48 Polvo de estrellas
POLVO DE ESTRELLAS
COMPLEJO HIPERISTA INFINITY, TORRE PANORÁMICA
Gladia
El cielo nocturno mostraba una sucesión de puntos blancos y amarillos, una miríada de gemas cuya luz llegaba a los ojos de Gladia tras viajar muchos años luz.
El Último Vértice del Hexaedro se deleitaba con la obra del universo, formada por más estrellas de las que podía contar. Cada una de ellas era una historia forjada por el tiempo, el calor y la gravedad.
Pensar en esa inmensidad la hacía sentirse pequeña, pero tranquila.
Le recordaba que formaba parte de una expansión de miles de millones de años, un todo colectivo que había estado allí mucho antes de que ella naciera y que seguiría estando cuando ella ya no estuviera.
Ese pensamiento le daba más paz que ningún otro.
Era cuando el ser consciente de lo insignificante se mezclaba con una sensación de plenitud sin igual.
Cerró los ojos e intentó imaginar cómo lo sentirían las personas que trabajaban en el espacio.
Como líder de HYPER, había visitado algunos asentamientos siderales en órbita terrestre baja, pero nunca había ido más allá de uno de esos asentamientos presurizados.
Nunca había caminado en el espacio, nunca había viajado al espacio cislunar o translunar, nunca había estado en el gran desconocido más de uno o dos días.
Muchas personas que habían trabajado en el espacio durante estancias largas se referían a la sensación de estar allí arriba —rodeados por la inmensidad del universo— con el nombre de «comunión de estrellas». Algunos decían que era como mirar a través de los ojos de Dios.
Un técnico espacial le dijo una vez que trabajar allí era como nacer por segunda vez. Hubo un momento, dijo, en el que comprendió lo que de verdad significaba la frase «Somos polvo de estrellas».
Sí. Polvo. Una parte infinitesimal del universo que los humanos estaban empezando a comprender.
—Del polvo de estrellas al polvo de estrellas —murmuró, mirando hacia la bóveda celeste. No creía en Dios ni en la vida después de la muerte, pero en ese momento una parte de ella se preguntó si, de alguna manera, Wei la estaría escuchando.
Respiró el fresco aire nocturno y, a regañadientes, apartó la mirada del cielo para dirigirla al mundo habitado por la humanidad.
Sentada en lo alto de la Torre Panorámica, Gladia tenía a su alcance una vista de kilómetros en cualquier dirección.
La torre era la segunda estructura más alta de todo el megacomplejo y, sobre todo, los guías turísticos la usaban como última parada para impresionar a los visitantes.
Ofrecía una panorámica increíble de la isla artificial y del ascensor espacial Polaris.
Gladia se apartó ligeramente de la barandilla cuando una ráfaga de viento le revolvió el pelo.
Giró la cabeza hacia la derecha, donde se alzaba Polaris, la columna vertebral del mundo, extendiéndose hacia el infinito.
En efecto, parecía el «ferrocarril a las estrellas», como lo había llamado Wei en una ocasión.
El cable de nanotubos de carbono estaba flanqueado, a intervalos regulares, por boyas gravitatorias que seguían su trayectoria, señalando su presencia al omnipresente tráfico aéreo de hipersedanes, lanzaderas y drones.
Aquí había comenzado el sueño de Wei de una civilización espacial, y aquí había terminado, con su abrupta muerte. O eso pensaban muchos.
Gladia se giró de golpe cuando alguien abrió la puerta de la terraza, provocando un silbido al deslizarse el panel metálico contra la pared.
Arthur Strutzenberg ni siquiera cruzó el umbral de la terraza, pero sus nudillos aún tocaban el marco de la puerta. Probablemente había llamado varias veces.
—Lo siento —dijo carraspeando—. Pensé que me habías oído. No quería asustarte.
—No importa —respondió Gladia, girándose hacia Polaris—. Adelante, pasa.
Arthur la acompañó.
—Te llamé por el interenlace. No recibí…
—Lo apagué —dijo ella, con una sonrisa cansada—. Necesitaba estar a solas un rato.
—Entiendo —afirmó Arthur, colocando sus manos en la barandilla junto a las de ella. Sus codos se tocaban.
—¿Alguna novedad? —preguntó Gladia sin mirarlo.
—Tolomeo ha anunciado la formación de un nuevo Consejo Ejecutivo Hiperista.
Ella asintió con la cabeza, asimilando la información al igual que un saco de boxeo absorbe los golpes.
—¿Y qué hay de Escila y Caribdis? ¿Cómo se lo han tomado?
—No muy bien —dijo Arthur, torciendo el gesto—.
Penélope y María han emitido un comunicado conjunto condenando las acciones de Tolomeo, y han declarado ilegal la nueva directiva.
Mañana por la mañana darán su propia rueda de prensa.
Tengo la misma idea que tú, pero imagino que lo que vayan a decir no hará que nuestra situación mejore.
Gladia se balanceó ligeramente y se frotó los brazos. Sabía lo que eso significaba. Cisma.
Todo lo que había tratado de evitar desde que Wei había muerto se estaba haciendo realidad. HYPER se estaba fragmentado. Su peor pesadilla estaba cobrando forma.
Arthur le apretó la mano.
—No había nada que pudieras hacer —la consoló, sonriendo, con sus ojos como anclas que la mantenían con los pies en la tierra—. Hemos jugado las cartas que nos han dado. Esto no es el fin de HYPER. Solo es un bache para hacerla más fuerte.
Gladia frunció el ceño.
—¿Cómo eres capaz de decir eso?
Él se encogió de hombros.
—Creo en el destino, en las segundas oportunidades y en no permitir que las malas noticias te amarguen el día durante demasiado tiempo. Todo lo que viene, pasa; es una regla universal. Ahora la situación parece desesperada, pero no seguirá así. Te lo prometo.
Gladia miró a su amigo, siempre a su lado cuando lo necesitaba.
—Arthur, crees que… —Se detuvo en seco, sin saber cómo continuar.
Él asintió, invitándola a seguir.
Gladia eligió sus palabras con cuidado.
—¿Crees que la simulación… es decir, lo que dijo EVA… crees que nunca llegaremos a ser una civilización espacial? ¿Crees que el sueño de Wei era solo eso, un sueño?
Arthur la miró a los ojos fijamente.
—Eso es un sueño —respondió, señalando a Polaris, y luego posando su mano sobre el corazón de Gladia—.
Esto —dijo— es lo que lo hace real. Wei era especial porque nunca dejaba que sus sueños siguieran siendo sueños durante mucho tiempo.
Y tú, Directora Ejecutiva, has demostrado ser una líder extraordinaria.
Has conseguido que la palabra «hiperista» se convierta en sinónimo de progreso, empresa e ingenio.
Superaremos esta crisis, como hemos hecho con todas las anteriores, y HYPER saldrá reforzada gracias a ello.
Una ráfaga de viento se abalanzó entre ellos, cruda y gélida.
Gladia se estremeció. La ilusión de seguridad que Arthur había construido se hizo añicos en segundos, y un sentimiento de desesperación la invadió.
La imagen de Wei, con los ojos abiertos y un hilo de sangre cayéndole por la boca, irrumpió en su mente y, con ella, las emociones que alimentaban sus pesadillas.
Se le nubló la vista y empezó a temblar violentamente.
—¿Gladia? —exclamó Arthur, sujetándola antes de que se cayera—. ¿Estás bien?
—Pa… palabras —tartamudeó, costándole cada vez más respirar—. Solo me dices palabras. Necesito algo concreto. Necesito resultados. No tengo nada que mostrar para…
—Te falta el aire —le dijo, sujetándola por los hombros—. Tienes que calmarte.
—No puedo… es que no puedo parar —balbuceó mientras negaba con la cabeza, con las manos en los oídos—. Todo se está desmoronando.
—Tranquila. Lo superaremos.
—Ha sido mi culpa. No he hecho suficiente.
—Escucha, mírame.
Gladia se mordió el labio y siguió hablando, entre sollozos.
—Ni siquiera puedo… conseguir unirlos a todos… Me entregó su legado. A mí, Arthur. ¡A mí! —Sentía una opresión en el pecho, aplastada por la carga de la responsabilidad. No pudo contener más las lágrimas.
Arthur la abrazó con más fuerza.
—Gladia, por favor, mírame.
Despacio, y con reticencia, levantó la cabeza y, en ese instante, los labios de Arthur se encontraron con los suyos.
El tiempo se detuvo.
Durante un segundo, una hora, o quizá toda una vida, sus labios se tocaron; primero con suavidad, luego con una pasión creciente. Gladia se perdió en su abrazo. Deseaba que el tiempo se detuviera en ese instante, en los brazos del hombre al que amaba, bajo un cielo lleno de estrellas.
Cuando Arthur se apartó, fue como si alguien hubiera vuelto a encender un interruptor.
Todo regresó de golpe: el viento frío, las luces artificiales de la terraza y el inconfundible olor salado a algas y yodo traído desde el océano.
El silencio entre los dos se prolongó durante un instante. Desesperada por romperlo, Gladia dijo lo primero que se le vino a la cabeza.
—Tienes algo de pintalabios en los labios.
Arthur sonrió.
—Sobreviviré —dijo, acariciándole la barbilla con la mano—. ¿Te importa si me mancho más?
Ella sonrió.
La volvió a besar y, esta vez. Gladia se acurrucó aún más en él, disfrutando de su abrazo y de ese olor a cuero recién cortado que asociaba con él; rudo pero refinado.
—¿Sabes? —dijo él, acercándola más hacia sí—. Esto me recuerda a algo. Igual debería dártelo ahora.
Ella frunció el ceño mientras lo veía hurgar en su bolsillo.
—¿De qué hablas?
—Esto —respondió, entregándole una pequeña cajita.
Sus ojos saltaron rápidamente de Arthur al objeto que sostenía.
—¿Qué es?
—Ábrelo.
Cogió el estuche y lo abrió. Contenía una cadena con un colgante de infinito.
—¿Un collar? —preguntó mientras lo hacía girar en su mano. Cuando vio la inscripción en el reverso, se quedó sin aliento—. Espera. ¿Cómo has…? —No pudo terminar la frase.
Él negó con la cabeza.
—No es el original, lo siento. Lo encargué basándome en tu descripción.
Gladia estudió el objeto con más atención. Ahora podía ver pequeñas diferencias con el infinito original, pero, en general, era una reproducción bastante lograda.
—Yo… no sé qué decir —respondió, devolviéndole la mirada—. Gracias.
—Déjame que te lo ponga —pidió Arthur, apartándole el pelo hacia un lado y abrochándole el collar. Tras cerrarlo, retrocedió un paso y admiró el resultado.
—Esplendido —dijo, sonriendo—. Lo he tenido una eternidad. Hay que celebrarlo.
—¿Celebrarlo? —respondió Gladia, soltando una carcajada—. No hay nada que celebrar.
—Siempre viendo el vaso medio vacío, ¿eh? Claro que sí, nos merecemos un brindis. Por prescripción médica. Espérame aquí. Ahora vuelvo.
∞∞∞
—¿Arthur? ¿Adónde vas?
La voz de Gladia se perdió en la distancia al tiempo que Arthur salía de la plataforma de observación; recorrió un pequeño pasillo y abrió la puerta verde lima del almacén donde los guías guardaban los refrescos.
Se dirigió a un frigorífico grande, lo abrió y cogió una botella.
Leyó la etiqueta y frunció los labios. No era exactamente lo que buscaba, pero serviría.
Cogió un par de copas del estante superior, salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí.
—Espero que te guste el Moscato —dijo mientras volvía a entrar en la terraza—. Las opciones eran zumo de ciruela, tomate… —Se paró en seco.
Gladia estaba de rodillas, con las manos en el cuello y la cara morada. Luchaba por respirar.
—¿Gladia? —exclamó Arthur, dejando caer las copas y la botella, que se hicieron añicos con un estruendoso—. ¡Gladia! —gritó corriendo hacia ella, con la mirada fija en su cuello. El collar la estaba asfixiando—. Joder —Intentó abrir el broche, pero estaba atascado.
Gladia le apretó los brazos.
—Ar… th… —escupió, sacudiendo la cabeza de lado a lado, jadeando. La sangre empezó a teñirle el blanco de los ojos. Sus dedos se clavaron en la piel del hombre al que quería—. Te… qui… yo…
Arthur tocó su auricular.
—¡Strutzenberg a Seguridad! Necesito asistencia inmediata en… —Se interrumpió, mirando su muñeca—. ¿Seguridad? ¿Me recibís? —Nada. Su interenlace estaba frito—. ¡Mierda!
Miró a su alrededor, escaneando la zona, desesperado por encontrar algo que pudiera servirle.
Sus ojos se fijaron en los fragmentos de vidrio.
Cogió uno e intentó romper la cadena. No funcionó.
Lo intentó aún con más fuerza, más desesperadamente, con las manos temblorosas, provocando heridas superficiales en el cuello de Gladia.
Tiró el cristal a un lado, buscando con urgencia algo más con la mirada.
Gladia emitió un sonido gutural y sus ojos se pusieron en blanco.
—No, no, no —Arthur tiró de Gladia por la espalda y la incorporó hasta sentarla—. ¿Gladia? No te vayas. ¡Gladia!
Ella cerró los ojos y su cabeza cayó hacia atrás, como la de una muñeca sin vida.
—¡AYUDA! —gritó Arthur—. ¡QUE ALGUIEN ME AYUDE! —Pero su llamada se perdió en la noche. Nadie le oyó.
Tumbó el cuerpo de Gladia en el suelo y colocó la palma de su mano en el centro de su pecho; puso una palma encima de la otra y presionó a un ritmo constante, realizando dos respiraciones de rescate al final de cada serie de treinta compresiones. Ella permaneció inmóvil.
—Dios mío, no… —suplicó, colocando su oreja en su pecho, escuchando el vacío de la muerte—. Así no.
Intentó reanimarla una y otra vez, sin dejar de gritar ni un segundo, suplicando ayuda. Nada cambió.
Tragó saliva, todo el cuerpo le temblaba al mirar fijamente a Gladia.
Muerta. Estaba muerta. Y la había matado él.
Esa revelación lo aplastó como un martillo arrojado por un dios vengativo.
No podía apartar la mirada de Gladia. Después de todas las medidas de protección, todos los años dedicados a construir una fortaleza a su alrededor, le habían utilizado a él para llegar a ella. El horror de la paradoja lo destrozó.
A él. Le habían utilizado a él para matarla.
Dejó suavemente el cuerpo de Gladia en el suelo; luego miró hacia el cielo con los ojos fijos en las estrellas y mil jueces condenándole.
Se acercó a la barandilla de la terraza, y luego se giró y miró a la mujer que amaba.
—Te veré pronto.
Saltó.
La caída duró toda una vida. Recuerdos, sentimientos e imágenes pasaron ante él en un instante, mientras el mundo se le venía encima, implacable.
Entre esas imágenes, Gladia Egea le sonreía; una sonrisa tímida, pero que transmitía seguridad y dulzura al mismo tiempo.
Arthur le devolvió la sonrisa. Pronto estarían juntos otra vez.