La guerra del merengue Capítulo 2
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Capítulo 2

El horno de mi padre se enciende a las cuatro y diez y no se apaga nunca, que es una manera elegante de decir que no sé apagarlo.

A las cuatro y diez estaba yo delante de él, con la camisa del funeral todavía puesta y una masa madre que llevaba dos días esperándome como un perro.

La casa me la sé a oscuras: tres pasos hasta el interruptor que no toco nunca, la palanca del tiro que hay que levantar y bajar dos dedos, el ladrillo de la boca que se desconchó en el noventa y cuatro y que mi padre no cambió nunca porque decía que un horno sin cicatrices no ha dado de comer a nadie.

Le puse el dorso de la muñeca a la puerta. Doscientos veinte, más o menos. Nunca he tenido termómetro. Para eso están los Vidal.

Amasé como se amasa a las cuatro y diez: sin pensar, que es lo único que a esas horas se hace bien.

Hago dos panes de más. Los hago desde hace año y medio.

Mi padre se levantaba a las cinco y bajaba a robar el primero que saliera, con las manos en la espalda y cara de inspector, y yo le decía que se iba a quemar y él decía que quemarse por dentro es peor.

Al principio los dos panes eran un error de cálculo.

Ahora son otra cosa, y prefiero no ponerle nombre a las cinco de la mañana.

Los vendo. Todo se vende. Pero salen igual.

Antes de las cinco bajó mi madre, con la bata de cuadros y el pelo del entierro deshecho, y se apoyó en el marco a mirarme trabajar. Es una de las cosas más antiguas del mundo, mi madre apoyada en ese marco.

—No has dormido.

—He amasado.

—Eso no es dormir, Teo.

—Es parecido. Se sueña de pie.

Cogió un paño para no tener las manos quietas, porque las mujeres de esta casa no saben mirar sin secar algo, y estuvo un rato sin decir nada, que en mi madre es la manera de decir mucho.

—Estaba muy sola —dijo al final—. Remei, digo. Con medio pueblo de ahijados y estaba solísima.

—Tenía sus cosas.

—Tenía sus dos casas peleadas. No es lo mismo. —Dobló el paño en cuatro—. Ya hay que ser burro.

—Ya.

—Digo todos. Nosotros los primeros.

Se llevó el paño consigo al subir, cosa que hace siempre y que nunca le he dicho.

No se lo has dicho. Vale, madre, eso tampoco.

Abrí a las seis y cuarto. Un minuto después entró el pueblo, que aquí es una sola criatura de muchas cabezas y todas quieren pan de payés.

Entró Cinta, de Mas Clarà, con dos bandejas de huevos y frío en las orejas.

—Te traigo los de la Rossa y la Neus. La Neus está de bajón, te lo aviso, así que no me culpes si te sale la yema pálida.

—A la Neus le pasa como a mí en noviembre.

—A la Neus le pasa que tiene siete años y ninguna intención de disimularlo.

Casqué uno allí mismo, en un vaso, porque es lo que hago siempre y porque a Cinta le gusta que lo haga.

Yema de octubre, naranja de anochecer, con ese gusto de hierba pasada y de frío que tienen los huevos cuando las gallinas empiezan a entender que se acaba el año.

Los de agosto saben a verano, más planos, más presumidos.

Estos saben a que hay que ir preparándose.

—Buenos —dije.

—Ya lo sé —dijo ella, y se fue tan contenta, porque en Mas Clarà los cumplidos se cobran en efectivo emocional.

En la trastienda, el barreño seguía donde lo dejé la última vez que llovió fuerte. Tres goteras, dos tejas menos que en primavera y un presupuesto en un cajón que no pienso abrir hasta que no me quede más remedio.

Entró Quim, mi tío, que a esa hora ya lleva dos cafés y ninguna paciencia. Cogió un cortado de la máquina como si el bar fuera suyo, cosa que en cierto modo es, y se plantó en la esquina de siempre a supervisar el género y la moral del establecimiento.

Entró Paco el del taller, que me debe cuarenta y dos euros desde marzo y que cada mañana me pregunta cuánto es como si no lo supiéramos los dos.

—Nada, Paco.

—Algo será.

—Un pan y una madalena. La semana que viene si eso.

—Que sí, hombre, que sí.

Nunca hay semana que viene. Es un acuerdo tácito, como el de los toldos.

Entró la señora Enca a contarme, con lujo de detalle, que en el funeral se le había acercado «la niña de la Dolors, la de la tele», y que qué delgada, y que qué pena, y que ella se lo había dicho con mucho tacto.

—Seguro que sí —dije, y le corté el hilo con la máquina de café, que hace un ruido providencial.

Es la única técnica que tengo para las conversaciones que no quiero tener: hacer ruido y dar de comer. Da un resultado excelente y una vida bastante rara.

Apareció Ona a media mañana con el móvil en la mano y esa cara suya de haber visto algo.

—Buenos días, señor mártir. ¿Sabes que hay gente que duerme?

—Hay de todo.

—Hay ochocientas visualizaciones en el vídeo de las pastas del velatorio, o sea que el luto va estupendamente. —Se colgó del mostrador—. Oye. ¿Tú sabías que la notaria los ha citado a los dos?

Estaba yo poniendo panes en la balda. Puse dos más.

—Me lo dijo ayer.

—¡Y no me dices nada!

—Te lo estoy diciendo.

—Me lo estás confirmando, que es lo que hace la gente cuando ya no puede negarlo. —Se metió un trocito de coca en la boca—. Qué fuerte. Qué fuerte, Teo. Remei ha montado algo.

—Remei está muerta.

—Por eso. Los muertos son los únicos que pueden montar algo aquí sin que les monten un pollo.

Mi hermana tiene veintisiete años y una capacidad de lectura del pueblo que da miedo. Si en vez de en Vilamorell hubiera nacido en cualquier otro sitio, ahora estaría dirigiendo algo grande. En vez de eso lleva las redes del Forn y sabe quién se ha peleado con quién antes que los interesados.

Quim habló desde su esquina, sin volverse.

—Con una Vidal, ni a la sombra.

—Tío.

—Ni a la sombra, digo. Y menos con esa. —Sopló el cortado—. Que aquí la última vez que un Roure le abrió la puerta a una Vidal se acabó el pueblo tal y como lo conocíamos.

—Eso fue en el veintiséis.

—Y aquí seguimos, ¿no?

Es lo que tiene esta guerra: nadie recuerda por qué empezó y todo el mundo recuerda perfectamente de qué lado está.

Yo llevo toda la vida aguantando la doctrina cruda con una sonrisa, sirviendo napolitanas a hombres que dicen «esa gente» a doscientos metros de la casa de esa gente, y hasta hace poco me parecía folclore.

Chistes de barra. El Bando enmarcado en el ayuntamiento como un chiste largo de cien años.

Todo eso se lleva bien hasta que un año, en agosto, deja de ser un chiste.

Lo sabes desde julio. Desde julio de hace diecisiete años, listo.

Cerré la balda de golpe y me hice daño en el pulgar, lo cual fue, en su medida, justicia.

Bajó la mañana. Es un momento del día que me gusta mucho: el pueblo ya ha comido, la plaza se queda con dos o tres jubilados y el sol de octubre pega en los porches con una tibieza de convaleciente.

Salí a bajar el toldo y por eso la vi.

Blanca Vidal estaba parada delante del Obrador Vell, en la esquina de en medio, con las manos en los bolsillos de un abrigo demasiado bueno para esta calle, mirando la puerta tapiada como quien lee una lápida.

Aquello lleva cerrado desde antes de que naciéramos.

Ladrillo visto, cemento mal dado, dos maderos en aspa y una capa de carteles de fiestas que se han ido comiendo unos a otros hasta hacer un fósil de papel: la Merengada del 09, un circo, una lista electoral, un veterinario.

En Vilamorell hasta las ruinas están estratificadas.

Lo que hizo fue esto: levantó una mano y le pasó los dedos por el ladrillo. No como se toca una cosa vieja. Como se toca una masa para saber cómo va.

Me quedé quieto con el enganche del toldo en la mano.

Han pasado diecisiete años y tiene la misma manera de estar delante de las cosas: como si les estuviera pidiendo cuentas.

—Está cerrado —dije, porque a veces soy imbécil.

Se giró despacio, con calma de tasadora.

—¿Ah, sí? Con esta señalización tan sutil.

—Lo digo por si te ilusionabas.

—Descuida. Es la casa de mi abuela, esa ilusión la tengo ya bastante trabajada.

—También es la de la mía.

—Ese es justo el problema del pueblo, Roure. Que todo es de dos.

Ahí hubo un silencio de tres segundos en el que ninguno de los dos se marchó, que es la clase de silencio que en este pueblo se paga cara.

Miró por encima de mi hombro el escaparate del Forn, el toldo a medio bajar, la pintura de la puerta.

—Tenéis el toldo hecho un asco.

—Lo tenemos con historia.

—Lo tenéis con moho.

—Es un moho histórico. Del ochenta y siete.

Y entonces le pasó una cosa por la cara. Un cuarto de segundo, no más, y a mí me dio tiempo a verlo: la boca se le movió un milímetro hacia el sitio donde antes tenía la risa. Lo apagó enseguida, con una eficacia impresionante, como quien apaga una vela con dos dedos mojados.

Pero yo estuve allí. Yo la vi apagarla.

—Mañana a las diez —dijo, y ya se iba.

—A las diez.

—No llegues tarde, que la notaria me da miedo.

—Es la única persona de Vilamorell que no le tiene miedo a nadie. Por eso da miedo.

Cruzó la plaza en diagonal, por el medio, que es por donde no cruza nadie aquí, y no volvió la cabeza.

Volví adentro. Serví dos cafés y un donut. Le fié un cuarto de kilo de coca a un hombre que no me lo va a pagar. Le dije a Ona que no, tres veces, que no íbamos a subir nada del funeral a Instagram.

Y cuando cerré, a las dos y media, me senté en el escalón de atrás, donde da el sol y no me ve nadie, con la libreta esa que tengo desde hace demasiados años.

La abrí por donde tenía que abrirla.

Cuarenta y seis intentos de decir la verdad, todos con la fecha puesta, todos sin mandar. Cuarenta y seis maneras de empezar una carta que se termina siempre en el mismo sitio.

Mañana a las diez voy a sentarme en una sala con ella y con media familia mía y media suya, y hay una posibilidad muy real de que la muerta nos ate a los dos a algo.

Pasé la página. Escribí la fecha. Escribí «Blanca».

Y ahí me quedé, con el sol dándome en la nuca, hasta que se enfrió el café.

Borrador n.º 47. Fecha puesta. Una palabra escrita. El resto, en blanco, como los cuarenta y seis anteriores.