41 Promesa de un pasado roto
PROMESA DE UN PASADO ROTO
VANCOUVER, CENTRO DE CONVENCIONES KANATA
Gladia
El Centro de Convenciones Kanata estaba totalmente vacío, excepto por dos figuras que se encontraban en extremos opuestos del escenario, observándose como pistoleros a punto de desenfundar.
Arthur Strutzenberg fue el primero en avanzar, seguido de cerca por Komla Gbeho.
El eco de sus pasos retumbaba sobre el parqué de todo el teatro.
Se detuvieron a unos cinco o seis metros el uno del otro. La luz que los rodeaba se reflejaba en las insignias que portaban en el pecho: el Tetralemento en el traje blanco de Komla, y el Infinito Argénteo en el azul marino de Arthur.
Komla arqueó una poblada ceja mientras sus labios dibujaban una amplia sonrisa.
—¿Quién habla primero? Estoy confundido —dijo examinando a Arthur de arriba abajo, transformando su sonrisa en una mueca burlona—. No entendí esa parte de tu mensaje. ¿Deberíamos escribirlo? A lo mejor te puedo hacer un croquis, así miras los dibujitos y eliges. Sin prisas, claro.
Arthur se rio y le tendió la mano a Komla, que se la estrechó.
—Yo también me alegro de verte, vieja víbora. Aunque te confieso que estoy decepcionado.
Komla frunció el ceño.
Arthur señaló el Tetralemento que el terrista llevaba en el pecho.
—Esperaba conocer a un nuevo miembro de la familia «standista». ¿Aún no te han ascendido?
Komla echó un vistazo a su insignia y se encogió de hombros.
—Soy un hombre sentimental. Tomo decisiones sentimentales —respondió sonriendo—. Aunque no deberías preocuparte por mí. ¿Qué hay de la espada de Damocles que pende sobre tu cabeza?
Arthur observó detenidamente a Komla y acto seguido negó con la cabeza.
—¿Espada de Damocles?
El terrista dio un toquecito en el Infinito Argénteo de Arthur.
—Llevar esto a plena luz del día es buscarse problemas. ¿No has leído las noticias? Los hiperistas son gente turbia. Conspiran y mienten como si no hubiera un mañana. Si les dejaran, serían capaces hasta de montar cañones de riel en naves orbitales y liarse a tiros.
Arthur resopló.
—¿De verdad te has creído eso?
—A ver, es una historia fantástica. Me dan ganas de apoyar a los buenos.
—¿Una historia fantástica? Son patrañas, y tú eres demasiado inteligente como para dejarte llevar por esa basura mediática, así que hazme un favor y deja de fingir que te importa el espacio militarizado. Para ti, solo se trata de anotarte tantos. Nada más.
—Quizá —respondió el otro rascándose la barbilla—. Pero cuando te miro, amigo mío, lo que veo es a un hombre que está nadando en un mar de tiburones sin ni siquiera saberlo.
Arthur se cruzó de brazos.
—Los tiburones no son un problema. Solo quieren comer. Es un instinto básico de supervivencia, lo entiendo. Lo que sí que me da miedo son los perros rabiosos.
Komla pestañeó.
—No estoy seguro de seguirte.
—Los perros rabiosos son impredecibles —afirmó Arthur, señalando hacia el otro extremo del escenario—.
Fíjate en tu nueva jefa, por ejemplo. Es como una granada sin pasador de seguridad.
Woodside era un capullo egocéntrico, pero al menos sabía mantenerse alejado de los psicópatas.
Por eso guardaba las distancias con Hawke.
No entiendo a Muchena. ¿Es que no ve que ese hombre es una bomba de relojería?
Komla negó con la cabeza.
—Es más inteligente de lo que crees. Necesitamos al sacerdote para cumplir con los números, pero somos nosotros quienes tenemos cogida la sartén por el mango.
Arthur emitió un suave gruñido.
—¡Venga! No te creerás esa milonga.
—No me conoces tan bien, Arthur —respondió Komla, mirando por encima de su hombro—. Bueno, deben de estar preguntándose si nos hemos matado con la dialéctica. ¿Has tenido bastante? ¿Podemos dar paso a las damas?
Arthur contempló las gradas vacías y asintió.
—Bueno, entonces —dijo, haciendo como que se quitaba un sombrero imaginario—. Buena suerte para ti y tu jefa. La vais a necesitar.
El terrista dio media vuelta y se alejó del escenario.
Arthur dio un último vistazo a su alrededor antes de recorrer toda la parte trasera del escenario y pasar por una puerta secundaria. Gladia lo estaba esperando en el pequeño pasillo que conectaba los camerinos con el escenario.
—¿Por qué habéis tardado tanto? —inquirió Gladia mirándolo fijamente, con las manos cruzadas a la espalda—. Lleváis ahí fuera una eternidad.
—Hemos sido simplemente dos viejos sabuesos olfateándose —respondió Arthur señalando el escenario—. Todo tuyo. Intenta no recrearte demasiado.
∞∞∞
Gladia se miró las manos para asegurarse de que no le temblaban mientras Yvonne Muchena emergía desde el otro extremo del escenario, caminando hacia ella.
—Estoy decepcionada —dijo la terrista con una sonrisa tenue, mientras observaba a Gladia—. En persona, no pareces gran cosa, Último Vértice del Hexaedro. ¿Estás cansada? Lo pareces.
Gladia le devolvió la sonrisa a la joven mujer que tenía delante.
—Las responsabilidades hacen que una persona envejezca rápido—dijo, con la voz más baja de lo que pretendía—. Un día te mirarás al espejo y verás a una extraña devolviéndote la mirada.
Yvonne le respondió encogiéndose de hombros; luego dirigió su atención al entorno.
—Bueno, ¿a qué debo el placer? —preguntó señalando a su alrededor—. Cuando Komla me dijo que querías reunirte aquí, pensé que era una elección curiosa. ¿Por qué este teatro?
—No es un teatro —dijo Gladia cruzando los brazos sobre el pecho—. Es un coliseo.
Yvonne ladeó la cabeza.
—¿Un coliseo?
Gladia asintió.
—Hace quince años, en este mismo lugar, dos gladiadores entretuvieron a millones de espectadores mientras debatían sobre la mejor forma de emplear los recursos de la humanidad. Creo que sabes a qué me refiero.
Los ojos de Yvonne se abrieron de par en par.
—Por supuesto —dijo, mirando alrededor como si reconociera el lugar—. Aquí es donde Douglas y tú os enfrentasteis en Collision.
—Eran tiempos más sencillos —dijo Gladia—. Cuando uno sabía quién era el enemigo.
Caminó hasta el atril al borde del escenario y apoyó ambas manos sobre la superficie de madera mientras contemplaba los asientos vacíos.
—Un mes después de la muerte de Wei Wang, los dos gladiadores se reunieron aquí —afirmó Gladia, con la mirada perdida en el espacio junto al atril, rememorando el fantasma de un recuerdo—.
Dos guerreros que dejaron sus armas y hablaron con franqueza entre ellos, para afrontar una crisis que amenazaba con acabar con innumerables vidas.
Yvonne miró de repente a Gladia, con sus ojos marrones cargados de seriedad.
—¿Douglas y tú os reunisteis en secreto?
Gladia inclinó la cabeza.
—Woodside convocó la reunión por la misma razón por la que yo la he convocado hoy.
Tras el ataque terrorista en Infinity, las muertes de los miembros del Hexaedro y mi intento de asesinato una semana después, el Ejecutivo Hiperista estaba sediento de sangre —confesó Gladia, frotándose las manos y buscando la mirada de Yvonne antes de continuar—.
La mayoría quería movilizar la opinión pública contra los terristas.
Todo parecía dispuesto para iniciar una espiral de violencia.
En ese momento tan delicado, recibí la invitación de Woodside para reunirnos.
Ese día, se mostró como un hombre con clase, muy diferente del showman que yo conocía.
Me miró a los ojos y me aseguró que LAND no tenía nada que ver con los ataques, y que despediría a cualquiera en su consejo que sugiriera que la violencia era la única opción.
Por supuesto, no le creí. Pensé que esa era su forma de ganar tiempo, pero, cuando estaba a punto de dejar que ganara la desconfianza, como prueba de su buena fe, me dio esto —declaró, entregándole a Yvonne unas gafas de cristales gruesos.
Yvonne arqueó una ceja.
—¿Qué es esto?
—Un objeto perteneciente a su hermana. Adelaida era su nombre. A juzgar por lo que dijo, la persona a quien más había querido nunca.
—¿Por qué te lo dio?
—Como símbolo de su buena fe —dijo Gladia—.
Al día siguiente, Woodside hizo lo que había prometido: obligó a dimitir a muchos líderes de LAND a favor de la violencia, se posicionó públicamente contra ella y me dio margen de maniobra.
Él cumplió su parte del trato y yo cumplí la mía, desalentando las manifestaciones hiperistas.
Aquel día evitamos una catástrofe. Por eso estás aquí, Yvonne.
Puedes ser una mensajera de paz o un instrumento de destrucción —afirmó Gladia mientras sacaba de su bolsillo un objeto con forma de pirámide, del tamaño de una fresa madura.
Yvonne lo miró fijamente.
—¿Un opticrón?
—Sí. Toma —respondió ella, entregándoselo.
—Tiene una forma peculiar. No se parece a ningún otro que haya visto antes —dijo Yvonne, sosteniéndolo en la mano.
—No me sorprende —dijo Gladia asintiendo hacia el objeto—.
Me lo dio Wei Wang. Es el opticrón que usó para mostrarme el plano de Polaris, años antes de que se acuñara la palabra «hiperista».
Me lo dio justo antes del ascenso, como símbolo de nuestra amistad.
Es el objeto más importante que poseo, un regalo de la persona a quien más respetaba.
Igual que Woodside me dio su corazón, yo te doy el mío.
Apelo a tu sentido común, Yvonne. Deja a un lado las apariencias, el odio, la violencia.
Por favor, ayúdanos antes de que sea demasiado tarde.
Yvonne parpadeó. Cuando volvió a mirar a Gladia, su expresión parecía ligeramente de sorpresa.
—¿Sabes? Cuando tenía dieciocho años, un traficante de marfil me contó una historia…
—dijo mientras parecía sopesar sus palabras antes de continuar—.
Había una pequeña aldea en el distrito de Kinkala, en la región de Pool, cerca de Brazzaville.
El jefe de la aldea era un apasionado de la astronomía; una afición bastante cara para un lugar donde la gente comía una vez al día, si tenía suerte, dormía en casas de barro y moría de diarrea a diario.
Pero el jefe estaba decidido a sacar el máximo provecho de su pasatiempo.
Y para financiar su costosa pasión, permitió que una banda de mercenarios que pasaba por esa zona escogiera a algunas mujeres jóvenes de su aldea.
Cada mes, los bandidos llegaban con herramientas nuevas y caras para el jefe, y él tenía a las mujeres listas para el intercambio.
Una nueva lente valía apenas una niña. Un nuevo telescopio, tres mujeres adultas.
La postura de Gladia se enderezó, con los músculos visiblemente tensos.
—Eso es terrible.
Yvonne asintió. Sopesó el opticrón que tenía en la mano, con los ojos vidriosos. Cuando volvió a hablar, su voz se había suavizado.
—Después de escuchar aquella historia, nunca pude mirar al cielo estrellado sin pensar en ese jefe de aldea.
¿Te lo imaginas? ¿Todas las vidas que su afición destruyó?
Tú eres igual, Último Vértice del Hexaedro.
Te encanta regodearte bajo la luz de las estrellas mientras millones de personas siguen muriendo en la miseria —sentenció, dejando caer el opticrón y luego pisándolo, rompiéndolo en pedazos—.
Eres una líder débil, que no está preparada para lo que se avecina.
La guerra ha comenzado, y el primer tiro ya se ha dado sin que te hayas dado cuenta —afirmó Yvonne acercándose más a ella, invadiendo su espacio personal—.
Fue fácil. Solo hizo falta usar como palanca la codicia de Almagest.
—¿Qué? —exclamó Gladia, retrocediendo y haciendo una mueca de disgusto—. ¿Fuiste tú? ¿Tú financiaste el proyecto del catalabán a través de Juggernaut?
Los ojos de Yvonne brillaban de alegría.
—Esa es una acusación muy seria, Último Vértice del Hexaedro. Adelante, difúndela a los cuatro vientos. A ver qué pasa sin pruebas.
Gladia luchaba por mantener sus emociones bajo control. Aún tenía que lidiar con Yvonne. Nada había cambiado. Estaba allí para detener a la líder terrista y lo haría, costara lo que costara.
—Si estás tan convencida de que estoy acabada, ¿por qué no lo demuestras en directo?
Yvonne frunció el ceño.
—¿Que lo demuestre?
—Un debate en directo en Collision —dijo Gladia—. Tú y yo, el Último Vértice del Hexaedro contra la Pantera Elemental. Dejemos que el público decida al ganador de esta guerra.
Los ojos de Yvonne brillaron con un fulgor depredador, pero desapareció en un segundo, siendo reemplazado por una expresión divertida.
—No —dijo la líder terrista negando con la cabeza—. No tiene sentido. Ya he ganado, Egea. No necesito confirmación. Solo sentarme y esperar a que vosotros, los hiperistas, os destruyáis mutuamente.
Gladia hizo ademán de responder, pero Yvonne le dio la espalda y se dirigió hacia la salida.
—¡Espera!
Yvonne se giró.
—¿Entiendes el coste? Millones sufrirán si continúas con tu campaña de odio —dijo Gladia apretando los dientes.
—Conozco el coste —dijo—. No hay cambio real sin sufrimiento. Lo aprendí por las malas. Y hablando de costes, ¿sabes qué le pasó al final a aquel jefe del pueblo? Su casa la quemó un viento negro que trajo consigo una justicia ansiosamente esperada. Murió entre gritos.
Gladia observó cómo Yvonne se alejaba, en el silencio de un escenario en el que había perdido por segunda vez.