se tomó la molestia de traer un taladro.
Y encima de la boca, en el ladrillo, hay una marca a fuego. Dos iniciales.
A. M.
—Àngela —dije—. Àngela Vidal, mi bisabuela.
—Ya —dijo él, mirando la otra letra sin decir nada.
Delante del horno había una mesa de mármol de tres metros, del mármol veteado que ya no se hace, con una capa de polvo tan gorda que se podía escribir en ella.
Estanterías. Ganchos vacíos en el techo.
Una báscula de latón con el fiel torcido.
Cajas de zinc. Un armario con un cristal roto y dentro, en fila, catorce moldes de flanera con el borde abollado, colocados por tamaño, que es un detalle que me hizo algo en el pecho: alguien los guardó ordenados.
Alguien cerró esta casa pensando en volver.
En un estante bajo, boca abajo, había una peonza de hojalata. Vete tú a saber.
Y sobre la mesa, en el centro exacto, un cazo.
No era un cazo normal. Era un cazo de cobre con un aro de hierro y un asa larga, para colgarlo dentro de otro recipiente, con el fondo perfectamente limpio de fuego directo. Estaba solo en tres metros de mármol como se pone una cosa que se quiere que se encuentre.
Lo cogí. Pesaba.
—¿Esto qué es? —dije.
Teo se acercó. Le dio la vuelta. Miró el fondo, que no tenía ni una marca de llama, y luego el aro.
—Esto va colgado.
—Ya veo que va colgado. ¿Colgado de qué?
—De una olla con agua.
Nos quedamos los dos mirando el cazo en silencio, con el polvo bajando alrededor.
En este pueblo hay dos maneras de hacer merengue y las dos las sé desde los cuatro años.
Se monta en crudo, que es lo que hacen ellos, o se cuece el almíbar aparte y se vierte hirviendo, que es lo que hacemos nosotros.
Punto. Se acabó el mundo conocido. Y llevo veinte años en cocinas profesionales y sé perfectamente para qué sirve un baño maría, pero eso no es lo que estaba mirando: estaba mirando un cazo diseñado para hacer aquí, en este obrador, en mil novecientos veintitantos, una cosa que en Vilamorell no existe.
—¿Esto lo usaba alguien? —pregunté.
—Aquí no —dijo él.
—Aquí, no. Digo si en este pueblo alguna vez...
—Blanca. Aquí hay dos escuelas y una guerra. Si hubiera habido una tercera, lo sabríamos.
Dejé el cazo donde estaba. No sé por qué, pero lo dejé exactamente en el mismo sitio, en el centro.
El altillo se sube por una escalera de hierro que hay que subir de lado. Arriba hay tres metros por cuatro, una ventana pequeña que da a la plaza, una mesa, una silla y un catre.
Un catre. De hierro, con somier de muelles y un colchón enrollado dentro de una funda, atado con una cuerda.
Los dos lo miramos a la vez y los dos nos callamos a la vez, que es la clase de silencio del que luego se ríe la gente en las bodas.
—Para las noches de horno —dijo él, muy práctico, muy panadero, sin mirarme—. Con leña no puedes irte a dormir. Alguien tiene que quedarse.
—Ya.
—Es un catre de trabajo.
—No he dicho nada.
—Lo has pensado en voz muy alta.
Bajé la escalera de lado, que es la única manera, y me di en el codo.
A las once y media la cuadrilla se fue, la alcaldesa se fue después de tres fotos, y el público de la plaza se fue disolviendo con la decepción de quien esperaba muertos.
Nos quedamos los dos solos en la nave, con las puertas abiertas, cada uno con una escoba que no habíamos acordado coger.
Barrimos media hora sin hablar. No es tan raro como suena: barrer juntos es lo más parecido que hay a hablar sin tener que hacerlo.
A media faena, él se fue a por su caja de herramientas y estuvo veinte minutos con la chapa del horno.
Cuatro tornillos. Los cuatro con la cabeza redondeada de puro viejos, tres cedieron y el último no.
Se dejó las manos, probó con dos brocas y acabó dándole un golpe seco con la palma abierta que sonó en toda la nave.
—Mañana traigo la radial.
—¿Y por qué no hoy?
—Porque si lo abro hoy, hoy lo enciendo. Y si lo enciendo hoy sin revisar el tiro, quemo la plaza. —Se limpió las manos en el pantalón—. Las cosas que llevan ochenta años esperando saben esperar un día.
Yo, mientras tanto, había sacado del bolso lo único que llevo siempre encima aunque el resto de mi vida esté en un maletero.
Una espátula de mango de madera con tres roblones, la hoja gastada por el lado izquierdo porque mi madre era zurda y yo no.
Con esa espátula se alisaron cuatro mil tartas de comunión en esta plaza.
La dejé sobre el mármol, en mi mitad, y fue así como aquel obrador dejó de ser un edificio.
Él la miró. No dijo nada de ella, que fue lo mejor que pudo hacer.
Cada uno iba del fondo hacia la puerta y de la puerta hacia el fondo, y cuando nos encontramos en la mitad, con dos montones de polvo idénticos, dije lo que llevaba media hora pensando.
—Hay que repartir esto.
—¿El qué?
—El espacio. —Dejé la escoba—. Escucha, esto va a ser cuatro meses. Yo trabajo de una manera, tú de otra. Yo peso, tú tiras a ojo. Yo necesito una superficie sin nada encima y tú, por lo que estoy viendo, necesitas una superficie con todo encima. Si no repartimos ahora, en dos semanas nos matamos.
Él se apoyó en la escoba y me miró con esa calma suya que a veces parece paciencia y a veces es otra cosa.
—Vale.
—¿Vale?
—Me parece bien. Repartimos. —Señaló la mesa de mármol con la barbilla—. Tú lo del fondo, que tiene mejor luz.
Se lo tuve que agradecer y no lo hice.
Encontré una caja de tizas en el cajón de la báscula, del mismo mil novecientos veintiséis probablemente, duras como piedras. Cogí una. Y allí, delante de él, me puse de rodillas y tracé una línea en el suelo de baldosa hidráulica, de pared a pared, cruzando la nave por la mitad.
Me salió recta. Presumo poquísimo de casi todo, pero esa línea salió recta.
Cuando levanté la vista, él la estaba mirando con las cejas un poco subidas.
—Ochenta años tapiado para esto —dijo.
—¿Perdona?
—Que hemos entrado hoy. Y en dos horas ya hay una frontera.
—Es una línea de trabajo.
—Ya.
—Es organización.
—Blanca —dijo, y se agachó, y me quitó la tiza de la mano. Lo hizo sin tocarme, o casi: el borde de sus dedos, el borde de los míos, el peso de la tiza pasando de una palma a otra. Un cuarto de segundo—. Si es organización, no te importará que la mueva.
Y alargó el brazo y corrió la línea treinta centímetros hacia su lado, con dos trazos y sin levantarse.
—Ahí. Ahora es organización.
Me quedé de rodillas en el suelo de un obrador de mil novecientos veintiséis, con las manos blancas de tiza, discutiendo por treinta centímetros de baldosa con un hombre al que llevaba diecisiete años sin dirigirle la palabra.
Y lo que pensé, muy claramente, fue: esto va a ser un desastre.
Lo que dije fue:
—Mañana a las siete.
—A las seis y media.
—A las siete.
—El horno no entiende de las siete.
—El horno lleva ochenta años cerrado, Roure. Puede esperar media hora más.
Cerramos con dos llaves iguales que nos había dado la notaria. Él echó la suya, yo eché la mía, y nos quedamos un momento en la puerta, los dos con la llave en la mano, sin saber muy bien cómo se despide uno de un socio al que le acaba de pintar una raya en el suelo.
—Hasta mañana, Vidal.
—Hasta mañana.
Cruzó a su acera. Yo crucé a la mía. Y la plaza, que a esa hora ya estaba vacía, se quedó con el obrador en medio, abierto por primera vez en ochenta años y partido en dos como todo lo demás.
Nota de cata. Aire del Obrador Vell, primera apertura desde 1946 (según catastro).
Nota oficial: leña vieja, azúcar caramelizado en pared, fondo animal, salinidad de humedad marina.
Nota real: nada. Ni el polvo, y el polvo hasta se ve.