43 Ricander
RICANDER
MAR AMARILLO, AGUAMARINA
Ariul
Marcius Gaspar no había dicho ni una palabra desde que recogió a Lena para su reunión con Cassandra Quinn.
Los dos habían caminado en silencio durante casi cinco minutos, entrando en una sección de Aguamarina que Lena solo podía describir como un pasadizo enorme, abierto en parte por un lateral para formar una columnata.
Finalmente, Marcius se detuvo frente a una puerta de cristal esmerilado, con un marco metálico, que dejaba entrever una luz brillante y rojiza en el interior.
—Es aquí —dijo señalando la entrada—. Ahora escúchame con atención. La regente esperará respuestas directas. Asegúrate de proporcionárselas.
—Me parece bien —dijo Lena, sosteniéndole la mirada—. Yo espero lo mismo de ella.
Los ojos de Marcius centellearon como carbones encendidos en la sombra.
—Vamos a dejar las cosas claras. Estás en una situación delicada. Te crees que eres especial, pero nada podría estar más lejos de la realidad. Sigues al canciller como un perrito faldero. Cíñete al guion o lo lamentarás.
Lena pestañeó, sorprendida por las maneras de Marcius.
—Vale. Parece que tienes un problema conmigo. ¿Qué te he hecho?
Él resopló.
—¿Crees que no sé quién eres?
Ella levantó las palmas de las manos.
—Mmm… ilumíname.
Las fosas nasales de Marcius se dilataron.
—Esto no es un juego, niña. No puedes permitirte el lujo de tocar los botones equivocados. Eres la protegida de Tiago, pero sea lo que sea lo que él cree que está haciendo, no le va a salir bien. Si por mí fuera, estarías encerrada en una celda.
—Pero es que no depende de ti, Legatus Gaspar —dijo Lena, repitiendo el título que Tiago usaba para dirigirse a él—.
¿Sabes qué? Tienes razón. No entiendo mucho de lo que está pasando, pero yo no pedí nada de esto.
Sin embargo, hay algo que sí sé: nunca se me ha dado bien aguantar gilipolleces de abusones, y tú tienes toda la pinta de ser uno.
Solo que no das miedo. De donde yo vengo, he visto a gente como tú hecha picadillo cada domingo por la mañana.
Él la fulminó con la mirada. Abrió la boca y luego negó con la cabeza.
—No mereces la pena —dijo, abriendo la puerta e indicándole que entrara.
Ella se demoró un par de segundos más, luego entró.
No estaba preparada para lo que le esperaba: un pequeño invernadero con docenas de plantas. Olía a tierra y almizcle; la humedad se le pegaba a la piel conforme avanzaba.
El contraste entre el resto de Aguamarina y aquel oasis de verdor era sorprendente. Era casi como si hubiera entrado en otro mundo.
Sabía poco sobre plantas, pero en uno de sus trabajos de verano en Los Ángeles le tocó cuidar el jardín de un banquero en Beverly Hills, y había aprendido a reconocer bastantes. Sin embargo, mientras se adentraba en el invernadero, ninguna le resultaba familiar.
Lena se detuvo a observar un grupo de flores similares a las amapolas, de unos setenta y cinco centímetros de altura, con un tallo erecto cubierto de pelos rígidos de color barro.
El interior de las flores era negro, mientras que el tallo era blanco como la nieve.
Se acercó para observar más de cerca aquellas extrañas flores, que giraron en su dirección. Se apartó de golpe, ahogando un grito.
—Una Aplaudidora —dijo una voz a sus espaldas.
Lena se giró y vio a Cassandra Quinn sentada en el suelo, a menos de tres metros.
La regente estaba medio oculta tras un denso grupo de arbustos, que parecían casi negros bajo la luz artificial.
Tenía su largo cabello, rojo bermellón, recogido en una trenza, y sus ojos esmeralda fijos en otra planta de aspecto extraño, que toqueteaba con un par de guantes gruesos.
—Sumamente hermosa y peligrosamente tóxica —continuó Cassandra, señalando las flores de las que Lena se había alejado—.
Te aconsejo que no toques las hojas, pero te invito a admirar la belleza de las flores mientras dure.
No pasará mucho tiempo antes de que sus semillas estallen y conviertan toda la planta en alimento para insectos —dijo, sonriendo mientras apartaba un par de hojas con forma de lanza, que intentaban activamente envolverse alrededor de sus muñecas—.
Bienvenida al jardín secreto de Aguamarina, mi pequeño trozo de cielo.
¿Te importaría…? Joder, estas hojas son más cotillas…
¿Te importaría pasarme ese pulverizador? Está dentro de ese bote. Ahí.
Lena miró al suelo y reparó en un montón de instrumentos de jardinería. Cogió el que le indicaba Cassandra y se lo dio.
—Gracias —dijo la regente al tiempo que rociaba la planta con la que estaba, y las grandes hojas dejaron de moverse—. Eso es. Ahora puedes volverte a dormir —miró a Lena mientras se quitaba los guantes—. ¿Estás bien? Pareces un poco pálida.
—¿Que si estoy bien? —dijo Lena, apretando los labios y haciendo una mueca—. Pues, si te digo la verdad, estoy un poco confundida.
Cassandra frunció el ceño.
—¿Por qué?
—A ver… veamos, por tu actitud, para empezar —respondió Lena, inspirando y exhalando—. ¿No tienes miedo de que pueda… no sé, explotar y volar todo este lugar por los aires?
Cassandra le ofreció una sonrisa desconcertada.
—¿Qué?
—Bueno, has dejado claro que no confías en mí.
Me dijeron que el limitador fue idea tuya, y también lo fue la asamblea.
¿Sabes? ¿El llamativo juicio que montaste hace unos días?
¿Te acuerdas? Parecía que no estabas muy contenta con tenerme merodeando por aquí.
¿No era ese el propósito de la reunión? ¿Asegurarse de que me trataran como a alguien peligroso?
—Ah, sí —la sonrisa de Cassandra flaqueó al tiempo que sacudía la cabeza—. Para serte sincera, eso fue más bien una pantomima.
Lena ladeó la cabeza.
—¿Perdona?
—Jerga política —explicó Cassandra—. Cuando alguien finge tener una opinión o actitud particular hacia algo o…
—Sé lo que significa pantomima, gracias —dijo Lena cruzando los brazos—. ¿Qué tiene que ver eso conmigo?
—Bueno, la verdad es que creo que eres una joven arrastrada a una situación complicada —Cassandra se encogió ligeramente de hombros—. No tienes ni idea de lo que está pasando. No hace falta ser adivino para saberlo.
Lena entornó los ojos.
—¿Entonces por qué toda esta puesta en escena? ¿Por qué el neutralizador? ¿Por qué el juicio? ¿No podríamos haber tenido una charla como la que estamos teniendo ahora?
Cassandra juntó las cejas, mostrando una profunda arruga en su frente.
—Es más complicado.
—¿Por qué? —preguntó Lena entre dientes, con una contención forzada.
Cassandra dejó el pulverizador en el suelo.
—¿Has cuidado alguna vez de alguien?
Lena parpadeó.
—¿Cómo?
—Me refiero a alguien que dependiera totalmente de ti. ¿Lo has hecho?
Lena lo pensó durante un instante.
—Mmm… bueno, sí, de hecho. Trabajé en un centro de cuidados paliativos durante una temporada. Algunos residentes ni siquiera podían ponerse de pie sin ayuda. Dependían de los trabajadores para hacer prácticamente cualquier cosa, desde ir al baño hasta comer.
Cassandra asintió.
—¿Alguna tuviste que mentir por su propio bien?
La imagen de una mujer de ochenta años apareció en la mente de Lena. La señora Manchester había sido una paciente con alzhéimer a la que había cuidado antes de que falleciera. Lena había tenido que contarle a la anciana las historias más disparatadas para conseguir que se bañara o comiera.
—Sí —dijo Lena, lentamente—. A veces.
—Estar en política es como trabajar en un sitio así —dijo la regente mientras cogía unas tijeras y recortaba las ramas que colgaban demasiado bajas—.
Mi trabajo es tranquilizar a la gente del Proyecto Defensio de que todo lo que hago lo hago por su seguridad.
Usar el neutralizador nunca fue para hacerte daño.
Era una forma de tranquilizar a mi gente.
Y créeme, hay muchos que preferirían deshacerse de ti sin hacer preguntas.
Lena miró en dirección a la puerta del jardín.
—¿Te refieres a alguien como Marcius?
Cassandra mantuvo un tono uniforme.
—Marcius es el menos peligroso.
Lena le dirigió una mirada impasible.
—¿Qué quieres decir?
—Él no sabe cómo usar un exoesqueleto de combate de cuatro millones de dólares que podría arrasar un edificio.
Lena no sabía qué pensar de aquello. ¿Se refería la regente a un coracero? Si Cassandra había compartido esa información, debía de haber una razón. ¿Era eso una advertencia o una amenaza?
La regente continuó podando mientras hablaba.
—Mi título conlleva responsabilidades, incluyendo toda la parafernalia y los interrogatorios. Es una forma de canalizar la frustración de las facciones que componen el Proyecto Defensio.
—¿Qué facciones?
Cassandra arrancó una hoja seca del tallo de una planta y la dejó caer al suelo.
—Cualquier grupo de tamaño considerable se divide en grupos más pequeños, cada uno con ideas distintas.
Tu llegada ha activado algo. Siempre ha habido diferentes puntos de vista sobre cómo dirigir Defensio.
Ahora han empezado a tomar forma, y hay personas que acechaban en las sombras que te están usando como pretexto para sembrar el caos. Mi trabajo es evitar que eso ocurra.
Lena se mordió el interior de la mejilla.
—Estás diciendo que hay otros intentando hacerme quedar mal.
—También que no soy tu enemiga.
—Entonces, ¿qué eres?
Cassandra miró abiertamente a Lena con expresión dolida.
—Una equilibrista que intenta mantener una promesa.
—¿Una promesa? —Lena entrecerró los ojos—. ¿A quién?
La expresión de Cassandra se suavizó.
—Ambas sabemos la respuesta. Al final, todos estamos aquí por él.
Lena miró a su alrededor con inquietud. Cassandra se refería a Wei Wang. ¿Cuál era la conexión de la regente con el Primer Hiperista? ¿Qué promesa le había hecho? Antes de que pudiera preguntar, Cassandra pasó junto a ella y se inclinó frente a una pequeña flor de aspecto frágil; luego, la olió.
—Esta es una Ricander —dijo señalando la planta—. Extremadamente hermosa, pero aún más peligrosa que la Aplaudidora. Sus semillas pueden matar a un adulto en menos de un minuto.