42 El legado de Cantara #2
—Bastian, ¿qué has hecho? —dijo al entrar, mientras el sudor iba brotando por sus manos.
Este piso se utilizaba para almacenar equipos sin usar; sin embargo, no tenía pinta de sala de almacenamiento.
Diez consolas de alta gama iluminaban el lado izquierdo de la estancia.
Estaban activas, ejecutando algún tipo de programa automatizado.
Al otro extremo de la sala, se encontraba Sebastian, que tecleaba frenéticamente en otra consola.
Angélica corrió hacia él.
—¿Qué cojones está pasando aquí?
—Es el holístico —le respondió él, respirando a bocanadas y con el pelo pegado a la frente. Parecía estar bajo los efectos de alguna droga—. El holístico causa adicción.
Angélica lo miró fijamente.
—¿Qué?
—Está en el diseño principal, oculto dentro de las especificaciones de la matriz. Las de verdad, no la milonga que James nos ha estado contando todo este tiempo.
—No entiendo…
Sebastian la agarró por los hombros.
—¡Lo teníamos delante de nuestras narices todo el tiempo!
Justo aquí —exclamó moviendo la cabeza de forma brusca hacia las consolas que recorrían el otro lado de la habitación—.
No tendríamos que haber confiado en él. Es un psicópata, Angy.
Un puto psicópata. Lo tenía todo planeado desde el principio. Es pura maldad. Es…
—Tienes que calmarte —dio un paso atrás, y Sebastian la soltó—. No te sigo.
Sebastian se lamió los labios resecos y respiró profundamente.
—Vale… cierto… lo siento —dijo, sacudiendo la cabeza para despejarse—.
Escucha. Todo lo que crees que sabes sobre el holístico es mentira.
Funciona con un programa subetérico, diseñado para afectar al subconsciente de los individuos.
Reprograma a las personas para que deseen conectarse más cada vez que se conectan.
Todas y cada una de las veces. Hace que cada vez sea más difícil salir de ese círculo vicioso.
Es una adicción, una droga, pero no es posible detectarla con métodos convencionales.
—Yo…
—Reprograma la forma de pensar de la gente, Angy, y es puñeteramente efectivo. No sé cómo… exactamente… pero los datos no mienten. Créeme, lo sé.
Ella miró a su marido, con los ojos muy abiertos.
—¿Lo… probaste en ti mismo?
Sebastian se estremeció.
—Tenía que saberlo. Tenía que hacerlo. Necesitaba una prueba, ¿no? La necesitaba para ti… para el resto de nosotros. Mira, compruébalo tú misma —dijo, señalando con el dedo su consola.
Angélica se inclinó hacia delante para leer los datos. Reconoció el esquema del holístico, pero había partes añadidas que nunca había visto. Pasó más de diez minutos estudiando esta nueva información. Enseguida, la trascendencia de lo que mostraba quedó clara como el agua.
—Joder —dijo, llevándose una mano temblorosa a la boca—. Tienes razón. Esto es… esto es terrible.
—Sí —dijo Sebastian, negando con la cabeza en lugar de asentir, mientras el sudor se le iba acumulando en la frente—. Tenemos que sacar esta información del instituto. Hay que enseñársela a la gente. Tienen que verla.
Angélica tragó saliva.
—¿Pero por qué haría James algo así? Quiero decir… esto es lo opuesto de lo que intenta combatir.
—No sé por qué. Y tampoco me importa, sinceramente —Sebastian inclinó la cabeza hacia atrás, mirando al techo—. Hay que sacarlo a la luz. La gente necesita saberlo. Esto tiene el potencial de destruir la sociedad. Esto es…
—¡Joder, venga ya! Teníais que meter las narices donde no os llaman, ¿no?
Angélica y Sebastian se giraron hacia la voz.
Ravi estaba de pie en la entrada, con el pelo revuelto, asomándole bajo el turbante. También jadeaba, como si hubiera estado corriendo. Además, empuñaba un aturdidor Mackenzie, con el que les apuntaba.
—¿Ravi? —exclamó Angélica, mirando el arma—. ¿Qué haces?
—Nada, si cerráis la boca y obedecéis —respondió Ravi señalando hacia la puerta—. No quiero llevaros por delante, pero lo haré si es necesario. Un disparo, y desearéis no haber nacido nunca.
—¿Piensas que te vas a salir con la tuya? —replicó Sebastian, alejándose de la consola mientras sostenía una carpeta de archivos—. Se acabó, Ravi. Sabemos lo que es el holístico. Vamos a desenmascararte.
—Oye, genio —dijo Ravi, apuntándole con el arma—. Parece que se te ha pasado por alto la parte en la que te estoy apuntando con un aturdidor.
—No puedes mantener esto oculto —exclamó Sebastian, mientras se limpiaba el sudor de la cara, con las pupilas dilatadas y las pestañas tensas—. Y no puedes hacer esto sin nosotros.
—Querrás decir sin ella —respondió Ravi, señalando a Angélica con el arma, apartando la mirada de Sebastian por un segundo.
Sebastian había estado esperando ese resquicio. Aprovechó y le lanzó la carpeta a Ravi, dándole justo en el ojo. El arma cayó al suelo.
—¡Sebastian, NO! —gritó Angélica, mientras observaba petrificada cómo su marido se abalanzaba sobre Ravi.
—¡Angy! ¡Corre! —gritó Sebastian mientras intentaba sujetarlo—. ¡Llama a la policía!
Ravi gruñó.
—¡Cabrón! —echó la cabeza hacia atrás y golpeó la barbilla de Sebastian; luego se lo quitó de encima y le dio una patada en el hígado. Sebastian se desplomó, jadeando.
—¡Para! —gritó Angélica—. ¡Para ya!
Sebastian se cubrió el costado e intentó devolverle el golpe, pero este fue más rápido; lo bloqueó con un brazo y agarró a Sebastian de la camisa para darle un empujón.
La cabeza de Sebastian impactó contra el borde metálico de la consola, que le dio un latigazo que lo hizo caer hacia atrás bruscamente.
—¡BASTIAN! —rugió Angélica, abalanzándose sobre Ravi sin pensarlo. A este le pilló desprevenido y cayó al suelo, siendo arrastrado por el peso de Angélica.
—¡Quítate de encima, zorra! —escupió Ravi mientras usaba su peso para rodar y hacer que esta perdiera el equilibrio.
La situación se invirtió: ahora Ravi estaba encima y la inmovilizaba con ambas manos.
La mano de Angélica encontró el aturdidor y lo estrelló contra la sien de Ravi, que cayó a un lado, maldiciendo, aunque consiguió golpear el arma para arrebatársela.
Ella se puso de pie, jadeando, y le dio una patada a Ravi en la entrepierna, que estaba en el suelo. Luego corrió hacia Sebastian.
—¿Bastian? —Su marido yacía inmóvil en el suelo, con los ojos abiertos y un charco de sangre bajo su cabeza. Angélica se llevó las manos a la boca, ahogando un grito.
—¿Qué pasa aquí?
Angélica se volvió hacia la puerta cuando James cruzó la entrada.
—¡James! —exclamó ella, con la respiración entrecortada y la visión borrosa—. ¡Llama a una ambulancia! Sebastian… Sebastian está…
—Muerto —dijo James secamente, avanzando hacia ella. Recogió el aturdidor por el camino, sin mirar a Ravi; sus ojos eran solo para Sebastian—. Es una pena. No deberías haberlo descubierto así.
—Así que eras tú —dijo Angélica, con la voz temblando de rabia—. Sabías que el holístico causaba dependencia.
Él asintió.
—Lo diseñé yo mismo.
—¿Por qué?
—El «por qué» es complicado, pero si confías en mí, te lo contaré todo. Esto es más grande que tú, más grande que yo, más grande que cualquier cosa que puedas imaginar. Cambiará el rumbo de la humanidad para siempre. Nuestros nombres pasarán a la historia como los de unos salvadores.
—Madre mía —exclamó Angélica negando con la cabeza, mientras su postura se derrumbaba. Miró a su marido—. Tenías razón. Lo sabías.
—Angélica, escúchame —dijo, apoyando una mano sobre su hombro de forma suave, para tranquilizarla—.
Sebastian… él nunca lo habría entendido.
Pero tú… tú eres diferente. Eres una heredera digna de Cantara.
Únete a mí, y juntos haremos lo que ella nunca pudo.
Unir a la gente de la Tierra bajo la misma bandera.
Ella se zafó.
—Estás loco. Me utilizaste para… ¿para qué? ¿Para someter a la gente? ¿Para convertirlos en tus esclavos? ¿Por qué?
Algo destelló en el rostro de James mientras agarraba con fuerza el brazo de Angélica.
—Ya no hay vuelta atrás. Tienes que…
—¡Quítame las manos de encima! —gritó, empujándolo; pero James volvió a agarrarla, esta vez con más fuerza, tirándola hacia él.
—Tienes que escucharme.
—¡Suéltame!
—Cálmate. No sabes lo que yo… lo que nosotros podemos hacer juntos. Nada ha cambiado. Lo que hemos hecho estos últimos meses… no tiene por qué terminar. No tiene por qué.
Angélica soltó un codazo que golpeó la barbilla de James, y él la soltó. Echó a correr, pero él la agarró del tobillo y ella cayó de bruces.
—Por favor… —dijo James—. No sabes lo que está en juego.
—¡Suéltame!
—Te lo suplico. No hagas esto.
Angélica seguía forcejeando, intentando zafarse del agarre. Le golpeó en la cara y las gafas del Domine cayeron al suelo, rompiéndose en el acto.
—¡No!
James se abalanzó sobre ella, inmovilizándola con su peso. La mayoría de los golpes de Angélica no daban en el blanco. El resto eran débiles, dictados por el miedo. Las manos de James le rodearon el cuello, los dedos presionando su tráquea.
—No quería que acabara así —dijo con una voz que parecía apenas un susurro. Sollozaba, con los ojos llenos de lágrimas—. No era mi intención. Te juro que no era mi intención. Lo siento. Lo siento mucho.
—J-Ja-rgh… —Los golpes de Angélica se iban debilitando cada vez más. Él no parecía notarlos al tiempo que sus manos se hundían más y más en su garganta.
—Ja-a-a-me-sss… —Las piernas de Angélica dieron un espasmo, y su visión se volvió borrosa.
—Shhh, Angy, shhh… —susurró con suavidad—. Pronto acabará todo… te lo prometo. Shhh. Duerme ahora, Dama de la Melodía, duerme. Es hora de dormir.
Angélica Kam era vagamente consciente de que sus brazos caían a los lados, ya incapaz de moverse. Su visión se nubló y, entonces, el mundo entero se sumió en la oscuridad y el silencio.
∞∞∞
James Ark observaba fijamente a Angélica mientras el último destello de luz desaparecía de sus ojos. Mantuvo las manos alrededor de su cuello durante lo que le pareció una hora antes de soltarla.
Su cabeza cayó hacia un lado, con los ojos abiertos, mirando a la nada.