Capítulo 4
Los Roure, cuando hay que decidir algo, cenamos.
No es que la cena ayude a decidir. Es que así, si la cosa se pone fea, siempre queda la excusa de que estábamos cenando. Llevamos generaciones resolviendo la política familiar con la boca llena y por eso en esta casa nadie se ha divorciado nunca y todo el mundo tiene el colesterol alto.
La noticia, para cuando nos sentamos, tenía ya nueve horas de vida y ochenta versiones.
Yo la había visto crecer desde detrás del mostrador, que es el mejor observatorio del municipio.
A las once, el pueblo sabía que Remei nos había dejado el obrador.
A las doce, que teníamos que hacer un pastel.
A la una y cuarto, una señora me preguntó, muy en serio, si era verdad que la difunta había dejado dicho que nos casáramos.
—No.
—Es que Toneta lo ha contado así.
—Toneta no estaba.
—Toneta nunca está —admitió la señora, y se llevó su barra tan tranquila.
A media mañana habían venido las dos Bernardas, del brazo, a comprar una ensaimada que no se iban a comer, porque lo que venían era a mirarme la cara.
—Chico —dijo la Bernarda Roure—. ¿Es verdad?
—Es verdad.
Se miraron entre ellas. Se dijeron una cosa sin decírsela, con esa telegrafía de ochenta años que tienen, y luego la Bernarda Vidal, que es la más pequeña y la más peligrosa, sacó un monedero.
—Cinco euros a que antes de Reyes.
—Antes de Reyes qué.
—Tú despacha, guapo.
Se fueron. Y sobre las dos, cuando ya estaba bajando la persiana, pasó por delante el coche de Blanca camino de casa de su tía, despacio por el badén, y todo el que estaba en los porches lo miró pasar con esa cara que ponemos aquí, que no es de curiosidad: es de estar tomando nota.
Estaban en mi comedor mi madre, Ona, el tío Quim, la tía Neus, mi primo Marc, la mujer de Marc con el crío, y dos vecinos que no son familia pero que llevan cuarenta años viniendo cuando huele a que va a haber discusión. Fideuá. La hace mi madre en una paellera que pesa más que el crío.
Yo puse la mesa y serví el vino. Es lo que hago cuando sé que voy a ser el tema.
Quim aguantó hasta el segundo plato, cosa que en él es una hazaña de contención.
—Un Roure. En el obrador de los Vidal.
—El obrador no es de los Vidal, tío. Es de nadie desde hace ochenta años.
—Está pegado a su pared.
—Está pegado a las dos paredes. Ese es el chiste.
—El chiste —dijo, y dejó el tenedor de esa manera que tienen los hombres de esta familia de dejar el tenedor, como si depositaran una prueba—.
Mira, el chiste me lo sé. El chiste es que tu abuelo estuvo diecinueve años sin hablarle a su hermana por casarse con quien se casó, y que a tu padre le costó un dineral el asunto del noventa y cuatro, y que aquí hay gente que se ha muerto sin volver a pisar la otra acera.
Y ahora viene la Yaya Remei, que en paz descanse, y os pone a los dos a hacer un pastel.
—Sí.
—¿Y tú qué dices?
—Que hay que ver qué bien lo ha pensado.
Marc se rio con la boca llena. Quim no.
—Te lo voy a decir claro, Teo. Esa chica no viene por Remei.
—Ya lo sé.
—Esa chica viene porque en Madrid se le ha acabado el negocio y aquí hay un obrador con solera y una tele haciendo un reportaje. Te va a usar, va a salir en las revistas, y en marzo se va y te deja con medio horno y toda la cara del pueblo.
—Puede ser.
—¿Puede ser?
—Puede ser, tío. Y aun así lo voy a hacer.
Mi madre, que llevaba toda la cena repartiendo fideuá y silencio, dejó la cuchara de servir.
—Quim.
—Fina, yo lo digo por él.
—Ya sé por quién lo dices. —Se limpió las manos en el delantal, muy despacio—. Remei le cambió los pañales a tu madre. Y a la de la Dolors. Y a ti. Si quería juntar a las dos casas antes de irse, allá ella y su cuenta con Dios, pero en esta mesa no se le va a llamar a eso una encerrona.
Nadie contestó. En esta familia, cuando mi madre se limpia las manos en el delantal, se acabó el punto del día.
Ona aprovechó el hueco como aprovecha ella todos los huecos, es decir, sin pudor ninguno.
—Bueno, pues yo tengo información.
—No —dije.
—Yo tengo información y me quema.
—Ona.
—Estoy en el grupo de la coral —dijo, apoyando los codos en la mesa—. Y en el grupo de la coral está Marisol, que es prima segunda de la Montse Vidal por parte de padre y no tiene ni idea de a quién reenvía las cosas.
—Eso es espiar.
—Eso es la coral.
Mi madre no dijo que no. Mi madre, muy dignamente, se sirvió más vino y se acomodó.
Y así fue como los Roure cenamos también, a través del móvil de mi hermana puesto boca arriba en la mesa entre la ensalada y el pan, la cena de los Vidal.
Los Vidal no cenan: los Vidal se reúnen. Y se mandan audios, que es peor, porque un audio de mi tío Quim solo lo oigo yo y un audio de la Montse Vidal lo acaba oyendo la mitad de la comarca.
El primero duró un minuto cuarenta. Voz de mando, de fondo platos.
«—...y no es que yo tenga nada en contra del chico, que el chico siempre ha sido muy educado, es que aquí lo que se está decidiendo es una imagen.
Blanca, hija, tú vienes de donde vienes y todavía hay gente en Madrid que se acuerda de ti para lo bueno.
Y si te ven ahí, en un obrador, con harina hasta las cejas, al lado de un panadero... »
Ona paró el audio.
—Ay. Perdón.
—Sigue.
—Es que se ha quedado ahí como muy...
—Sigue, Ona.
Le dio otra vez. «...al lado de un panadero, con todo el respeto, pues lo que van a decir es que se te ha acabado.»
Quim soltó una carcajada corta, de las que no son de risa.
—«Con todo el respeto» —repitió—. Toma. Ahí lo tienes. Esa es la casa Vidal en cinco palabras.
Yo me serví agua y no dije nada, porque lo que estaba pensando no era eso.
Lo que estaba pensando era: ¿y ella qué contesta?
Hubo tres audios más de Montse, uno de un primo explicando la palabra «indiviso» a gente que no se lo había preguntado, y un cuarto de una tía diciendo que ella el merengue italiano lo hace desde el setenta y ocho y que se ofrecía voluntaria por si hacía falta supervisar.
—Supervisar —dijo Ona—. Se ofrece a supervisar. En un obrador donde no la van a dejar entrar.
—Aquí todo el mundo se ofrece a supervisar —dijo mi madre—. Es el deporte.
Y luego un mensaje escrito. Uno solo. De Blanca.
«Es a las siete. Traed sillas.»
Nada más. En un grupo con dieciocho audios.
Y a mí me pasó una cosa que no le pienso contar a nadie de los que estaban en esa mesa, y es que me reí.
Solo, hacia dentro, con la cara quieta. Porque diecisiete años después esa mujer sigue contestando a una hora de reproche familiar con siete palabras y un punto final, exactamente igual que a los quince, cuando le dijeron delante de todo el mundo en la plaza que las niñas no se meten en la Guerra y ella contestó «vale» y luego le tiró un merengue a un concejal.
—Esta se lo come vivo —dijo Quim, con admiración muy a su pesar.
—A ver si va a ser al revés —dijo mi madre, mirándome.
Recogí yo la mesa. Se fueron a las doce menos cuarto.
Y entonces, con el comedor vacío y el lavavajillas puesto, me senté un rato en el sitio donde había estado sentado Quim y me quedé pensando en la palabra «usar».
Te va a usar.
Es una palabra que me sienta rarísima en la boca de mi tío, porque en esta casa a mí se me ha enseñado a ser el bueno.
El que fía. El que se queda. El que no cobra.
Llevo tanto tiempo dando cosas que la gente del pueblo ya ni me da las gracias, y eso es exactamente lo que yo quiero, aunque no lo sabía hasta hace poco: si estás en deuda con todo el mundo, nadie te pregunta nunca qué debes tú.
Y yo, una vez, usé el apellido de otra persona para hacerle daño.
Fue en julio. Tenía diecisiete años, me sabía de memoria las cuatro cosas que se dicen de los Vidal en las barras de este pueblo, y las usé. Escribí algo. Fue barato, se tardaba muy poco y funcionó muchísimo. En agosto ya se veía el resultado desde la calle.
No pasa un mes de agosto sin que lo vea, porque el resultado tuvo una persiana bajada durante cuatro semanas y una mujer detrás haciendo cuentas.
Y ahora vas a amasar con su hija. Muy bien, chaval. Vas a amasar con su hija.
Ese es el detalle que Quim no tiene y que yo sí: en toda esta historia, el único que ha usado a alguien de verdad soy yo.
Subí a acostarme a la una y estuve un rato mirando el techo, que es un plan que no falla nunca.
Mientras tanto —y esto lo sé ahora, no lo sabía entonces, y me da una rabia que no os podéis imaginar—, a doce kilómetros de aquí, en la cafetería del hotel de la carretera, que abre hasta tarde y donde no entra nadie de Vilamorell porque el café es carísimo, mi primo Nil Vidal estaba sentado delante de una mujer que había venido de Barcelona esa misma tarde.
La mujer llevaba una carpeta fina y un vaso de agua con gas.
Le explicó a Nil, con muchísima educación, que el Grupo Dulcina respetaba enormemente la tradición local.
Que su oferta seguía en pie. Que ellos no querían enfrentarse a nadie, faltaría más, porque el proyecto solo tenía sentido con el pueblo dentro.
Y le dijo también, ya de pie, poniéndose el abrigo, que la cláusula sexta era una cláusula muy interesante.
Que bastaba con que uno de los dos no llegara.
Nil pagó los cafés. Los pagó él, que es el detalle que más me duele, porque significa que quiso quedar bien.
Yo, a esa hora, estaba mirando el techo y pensando en cómo se empieza una carta.
Borrador n.º 3. «Blanca: tu madre no tuvo la culpa de mi apellido. Yo tampoco. Pero lo usé.»