La guerra de Pandora (Protocolo Singularidad 3) 44 La cazadora y el patrón
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44 La cazadora y el patrón

LA CAZADORA Y EL PATRÓN

COMPLEJO HIPERISTA INFINITY, OFICINA DEL COMISARIO

Gladia

Arthur sabía que Gladia estaba sufriendo, pero poco podía hacer él para aliviar su dolor. Esa sensación de inutilidad era como un cuchillo clavado en el costado, imposible de ignorar.

Su papel como segundo al mando de Gladia lo mantenía ocupado, obligándole a veces a estar lejos de ella durante largos períodos. Detestaba esos momentos. Su primera responsabilidad era la seguridad del Último Vértice del Hexaedro, y sentía que le estaba fallando.

Diez años llevaba Arthur trabajando al máximo para evitar un atentado contra la vida de Gladia; diez años en los que había tenido éxito.

Gladia seguía viva, y las medidas de seguridad que había implementado para mantenerla a salvo funcionaban, pero vivía con el miedo constante de estar pasando algo por alto, de que todavía podía hacer más por su protección.

Arthur tenía la vista fija en un mensaje que sostenía, intentando no fruncir el ceño. En él había una hora de reunión y unas coordenadas geográficas que señalaban un lugar de California. Otro compromiso que no podía eludir. Encendió el mechero que llevaba y quemó el mensaje.

Arthur cambió su atención a las noticias que proyectaba el opticrón de la habitación: se mostraba una situación que iba empeorando por momentos.

Tras el discurso en Roma, los standistas, liderados por la coalición recién formada de Muchena y Hawke, habían iniciado una campaña agresiva contra el Movimiento Hiperista, usando el escándalo del espacio militarizado para echar más leña al fuego.

Por toda Norteamérica, y en muchas capitales europeas, los nuevos terristas organizaban manifestaciones masivas para captar la atención de los medios.

En el continente africano, el movimiento Viento Negro ya había destruido una docena de instalaciones hiperistas.

En Asia, los gobiernos reprimían las manifestaciones por temor a disturbios, así que los standistas usaban este argumento para acusarlos de militarismo y violencia.

Los nuevos terristas también presionaban al Tribunal Planetario.

El Consejo Terrista y el Templo de Gea habían presentado cuarenta y siete peticiones de sanción contra los hiperistas, por violar las regulaciones del Tribunal Planetario y por poner en peligro la seguridad mundial.

Había un grupo de mil manifestantes gritando consignas las veinticuatro horas del día frente a la sede del Tribunal Planetario en Nueva York.

Los acontecimientos de las últimas semanas habrían dejado fuera de combate a cualquiera, pero Gladia seguía despertándose a las cinco de la mañana y acostándose pasada la medianoche para gestionar estas crisis. Y las pocas horas de sueño que tenía estaban plagadas de pesadillas.

Pesadillas de las que Arthur se sentía responsable.

Apagó el opticrón y la emisión desapareció. Se frotó la frente, abrió el cajón del escritorio, rebuscó en su interior y sacó un colgante con forma de infinito. Era una fiel reproducción del legendario infinito de Wei Wang.

Arthur nunca lo había visto en persona, pero Gladia se lo había descrito en contadas ocasiones con todo lujo de detalle, junto con la frase que llevaba grabada. Le dio la vuelta y leyó las cuatro palabras: «Cambia el mundo entero».

Arthur cerró el cajón y colocó el colgante sobre el escritorio.

Lo había encargado como regalo para Gladia meses atrás, pero nunca había encontrado la ocasión adecuada para dárselo.

Al colgante todavía le faltaba una cadena.

Como no tenía una, Arthur podía procrastinar, retrasar el momento en que se lo daría.

Temía que no le gustara. Wei siempre era un tema sensible con ella.

Lo que Arthur pensaba que era un detalle precioso podría no serlo para Gladia.

—¿Comisario?

Arthur salió de su ensimismamiento. Charlotte había entrado en su despacho, con expresión agitada.

—Lo siento, señor —dijo Charlotte, sosteniendo una pila de archivos—. He llamado, y la puerta estaba entreabierta, así que he pensado que…

—Adelante —dijo, haciéndole un gesto para que se acercara.

Charlotte cerró la puerta y le entregó los archivos.

—Estos son los datos que solicitó.

Arthur cogió los archivos.

—¿El antiguo caso de Herina Sue, de los archivos del Tribunal Planetario?

—Sí, señor.

Asintió.

—Gracias. Le echaré un vistazo más tarde.

Hubo un silencio incómodo hasta que Charlotte carraspeó.

—¿Está… está todo bien?

Arthur parpadeó.

—Sí. Solo estoy ocupado —respondió, señalando el opticrón con un gesto.

Charlotte asintió.

—Entiendo, señor —apreció el colgante en las manos de Arthur—. ¿Qué es eso?

—¿Esto? —se removió en la silla—. Solo un regalo. Bueno, creo que es un regalo.

—¿Para la Directora Ejecutiva? —se aventuró Charlotte.

Arthur dudó un momento antes de responder.

—Sí —dijo por fin, sorprendido por la facilidad con la que la asistente había adivinado su propósito.

Charlotte se sonrojó.

—¿Puedo… verlo?

Arthur miró el colgante.

—Claro —dijo, dándole el infinito—. ¿Qué opinas? Llevo debatiéndome entre dárselo o no. Supongo que una parte de mí piensa que es una tontería.

Los ojos de Charlotte se agrandaron mientras estudiaba el objeto.

—Señor, ¿esto es lo que creo que es?

Él negó con la cabeza.

—Solo es una copia. Una muy convincente, pero una copia.

—Es precioso. Estoy segura de que le encantará —afirmó, devolviéndole el infinito.

Arthur iba a abrir la boca para responder, pero su interenlace emitió un pitido. Era el departamento de Estadística. Tocó su auricular para aceptar la llamada.

—¿Sí?

Hubo un breve silencio, seguido de ruido estático.

—Joder —exclamó, apagando el dispositivo mientras hacía una mueca—. Esta cosa lleva días fallando. Debería haber ido al departamento de comunicaciones internas el lunes, pero con todo lo que está pasando apenas he tenido tiempo de respirar.

—Señor, de hecho, yo voy para allá a actualizar mi sistema de frecuencia —dijo Charlotte, inclinándose hacia delante—. Puedo mencionar el problema, si lo desea.

—Gracias —dijo, sonriendo—. Me salvas la vida, Charlotte.

—Solo hago mi trabajo, señor.

—¿Hay algo que no puedas hacer?

Ella se sonrojó.

—No que yo sepa.

Le entregó a Charlotte su célula de comunicación y la frecuencia personal del interenlace.

—Y respecto al regalo… —dudó un poco y se mordió el labio—. Creo que es una gran idea.

Arthur miró el infinito.

—Sí —dijo, sonriendo—. Supongo que ahora solo le hace falta una cadena. Gracias, Charlotte. No estaba seguro de que fuera una decisión inteligente. Me has convencido.

Ella asintió y se dirigió hacia la salida, pero antes de cruzar la puerta miró hacia atrás.

—Señor, ¿asistirá a la reunión con la Asamblea Estelar esta tarde?

—No —dijo Arthur, frunciendo el ceño—. Tengo un asunto pendiente.

∞∞∞

Los Ángeles

Venice Beach

El paseo marítimo estaba lleno de gente de todas las edades y nacionalidades.

Había turistas haciendo fotos, lugareños paseando a sus perros, adolescentes con patines sorteando a los transeúntes y una multitud de vendedores ambulantes y artistas callejeros.

Uno de ellos se había colocado cerca; entretenía a un grupo de turistas con acrobacias circenses que le valían aplausos y una gorra llena de billetes de cinco dólares.

Arthur envidiaba a aquella gente: no tenían amenazas que gestionar ni necesidad de cubrirse las espaldas. Era como vivir en un sueño. Se habría cambiado por cualquiera de ellos en un abrir y cerrar de ojos, si hubiera podido llevarse a Gladia consigo.

—Buenas tardes, señor Strutzenberg.

Arthur se giró en el banco y miró a su derecha. El recién llegado llevaba un sombrero fedora, una camiseta blanca y unos bermudas caqui.

—Aquí tiene un poco de polvo de hadas para usted —dijo, dejando una bolsa de papel junto a Arthur—. Asegúrese de espolvorear la cantidad correcta sobre su amiga. Las pesadillas recurrentes que mencionó en los últimos informes le están poniendo nervioso.

Arthur frunció el ceño.

—¿Qué las desencadena?

El hombre se encogió de hombros.

—Podría ser un indicio de que el supresor de memoria se está debilitando, lo que podría apuntar a un efecto secundario desconocido del fármaco. Si las pesadillas persisten, alertaré al Patrón. Dios no quiera que Egea recuerde cosas que no debería.

Arthur cogió la bolsa y echó un vistazo rápido al contenido: un pastillero redondo lleno de píldoras naranjas. Tragó saliva, cerró la bolsa y la apartó a un lado.

—Estas reuniones se han acabado —dijo con rigidez—. Ya no necesito vuestros matapensamientos. No volváis a contactar conmigo.

Se levantó e hizo ademán de marcharse.

—¿Y cómo piensa mantenerla alejada de los problemas? —dijo el hombre con un tono divertido, como si de verdad estuviera interesado en conocer la respuesta—. Los recuerdos no son fáciles de ignorar, sobre todo cuando están vinculados a un trauma.

Arthur se detuvo.

—He tenido diez años para estudiar el compuesto. El mes pasado lo repliqué. Ya no te necesito.

El hombre del sombrero fedora cruzó los brazos y sonrió.

—Déjà vu. ¿No hemos tenido ya esta conversación?

El compuesto no se puede replicar; creía haberlo dejado claro.

Aunque consiguiera replicarlo, ambos sabemos que esa no es la única razón por la que sigue volviendo.

Si cree que estos años han hecho que el Último Vértice del Hexaedro sea menos atractivo para la Cazadora, está tristemente equivocado.

Arthur resopló.

—Dame una razón por la que deba escucharte.

—Le daré tres —El hombre se quitó el sombrero y lo usó para abanicarse—. Como el número de agentes que nos están observando en este mismo instante.

Arthur se metió la mano en el bolsillo, despacio.

—Estás intentando confundirme. Es cutre e innecesario. No…