La guerra de Pandora (Protocolo Singularidad 3) 47 La caída del agua negra
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47 La caída del agua negra

LA CAÍDA DEL AGUA NEGRA

MAR AMARILLO, CRUCERO DE BATALLA CLASE PERCUTOR MASTODON

Ariul

Izquierda. Derecha. Arriba. Abajo. Frío. Caliente. Antes. Después.

Era imposible distinguir la diferencia. Todo se solapaba, estaba mal, dolía; un caos de recuerdos y sentimientos imposible de desenmarañar.

Makoto Shimao abrió los ojos, donde formas indistintas bailaban como sombras. Tenía la vista nublada, y tratar de distinguir algo se había vuelto doloroso. Se sentía tan cansado, tan asustado. Cerró los ojos y esperó hundirse en el olvido.

Deseo no concedido.

Una voz. Recordaba una voz femenina, profunda y autoritaria; le invadió el miedo. Le había hecho una infinidad de preguntas, y no se había quedado satisfecha con ninguna de sus respuestas. ¿Cómo se llamaba? Le era imposible recordarlo. Con solo pensar en ella se le ponía la piel de gallina.

Una presencia resonó a su lado, con pisadas fuertes.

—Deberíamos deshacernos de él.

La voz masculina era un ruido sordo y grave, áspera y llena de desprecio.

Tras un momento de silencio, una voz femenina le respondió. Esta era rápida y más incisiva que la primera.

—Deberíamos esperar a la Gran Madre.

Makoto ahogó un grito. La Gran Madre. Ahora lo recordaba. Ese era su nombre.

—Ya no nos sirve de nada. Acabemos con él.

—No deberíamos precipitarnos antes de…

Perdió el hilo de la conversación. Cada vez le resultaba cada vez más difícil concentrarse en aquellas palabras. Doblegaban su mente hasta el punto de causarle dolor. No quería más dolor. Solo quería que todo terminara.

Su consciencia flotaba en una especie de limbo extraño. Oía voces a lo lejos, pero no les prestaba atención. Se contentaba con flotar, esperando a que pasara el dolor.

Entonces algo tiró de él, y se sintió arrastrado hacia las voces, hacia la consciencia.

—Ya ha despertado, Arquetipo.

A Makoto se le aceleró el corazón. Arquetipo. También se referían a ella con ese nombre.

—Ahhh.

Una mano fría le acarició la mejilla, y él se estremeció.

—Makoto Shimao es un mentiroso lamentable.

Era ella. Había vuelto, para hacerle daño otra vez.

Se dijeron algunas palabras, pero Makoto estaba demasiado asustado como para preocuparse. Solo cuando ella le apretó el brazo volvió a la realidad.

—Eso… eso es imposible —decía la voz masculina, cargada de sorpresa.

—Es muy posible, Goliath. Es la chica, no él. Debería haberme dado cuenta antes.

Nadie habló durante un largo rato; luego el hombre llamado Goliath dijo:

—¿Qué deberíamos hacer con…?

Un sonido penetrante y repetitivo lo interrumpió, seguido de una explosión. El suelo tembló bajo sus pies, y el estruendo de varios contra el suelo hizo que le retumbara la cabeza.

Algo le golpeó el hombro con fuerza y gritó. Las voces hablaban superponiéndose, y él solo alcanzaba a captar fragmentos y frases: «Tres grupos», «Mastodon», «en el puente», «dirigiéndose hacia nosotros».

Makoto se tambaleaba entre la consciencia y la inconsciencia, hasta que algo le despertó de golpe.

—Tenemos que irnos. ¡Ahora! —Era una voz femenina. Sonaba urgente.

—¡Prefiero morir antes que dejarles el control de mi nave!

—No quieren el control. Quieren hundir la nave. ¡¿Quieres estar aquí cuando eso ocurra?!

Se oyó un estruendo que sonó como una rápida ráfaga. Disparos. Alguien estaba disparando cerca de allí.

El suelo tembló de nuevo, y la nave crujió bajo la tensión.

Las voces dejaron de oírse.

Tras lo que pareció una eternidad, oyó unos pasos que se acercaban.

—¡Lo encontré! —gritó una voz desconocida—. ¡Mierda! El chico está herido. Necesita un médico.

Se oyeron más pasos, luego algo le pinchó el cuello. Un pinchazo agudo, pero breve. Una oleada de calor recorrió su cuerpo y todos sus músculos se relajaron.

El sonido de las interferencias de la radio invadía el espacio.

—¿Grifo Uno? Aquí Jaguar Tres. Hemos encontrado el paquete. ¿Me recibes?

—Te recibo, Jaguar Tres. ¿Cuál es tu posición?

—Lado de estribor. Sección dos. Tercer puente.

—Copiado, Jaguar Tres. Informe de personal.

—Además del paquete, tres almas: Lerain, Josh y Kara.

—¿Informe de posición del Merodeador?

—Desconocida. Repito, desconocemos su posición. Aviso: seis intrusos biomeca en proximidad del puente uno. Podrían ofrecer resistencia.

—Recibido, Jaguar Tres. Nos encargaremos de ellos. Reanudad la operación de rescate.

—Recibido.

El sonido de estática cesó.

—Duran, ayúdame a quitarle esta losa de encima. Tres… dos… uno… ¡AHORA!

Alguien lo levantó y lo cargó. Cada paso le provocaba punzadas de dolor que le recorrían todo el cuerpo.

De nuevo ruido de estática, seguido de un nuevo intercambio.

—¿Kira, informe de situación? ¿Has empaquetado los regalos?

—Afirmativo, Grifo Uno. Las cargas están conectadas y listas para detonar.

—Muy bien. Vamos a sacar nuestros traseros de esta trampa mortal.

—Recibido, señor —Más ruido de estática, luego la voz añadió—: Vale, chicos. Aún no estamos a salvo. Mantened la calma.

Una eternidad después, Makoto sintió el viento helado contra su piel y una rociada de agua salada le salpicó la cara. Estaban fuera.

Alguien gritó:

—¡Cógelo, Rion!

Makoto sintió cómo era transportado de unos brazos a otros, hasta que lo depositaron sobre algo cálido y suave.

—El chico está asegurado, señor. Listo para partir.

—Bien. Todos los grupos, confirmad personal.

—Pantera y Zorro están dentro, señor.

—¿Equipo Tigre? ¿Cuál es vuestra posición?

—Todos asegurados y listos para partir, señor.

—Bien. Piloto, vámonos pitando de aquí.

—Recibido, señor. Motores en marcha. Encendiendo la calefacción.

Makoto comenzó a escuchar un zumbido, seguido por un ruido cada vez más fuerte.

Conocía bien ese sonido. Debía de estar a bordo de algún tipo de helicóptero.

El pulso de la onda sonora creada por el movimiento rotatorio del aire, desplazado por las palas, era música para sus oídos. El vehículo se elevó del suelo.

Otra explosión —más fuerte que cualquiera de las anteriores—, seguida de un vítor colectivo.

—¡Aguas Negras derribada!

—¡Sí! ¡Arde, nena, arde!

—¡Arded en el infierno, hijos de puta!

—¿Makoto? —Makoto sintió que alguien le tocaba suavemente la mejilla—. ¿Puedes oírme? Soy yo, Lena.

Makoto tragó saliva. Abrió los ojos, pero solo podía ver un resplandor blanco. Dio un respingo, asustado por la luz.

—Ya estás bien. Todo saldrá bien, te lo prometo. Ahora estoy contigo.

—Lo siento, cariño —interrumpió una voz ronca—. Tenemos que mandarlo al séptimo cielo hasta que el doctor Isaac pueda hacerle un examen adecuado.

Makoto abrió la boca para hablar, pero el cansancio lo invadió y el mundo se sumió en una misericordiosa oscuridad.