40 Familia #2
—A ver, te he dicho que solo son rumores, ¿vale? Me pediste que te pusiera al día sobre la situación, y eso he hecho. Pero, personalmente, creo que son tonterías. Lo único que importa son las declaraciones oficiales de la Corte.
Seguidamente, Ramor aprieta tanto la mandíbula que hasta cruje. Si un comunicado oficial refutara el cambio climático, este hombre sería capaz de negar la existencia del agujero en la capa de ozono. ¿Por qué no es capaz de admitir que los rumores son la prueba de que la situación está escalando?
Ramor fuerza una sonrisa tensa. No tiene sentido discutir. Kenta le odia. Este estirado piensa que Ramor consiguió su puesto solo por su apellido. Vale. ¿Este cabronazo no le quiere ayudar? Se ayudará él mismo.
—¿Algo más que añadir? —pregunta Kenta con un desprecio que hiela la sangre.
—Nada más —respondió Ramor cruzando los brazos—. Sofía te confió el control de daños, te lo dejo a ti —concluye Ramor, tragando saliva y sintiéndose sucio por el simple hecho de pronunciar aquellas palabras.
Kenta lo mira, con una actitud que sugiere que quiere que Ramor se vaya.
—¿Necesitas algo más?
—Solo necesito saber dónde está la jefa —responde Ramor, mirando a su alrededor—. Llevo intentando contactar con ella desde que volví, pero está desaparecida. ¿La han secuestrado o algo?
Ramor se había pasado las últimas semanas en Sudamérica, supervisando la apertura en Buenos Aires de una nueva rama de Industrias Autómaton.
Kenta evita los ojos de Ramor.
—Está ocupada. No quiere que la molesten.
Ramor deja de sonreír.
—Hará una excepción conmigo.
Kenta frunce el ceño.
—¿Y por qué iba a hacerla?
—Porque necesita mi informe. En persona —Ramor enfatiza la última palabra—. La sucursal en Buenos Aires es clave para nuestra expansión en Latinoamérica. Ella me pidió un informe cuando volviera.
Kenta levanta la barbilla, luego sacude la cabeza bruscamente. Coge una tableta del escritorio y finge estar ocupado.
—Está en el Departamento de Investigación y Desarrollo, sección B-4, Sanctum Interior.
Bingo. Ramor sale de la habitación, atraviesa el pasillo hasta llegar al primer ascensor disponible. Pulsa el botón de llamada, tamborileando impacientemente los dedos contra la pared mientras espera.
Cuando la puerta del ascensor se abre, Ramor introduce el código de seguridad y activa la interfaz vocal.
—Control, reserva este ascensor para el siguiente trayecto. Autorización Deringer, Ramor, Génesis Azul.
—Confirmado, inspector —responde la voz del control—. ¿Cuál es su destino?
—Departamento de Investigación y Desarrollo, sección B-4, Sanctum Interior.
Cuando sale del ascensor, se encuentra ante un largo pasillo. Ramor se dirige a la sección B-4, donde encuentra la gruesa puerta metálica del laboratorio cerrada y el panel de control apagado.
Murmulla en voz baja:
—Control. Abrir. Autorización: Deringer, Ramor, Génesis Azul.
—Acceso denegado.
Ramor frunce el ceño.
—Proporciona una explicación.
—El presidente ha ordenado que nadie le moleste hasta nuevo aviso.
—¿Ah, sí? —responde Ramor, echando un vistazo a su alrededor; se asegura de que no haya nadie en el pasillo, ignora la luz roja que parpadea en el panel de acceso, abre el terminal y manipula los controles.
—Intento no autorizado de entrar en esta instalación —le advierte el control—. Intento rechazado. Retroceda o será… será… see-e-e-rá…
Ramor sonríe mientras anula el último conjunto de transconductores en cascada. La luz se vuelve verde.
—Código confirmado —dice una voz de control más dócil—. Acceso concedido.
Las puertas se abren y Ramor entra en una amplia sala sin ventanas, iluminada por una serie de LEDs incrustados en el techo. El zumbido de las máquinas trabajando de fondo y el familiar olor a lubricante, desinfectante y cables chamuscados le confirman que su hermana, definitivamente, está allí.
La encuentra tumbada en el suelo, bajo un Harkan Jet, con la espalda contra el suelo metálico y la cara cubierta con una máscara térmica, mientras manipula un soldador fásico de alta intensidad. A su lado, hay un chico de catorce años que es su vivo retrato.
—¡Tío! —Erik corre a abrazarlo.
—Hola, campeón —saluda Ramor, revolviéndole el pelo cariñosamente—. De verdad que cada semana creces un palmo. ¿Cuándo vas a parar?
Erik sonríe.
—El cielo es el límite.
—Bueno —dice Ramor mirando a Sofía, que sigue trabajando—. ¿Qué os traéis entre manos?
—Estamos reparando algunas cosas —responde Erik, al tiempo que señala un montón de piezas esparcidas por el suelo—. Mamá está mejorando el HarkJet.
—Suena divertido —dice Ramor, mirando fijamente a su hermana—. ¿Te acuerdas de comer y respirar de vez en cuando?
Sofía se levanta del suelo y se quita la máscara térmica, revelando un rastro de sudor y suciedad en las mejillas y la frente.
—Qué guapa —sonríe Ramor.
Sofía le mira con el ceño fruncido.
—¿No se suponía que tenías que firmar el acuerdo en Buenos Aires mañana? —dice mirando hacia la entrada y luego de nuevo a su hermano—. ¿Qué ha pasado?
—¿El acuerdo? —resopla Ramor—. Eso fue hace tres días, hermana.
Sofía parece sorprendida.
—¿Qué día es?
—Jueves.
—¿En serio?
—En serio.
—¿Y cuándo ha sido miércoles? —se pregunta mirando alrededor, aturdida, con las manos en las caderas—. ¿Y el martes?
Ramor se ríe.
—Supongo que se han quedado en el tintero. Bueno, me alegra al menos que hayáis encontrado una buena manera de pasar el rato mientras yo estaba fuera.
Ella escruta a su hermano.
—¿Cómo cojones has entrado? Aseguré la entrada.
—Por favor, me ofendes —responde él, guiñándole un ojo a Erik—. ¿Una anulación de segunda clase? ¿Te crees que soy nuevo?
Erik se ríe.
—¿Has saboteado el panel de entrada? —pregunta, con los ojos iluminados de diversión.
Ramor se encoge de hombros.
—Solo uso mis superpoderes cuando debo —responde mirando a Sofía, esta vez más serio—. Tenemos que hablar. Es sobre la Tribunal Planetario.
—Aburrido —interviene Erik, poniendo los ojos en blanco, y luego les da la espalda—. Voy a buscar algo para beber. ¿Quieres algo, tío?
—Estoy bien, campeón. Gracias.
—¿Mamá?
Sofía niega con la cabeza. Erik se aleja.
Ramor espera a que su sobrino no pueda escucharlos y dice:
—Kenta la está liando.
Sofía frunce el ceño.
—Vale. Escúpelo todo.
—Mira, esto es un desastre. Estamos de brazos cruzados dejando que el fuego se extienda. ¿Vas a hacer algo al respecto o…?
Las luces se apagan y el laboratorio queda sumido en la oscuridad.
Sofía levanta la cabeza bruscamente.
—¿Qué cojones…?
El sistema de emergencia se enciende automáticamente, con luces rojas y naranjas parpadeando alternativamente. Las alarmas comienzan a sonar, llenando el espacio con un sonido estridente de dos tonos.
Erik corre hacia ellos.