La guerra del merengue Capítulo 1
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La guerra del merengue

La guerra del merengue

Por L. Ferrer

© inepub.com

Capítulo 1

Llegué al funeral de la Yaya Remei con seis horas y media de peajes en el cuerpo y un vestido negro que me había puesto en los lavabos de una gasolinera de Fraga, entre el expositor de gominolas y la máquina de café, que es el dato más triste que pienso concederle a este mes.

Las gafas de sol no engañaban a nadie. Aparqué donde no se debía, porque en Vilamorell aparcar bien es de forasteros, y me quedé un minuto dentro del coche mirando la puerta de la iglesia como se mira una báscula: sabiendo el número antes de subirse.

Fuera caía esa llovizna de octubre que no moja, solo insiste.

En Madrid ya no me esperaba nadie, pero eso el pueblo no tenía por qué saberlo. Una reputación es como un hojaldre: se sostiene mientras nadie la toca.

Existe un vídeo de once segundos en el que yo, con chaquetilla blanca y el pelo impecable, sirvo un postre a un jurado y sonrío a cámara. Solo eso. Once segundos. Los he visto más veces que nadie en este país, y mira que compito con dos millones de personas.

Dentro, la iglesia estaba partida en dos mitades, como todo en este pueblo. Incluida yo.

A la izquierda del pasillo, los Roure y los suyos: los Crudos, lana gorda, manos grandes, esa manera de ocupar un banco como si el banco tuviera suerte.

A la derecha, los míos: los Cocidos, abrigos bien cortados, espaldas rectas, el luto planchado con la raya donde toca.

En medio, el ataúd de Remei, en el único metro cuadrado del municipio que no es de nadie.

Hasta muerta le habían dejado la neutralidad.

Conté los bancos: catorce por lado. Conté las coronas: dos, idénticas, flanqueando el ataúd y compitiendo en diámetro, cada una con su cinta.

«Tus ahijados crudos, que no te olvidan.

» «Tus ahijados cocidos, que tampoco.» Remei se habría reído con esa risa suya de olla a media presión.

Conté también eso: una risa que ya no está.

Contar es lo que hago cuando no quiero sentir. Sale más barato que el lorazepam y deja conducir.

En el centro exacto del pasillo, en un banco que la parroquia no le asigna a nadie desde hace décadas, estaban las dos Bernardas: Bernarda Roure y Bernarda Vidal, ochenta y pico años cada una, cogidas del brazo desde 1962.

El pueblo decidió en su día que aquello era un milagro menor, como una virgen que llora, y las dejó en paz.

Son la única frontera abierta de Vilamorell y lo saben, y por eso se sientan ahí, en mitad de todo, con la paciencia de las aduanas.

Era, me di cuenta al sentarme, el primer entierro en cien años con las dos casas bajo el mismo techo.

A los entierros, aquí, se va por bando; es de las pocas liturgias que la Guerra respeta, si respetar es la palabra.

Al de mi madre no vino ningún Roure. Entonces lo agradecí, con esa gratitud sucia de quien no quiere testigos. Ahora ya no sé.

—Aquí —dijo mi tía Montse, y me cogió del brazo con esos dedos suyos de pesar masa sin báscula, colocándome en el segundo banco Vidal como se coloca una pieza en una vitrina: mirando al frente y sin tocar el cristal—. Y ni se te ocurra darles el pésame a ellos.

—Tía, es un funeral.

—Exacto.

Noté las miradas antes que los cuchicheos, que es el orden natural de las cosas. Una adolescente me hizo una foto sin ningún disimulo, el móvil en alto, y pensé que ojalá saliera con la dignidad puesta. En el último año he salido con cosas peores.

—La de la sal —dijo alguien dos bancos más atrás, bajito, con esa educación de pueblo que consiste en escupir en voz baja.

Me coloqué bien las gafas. Cuarenta y dos por ciento de las personas de esta iglesia me habían visto llorar por la tele sin saber por qué lloraba de verdad. Es un dato inventado. Los datos inventados también consuelan, si los redondeas bien.

Don Àngel sorteó la palabra «merengue» durante cuarenta minutos con pericia de artificiero.

Habló de «la repostería en general», de «las dulces obras de Remei», de «los frutos del horno compartido», y las dos mitades de la iglesia fueron asintiendo a mitades distintas de cada frase, como un público que solo se sabe sus estrofas del himno.

Cuando dijo «compartido» se oyó una tos a la izquierda y otra a la derecha, simétricas, y las Bernardas se rieron sin ruido, con los hombros.

Mi tía aprovechó el ofertorio para hacerme inventario al oído: quién había preguntado por mí (todas), quién se alegraba de verme (ninguna, según ella, que en esto gasta un pesimismo higiénico) y cuánto hacía que los Roure no cambiaban el toldo.

—Fíjate en ese toldo, Blanca —murmuró, como quien señala una lección—. Así les va.

Lo vi al levantarnos para el salmo.

A Teo Roure se le ve por partes, que es como se ven las cosas que pueden contigo.

Primero las manos, apoyadas en el respaldo del banco de delante: manos de sacar cosas del fuego sin manopla, con las quemaduras ordenadas como los anillos de un árbol.

Luego la espalda, dentro de una americana que fue de su padre y que le pedía perdón en los hombros.

Luego el gesto, esa manera de estar en los sitios como si acabara de traer algo, porque siempre acaba de traer algo: en la mesa del fondo había tres bandejas de pastas del Forn Roure y media bancada cocida las estaba comiendo con disimulo, que es la única traición que este pueblo perdona: la del duelo con hambre.

Y luego me miró.

Diecisiete años no caben en ningún sitio, así que los metimos en un segundo y medio. Aparté la vista primero. Perdí. Llevaba diecisiete años perdiendo esa mirada por incomparecencia; al menos ahora perdía en persona.

Volví a contar. Catorce bancos. Dos coronas. Una risa que ya no está.

Del banco salía un olor a cera y a flor mojada que no me llegaba, pero eso lo supe por memoria, no por nariz.

Intenté hacer lo que hace todo el mundo en los funerales: convocar a la muerta.

Remei nos dejaba a todos los críos del pueblo, crudos y cocidos revueltos, lamer las varillas en su cocina de la calle del Forn, con una única norma dicha con el cucharón en alto: dentro de esta casa no hay bandos, hay merienda. Su obrador olía a...

Busqué en el archivo y encontré la ficha en blanco.

Hace dos años que no sé a qué sabe ni a qué huele casi nada.

Lo digo deprisa, en una frase, porque llevo dos años sin decirla en voz alta.

Y esto es lo que nadie te cuenta de perder el olfato: que a los muertos los pierdes dos veces.

La segunda, en silencio y sin esquela. Sé que la cocina de Remei olía a azúcar tostado y a leña porque me pasé la infancia respirándola; tengo los ingredientes, podría escribir la fórmula.

Lo que no puedo es abrir el bote. Podría reconstruir aquella cocina en un obrador cualquiera, gramo a gramo y con los ojos cerrados. Me saldría exacta. No olería a nada.

Me quedé con la palabra «vainilla» en la mano como quien conserva la entrada de un concierto que ya ha sido.

El resto de la misa lo pasé de pie y de rodillas cuando tocaba, que para eso el protocolo es una técnica y las técnicas se me dan bien.

Al salir, la llovizna seguía en lo suyo.

El ataúd cruzó la plaza a hombros de seis —tres de cada casa, milimetrado, la notaria después me contaría quién midió eso— y el pueblo entero detrás, en dos columnas que no se mezclaban ni en las esquinas.

El pésame, en el salón parroquial, tiene coreografía: dos besos, una mano en el antebrazo, una frase de la lista. «Era muy buena.» «Ya descansa.» «Estás más delgada, ¿comes?»

—Como —dije. Técnicamente es cierto. Tragar también es comer.

La señora Enca me retuvo la mano entre las suyas, que son dos madalenas calientes.

—Yo te vi por la tele, maja.

—Ya.

—Salías muy favorecida.

Hay pueblos que te clavan el cuchillo. El mío te lo unta antes.

Fui esquivando bandejas por el salón con oficio de camarera antigua. Las pastas enemigas iban cayendo; quedaba ya sobre todo el rastro: papelillos rizados, azúcar en la solapa de dos concejales, un cocido de mi propia sangre chupándose el pulgar contra la pared con cara de coartada.

Una cría alta con moño de obrador me plantó delante la última bandeja.

—Quedan dos. Y de enemigas no tienen nada, que las he hecho yo.

La reconocí por los ojos: Ona Roure. La última vez que la vi llevaba flotador. Cogí una pasta, porque rechazarla habría sido política y comérmela también, y entre dos actos de guerra siempre elijo el que lleva mantequilla.

—Gracias.

—Lo siento mucho, ¿eh? —dijo, y bajó la voz—. Lo de Remei. Y lo otro. Lo otro fue muy injusto.

Se fue antes de que yo decidiera qué cara poner. Los Roure hacen eso: te desarman por las buenas, que es la peor de las artillerías.

Alguien me puso un café en la mano porque en los duelos de aquí las manos vacías ofenden.

El vaso quemaba lo justo y pesaba lo que pesa un café solo. Eso es todo lo que puedo deciros de él.

—Está bueno —dije.

Llevo dos años diciendo «está bueno» con fluidez de nativa.

La notaria me encontró junto a la mesa de las bandejas vacías, que era, bien mirado, el único territorio libre que quedaba en el salón.

—Blanca Vidal.

No lo preguntó: lo verificó, como quien coteja un DNI. Berta Casals llevaba una rebeca del color exacto de un trámite y la expresión de quien ha enterrado a media comarca sin cambiar de cara.

—Soy yo.

—Mañana, a las diez, en la notaría. Testamento de Remei Alzina.

—Yo no soy familia.

—Usted venga. Los dos.

—¿Los dos quiénes? —pregunté, sabiendo la respuesta con una exactitud que no me gustó nada.

Casals no contestó, porque los trámites no contestan: notifican.

La vi cruzar el salón en diagonal, sin prisa, como una sentencia con rebeca, hasta la otra punta, donde Teo Roure recogía bandejas ajenas porque hay gente que no sabe estar quieta ni en los entierros.

Le dijo cuatro palabras. Le vi dejar la bandeja.

Levantó la vista por encima de la cabeza de la notaria y me encontró ya mirándolo.

Esta vez no aparté los ojos. Hay derrotas que una ya no se puede permitir.

Fuera, la llovizna había cumplido y se marchaba.

Me quedé un momento en la puerta del salón parroquial, entre las dos columnas de paraguas que volvían a sus mitades del pueblo, y pensé que Remei era la única persona capaz de juntar a las dos casas bajo un mismo techo, y que acababa de hacerlo dos veces en un día: una en su funeral y otra, por lo visto, mañana a las diez.

Debería haberme dado miedo entonces. Pero yo venía de perderlo casi todo, y esa es la ventaja sucia de la ruina: afina muchísimo el oído y ya no le tiene miedo a los notarios.

A lo que había que tenerle miedo, claro, era a lo otro.

Nota de cata. Café del velatorio de Remei Alzina (†).

Nota oficial: torrefacto de bar de pueblo, amargor honesto, cuerpo de puchero, final largo de resignación.

Nota real: nada. Nada con textura de nada.