44 La cazadora y el patrón #2
—La mujer con la coleta que está estirándose en esa palmera de allí —dijo el hombre, apoyando el brazo en el respaldo—.
Luego está la señora con las mallas verdes de yoga, que está filmando el paseo marítimo con una unidad proyectora, y por último, la madre con la camiseta púrpura y el cochecito cubierto con un velo amarillo.
Arthur miró de reojo a las personas descritas, sin detener la mirada en ninguna de ellas. Ninguna de las tres mujeres parecía mirar en su dirección, pero el hombre del fedora le había hecho dudar, y la sensación de estar siendo observado aumentó lentamente.
—Hay dos razones por las que no intervienen —continuó el hombre—.
La primera, por supuesto, es que estamos en un lugar público lleno de gente con smartphones, opticrones y UdP.
No les viene bien esa publicidad. La segunda es que saben que yo cuento con el doble de hombres para asegurarme de que no nos pase nada.
Arthur se quedó parado, inseguro sobre cómo actuar.
—¿Por qué no se sienta? —dijo su contacto, dándole unas palmadas al banco—. Hablemos.
Arthur apretó la mandíbula.
—Gladia está agotada —dijo, odiándose por sonar desesperado—. Se está desgastando. No puede soportar la presión.
—Puede que esté agotada —señaló el contacto—, pero sigue viva. Yo creo que es un chollo.
Arthur se mordió el labio.
—Siéntese —El hombre tamborileó con el índice sobre el respaldo—. No se lo pediré otra vez.
Arthur contuvo la respiración y volvió a sentarse.
El hombre dejó de abanicarse con el fedora y miró a Arthur directamente a los ojos.
—Que le quede clara una cosa: nuestros hombres son lo único que mantiene a salvo a la Directora Ejecutiva, y lo único que impulsa al Patrón a emplearlos es la garantía de que Gladia Egea seguirá haciendo su trabajo.
Arthur inspiró profundamente y exhaló antes de responder.
—Ya no necesitamos vuestros guardaespaldas. Mis starlaukers pueden fácilmente…
El contacto bufó.
—Por favor, no se humille. Los agentes aplastarían como moscas a sus preciados starlaukers, créame. Sé de lo que son capaces.
—Estás intentando intimidarme.
—No hace falta. Ya está usted muerto de miedo.
Pero digamos, por curiosidad, que estoy exagerando las cosas solo para mantenerle a raya.
¿Quiere arriesgarse a equivocarse? ¿Tan seguro está de su plan de contingencia como para actuar sin la ayuda del Patrón?
¿Debo recordarle que hace diez años, cuatro de esas cosas se infiltraron en el lugar más seguro del mundo y mataron al hombre más protegido del mundo?
No está equipado para lo que hay ahí fuera, señor Strutzenberg.
Si cree que un puñado de hombres con servoarmaduras y blásters de alta potencia marca alguna diferencia, ha enloquecido.
A Gladia Egea la habrían asesinado mil veces sin nuestra protección.
Arthur lo fulminó con la mirada.
—¿Qué es lo que quieres?
—Hay novedades que debe conocer. La Cazadora ha pasado a la ofensiva.
El Patrón sabe que es ella quien está instigando la creciente crisis global entre hiperistas y terristas.
No hay mejor forma de escalar las cosas que matando a la Directora Ejecutiva.
Mantenga los ojos abiertos y no confíe en nadie.
Con las medidas de seguridad que hemos diseñado juntos, la única persona que puede amenazar con éxito la vida de Egea es alguien que tenga acceso directo a ella.
Ni siquiera el Patrón puede estar en todas partes a la vez.
Proteger de cerca a su amiga es su trabajo, señor Strutzenberg.
—Lo sé —dijo Arthur, casi escupiendo la última palabra.
—Estupendo —dijo el contacto, al tiempo que se ponía el sombrero y se levantaba—. Egea seguirá viva mientras siga siendo útil. Espero haberme explicado con claridad —aclaró, y acto seguido se alejó.
Arthur le tendió la mano, luego vaciló.
—Espera —dijo, con una postura que delataba inquietud.
El hombre lo miró por encima del hombro.
—¿Sí?
Arthur apretó los labios, intentando ignorar la sensación de nudo en su estómago.
—¿Héctor es tu nombre real?
El hombre mostró una sonrisa divertida.
—Por supuesto. ¿Tenía alguna duda?
Arthur resopló.
—Siempre tengo dudas. ¿No es ese el objetivo de estas conversaciones? ¿Convencerme de que tienes el control?
Héctor sonrió.
—Es bueno tener dudas, señor Strutzenberg. Podrían ayudarle a mantener viva a su amiga. Saludos —tocó el borde de su sombrero y se alejó.
Arthur se desplomó en el banco y suspiró.
Hacia diez años que conocía a ese hombre, pero aún no sabía quién era realmente.
Había sido este Héctor quien le había dicho dónde encontrar a una Gladia inconsciente en la playa donde la habían atacado diez años antes, una Gladia con la memoria de lo sucedido la semana previa al ataque completamente borrada.
Héctor le dijo que, mientras su memoria permaneciera ausente, ella seguiría viviendo.
Durante diez años, esas pastillas habían eliminado los recuerdos de Gladia sobre el ataque al Centro de Control Infinity y el subsiguiente ataque a Cabo Cañaveral.
Los exámenes médicos que Gladia había pasado habían determinado que su amnesia localizada se debía al trauma, pero Arthur sabía la verdad, y se aseguraba de que permaneciera enterrada.
Conocía demasiado bien a Gladia. Si ella recordara lo que realmente sucedió, eso la llevaría a la tumba.
Arthur moriría antes de permitir que eso ocurriera.