La guerra del merengue Capítulo 3
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Capítulo 3

La notaría de Berta Casals tiene diez sillas.

Lo sé porque las conté dos veces mientras entraba gente que no cabía. A las diez menos cinco había once personas, a las diez menos dos había diecisiete y a las diez en punto renuncié a contar, que es lo más parecido al pánico que me permito en público.

La ley dice que a la lectura de un testamento van los interesados. En Vilamorell, interesado es todo aquel que se entera.

Nos habíamos repartido la sala sin necesidad de hablarlo: los Vidal a la izquierda de la mesa, los Roure a la derecha, y en el pasillo del medio la puerta, por la que seguía entrando gente de pie.

Mi tía Montse ocupó la silla del centro de nuestro lado con la naturalidad de quien recupera un trono.

A su lado, mi primo Nil, con la corbata que se pone para los sitios donde cree que se decide algo.

Enfrente, la madre de Teo, Fina, muy quieta, con el bolso en el regazo como una urna.

El tío Quim de brazos cruzados. Ona en la pared, de pie, con el móvil boca abajo en la mano, que en ella es una forma de contención heroica.

Y Teo, en la silla más pegada al pasillo, con esa manera suya de sentarse en las sillas ajenas: como si se las hubieran prestado y fuera a devolverlas limpias.

Llegó a las diez menos diez. Lo apunto porque yo llegué a las diez menos veinticinco y me pasé quince minutos preparando lo que le iba a decir, y luego no le dije nada.

Olía a papel y a radiador, o eso decidí yo que olía. A veces relleno las casillas vacías con lo que sé que tiene que haber. Es más barato que explicarlo.

Berta Casals entró a las diez y dos, con una carpeta y sin prisa, y el ruido de la sala se apagó como se apaga el agua cuando cierras el grifo. Se sentó. Se puso las gafas. Miró el aforo por encima de la montura.

—Buenos días. Hay diecinueve personas en una sala de diez sillas. No pienso preguntar por qué.

—Somos familia —dijo Montse.

—Usted es sobrina segunda del marido de la difunta.

—Familia.

—Fascinante —dijo Casals, y abrió la carpeta.

Algo hay que decir de esta mujer: en cuarenta minutos no cambió el tono ni una sola vez.

Leyó la última voluntad de Remei Alzina con la misma inflexión con la que da el parte meteorológico un hombre al que le da igual si llueve.

Y por eso, cuando cayó lo que cayó, cayó tan fuerte. Nadie estaba avisado por la música.

Empezó por lo aburrido. El piso de la calle del Forn, para la parroquia.

Los muebles, para quien los quisiera antes de fin de mes.

Una libreta de ahorros con cuatro mil doscientos euros para la asociación de mujeres, «que sepan gastárselos en algo inútil, que yo nunca supe».

Ahí se rio media sala, del lado que fuera, y noté por primera vez el peligro de la situación: cuando las dos mitades se ríen a la vez, algo se está moviendo.

Después Casals pasó una hoja.

—Cláusula quinta. Del Obrador Vell, sito en la plaza Major, número tres, entre las fincas de las casas Vidal y Roure. Con su horno de leña de mil novecientos veintiséis.

La sala hizo un ruido. No una exclamación: un ruido, como el de una nevera al arrancar.

—Eso está tapiado —dijo Quim.

—Está tapiado y está inscrito —dijo Casals sin levantar la vista—. Las dos cosas se pueden a la vez.

Siguió leyendo. Y aquí es donde tengo que ser precisa, porque llevo un año viviendo de la precisión y porque cada palabra de esas iba a costarme los siguientes cuatro meses de mi vida.

El Obrador Vell, con todo lo que contiene, pasaría a ser propiedad conjunta e indivisa de Blanca Vidal Serra y Teodor Roure Bonet.

Alguien de mi lado dijo «¿qué?» y alguien del suyo dijo «¿cómo?», casi a la vez, y creo que aquello fue la primera vez en cien años que las dos casas dijeron lo mismo en el mismo segundo.

—Con condición —siguió Casals—. Ambos deberán elaborar conjuntamente, a cuatro manos, la Pieza del Centenario para la Guerra del Merengue del año dos mil veintiséis.

Deberá hornearse en el horno de leña del propio Obrador Vell.

Y deberá ser declarada digna por la plaza, a mano alzada, conforme al artículo trece del Bando.

—El Bando no es legal —dijo Nil, muy pagado de sí mismo.

—El Bando no es legal —confirmó Casals—. La condición testamentaria que lo invoca, sí. La difunta podía condicionar su legado a que ustedes bailaran una sardana. Eligió esto.

—¿Y si no? —preguntó Fina, en voz muy baja.

Casals pasó otra hoja. Fue el único momento en el que hizo una pausa, y no creo que fuera casualidad; esa mujer sabe exactamente dónde caen los silencios.

—Cláusula sexta. Si cualquiera de los dos designados renuncia, abandona o incumple, o si la Pieza no llegara a presentarse, la totalidad del legado se venderá al mejor postor, y el importe se destinará íntegramente a fines benéficos fuera del término municipal.

—¿Al mejor postor? —Montse se irguió—. ¿Y quién va a comprar un ladrillo tapiado?

—Ya hay una oferta presentada —dijo Casals—. Del Grupo Dulcina.

Aquello sí fue una exclamación.

Dulcina llevaba dos años rondando la plaza como una gaviota que ha visto un bocadillo.

Talleres de merengue para cruceristas. «Experiencias inmersivas.

» El verano pasado sacaron un vídeo promocional con una modelo tirando merengue a cámara lenta a un chico guapísimo, ninguno de los dos de aquí, con música de anuncio de perfume.

En Vilamorell se vio ese vídeo lo mismo que se ve un accidente.

Miré a Casals. Casals me miró a mí.

Y entonces lo entendí, y el estómago se me puso muy frío.

Remei no nos había dejado nada. Remei nos había armado.

Sabía perfectamente que ni una casa ni la otra, ni yo ni él, ni el pueblo entero, íbamos a permitir que aquello acabara en manos de un fondo de inversión con logo redondo.

Nos había puesto un enemigo común encima de la mesa como quien pone una trampa cebada, y luego se había muerto tranquilísima.

—Es un chantaje —dije en voz alta.

—Es un testamento —dijo Casals—. Se parecen.

Se armó. Quince segundos de ruido: Quim diciendo que aquello no lo firmaba ningún Roure, Montse diciendo que Remei había perdido la cabeza en los últimos años, alguien preguntando si se podía impugnar, Nil explicándole a nadie qué es una cláusula suspensiva.

Casals dejó que se agotara solo, mirando el reloj de pared con paciencia de funcionaria.

Y yo, en medio de aquel gallinero, dije lo que había venido a decir.

—No.

Se hizo un silencio bastante halagador.

—No —repetí—. Me parece muy bonito y no puedo. Yo tengo mi vida en Madrid.

Que es una frase preciosa. Vamos a mirarla despacio.

Mi vida en Madrid, en el momento exacto de decir eso, consistía en: un piso alquilado hasta enero que no podía renovar, dos clientes que me habían dejado de escribir en primavera, una asesoría que me debía nueve mil euros y un abogado que me cobraba por decirme que era difícil cobrarlos.

Consistía también en el vídeo de once segundos, en las tres ofertas que me llegaron después —las tres para hablar del vídeo de once segundos, ninguna para hacer un postre— y en un correo de mi antigua escuela informándome, con muchísimo tacto, de que este año no contaban conmigo para el máster.

Consistía en un almacén con veintidós cajas y en un coche con todo lo demás dentro.

Yo tengo mi vida en Madrid. La había traído entera en el maletero al funeral.

—Muy bien —dijo Casals, y empezó a cerrar la carpeta.

Yo no esperaba eso. Esperaba, no sé, insistencia. Un poco de negociación. Algo.

—Muy bien, ¿ya está?

—Usted es libre. Yo doy fe. —Ajustó los papeles con dos golpecitos en la mesa—. Aunque hay más, y lo más se lo iba a dar solo si aceptaban los dos.

Y ahí, la muy bruja, hizo una pausa de dos segundos exactos.

—El Cuaderno.

En Vilamorell, «el Cuaderno» no necesita apellido.

Es la libreta de tapas negras donde están escritas las recetas del principio, las de antes de la Guerra, las que se hicieron cuando las dos casas todavía eran una cosa que podía sentarse a la misma mesa.

Existe como existen los santos: todo el mundo sabe que está y nadie lo ha visto.

Mi madre lo mencionaba de vez en cuando con un tonito raro.

Yo creía que era mentira de pueblo, como el diente del alcalde.

—¿Lo tenía ella? —dijo Fina.

—Lo tiene esa caja fuerte —dijo Casals, señalando con la barbilla, sin más ceremonia—. Desde el ochenta y nueve.

Y yo pensé varias cosas a la vez, muy deprisa, que es como pienso cuando estoy a punto de hacer algo caro.

Pensé: un obrador de mil novecientos veintiséis con un horno de leña original, en el pueblo del Centenario, es una historia.

Y yo no necesito un trabajo: necesito una historia.

Las historias tapan los vídeos de once segundos.

Es asqueroso y es verdad, y llevo un año viendo cómo funciona el negocio desde el lado de abajo.

Pensé: si digo que no, esto se vende y en agosto habrá aquí una modelo tirando merengue a cámara lenta.

Pensé, y esto no me gustó nada: si digo que no, él tampoco puede hacerlo. Va en pareja. Sale del testamento un poco como salen las cosas del horno de Remei, de dos en dos.

Y pensé en mi madre, que se murió creyendo que yo tenía una carrera.

—Un momento —dije—. ¿Cuatro manos significa las dos casas juntas, en público, todo el pueblo mirando?

—Significa exactamente eso.

—Es una idea espantosa.

—No es mi testamento —dijo Casals.

Miré a Teo Roure por primera vez desde que me había sentado.

Él llevaba veinte minutos callado, cosa rara, con los codos en las rodillas y las manos juntas.

Y me devolvió la mirada con una cara que no supe leer entonces y que he pensado muchísimo después: no era ilusión.

No era rechazo. Era la cara de un hombre al que le acaban de pasar una factura que llevaba tiempo esperando.

—Yo lo hago —dijo.

—Teo —dijo Quim.

—Yo lo hago —repitió, sin mirarlo, y añadió una frase que puso el termómetro de la sala en un sitio muy incómodo—: Remei nos dio de merendar a todos. A todos. Y no está tapiado por culpa suya.

Se hizo un silencio de esos que en Vilamorell se agradecen con años de retraso.

—Acepto —dije.

—Perfecto —dijo Casals, que ya estaba sacando el bolígrafo, porque esa mujer tenía escrito el final desde el principio y solo estaba esperando a que llegáramos—. Firman aquí, aquí y aquí.

Firmamos. Y luego, porque diecinueve personas nos miraban y porque en este pueblo todo tiene que tener su liturgia, nos dimos la mano por encima de la mesa.

Su mano estaba caliente y áspera, con esa piel de horno que no se parece a ninguna otra piel. Apretó exactamente lo que hay que apretar. Yo apreté un poco más.

—Vidal.

—Roure.

Dos segundos. Ni uno más. Fue el apretón de manos más largo de mi vida y no nos soltamos ninguno de los dos primero: nos soltamos a la vez, como se separan dos boxeadores cuando el árbitro se acerca.

—Bueno —dijo Ona desde la pared, en voz alta y con un entusiasmo completamente fuera de lugar—. Pues nada. Enhorabuena a los dos.

Nota de cata. Agua del grifo, notaría de Berta Casals.

Nota oficial: mineralización débil, toque de cloro cortés, final corto.

Nota real: nada. Fría, eso sí. La temperatura la noto. La temperatura y la mano.