La guerra de Pandora (Protocolo Singularidad 3) 40 Familia #3
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40 Familia #3

—¿Un corte de energía?

—Qué va —responde Sofía—. Con todos los generadores de respaldo, es casi imposible. Tiene que ser otra cosa.

Camina hacia el panel de control más cercano de la sala y empieza a teclear.

—Mi teléfono está frito —dice Erik, enseñando su móvil apagado.

Ramor mira el suyo.

—El mío también —afirma, mirando al techo—. ¿Control? Control, respóndeme.

No hay respuesta.

—Unidades de control de energía, comunicaciones internas y externas, interconexión y éter… todo caído —afirma Sofía mientras sus ojos escanean el panel de información, tecleando de vez en cuando—. Estamos incomunicados con el mundo exterior.

—¿Incomunicados? —pregunta Ramor, intentando ignorar la opresión que empieza a crecer en su pecho—. ¿Cómo es posible?

—Y aún hay más —ella pulsa la tecla Intro dos veces—. No parece ser un corte de energía.

Ramor está perplejo.

—Entonces, ¿qué es?

Los dedos de Sofía bailan sobre el teclado; luego se detiene.

—Es una brecha —responde con voz tranquila, pero sus ojos revelan aprensión.

Erik mira primero a Ramor, luego a su madre, como si quisiera asegurarse de que ha entendido sus palabras.

—¿Qué?

Sofía golpea con el puño la pared.

—Nos atacan.

Ramor gira la cabeza hacia la puerta, con la voz tensa.

—¿Nos atacan? ¿Por qu…?

Una explosión los tira al suelo, mientras cajas y otros objetos se desmoronan a su alrededor.

Ramor mira fijamente la puerta.

—¿Qué coño ha sido eso?

—¿Erik? —Sofía se pone en pie con torpeza—. ¿Estás bien?

—Estoy bien —contesta Erik, con la mirada desorbitada por el miedo—. ¿Qué…?

Otra explosión, esta vez más fuerte que la anterior. El suelo tiembla bajo sus pies mientras las luces de emergencia se apagan, dejando la sala en tinieblas.

—¡Alejaos de la puerta! —grita Sofía desde algún lugar a la derecha de Ramor. Apenas tiene tiempo de hablar cuando una tercera explosión tira a Ramor al suelo, que maldice, se incorpora y da unos pasos torpemente. Pero tropieza con algo duro y vuelve a caer.

—¿Erik? —exclama Sofía, con la voz tensa y preocupada. Esta vez su hijo no responde—. ¿Erik? ¿Dónde estás?

Ramor se levanta con esfuerzo, respirando el olor a plástico quemado y metal carbonizado. Alguien está intentando reventar la puerta. Con la linterna del móvil localiza a su sobrino, inmóvil y cubierto de polvo y escombros. Tiene un corte profundo en la frente, del que brota sangre.

—¡Aquí! —grita Ramor—. ¡Erik está aquí!

Se arrodilla junto a él, retira el trozo de metal más grande de encima del chico y le toma el pulso. Hurga en su bolsillo, buscando un pañuelo, que presiona contra el corte.

Hay otra explosión, seguida de un chirrido metálico. La puerta del laboratorio se abre violentamente desde fuera.

El haz de varias linternas inunda el espacio mientras los intrusos se abren paso.

—Dios —murmura Ramor. Coge a Erik y se dirige a duras penas hacia una pila de cajas.

Mientras pone a Erik a salvo, los intrusos se gritan entre ellos, dándose órdenes.

Solo capta fragmentos y frases sueltas: «capturar con vida», «refuerzos», «que no salga nadie».

Cubre a Erik con su propio cuerpo, con el corazón martilleándole el pecho.

Debe haber al menos una docena de personas, y siguen entrando más.

Tiene que encontrar a su hermana y largarse de allí.

Alguien le agarra por los hombros y se prepara para el golpe.

—Soy yo —susurra Sofía.

—¿Estás bien? —pregunta él, en poco más que un susurro.

—Estoy bien —dice, echando un vistazo a su hijo—. ¿Erik?

—Está inconsciente —Ramor le retira el pañuelo para que vea el corte—. Necesita un médico.

Sofía mira alrededor.

—Por delante no. Está vigilado.

Ramor mira por encima de las cajas.

—¿Quiénes son?

—Negatrones —Sofía sigue susurrando—. Vienen a por mí.

Ramor traga saliva.

—¿Cómo han entrado?

Ella se encoge de hombros.

—Tenemos que hacer algo.

—Vale —Ramor se limpia el sudor de la frente, intentando pensar—. ¿Cuál es el plan?

—¿Ves el Harkan? —pregunta Sofía, señalando en dirección del avión que estaba reparando—. Detrás hay una salida secundaria. Necesitarás una distracción. Yo me encargo de eso.

Ramor la mira fijamente.

—¿Tú te encargas de…? ¿Qué quieres decir?

—Los distraeré. Cuando se hayan ido, saca a Erik.

Ramor niega con la cabeza.

—No te voy a dejar aquí. Tienes que venir…

—No hay tiempo para discutir —le interrumpe—. No hay otra manera.

—Sofía…

—Cállate y escucha —interrumpe, señalando a Erik—. Júrame que cuidarás de él.

Ramor aprieta la mandíbula.

—No voy a…

Ella le agarra por los hombros.

—Júramelo.

A su alrededor, las voces se acercan.

—Te lo suplico —responde, tragando saliva y con lágrimas brotándole de los ojos—. Júrame que cuidarás de él. ¡Por favor!

Ramor traga saliva. Nunca había visto a su hermana suplicar. Su expresión de desesperación le da el último empujón.

—Te lo juro —dice.

Sofía sonríe y su rostro se relaja.

—Gracias, peque —dice mientras sale corriendo en dirección contraria, gritando, atrayendo la atención de los negatrones.

Ramor cuenta hasta tres, se carga a Erik sobre los hombros y corre hacia la salida.