Capítulo 9
Yo he trabajado con cámaras. Conviene saberlo antes, porque lo que viene parece lo contrario.
He hecho televisión, he hecho publicidad, he estado ocho horas seguidas montando la misma tartaleta cuarenta veces para un anuncio de mantequilla y sé perfectamente qué es un plano recurso, qué es un raccord y por qué el operador te odia si te mueves.
Cuando llegó el equipo el martes a las ocho de la mañana yo era, con muchísima diferencia, la persona más preparada de aquel obrador.
Duré hasta las diez y veinte.
Empezaron por «desnudar la nave», que es como llamó Júlia a quitar de la vista todo lo que no fuera de mil novecientos veintiséis. Fuera la batidora. Fuera mi báscula digital. Fuera las cajas de plástico. Un chico con una gorra vino a preguntarme muy educadamente si «lo de la tiza» se podía borrar.
—No.
—Es que se ve mucho.
—No.
Miró a Júlia. Júlia miró la línea de tiza del suelo, cruzando el obrador de pared a pared, y luego nos miró a nosotros dos, y yo vi cómo aquella mujer hacía en tiempo real el trabajo por el que le pagan.
—Se queda —dijo—. Se queda y la vamos a rodar desde arriba.
Y así fue como mi organización interna se convirtió en el primer plano del capítulo uno.
A las nueve y media montaron el dron.
Le pregunté a Júlia si era necesario un dron dentro de un edificio de siete metros de ancho. Me dijo que era un dron pequeño, muy silencioso, y que solo iba a hacer una pasada desde el horno hasta la puerta.
El dron era, efectivamente, pequeño. Era silencioso como es silenciosa una batidora de mano en una iglesia. Y mueve aire. Eso es lo que nadie te dice de los drones: que son ventiladores con cámara.
Nosotros teníamos, en ese momento, sobre la mesa de mármol, un bol con doce claras montadas a punto de nieve que Teo había levantado a mano, con varillas, en once minutos, para el plano en el que él levanta claras a mano con varillas.
La primera pasada del dron le dio al merengue de refilón.
He visto pocas cosas más humillantes para un producto de repostería.
El merengue no salió volando: se onduló.
Se le puso la superficie como el mar cuando pasa una lancha, y luego, cuando el dron pasó por segunda vez porque no había quedado bien la primera, se levantó una lengua de clara montada y aterrizó en la lente.
—¡Corta! ¡Corta!
—Ya está cortado.
—Está en el objetivo.
—Está en todo —dijo el chico de la gorra.
Teo se quedó mirando su bol arruinado con la cara de un hombre que acaba de ver cómo un aparato de trescientos euros le escupe encima once minutos de brazo.
—Once minutos —dijo, en voz baja.
—¿Los repites? —preguntó Júlia.
—Los repito.
Y los repitió. Cuatro veces. Cuatro. La última salió a las once y cuarto y para entonces él ya no hablaba con nadie, y yo, que llevaba una semana pensando que ese hombre tenía una paciencia sobrenatural, descubrí que no: que lo que tiene es una manera muy silenciosa de estar hasta las narices.
Después vinieron las repeticiones.
—Blanca, ¿puedes volver a entrar por la puerta?
—Acabo de entrar.
—Sí, pero has entrado mirando al suelo.
—Es que estaba mirando al suelo.
—Entra mirando al horno.
—¿Por qué voy a mirar al horno si vengo de la calle?
—Porque el horno es el protagonista.
Entré siete veces por la puerta de mi propio obrador. Siete. A la quinta, un señor que pasaba por la plaza me preguntó si me había dejado las llaves dentro.
Y luego, sobre las doce, llegó la parte de verdad.
—Vale —dijo Júlia—. Ahora una cosa muy sencilla. Los dos, en la mesa, uno enfrente del otro. Como si estuvierais discutiendo la receta.
Nos pusimos.
—Perfecto. Ahora habladlo.
—¿El qué?
—Lo que sea. La receta. No se oye, es plano general.
Empezamos a hablar de la Pieza, que era, además, la conversación que teníamos pendiente de verdad, y a los treinta segundos ya estábamos discutiendo de verdad, porque él quería una base de merengue seco y yo quería estructura, y ahí Júlia dijo desde detrás de la cámara:
—Muy bien. Muy bien. Pero miraos con menos odio.
Los dos nos giramos a la vez.
—¿Perdona? —dije.
—Que os miréis con menos odio.
—Es que estamos trabajando.
—Ya, pero para el que lo ve desde su casa, esto es un juicio.
—Es que fue un juicio —dijo Teo, sin levantar la voz—. Nos hemos conocido hace tres semanas otra vez.
Júlia bajó la cámara y se acercó a la mesa, y aquí es donde esa mujer se ganó, muy a mi pesar, mi respeto profesional.
—Vale. Os lo digo claro y así no perdemos la mañana.
—Se apoyó en el mármol—. A mí me da igual que os llevéis mal.
Es más: si os lleváis mal, mejor, porque eso es historia.
Lo que no puedo montar es a dos personas evitándose.
Evitarse no se ve. En pantalla, dos personas que se evitan no parecen enemigos: parecen dos desconocidos en un ascensor. Y con eso yo no tengo nada.
—¿Y qué quieres? —pregunté.
—Que os miréis. Aunque sea mal.
Se hizo un silencio incomodísimo.
—Ponte aquí —le dijo a Teo, señalando un sitio a mi derecha—. Ella va a pesar. Tú te pones detrás a mirar cómo pesa, que es lo que harías igualmente, porque no te fías.
—No me fío —admitió él.
—Pues eso.
Y así estuvimos veinte minutos. Yo pesando azúcar en una balanza de latón de mil novecientos veintiséis, que no pesa nada bien, y él de pie detrás de mi hombro derecho, a esa distancia en la que no te tocan pero sabes exactamente dónde están.
A los dos metros hay una persona. A los treinta centímetros hay un cuerpo. Es una distinción de la que yo no era consciente hasta esa mañana y que llevo desde entonces sin poder desactivar.
Él no dijo nada durante mucho rato. Y luego, muy bajo, casi sin mover la boca, con la cámara a cuatro metros:
—Estás pesando con la balanza torcida.
—Ya sé que está torcida. La he compensado.
—¿Cómo la vas a compensar?
—Sesenta y dos gramos de sesgo. Lo he medido esta mañana con las pesas.
Silencio.
—¿Has calibrado una balanza de mil novecientos veintiséis a las siete de la mañana? —dijo.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque estaba torcida.
Y entonces pasó lo que pasó, y voy a intentar contarlo con la máxima honestidad de la que soy capaz, que a estas alturas ya no es mucha.
Él se rio. Por la nariz, cortito, un bufido, la clase de risa que se le escapa a alguien que no la ha autorizado. Y dijo, hacia la balanza, no hacia mí:
—Estás fatal.
Y yo me reí también.
Y no fue una risa de las mías, que las tengo muy medidas y muy cortas.
Fue una risa fea, de las de agacharse un poco, con la mano en el borde de la mesa, y le contesté «lo dice el que lleva once minutos batiendo doce claras con un tenedor de tres euros» y él dijo «era una varilla» y yo dije «era una lástima» y él se rio otra vez y en algún momento de todo eso levanté la cabeza y me lo encontré mirándome.
No era una mirada de nada en particular. Ese es el problema. Si hubiera sido una mirada de algo, yo la habría sabido colocar. Era la cara de un hombre que se está acordando de algo bueno y no lo está pasando bien con el recuerdo.
Duró lo que dura eso. Dos segundos, tres.
Yo cogí la cuchara y volví al azúcar.
—Ciento veinte —dije—. Falta.
—Falta —dijo él.
Y a cuatro metros, en silencio, sin luz roja, sin trípode y sin que ninguno de los dos lo mirara ni una sola vez, había un chico con una gorra con la cámara al hombro.
El equipo se fue a las cuatro. Recogimos hasta las seis. Cerramos con dos llaves.
El clip se publicó el jueves a las siete y media de la tarde.
Cincuenta y un segundos. Sin diálogo, con música. La línea de tiza vista desde arriba. Las manos de él con las varillas. Mis manos con las pesas. El horno. El polvo, que efectivamente se ve muy bien.
Y al final, cuatro segundos: yo riéndome agachada sobre la mesa, y él mirándome.
Debajo, un rótulo: Cien años de merengue. Una guerra. Dos casas. Una receta. Estreno en febrero.
A las ocho menos cuarto me llamó mi tía Montse.
A las ocho me escribió una amiga de Madrid que llevaba catorce meses sin escribirme, para decirme «QUÉ ES ESTO» en mayúsculas.
A las ocho y diez, Ona Roure me mandó una captura del vídeo con doscientos treinta comentarios y un mensaje que decía: «Yo lo aprobé. Lo siento. Estaba muy bien montado.»
Los leí. Los leí todos, que es exactamente lo que no hay que hacer.
Había gente de fuera preguntando dónde estaba eso y si se podía visitar. Había una señora de Albacete diciendo que su abuela hacía merengue así. Había cuatro personas discutiendo, muy en serio y con datos, sobre si el francés o el italiano, y una de ellas era de Cuenca.
Y había, entre medias, un comentario con noventa y siete me gusta que decía: «el señor del pan mirándola como quien mira llover después de tres años de sequía».
Ochenta y una respuestas. Una de ellas de Ona, con tres emojis, que es una traición doméstica que pienso cobrarle durante años.
A las nueve y media bajé al bar de la plaza a por una cerveza porque en casa de mi tía no se puede respirar, y cuando entré se hizo un silencio de tres segundos y luego siguieron hablando todos a la vez, demasiado alto.
La Bernarda Vidal, desde la mesa del fondo, levantó su vaso y dijo:
—¡La banca sube a diez euros!
Y su Bernarda le dio un codazo, y las dos se rieron como dos crías.
Yo me llevé la cerveza a casa. Me la bebí en el balcón, mirando la plaza vacía y el obrador cerrado en medio, con las dos casas a los lados.
En el vídeo yo salía bien. Esa es la verdad incómoda y por eso lo vi cuatro veces.
Salía trabajando, en un obrador precioso, con las manos limpias y la cara de alguien que sabe lo que hace. Después de dieciocho meses de salir en el móvil de la gente exactamente de la otra manera.
Y salía riéndome.
Aquello era, técnicamente, lo mejor que me había pasado profesionalmente en año y medio.
Y me pasé la noche entera con el corazón raro, porque hay una cosa que no se le puede explicar a nadie: que a mí, ese jueves, no me molestó que me grabaran riéndome.
Me molestó no haberme dado cuenta de que me estaba riendo.
Nota de cata. Estrella Damm, terraza del Bar Nou, jueves, 21:40.
Nota oficial: amargor de lúpulo cortés, burbuja fina, final limpio.
Nota real: fría. Muy fría. El vaso sudaba y yo llevaba el dedo por el cristal haciendo rayas como una imbécil.
Nota añadida a las 23:15: lo he visto cuatro veces. Cuatro. Y a la cuarta ya no estaba mirándome a mí.