42 El legado de Cantara
EL LEGADO DE CANTARA
NASHVILLE, INSTITUTO ARK DE ESTUDIOS ETÉRICOS AVANZADOS
James
James observaba a los noventa y seis estudiantes vestidos con el uniforme púrpura, todos con el símbolo del Instituto Ark y una cinta negra de seda atada alrededor del hombro, para enfatizar la solemnidad del momento.
Miró a su izquierda; Venus y Ravi le devolvieron la mirada.
A su derecha, Angélica permanecía tiesa como un mástil, con la mirada vidriosa, perdida en sus propios pensamientos.
Sebastian había puesto una excusa para no asistir a la ceremonia, a pesar de los intentos de James de tender puentes.
La negativa del eterapeuta a participar en el bautismo etérico era solo otro desplante más a la iniciativa de James en favor de lo holístico.
Este último se obligó a concentrarse en el momento presente. Lo único que importaba ahora eran estos noventa y seis estudiantes, listos para convertirse en sus soldados en la Guerra del Éter.
—ADAM —llamó James—. Yo, James Ark, confiero el título de «Domine» a los siguientes candidatos.
Leyó la lista de cincuenta y seis nombres mostrados en la tableta; luego dio un paso atrás y miró a Angélica, quien asintió y ocupó su lugar.
—ADAM —dijo Angélica—. Yo, Angélica Kam, confiero el título de «Dama» a las siguientes candidatas.
Cuando se pronunció el último nombre, Ravi ocupó el lugar de Angélica.
—ADAM, registra en la base de datos que estas noventa y seis personas pueden operar en el éter.
—Certificación confirmada —respondió la IA—. Todas las personas nombradas ya tienen permiso para operar en el éter como entidades reconocidas y aprobadas. El éter es soberano.
—El éter es soberano —corearon Ravi, James, Venus y Angélica, junto con las voces de los estudiantes.
Venus avanzó hacia el centro del escenario.
—El éter es un flujo atemporal de conciencia compuesto por innumerables partes.
—Añadamos nuestra voz, nuestro nombre y nuestro tiempo al flujo de conciencia que conforma el mundo más allá del mundo —repitieron los estudiantes al unísono.
Venus levantó las manos en un gesto de bienvenida.
—Noventa y seis nuevos eteriones, noventa y seis nuevas herramientas para sustanciar el mundo más allá del mundo.
—Respondemos a la llamada y añadimos nuestra carne, nuestra sangre y nuestra mente al flujo atemporal de conciencia —respondieron ellos—. El éter es soberano.
—El éter es soberano —afirmaron Venus, Ravi y Angélica, poniendo fin a la ceremonia.
—Bienvenidos a la familia —dijo James, aplaudiendo, seguido del resto de profesores.
Los estudiantes lanzaron la banda ceremonial al aire y, acto seguido, inundaron el escenario para recibir las felicitaciones de sus profesores, al tiempo que dos camareros empezaban a circular con bandejas llenas de comida y bebidas.
El convite posterior transcurrió en un ambiente distendido: los alumnos recordaban los mejores momentos del curso y disfrutaban unos de la compañía de otros, en una última muestra de compañerismo antes de comenzar sus vidas como eteriones.
James reparó en que Angélica se estaba excusando ante un grupo de estudiantes, en busca de un rincón apartado del escenario. Se sentó en una silla, dejó la copa de champán —intacta— en el suelo, y se quedó mirando al vacío. James se ajustó la chaqueta, se subió las gafas y caminó hacia ella.
—¿Te importa si me siento? —le preguntó, señalando la silla vacía a su lado.
Angélica salió de su trance y estudió a James con la mirada unos segundos antes de asentir.
Permanecieron sentados en silencio durante todo un minuto, con el único sonido de las voces de los estudiantes de fondo.
—¿Crees que están listos? —dijo sin mirarlo al hacer la pregunta.
James tomó aire despacio, con las manos entrelazadas de forma relajada en el regazo.
—Creo que hemos hecho todo lo humanamente posible con el tiempo del que disponíamos.
—Cierto —su expresión se relajó un poco; luego lo miró y sonrió.
Su antiguo compañero frunció el ceño.
—¿Y esa sonrisa?
—No has contestado a mi pregunta.
James la miró fijamente, fascinado por su actitud directa.
—No —admitió—. No lo he hecho —dijo, mirando por encima del hombro a los estudiantes que reían, aparentemente despreocupados por lo que les esperaba—.
Esto es lo que pienso: creo que Covenant destrozará a la mayoría —confesó remangándose y evitando la mirada de Angélica—.
Tres quintas partes no sobrevivirán a su primera aparición pública.
Otra quinta parte decidirá irse a la competencia cuando se den cuenta de que están luchando por una causa perdida.
Querrán algo menos arriesgado, más lucrativo.
Después de todo, hemos entrenado a eteriones, no a misioneros.
Angélica miró hacia los eteriones recién bautizados.
—¿Y qué hay del quinto restante?
James inclinó la cabeza hacia un lado.
—Esos serán los más duros, los pocos que creen en lo holístico de forma acérrima y que dispondrán de las habilidades para difundirlo.
Los más adaptables, ingeniosos y astutos, los que la propia Cantara habría elegido.
Esas serán las personas con las que podremos contar.
Pero nunca lo sabremos hasta que pasen por un bautismo de fuego.
Angélica entornó los ojos.
—¿Sabías que esto iba a pasar?
James asintió brevemente.
—Era necesario separar a los débiles de los fuertes.
—Te das cuenta de que son personas, ¿verdad?
—Me doy cuenta de lo que está en juego —sentenció quitándose las gafas de sol—. Y tú también. Por eso estás aquí, y no con Sebastian.
Abrió la boca para replicar, pero no dijo nada. Suspiró y se quedó callada.
—¿Qué? —exclamó él, inclinándose hacia delante—. ¿Por qué pones esa cara?
—No es nada —respondió encogiéndose de hombros—. Solo que estoy cansada.
—No, no es eso —dijo él observando su rostro—. Estás preocupada.
Angélica se echó ligeramente hacia atrás.
—¿Cómo lo sabes?
—Cuando estás cansada cierras los ojos y te pellizcas el puente de la nariz —hizo un gesto hacia esa parte de su cara—.
Frunces el ceño y se te cae la postura. Pero cuando estás preocupada…
bueno, cuando algo te proecupa, la mandíbula se te tensa, aquí —afirmó mientras tocaba la mejilla de Angélica—.
Y te salen unas líneas como patas de gallo, aquí —continúo, rozando suavemente las sienes mientras sentía un chispazo al rozarla con los dedos.
Su mano permaneció en su rostro más tiempo del que había pretendido.
Ella le devolvió una mirada de curiosidad, sin pestañear.
James retiró la mano y carraspeó.
—Es por Sebastian, ¿verdad? —dijo, intentando distraer la atención del incómodo momento.
—Bueno —dijo ella cruzando los brazos—. No ayuda.
James asintió. Angélica y su marido se habían distanciado desde que ella se había involucrado más activamente en la guerra mediática contra Covenant. James se humedeció los labios
—¿Por qué no…?
El interenlace de Angélica les interrumpió. Ella comprobó quién llamaba y soltó un suspiro.
—Es Sebastian —dijo con expresión atormentada—. ¿Te importa si contesto?
—Claro que no, adelante —dijo mientras se levantaba y se alejaba, pero lentamente, para poder escuchar la primera parte de la conversación.
—Bastian, yo no… ¿Qué? No, no lo hice. Hablas muy rápido… Tranquilízate… —Angélica se levantó de golpe de la silla, con la boca abierta—. ¿Hablas en serio? No, no tiene sentido. Espera. Voy para allá ahora mismo.
Salió corriendo hacia la salida y cerró la puerta tras de sí.
James recorrió la sala con la mirada y se encontró con los ojos de Ravi. Asintió. Este se abrió paso entre la multitud y salió de la habitación.
∞∞∞
Angélica recorrió todo el pasillo, dejando atrás el salón de actos. Miró a su alrededor, entró en la primera habitación vacía que encontró y cerró la puerta.
—Muy bien —dijo, dando vueltas de un lado a otro—. Ya estoy sola. ¿Qué pasa?
—Esto es… tremendamente… te lo juro —decía Sebastian sin apenas aliento, casi jadeando entre palabras—. Ni de coña me… habría… esperado esto.
—¿Esperado qué?
—Te lo enseño —dijo Sebastian, murmurando algo entre dientes—. Estoy en la sala BG33, cuarto piso subterráneo. ¿Cuánto tardas en llegar?
—Espera, ¿cómo? —dijo Angélica mientras sus manos le caían a los costados—. ¿Estás en el Instituto? ¿Ahora? ¿Cuándo has llegado? Pensaba que no querías…
—Aproveché… un momento de distracción —respondió, haciendo una pausa un segundo mientras Angélica oía sonidos de teclas—. El bautismo era mi oportunidad de echar un vistazo… de continuar mi investigación sin James o Ravi pegados al cuello. Sabía que encontraría algo. ¡Lo sabía!
—¿Investigación? —preguntó Angélica, tocándose la base del cuello—. Bastian, ¿qué investigación?
—Tenía sospechas —explicó—. Me llevaron a… seguir un rastro… a tirar del hilo. Angy, es una locura. Yo… no me esperaba…
—¿Bastian? —dijo Angélica mientras le daba un toquecito a su auricular—. Bastian, te oigo entrecortado.
—Ven… BG33. No se lo… a nadie. Tú… sola… —y la comunicación se cortó.
Angélica intentó recuperar la comunicación con Sebastian, sin éxito.
—Mierda —exclamó, saliendo y avanzando apresuradamente por el pasillo hasta el ascensor más cercano. Aporreó el botón del cuarto piso del sótano, impaciente, mientras golpeada el suelo con el pie hasta que llegó.
Una vez abajo, recorrió un pasillo con puertas idénticas, pintadas de azul claro.
Mientras se fijaba en los números, reparó en que había algo raro en la puerta BG33: se abría y se cerraba, parándose a mitad y volviéndose a mover a trompicones.
El panel de control había sido arrancado, con una horquilla quemada atascada entre la placa de acceso y el transistor periférico.