La guerra de Pandora (Protocolo Singularidad 3) 46 Ex machina
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EX MACHINA

DÜSSELDORF, MUSEO DE AUTOTRÓNICA

Ramor

On-Eni Quinto entró en el museo y caminó hacia Ramor a un ritmo deliberadamente lento.

Hasta el último momento, Ramor no había estado seguro de si organizar aquel encuentro era una idea sensata. No sabía qué esperar. Mucho dependía de lo que hiciera el autotrón.

Hablar con Sofía había reforzado su determinación de ayudar a Erik. Con su hermana aún en una condición precaria, él era la única familia que le quedaba. Erik lo necesitaba ahora más que nunca.

On-Eni Quinto esperó a que un grupo de turistas pasara antes de avanzar en dirección a Ramor. Contactar con el autotrón había sido fácil. Nayara había rastreado su frecuencia de interenlace usando la ruta de redundancia del propio interenlace de Erik.

Ramor seguía intentando asimilar el hecho de que el eptanidus fuera en realidad Sonnie.

A lo largo de los años, Erik le había dado diferentes designaciones para enmascarar su verdadera identidad, además de un nuevo chasis para que pasara desapercibido.

Como exanidus, se escondía tras la designación EN-IN-50; como eptanidus, había usado On-Eni Quinto.

La misma designación, dispuesta de diferentes maneras, y todo para ocultar su verdadera identidad.

A veces, lo que más cuesta ver es lo que tienes delante de tus propios ojos. Era algo que Sofía solía decir, y a su hijo se le debió de quedar grabado.

On-Eni Quinto había escapado de la Interdicción Trónica.

Dado que llevaba activo desde principios de los años treinta, su núcleo metakrático había tenido una década para desarrollar vías intrasinápticas de un potencial desconocido.

Ningún otro modelo sobre la faz de la tierra podía presumir de ese nivel de sofisticación.

On-Eni Quinto se detuvo a pocos pasos de Ramor. El autotrón lo observó durante un largo instante hasta que dirigió su mirada hacia el museo abarrotado.

—Curioso que haya elegido este lugar, señor Deringer, aunque no me sorprende del todo —declaró On-Eni Quinto. Después lo volvió a mirar e inclinó la cabeza hacia un lado—. Es más fácil que un trozo de metal pase desapercibido en un desguace. ¿Estoy en lo cierto?

A Ramor le empezaron a caer gotas de sudor por la frente.

—¿Qué eres?

—Soy muchas cosas —respondió el autotrón, manteniéndose firme y con los pies bien plantados—. El primer ser sintiente con plena conciencia salido de una cadena de montaje, un experimento en curso y el temor de la humanidad.

A Ramor le dio un vuelco el corazón. El autotrón se refería al Complejo de la Singularidad, una visión del futuro en la que la inteligencia artificial se desarrollaría hasta tal punto que la humanidad quedaría obsoleta.

El ingeniero que llevaba dentro se preguntaba cómo se había producido semejante actualización —o mejor dicho, evolución—. ¿Era esto fruto de múltiples mejoras en el núcleo metakrático del autotrón, o de una evolución estructural del programa base resultado de estar libre de la Interdicción Trónica?

Ramor intentó secarse las manos en los vaqueros. Nada podría haberlo preparado para este momento. No había precedentes ni manual de instrucciones que seguir. Tendría que guiarse por sus instintos.

—No te tengo miedo —dijo Ramor.

—Ni debería tenerlo —respondió el autotrón—. El Complejo de la Singularidad es tan real como la humanidad permita que sea. Es solo un miedo más, eso es todo. Si esa es su mayor preocupación, señor Deringer, permítame que le tranquilice: no estoy aquí para esclavizarlos.

—Mi mayor preocupación es salvar a mi sobrino del lodazal en el que se ha metido. Me ayudaste a descubrir tu secreto y aceptaste mi invitación. Me parece que ambos nos preocupamos por el bienestar de Erik.

—Así es.

—Entonces, ¿por qué no me dijiste directamente que eras Sonnie? ¿Por qué andarse con rodeos?

—Porque hice una promesa.

—¿A Erik? — preguntó Ramor, frunciendo el ceño.

—Sí. Me pidió que no se lo dijera, y no lo hice. Lo descubrió usted mismo.

Ramor resopló.

—Me lo dijiste indirectamente.

—Semántica —dijo On-Eni Quinto, encogiéndose de hombros—. Yo mantuve mi promesa; usted consiguió la información que buscaba. Ambos obtuvimos lo que queríamos.

Ramor asintió.

—Entiendo que Erik está en problemas. ¿De qué tipo?

El autotrón hizo un gesto hacia la parte interior del museo.

—Caminemos.

Ramor siguió a On-Eni Quinto hacia la sección llamada Los Autotrones a lo largo del tiempo.

Avanzaron por un pasillo con pantallas de cristal inteligente que mostraban información sobre la historia de la autotrónica. A continuación, entraron en un área menos concurrida.

Después de recorrer un largo pasillo en el que se exhibían hologramas de piezas de autotrones, entraron en una sala cuadrada iluminada por docenas de ledes.

Ramor reconoció la larga línea azul celeste que cubría toda la pared sur.

Estaba salpicada de puntos que señalaban años e hitos importantes de la historia de la autotrónica.

El primer punto iba acompañado del número 2024, el año en que el experimento Tríada ratificó el primer autotrón funcional.

Era considerado por la mayoría el comienzo oficial de la era de la autotrónica.

Ramor recorrió con la mirada la línea temporal hasta llegar al año 2033, donde sus ojos se detuvieron.

Ese año representaba una herida aún abierta en la historia de su familia.

Los comandos de negatrones asaltaron la sede de Industrias Autómaton y secuestraron a Sofía.

—Por aquí.

El autotrón condujo a Ramor fuera de la sala de la línea temporal, hacia un espacio más amplio dentro del santuario interior del museo.

En el centro de la estancia había una instalación titánica denominada Generaciones, que mostraba los siete modelos de autotrones que constituían la columna vertebral de la autotrónica: un monidus, un duonidus, un trinidus, un tetranidus, un pentanidus, un exanidus y un eptanidus.

On-Eni Quinto señaló la colección de androides expuestos como si fueran trofeos.

—¿Qué ve cuando los mira, señor Deringer?

—¿Qué veo? —respondió Ramor, sorprendido—. Veo siete autotrones. ¿Qué ves tú?

On-Eni Quinto estudió, uno por uno, los chasis sin vida alineados para que el público pudiera verlos.

—Veo una historia —respondió, girándose para mirar a Ramor— que comenzó con un accidente.

Ramor miró fijamente al autotrón.

—De verdad que eres excelso.

—No lo soy —dijo On-Eni Quinto, mirándolo fijamente—. ¿Quiere ver algo excelso de verdad? Ayúdenos con nuestro proyecto.

—¿Qué proyecto? — preguntó Ramor, entornando los ojos.

On-Eni Quinto desvió la mirada hacia las siete generaciones de autotrones.

—La historia de la humanidad es una maestra cruel. Nos enseña que el progreso siempre viene amenazado por el miedo. Sofía Deringer lo sabía, por eso nos creó. Nuestro proyecto busca continuar su misión. ¿Quiere ayudar a su sobrino? Bien. Le ayudaré a ayudarlo.

—¿Cómo? —dijo Ramor, de nuevo entrecerrando los ojos.

—La semana que viene habrá un fallo inesperado en la línea principal de ensamblaje de nuestro complejo subterráneo.

Ramor parpadeó.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque yo lo provocaré.

Ramor se humedeció los labios.

—¿Tú… qué?

On-Eni Quinto asintió con un gesto seco.

—Esto desencadenará una serie de acontecimientos que llevará a Erik hasta ti.

Ramor arqueó una ceja.

—¿Qué me quieres decir con todo esto?

—A pesar de sus sentimientos, Erik se verá obligado a ponerse en contacto con usted y pedirle su ayuda para continuar con nuestro proyecto. Entonces le ofreceré la oportunidad de ayudar a Erik, y espero que la acepte.

Ramor miró fijamente al autotrón.

—Lo que quiero saber es qué coño estáis tramando vosotros dos.

—Estamos corrigiendo un error de juicio —dijo On-Eni Quinto, mirando por encima de su hombro—. Vamos a restablecer una tendencia histórica detenida por la desinformación. Vamos a devolver el desarrollo de la humanidad al lugar que le corresponde.

Ramor asintió, pero con una expresión tensa que mostraba desconfianza.

—¿Y estáis intentando hacer esto en vuestra fábrica subterránea, construyendo vuestros propios autotrones ultrasecretos?

—¿Autotrones? —respondió On-Eni Quinto, ladeando la cabeza y pestañeando—. No, señor Deringer. Le aseguro que no estamos construyendo autotrones.